viernes, 28 de diciembre de 2012

El loco del tren 2: Mis amigos del alma- Miguel Dorelo



El loco del tren 2: Mis amigos del alma- Miguel Dorelo

No pude dormir en toda la noche, la puta madre. Y lo que me preocupa es que sé perfectamente que esta vez no es como las otras veces, o mejor dicho, como esas primeras veces. Supongo que a cualquiera le hubiese pasado lo mismo: cuando uno hace este tipo de cosas por primera vez debe ser natural andar nervioso. O por lo menos, ansioso. Y claro, a la noche uno no descansa como dios manda. Odio a esa gente que recurre a químicos para poder conciliar el sueño, yo no lo hago ni en pedo. Si no podés dormir bancátela, algo habrás hecho para merecerlo.
 Después de esas primeras veces todo se toma con más calma, uno empieza a entender que todos tenemos una misión en la vida y termina asumiendo lo que le es ineludible, se lo toma como lo que es: la razón por la que uno está en este mundo y sus noches vuelven a la normalidad, como debe ser. Claro que esta vez, está última vez, hubo una serie de factores que hicieron que no fuese como las otras veces. Debe ser por eso lo del insomnio de anoche. Mejor dicho, es por eso, estoy seguro.

El episodio del loco del tren no defirió mucho de otros anteriores, un loco más, todos los locos se parecen y este era exactamente igual a los otros locos que se me han cruzado y de los que me encargué prolijamente de que ya no se crucen con nadie más. Nada fuera de lo habitual. Pura rutina. Deliciosa, maravillosa rutina. Hice lo correcto y sobre eso no me cabe ningún reproche.
Lástima lo otro. Tendría que haber viajado solo. O no hacer caso del tipo que nos miraba. El cazador solitario no debe dejar de lado sus costumbres, siempre deberá pagar algún precio por apartarse del camino correcto. Pero bueno, lamentarse es para los débiles de carácter y creo no formar parte de esa patética raza. Por suerte siempre se está a tiempo para todo, aún para subsanar errores.

Empiezo por comprender y aceptar que todo lo que sucede, sucede por una razón; que ese día haya compartido mi viaje desde Villa Ballester hasta  Retiro con mis amigos, el señor F y el señor E a bordo del tren de la línea Mitre ya estaba escrito en algún lugar.
Suelo hacer un culto de la amistad, la verdadera amistad, la que se da muy de vez en cuando, esa que significa compartir buenas y malas, la del abrazo sin falsos pudores, la del podés contar conmigo para lo que sea. Y sobre  todo esa especial amistad que solo se da entre varones, entre machos, la cómplice, la de mirar el mismo culo femenino al mismo tiempo y ponerle puntaje y especular sobre las cualidades anatómicas y amatorias  del resto de su portadora o discutir a muerte sobre la evidente superioridad de mi equipo de fútbol sobre el tuyo, putearse si es necesario y terminar todo compartiendo una cerveza y concluyendo un que gane el mejor.
El señor E y el señor F son mis amigos. Es por eso que la decisión no fue fácil, aunque tampoco traté de escaparle a lo que debía asumir como ineludible y que casi de inmediato se me hizo impostergable. Ellos mismos, con sus actitudes ante los hechos acontecidos en ese vagón habían decretado lo que no habría forma de evitar.

Lo hice sin culpas y porque debía hacerlo. Solo me tomé la licencia de fraccionar la cosa. Entiéndame, pónganse en mi lugar y reconozcan que lo hubiesen hecho de la misma manera que yo lo hice. La pérdida de alguien que amamos es dolorosa, imagínense ese mismo dolor multiplicado por dos.
No crean que realicé alguna especie de sorteo o algo así, el señor F fue el primero pero bien podría no haberlo sido, no fue premeditado ni una cuestión de privilegio. Ahora que lo pienso, creo que fue por una simple cuestión de practicidad: debía encontrarme con él esa misma tarde y me ahorraba inventar alguna excusa para llamarlo y concretar una cita.
Traté de evitarlo, fui a la cita con el firme propósito de tomar distancia de lo personal, pero me fue imposible, apenas lo vi, sabiendo que serían sus últimos minutos en esta vida sentí un dolor en el pecho y en el alma como pocas veces antes. Por un instante pensé en que quizá no fuese necesario, pero sabía que solo me estaba auto engañando.
Caminamos, como solíamos hacerlo cada vez que nos encontrábamos para charlar, las tres cuadras desde la parada del colectivo en el que solía venir hasta mi casa por el lado izquierdo de la calle, el que da al largo paredón del neuro psiquiátrico. En apenas dos minutos o algo así llegamos al lugar en que todo se desencadenaría, a escasos cincuenta metros del final del estrecho callejón que debíamos cruzar antes de desembocar a mi calle y mi casa. Lo abracé como solo se abraza a un amigo muy querido, él se merecía con creces ese último gesto de mi parte, y clavé las consabidas siete veces el cuchillo en su cuerpo. Su asombro me enterneció de una manera que no puedo describir. No gritó. Me gusta pensar que fue un último acto de amistad de su parte.
Sentí alivio, un gran alivio. Solo eso. Busqué su billetera cuidando de no mancharme con su sangre y me la llevé. Dejé su cuerpo allí mismo, no es algo extraordinario que por esa zona de la ciudad se produzcan robos de índole violenta. La policía archivará rápidamente el caso.

Miro la tele casi sin escuchar lo que en este momento una chica rubia con escasa ropa está diciendo ante las cámaras. Tiene un par de tetas formidables. Creo que está hablando de un video íntimo que le han robado y subido a internet o algo así. Nada nuevo. Me levanto, me voy a preparar un té saborizado de los que me gustan. Frutos del bosque, ese estará bien. Mientras espero a que el agua hierva marco el número en el celular.
—Hola, E. ¿No sabés nada del señor F? Quedamos en encontrarnos pero no apareció. Seguro que se olvidó. A propósito, si mañana tenés un rato me gustaría que nos viésemos. Tengo que hablarte de algo muy importante.

martes, 25 de diciembre de 2012

El loco del tren- Miguel Dorelo


El loco del tren- Miguel Dorelo

La gente está muy mal.
Vaya novedad, dirá más de uno. Pero déjenme que les cuente lo que me sucedió en ocasión de un corto viaje en tren desde Villa Ballester hasta Retiro en compañía de un par de amigos y después me cuentan si no tengo razón.

Nos dirigíamos el señor E, el señor F y yo hacia un evento en el que pensábamos pasar un buen rato debido a que se trataba de un encuentro cultural en que habría música, lectura de textos, tragos y mujeres, todo lo que un ser humano medio varón necesita para ser feliz, a bordo del vagón de la línea Mitre del cual ya di cuenta en las primeras líneas de este relato. Lo hacíamos de manera alegre, charlando sobre bueyes perdidos, tratando de arreglar el mundo, fijando las pautas adecuadas para conseguir que toda clase de señoras y señoritas caigan rendidas a nuestros pies, filosofando de esa manera en la que la filosofía se convierte en algo más que citas constantes de libros gordos y grises y se asemeja un poco más a la sabiduría espontánea de lo popular. Un estado ideal para un viaje de corta duración: delirar mientras el traqueteo del vagón oficia de banda improvisada de sonido.
Claro que lo ideal suele tener su contrapartida, y esta vez no fue la excepción a la regla.
La piedra en el zapato tomó la forma de un hombre joven, de entre 25 y 30 años, que sentado un par de asientos más allá de nuestra ubicación nos observaba atentamente con una mirada que se me dio por catalogar de “inquietante”. Solo nos miraba, solo eso, pero un extraño resquemor se fue apoderando de mí. Casi sin darme cuenta comencé a desear en cada estación por la que pasábamos que fuera la de su destino y descendiera en ella. Comencé a sudar frío y a contestar sin sentido algunos “a vos que te parece” que me dirigían el señor F o el señor E: todos mis sentidos se encontraban enfocados en ese hombre de contextura flaca, barba desprolija y ojos claros que se encontraba a un par de metros, siempre mirándonos y sin decir palabra.
El tren seguía avanzando, la tarde caía sobre la enorme ciudad y las primeras luces artificiales comenzaban a encenderse. Traté de mirar por la ventanilla que se encontraba a mi izquierda, ahora comprendo que fue mi forma de tratar de huir de un peligro que se hacía más y más previsible cada segundo y cada metro que transcurría en ese vagón. Solo escuchaba murmullos ininteligibles en lugar de las palabras habituales que deberían salir de las bocas del homogéneo  grupo no muy numeroso de personas que nos acompañaban en este viaje hacia ya no sabía dónde.  Comenzaba a perder noción de tiempo y espacio, mi respiración se aceleraba y los latidos de mi corazón, estaba seguro, comenzaban a retumbar hasta varios metros más allá de donde me encontraba. Tuve miedo de desmayarme y perder toda esperanza de lograr escapar de ese lugar y esa mirada.
El señor  E y el señor F gesticulaban y reían, protegidos quién sabe por quién y por qué, como si un escudo de algún material desconocido los aislara del peligro.
El convoy siguió avanzando, desentendido por completo de cuestiones mundanas, aislado en su coraza de acero, como no queriendo involucrarse en cuestiones netamente humanas.
Volví a mirar por la ventanilla: aún faltaban un par de estaciones más para llegar al destino final, la estación Retiro. Solo tenía ánimo para rogar que todo se mantuviese tal cuál, que no se modificara en lo más mínimo las condiciones del viaje, ya que había perdido toda esperanza de que el extraño personaje se bajase antes. Distraído, perdido en estos pensamientos, no pude ver el momento en que él se había levantado del asiento  y ahora se encontraba en un lugar a varios metros más adelante. Desde allí gesticulaba apuntándonos con un dedo mientras vociferaba algo en un idioma que no pude reconocer. Yo estaba totalmente asustado, al borde del pánico, esperaba que todo aquello terminara de la peor manera, pero a mis compañeros de viaje, al igual que el resto del pasaje parecían no afectarles demasiado el episodio. El señor F solo hizo una mueca que no supe cómo interpretar y el señor E reía de una forma que me pareció muy extraña, a la vez que decía “¿Qué le pasa a este loco?” mientras amagaba con ir a “ver que quiere” . Pude convencerlo a duras penas de que no lo hiciera, que podía ser peligroso porque no sabíamos nada sobre las intenciones del sujeto o bien podría estar armado.
El señor E insistía con ir a pedirle explicaciones mientras el señor F, que se me había sumado en el intento de disuadirlo y yo tratábamos de contenerlo. Fue en medio de este tira y afloje cuando el tren comenzó a circular cada vez más despacio hasta terminar por detenerse. El gran conglomerado de gente que se observaba en el andén me hizo comprender que al fin habíamos llegado a la terminal. Alcancé a ver al tipo descendiendo rápidamente del vagón y perderse entre la multitud. Hicimos lo propio y, ya un poco más tranquilo, dejé por unos minutos a mis amigos comprando cigarrillos en un kiosco anunciándoles que iría hasta los baños públicos y que de paso haría un llamado telefónico a casa de mis padres desde las cabinas que se encontraban en un extremo del andén.

Ya en la calle ubicamos las respectivas paradas de colectivos que nos terminarían de acercar a nuestros destinos finales. Nos despedimos del señor F, ya que él debía volver a su casa en el conurbano y no nos acompañaría al evento al que pensábamos concurrir el señor E y yo.

El resto de la noche transcurrió en calma, en un agradable ambiente de amigos, copas, música y lectura de cuentos en la cual tuvo una destacadísima participación mi amigo el señor E. En lo personal, cumplí con parte de mis expectativas personales y me fui del lugar con la clara perspectiva de la continuación de una relación muy prometedora con una señora a la que conocí esa noche.

Ya en casa y solo, con los primeros rayos de sol asomando por la ventana de mi cocina y ante una humeante taza de café, distendido y con la mente despejada hago un repaso de estas últimas horas y sonrío. El destino suele situarnos  en lugares y momentos en que tomar  las decisiones adecuadas es algo que puede marcar el rumbo que tomará nuestra vida. Como ya me ha sucedido otras veces, ayer fue uno de esos momentos y, orgullosamente, puedo decir que no me he defraudado a mí mismo. Como en esas anteriores ocasiones he sabido actuar rápida y efectivamente. Apenas descendidos en la estación Retiro y luego de excusarme con mis amigos alcancé rápidamente al tipo de la mirada extraña, a ese reverendo hijo de puta que ya no podrá jugar a su jueguito malvado  con persona alguna nunca, nunca, nunca más. Arrastrarlo hasta el rincón que queda entre las cabinas telefónicas fue fácil y como suele pasar en estas grandes ciudades nadie se fijó demasiado en lo que pasaba. Fueron siete puñaladas precisas, ya estoy lo suficientemente práctico como para saber en qué parte del cuerpo la sangre tiende a fluir mansamente sin que se produzcan salpicaduras poco convenientes que manchen mi ropa. Dejé allí mismo el cuerpo, entré a una de las cabinas, limpié un par de manchas rojas de mi mano derecha, utilizar guantes me hace sentir como que no estoy haciendo las cosas como deben ser, tomé el tubo del teléfono, marqué el número  y llamé a mis padres.

Sorbo el último poco de café ya casi frío y me dirijo a acostarme, el cansancio y el sueño comienzan a vencerme, ya no soy un jovenzuelo, debo admitirlo. Antes de dormirme un último pensamiento me invade, el recuerdo de mis amigos, el señor E y el señor F; algo no me termina de cerrar con respecto a sus comportamientos al bordo del  tren. En cierta forma me sentí defraudado con sus actitudes y creo que deberé hacer algo al respecto. Antes del fin de semana los llamaré por teléfono para encontrarnos y ahí veré qué hacer con ellos.

lunes, 17 de diciembre de 2012

El fin del mundo ya está acá- Miguel Dorelo



El fin del mundo ya está acá- Miguel Dorelo

—Esta vez es cierto—Le dije mirándola a los ojos.
— ¿Qué “esta vez es cierto”? No empieces con tus delirios tan temprano que no estoy de humor. —me respondió desperezándose y con su habitual cara de orto que suele acompañarla por lo menos hasta el almuerzo.
—El fin del mundo ya está acá. —Le disparé tratando de darle un tinte dramático a mi tono de  voz.
—Dejáte de romper las bolas, tarado.
—Los Mayas lo dijeron. Lo leí en Internet.
—Esos indios no sabían un carajo. Y en Internet se dicen boludeces a montones. Solo los tipos como vos creen esas cosas.
—Observé señales. —Insistí.
— ¿Eh?
—Eso, que vi señales todo el día de que esta vez es cierto.
—Estás cada vez peor ¿Y cuáles serían esas señales? —Preguntó sin muchas ganas de esperar una respuesta.
—Los pájaros.
— ¿Qué pasa con los pájaros? ¿La película o esos bichos de mierda que a la mañana joden con sus chillidos y no me dejan dormir?
—Las aves, esos hermosos animalitos dueños del arte de volar que nos alegran el día allí donde estén. Esos  ángeles terrenales.
—Sí. Los que te cagan en la cabeza además de romper las bolas a la mañana. ¿Qué pasa con los pájaros?
—Se comportaron todo el día de manera extraña. Estaban tristes.
—Ah, bueno; vos estás para internarte ¿Y cómo mierda sería un “pájaro triste”? ¿Lloraban los desgraciados? ¿Los viste comprando pañuelos descartables?
—Mejor hago de cuenta que no te escuché. Estás cada vez más mala onda. Los pájaros son bellos y alegres y si están tristes es porque algo saben.
—Si saben tanto preguntáles cuando vas a madurar, porque la verdad es que no entiendo como aún sigo con vos bancándome todas estas tonterías de tu parte. ¿Eso es una señal del fin del mundo? ¿Qué los pájaros estén tristes?
—Sí. Esa es una de las señales. Hay otras.
— ¿Cuáles otras?
—Ahora no te digo más nada.
—Dale, pelotudo. No te me hagas el ofendido ahora.
–Está bien. El cielo.
—El cielo…Claro, como no me di cuenta antes… ¿Qué carajo pasa con el cielo? ¡Está igual que siempre! ¡Lo estoy viendo por la ventana!
—No es así. Vos siempre ves lo que querés ver, por lo general lo que te conviene. El cielo ya no es el cielo.
— ¿El cielo ya no es el cielo? ¡Otra vez estuviste leyendo al nabo ese de Coelho! Vos no escarmentás más.
—Te juro que no…Bueno, solo una ojeadita, pero no es por eso que te digo lo del cielo.
— ¿Y por qué me lo decís?
—Vi nubes.
— ¿Viste nubes? Ah, ahí sí que tenés razón: ver nubes en el  cielo es rarísimo ¿Me estás agarrando para la joda, la puta que te parió? ¡Me estás haciendo calentar!
—No, mi amor, no. Las nubes se comportaban de manera rara.
—No me digas que “estaban tristes” porque te acuchillo acá no más ¿Cómo son las nubes que se comportan de forma rara?
—Se movían en contra del viento.
—Pero vos sos muy gil. El viento a esa altura bien puede ser que sople al contrario que en la superficie, pedazo de tarado. Ayudáme a tender la cama y dejáte de boludeces. Me cansaste.
—No, no, no entendés; unas se movían para un lado y otras para el otro, como si danzaran. Hacían rondas y hasta escuché una especie de melodía muy hermosa cuando las miraba. Fue hermoso. Lloré.
—Estás loco. O me estás cargando. Los pájaros tristes y las nubes danzarinas: las señales de que el fin del mundo está al caer.
—Me da miedo.
— ¿El fin del mundo? ¿No decís que fue hermoso esto de las señales? No te entiendo, si parecés hasta contento.
—De lo que tengo miedo es de lo otro, de decirte que hay más señales.
— ¡No, no y no! ¡Basta! ¡Está bien! ¡No quiero escucharte más! Tenés razón, pero no digas ni una sola palabra más.
– ¿Entonces…? ¿Si?
— ¡Si, si, la puta madre! Tengo que hacer veinte mil cosas hoy, pero por única vez, ¿Escuchaste bien? ¡Por única vez te voy a dar el gusto! Ya te dije mil veces que por  las mañanas no me gusta .Sacáte la ropa.
 — ¡Eso! ¡Te amo! ¡A coger que se acaba el mundo!



lunes, 10 de diciembre de 2012

Después no digas que no te avisé- Miguel Dorelo



Después no digas que no te avisé- Miguel Dorelo

A vos te encanta buscar excusas para casi todo, así que después no digas que no te avisé: un día de estos te voy a besar en la boca. Va a ser un beso de no menos de setenta y ocho segundos cuatro décimas de duración.
Y cuando alguna de tus amigas te diga “te vi besándote con Miguel” no les salgas con aquello de “yo no lo besé me agarró de sorpresa estaba distraída pensando en otra cosa fue él no tenía mi autorización escrita no llenó el formulario necesario para ese trámite” ni ninguna otra de esas tonterías que te gusta tanto utilizar.
Un día de estos te voy a besar en la boca con un beso que durará no menos de setenta y ocho segundos cuatro décimas pero que puede extenderse hasta un par de siglos.
Después no digas que no te avisé.

sábado, 1 de diciembre de 2012

El náufrago secreto- Varios autores



El náufrago secreto (homenaje a Jorge Luis Borges y J.G.Ballard) – María del Pilar Jorge-Esteban Moscarda- Saurio- Sergio Gaut vel Hartman-Miguel Dorelo

La vegetación de la isla en la que había naufragado era agreste y exuberante, lo que le permitió a Tyler imaginar un retroceso en el tiempo hacia una era anterior, el precámbrico, tal vez, más violenta y fracturada. Sin embargo, los profundos surcos dejados por los neumáticos de un automóvil lo devolvieron al presente. Eran unas marcas singulares que le permitían afincarse de algún modo en la sustancia fugitiva de los días. Caminó hacia el terraplén pensando que las noches de sus sueños eran hondos y oscuros océanos de olvido en los que podría sumergirse, pero no se hizo demasiadas ilusiones. Por momentos, ansiaba recibir un golpe definitivo, algo que lo redimiera de la inútil tarea de imaginar desastres, reales o inventados. No obstante, cuando llegó a la cima de la colina se vio obligado a contemplar una escena arrancada de una obra teatral arcaica y obscena, y tuvo que admitir que un insospechado rigor castiga a quienes se aventuran y no olvidan.
Recordó un oscuro libro en el que se relataba un episodio similar. Abajo, a los pies de la colina, en lo hondo del valle, se desarrollaba una orgía. Decenas de demonios rojizos y albinos, algunos con alas, otros provistos de los dos sexos, con falos príapicos y senos de estrella hollywoodense, copulaban como en una película pornográfica. La escena invitaba a la locura, evocaba un sanatorio y tranquilizantes de diversos colores. A un kilómetro de allí, el mar seguía cantando su canción de espuma, y el náufrago, debido a una vaga e indeterminada sensación, quería irse, quería volver a la sal, a los restos de su embarcación. Tocó el arma colgada de la pistolera y eso lo hizo sentir un poco más seguro.
Cierto mito nórdico habla de un pequeño Apocalipsis que precederá al gran final. Este antefinal será extraño, una lucha entre facciones de gigantes que hará temblar el puente de los dioses y los cimientos del mundo. Así entendió la escena el náufrago. Así la entendió hasta que unos ojos se toparon con los suyos. Unos ojos del color de la aurora que lo sumieron en un estado de sopor. “Qué cercano el sueño, cómo se entremezcla con la dura realidad” pensó mientras se dormía.
Pero despertó de inmediato, sobresaltado, con la perversa sensación de haber soñado algo que no recordaba. Contempló las huellas de nuevo. No estaba muy seguro de cómo interpretarlas; una de las cosas que había aprendido en sus largos años de existencia era que toda señal encerraba disyuntivas no resueltas: lo que en apariencia podría significar salvación, la mayoría de las veces resultaba lo contrario.
La desconfianza era uno de los atributos que le habían dado más satisfacciones. Llegó hasta el terraplén dando un largo rodeo, ocultándose entre unos manglares rojos, algo que solo había visto en fotografías. Desde allí observó hacia el interior de la isla. Las huellas se prolongaban por un par de kilómetros y notó extrañado que en su recorrido formaban un inusual dibujo en la arena. El sol presentaba a su vez un halo demasiado opaco, con un color rojizo para nada acorde a su posición estelar, más cerca de un mediodía que del amanecer o el atardecer. A pesar del extravagante paisaje y de lo acontecido desde su naufragio, una porción de su mente supo con certeza que no era la primera vez que visitaba ese lugar. Comenzó a soplar el viento y las marcas de los neumáticos empezaron a borrarse. Debía tomar una decisión.
Horas después, seguía sin tomarla. Una absoluta parálisis espiritual lo dominaba. Recordó a los hombres de Odiseo en la isla de los lotófagos, perdidos en la desmemoria. ¿Regresaría él a su Itaca? ¿Y quién sería el prudente capitán homérico que lo rescataría?
Entre las raíces de un mangle, un pequeño lagarto verde cazaba moscas con su lengua pegajosa. Las escamas enjoyadas brillando sobre las oscuras raíces eran las cifras en la ecuación probabilística de geometría existencial en la que se hallaba inmerso.
¿Seguiría las cada vez más difusas marcas de neumáticos o buscaría un punto más alto, una palmera, tal vez, para descifrar el jeroglífico que estas trazaban sobre las arenas rojizas? ¿Cuál era el mensaje que le transmitían las centelleantes escamas del reptil? Bajó por la ladera, decidido a encontrar un refugio para pasar la noche, pero el tabletear de las aspas de un helicóptero lo sacó de esta ensoñación.
Cuando llegó de nuevo al terraplén, la aeronave ya se había ido. Sólo quedaba como prueba de la realidad del helicóptero una caja de madera que, al abrirla, demostró contener provisiones, más de dos docenas de números de la revista Life de la década del 60 y la Edda Menor de Snorri Sturluson.
Mientras saciaba su hambre comiendo con los dedos el contenido de una lata de viandada de los frigoríficos Swift, Tyler trataba de entender por qué se le habían entregado aquellos semanarios de fotoperiodismo y el renombrado tratado de poética islandesa. ¿Acaso debía encontrar una clave en la conjunción de la hendidura de los senos de Elizabeth Taylor, la sonrisa de Jacqueline Kennedy y las sutilezas del verso aliterativo de los kenningars?
Ya eran demasiados misterios, tantos que le molestaban. En un gesto totalmente absurdo, empuñó su pistola, pero desistió al encontrarse envuelto en una miríada de insectos. Dejó el arma y optó por deshacerse de los restos aceitosos de la lata de viandada. ¿Tenía sentido concentrarse en escapar de esa isla? Para eso debía dejar atrás la borrosa memoria de los hechos que rodeaban su llegada. Escapar estaba fuera de discusión ya que, después de todo, recorrer una isla era como dar vueltas dentro de sí mismo, resolviendo una ecuación laberíntica. Absorto en sus pensamientos, tropezó con el dueño de los ojos. El hombre, su rostro —ese que se empeñaba en recordar, para volver a olvidarlo— era el de un anciano de mirada acuosa, pero con algo inquebrantable e inmortal.
Aunque el desconocido le cerraba el paso, Tyler sabía que le quedaban múltiples alternativas: matarlo, que el otro lo matara, ignorarse recíprocamente o salvarse los dos. Fueron sus aficiones metafísicas las que lo libraron del dilema. En algún lugar, entre los restos del naufragio, se encontraba abandonado un libro inacabable, hecho de palabras infinitas, y era posible que esas palabras le sirvieran de guía para deducir el tiempo y el espacio en el que se encontraba.
Sostenido por esa última esperanza, eludió al anciano y continuó su camino. Antes de caer, lo último que Tyler escuchó a sus espaldas fue el sonido del disparo.

Cuento escrito en colaboración con escritores amigos en homenaje a dos grandes de la literatura.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Alivio- Miguel Dorelo



Alivio- Miguel Dorelo

Despertó exactamente a la misma obsesiva hora que lo hacía desde aquella infausta primera mañana. Hoy es el día, se dijo sin querer abrir los ojos para ver. Apenas apoyó su pie derecho en el piso supo que todo volvía a ser real al hundirse hasta el tobillo en aquél líquido viscoso de color negro.
Ya aliviado, Augusto fue hasta la cocina a prepararse el desayuno.

(Basado en una teoría no demostrada y el micro-relato más famoso)

sábado, 17 de noviembre de 2012

Decir basta- Miguel Dorelo



Decir basta- Miguel Dorelo

Decidió, o al menos cree haber decidido, decir basta. Basta para siempre, basta de manera absoluta, basta, basta, basta.
Pudo haber sido la desilusión o quizá la tristeza que cada día gana espacio en su corazón o su alma; a lo mejor el detonante haya sido algo que vio, leyó o escuchó en el momento de mayor fragilidad, ese que todos tenemos y nos hace tan vulnerables. O tal vez esa mañana su mente cansada de esperar que todo mejore y  su cuerpo hastiado de soportar noches de insomnio. No importa demasiado cuál haya sido el factor decisivo, probablemente la suma de varios o todos ellos hayan sido los que hoy hagan que ocupe su mente con imágenes de filos de navaja, pastillas de colores, terrazas de edificios, trenes avanzando o pistolas humeantes.

Ahora está pensando en que todo es una mierda; o por lo menos lo es aquí y ahora. Pero, a pesar de todo, recuerda tiempos en que no era así. A lo mejor la decisión final es demasiado importante para dejarla en manos de su propia voluntad, después de todo se trata de una vida y aún la suya debería ser sagrada. O por lo menos, respetada. Eso hará, darle una oportunidad a su propia vida.
Desayunará como siempre, café con leche, tostadas con manteca y mermelada; saldrá de la rutina de encender la computadora o escuchar la radio, evitará en todo lo posible el contacto con el exterior, almorzará liviano, dormirá la siesta. Luego, escuchará algunas de sus canciones favoritas por si acaso, recordará algún par de ojos, otras tantas pieles, susurrará un par de nombres de mujer. No cenará, ha perdido por completo el apetito, se dará una ducha, se pondrá sus mejores ropas, cerrará el paso del gas, cortará el suministro eléctrico, mirará muy lentamente el interior de su departamento, cerrará detrás de si la puerta.

Esa noche, quizá la última, recorrerá bares tratando de encontrar a ese alguien que lo convenza, le dará una última oportunidad al mundo; a pesar de todo su cansancio, de su casi seguridad de que el “basta” es la única salida esperará encontrar al que, sencillamente, le diga  no lo hagas, a pesar de todo, aún vale la pena.

martes, 30 de octubre de 2012

Encuentro casi casual- Miguel Dorelo



Encuentro casi casual- Miguel Dorelo

No lo planificaron. Al menos no conscientemente. O quizá sí. A lo mejor uno de ellos, ella o él forzó el encuentro. De todas maneras, algún día se cruzarían; intereses en común harían que, a pesar de la gran urbe y sus millones de habitantes, coincidieran en alguna de esas reuniones de las que eran y son habitué.

Y esa noche de viernes fue la elegida o no. Música y lectura de textos en la presentación de un libro de cuentos en el que participaban como autores varios amigos en común.
Ella llega acompañada exactamente a las 20.30 hs. Él a las 20.45 junto a su pareja. En esos primeros instantes de coincidencia espacio temporal no se ven o no quieren verse; la luz tenue, el humo de los cigarrillos y la buena concurrencia de personas al evento colaboran con el camuflaje.
Él nota su presencia un rato largo después de que se dé por comenzado el evento en sí, al reconocer su risa luego de la lectura de un pasaje especialmente gracioso de uno de los relatos que en ese momento tomaba vida a través de la voz de  uno de los escritores devenido en orador para la ocasión; este concitaba la atención desde una especie de escenario que se había armado al lado de la barra del lugar. Sentada a la mesa, varios lugares hacia su izquierda, acompañada de un hombre al que no reconocía, reía casi hasta las lágrimas como solía hacerlo cuando ese hombre sentado a su lado era él. Siente algo, aunque no sabe bien qué y se limita a observarla un largo minuto; ella viste una blusa color lila que cree no conocer y un saquito de hilo color beige que si recuerda muy bien; simplemente está tan linda como siempre.
Ella lo ve un rato después, luego de su habitual giro de cabeza, ese que suele hacer en todos los sitios a los que concurre con su inocultable intención de marcar territorio que la caracteriza; encontrar a gente conocida entre los concurrentes a cualquier evento le proporciona una agradable sensación de pertenencia. Tiene el pelo más largo es lo primero que piensa al verlo. No sabe  por qué, pero aparta rápidamente su mirada con un gesto brusco y piensa en irse del lugar; pero no le sería fácil dar con una excusa válida y seguramente le generaría un estado de ánimo que difícilmente pudiese justificar y arruinar esa noche no entra en sus planes inmediatos.
Por lo menos no se eligió a un pendejo para reemplazarme, cavila injustificada y rencorosamente él mientras vuelve a fijar su mirada en dirección a la fatídica mesa y más puntualmente al hombre que junto a ella observa atentamente lo que en ese momento acontece. Parece  algo mayor que ella, aunque no demasiado. No le cae bien.
Unos instantes después, ella no puede o no sabe evitar hacer lo mismo; mira disimuladamente hacia donde está él y su acompañante femenina; no es fea, pero tampoco linda piensa y por un instante se pregunta qué cosa habría sido lo que habrá hecho que él no cumpliese con aquello de que “creo que por un largo tiempo preferiré estar solo”, esa especie de promesa informal que le hizo cuando decidieron que ya no podían seguir juntos.

La noche sigue su deambular de palabras ajenas escuchadas ya sin comprender, de pequeños sorbos a bebidas que pierden sus sabores, de gestos maquinales y caricias obligadas a ser salvavidas improvisados.
Y al fin sucede lo más temido, la coincidencia indeseada, el instante exacto en que ambos dirigen su atención al mismo tiempo y sus miradas se cruzan poniendo en evidencia sus respectivas cobardías reflejadas en el desvío instantáneo de la atención hacia el objeto añorado.

El resto de la velada transcurre de forma extraña, los segundos semejando siglos, los minutos haciendo caso omiso de lo establecido, los susurros de las personas emulando bandas de sonidos de alguna película de esas que ya casi no se ven, esas sin más efectos especiales que la propia historia metiéndose hasta los huesos, obligando al espectador a identificarse con él o ella, los protagonistas de ese amor siempre a prueba, a desear que al final y a pesar de todo se vayan juntos a comenzar una nueva vida.
Pero esta no es una película, ellos no son actores, ni las personas alrededor  son parte del decorado. Y sobre todo están ese otro él y esa otra ella.

El evento como tal se termina en lo formal, es tiempo de saludos y presentaciones entre los concurrentes, de felicitaciones a los protagonistas, el intentar entablar nuevas y amorosas relaciones entre aquellos que han ido solos y con esas motivaciones; algunos se levantan de sus sillas, otros piden un café final o una nueva y no necesariamente última ronda de cerveza. El bullicio es ahora casi ensordecedor  y hay que esforzarse para escuchar al otro. Para algunos la velada recién comienza, para otros se termina.

Lo ideal raramente sucede; lo adecuado y hasta lo prudente hubiese sido el ignorar presencias o al menos intentarlo, pero no hay forma de evitar ese minuto en el que se encuentran frente a frente y momentáneamente a solas. Quizá ella quiso circular entre la gente, a lo mejor él fue hasta la barra a buscarle algo a su pareja, no importa demasiado la forma del encuentro, sino más bien minimizar lo más posible las consecuencias. Hola como andás te ves muy bien lo estoy  lo mismo digo me alegro mucho por vos. Stop. Ni una palabra de más de la que luego arrepentirse.

Ella se retira del lugar a las 0.47 a.m. Él exactamente 28 minutos después. Ambos, tal como habían llegado, acompañados.

La madrugada sorprenderá a ella y él junto a sus respectivos él y ella. Habrá sexo o excusas para que no, no importa demasiado.

Y durante toda la semana ella se sobresaltará cada vez que su celular le avise que tiene un mensaje.
Y él borrará cien veces un “necesito verte” sin atreverse a enviarlo.

sábado, 13 de octubre de 2012

La confirmación tan esperada- Miguel Dorelo



La confirmación tan esperada-Miguel Dorelo

Primero fue un rumor; alguien dijo que había escuchado que en un pueblito perdido del sur había aparecido de repente y se había instalado en una cabaña abandonada al costado del camino. Un par de acontecimientos de índole inexplicable que lo tuvieron como protagonista acentuaron la creencia de que en efecto se trataba de Él.
Un tiempo después llegó la confirmación absoluta por medio de un grupo de científicos llegados de Europa y EE.UU. El mundo estaba salvado: ya no más guerras ni hambre ni injusticias sociales. Ahora que Dios por fin era algo comprobadamente tangible se hacía posible el creer que al fin la humanidad recuperaría el paraíso perdido.
—En efecto soy yo —confirmó apenas contactado por las autoridades mundiales, agregando a continuación aquellas fatídicas palabras —, pero lamentablemente mis vacaciones aún se prolongarán por otros dos millones de años.
Y aquí estamos, esperando a  que se  le terminen.

viernes, 28 de septiembre de 2012

O ella o yo (Momento de decisiones)- Miguel Dorelo



O ella o yo ( Momento de decisiones)- Miguel Dorelo

–Pero… ¿Por qué?
—Ya te dije, esto no va más.
—No podés cortar una relación como la nuestra así, de golpe. Son muchos años juntos.
—Uno debe asumir responsabilidades en esta vida. Ya he tomado la decisión: debes dejar de existir para mí, es lo mejor. Y solo conozco una manera definitiva de que esto ocurra.
—Fue idea de ella…
—No.
—Si, fue idea de ella.
— ¿Y eso que importa ahora? Está bien, tenés razón, ella me lo pidió. O mejor dicho, me dio la opción: “o haces que desaparezca para siempre o lo nuestro se termina ya”, me dijo.
—Y vos enseguida aceptaste, en el fondo sos un pobre tipo. Me usaste.
—Traté de defenderte, te lo juro.
—Me imagino el esfuerzo…No sigas que me vas a hacer llorar. Basura.
—Vos siempre supiste que dependo de ella para subsistir,  aún te tengo cariño, pero ya no soy ningún jovenzuelo y solo es una cuestión de supervivencia.
— ¿Cariño? ¿Decís que aún me tenés cariño?
— Y si.
— ¿Pero no me amabas, reverendísimo hijo de puta?
— Y… También. Las dos cosas.
— ¡No entiendo por qué no te mato ya!
— ¿Porque me amás…?
—Te tendría que cortar las bolas, eso tendría que hacer. Y solo para empezar.
—Ella ni lo notaría, para que te vas a tomar ese trabajo; aparte, debe ser doloroso y siempre me dijiste que nunca me harías daño.
—Es cierto; y vos siempre me dijiste que con ella no tenías sexo. Otra de tus mentiras.
— ¡Te juro que no lo tenía! ¡Bueno,casi nunca! A veces ella me decía que se sentía muy sola y vos viste lo bueno que soy yo. Lo hacía por ella, me daba lástima la pobrecita.
— ¡La reconcha de tu madre!
—Se te está yendo la mano, me parece; bien sabés que mi madre es una santa y no tenés por qué meterla en esto. Y te repito por enésima vez: ella es mi esposa de toda la vida; bueno, en realidad ella hace todo por mí, y vos últimamente dejás mucho que desear.
—Ah, pero que turro que sos ¿Me venís con reproches y todo? Te juro que no se qué te ví…
–Bueno, no es tan así y los dos lo sabemos; acordáte yo estaba en el baño de caballeros, como corresponde, y vos te confundiste de puerta, entraste me viste “aquello” y digamos que fue “un amor a primera mirada”. Quedaste impresionada, no lo niegues.
— ¡N0, NO, NO! no podés ser tan, pero tan poco hombre.
—Más bien todo lo contrario…Pero volvamos a lo que importa: lo lamento con toda mi alma, pero lo nuestro no puede prolongarse más.
—Es definitivo, entonces; te quedás con ella ¡Me abandonás!
—Si querés ponerlo en esos términos…Siempre te gustó el papel de pobrecita. No te abandono, solo es que no puedo seguir más con vos.
— ¡Es lo mismo!
—No. No es adrede. Hago lo que es mejor para todos y todas.
— ¿Ahora hablás como la presidenta también? Vos estás loco.
—No sé de qué me hablás; digo todos y todas porque siempre me decís que soy machista y es una forma lingüística de hacerte ver que no es así. Bueno, chau.
— ¿Bueno Chau? ¿Bueno chau? ¡Basta! ¡Te lo digo en serio! ¡Es ella o yo!
—Está bien, dame un segundo. Ya está: ella.
—Hijo de puta, me destrozás; yo te amo.
—Lo sé. Y lo lamento, pero nada puedo hacer, es una decisión dolorosa pero no puedo hacer otra cosa.
—Está bien, pudo darme cuenta cuando ya no tengo posibilidades de que me elijas. Me duele en el alma, pero voy a ser digna. Que tengas suerte al lado de ella y que puedas ser feliz. Por todo lo que hemos pasado juntos, te lo deseo de corazón.
—Gracias, me conmueven tus palabras, me llegan muy hondo y te lo agradezco con todo mi corazón; sos una mina tremenda, lástima que lo nuestro no haya funcionado. así me gusta: nada de histerismos al pedo; es raro encontrar a una mujer que no lo sea.
—Chau. Ahora si chau. Trataré de olvidarte aunque sé que me va a costar muchísimo.
—Vas a poder.
—Sí. Adiós, adiós para siempre.
—Bueno, para siempre, para siempre es mucho. Vos viste como es esta loca, por ahí se le chifla el moño y tengo que patearla; vos, por si acaso no cambies el número del celu; si uno de estos días me quedo solo te llamo y arreglamos algo.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Pasajera- Miguel Dorelo



Pasajera- Miguel Dorelo

El no recuerda en qué lugar subió exactamente ella, solo sabe que lo hizo en algún momento en que con los ojos semi cerrados intentaba dormir un poco. Mira por la ventanilla  y tarda un minuto o algo así hasta que reconoce el lugar de la ruta 8 por la que en ese momento el Chevalier transita; acababan de dejar atrás Capitán Sarmiento y piensa en que todavía faltan  más de dos horas para llegar a Retiro. Supone que debe haber subido allí, en esa pequeña ciudad de la provincia a la que siempre tiene presente gracias al recuerdo de una antigua novia oriunda del lugar. El ómnibus, extrañamente, no viaja  con pasaje completo, quizá por ser mitad de semana y un horario en el que, como suele decirse, es demasiado temprano para algunas cosas y demasiado tarde para otras. El porqué del haber decidido ella sentarse a su lado en el asiento que da al pasillo que hasta ese momento era tierra de nadie escapa a su comprensión inmediata: más allá hay dos lugares también desocupados, o mejor dicho, a medio ocupar. En uno de los asientos viaja una mujer no muy joven y algo obesa; en el otro, tres butacas más hacia el fondo del vehículo un hombre de mediana edad. Diez, doce o quince kilómetros más adelante comienza a observar de reojo a la mujer que ha decido por voluntad propia viajar como su acompañante; ellas suelen tener  el poder de la decisión y esta vez no ha sido la excepción. Ella es joven, aunque no demasiado, unos treinta y cinco años, quizá treinta y siete, pero bien podría ya estar en los cuarenta o cuarenta y dos; es del tipo en que la edad potencia el encanto no exento de belleza que en algunas mujeres jamás se pierde. Su perfume ya se ha apoderado del espacio que ocasionalmente ocupan, un aroma a lavanda que apenas reconoce como tal; no es, de ninguna manera, un especialista en cuestiones cosméticas. Decide, caprichosamente, que es el aroma ideal para ella. Sus cabellos son largos, de sus ojos no puede decir nada aún porque no ha podido verlos. Aún, aún, piensa planificando los pasos a seguir. Aunque lógicamente sentada, es evidente que es más alta que él, no es necesario medidas excepcionales para que lo sea, aunque eso no le preocupa demasiado: casi todas sus parejas han sido de mayor altura que la suya. Asombrado, reflexiona sobre esta línea de pensamiento que de repente lo ha invadido: no existen motivos, ni siquiera se han hablado, para darle de repente el status de una posible relación amorosa al fortuito encuentro. Es verdad que siempre fue muy enamoradizo, pero esta vez esa característica está siendo exagerada, debe reconocerlo. Seguramente se deba en parte al especial momento por el que está transitando, una nueva desilusión amorosa que lo ha dejado con un dejo inusual de tristeza, yendo a contramano de su habitual comportamiento de optimismo a ultranza rayano en la tontería. Por un instante su mente abandona el presente y a la pasajera; los recuerdos más inverosímiles acuden a su cabeza, entran sin golpear la puerta y se apoderan del momento. Recuerda tardes grises, mañanas luminosas, noches sin color y rostros y sonrisas y miradas. Luego, un par de kilómetros después, se retiran al unísono y es como si nunca lo hubiesen visitado pero sí.
De vuelta toda su atención se concentra en la mujer que viaja a su lado; ella tiene puestos unos jeans de esos gastados artificialmente y aunque no podría asegurarlo, sus piernas parecen ser largas y no demasiado delgadas. Un buzo liviano de color beige y un cuello color blanco, quizá una blusa, a lo mejor una camisa, asomando por debajo de su mentón.
Debería levantarse ya, pedirle permiso, comentarle que irá a buscarse un café a la máquina que se encuentra en el pasillo a pocos metros y ofrecerse para traerle uno; es una buena excusa para iniciar un diálogo y la amabilidad siempre es bien recibida por la gran mayoría de las personas. De paso la obligará a girarse y podrá al fin ver el color de sus ojos y, lo que es más importante, la intensidad de su mirada. La mirada de una mujer, aún la ocasional, si se sabe interpretarla, es la vía de conocimiento más exacta para saber donde uno está parado con respecto a ella. Eso hará. O esperará un poco más a ver qué pasa; a lo mejor ella le pregunte si no sabe por dónde vamos, si falta mucho  para tal o cual lado y entonces él le dirá que unos cuarenta minutos siempre y cuando el tráfico se mantenga fluido o no pinchemos una rueda y ella sonreirá y el contacto estará establecido. Dirán sus nombres, sus destinos, a lo mejor los motivos de ese viaje y la frecuencia  y más tarde la conversación irá de apoco tomando visos personales, intercambiaran números y promesas de futuros contactos. Y él se dará cuenta que ella es lo que siempre estuvo esperando y ella que este hasta hace nada un desconocido ha reactivado cosas que ya creía totalmente desconectadas.
Piensa, planifica estrategias, especula situaciones, traza coordenadas, visualiza horizontes acompañado por la pasajera.
Debe hacerlo ya. Pero, no puede; una vez más, no puede, no se anima, el miedo al fracaso es muy potente; o mejor dicho, el terror a  las consecuencias del fracaso. No se puede perder lo que no se tuvo nunca, piensa. Pero no es suficiente para decidirse. Esperará un poco más, pero solo diez kilómetros, quizás quince, pero no más allá.
Un fugaz vistazo por la ventanilla le informa  a través de un mojón que el ómnibus acaba de dejar atrás el kilómetro 126; siempre hace eso, mirar de vez en cuando los mojones indicadores del costado de la ruta, “como una señal inequívoca de la ansiedad del arribo”, según le ha dicho un psicólogo amigo en charlas no profesionales y sin honorarios de por medio. El 100 es un buen número para comenzar, se dice posponiendo auto promesas recién hechas, alargando en algunos cientos de metros el instante pavoroso de las primeras palabras que deberá imperiosamente dirigirle.
Cavila, se embronca con él mismo, no puedo ser tan boludo; Permiso, voy a servirme un café, solo eso, el resto será más fácil. Y quién te dice, el comienzo de algo que dure lo suficiente, lo justo entre lo fugaz  y lo rutinario; los mejores amores son aquellos que duran hasta  lo que tienen que durar; aunque eso de que que me gustaría que estemos juntos hasta que seamos viejecitos no es tan mal plan.
Basta de mariconadas; lo hago ya, se decide al fin.
Ella se levanta, camina uno, dos, siete pasos hasta la estrecha escalera que comunica los dos niveles y desciende hasta la parte baja del vehículo. Por primera vez, tal vez la última, la ve parada; sus piernas en efecto son muy largas pero un poco más esbeltas que lo que había imaginado. Por primera vez, tal vez la última, escucha su voz preguntándole al chofer si falta mucho para Puente Saavedra. No hace nada ¿Para qué? ¿Con qué excusa?
Media hora más tarde baja en Retiro, su destino. Bullicio y llovizna fina un poco más allá lo esperan en el andén; solo ellos.

Vendrán nuevos viajes con idéntico recorrido. Él ha dejado la costumbre de dormitar mientras el ómnibus deja atrás mojones y ciudades. Quiere estar bien despierto cuando pase, puntualmente, por aquellos dos lugares. Algún día ella subirá y ese día lo primero que hará es averiguar de qué color son sus ojos.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Pacto- Miguel Dorelo



Pacto- Miguel Dorelo

 Puntual como siempre ella me espera. Solo dos veces al año, tal como pactamos.
Ambos sabemos cómo terminará la reunión; todo sigue igual, yo lo sé y ella, no hay forma de ocultárselo, lo sabe.
—Vendré por ti y serás mío de forma definitiva cuando logres enamorarla.
Cada seis meses ella pasa, con su esquelética figura y su afilada guadaña...Y una vez más deberá marcharse con las manos vacías.

domingo, 26 de agosto de 2012

Paranoia desencadenada-Héctor Ranea & Miguel Dorelo



Paranoia desencadenada – Héctor Ranea & Miguel Dorelo

Ha muerto Neil Armstrong. Una muerte siempre es lamentable. Tanto como su complicidad en esa deleznable conspiración a la que nos tienen acostumbrados estos yanquis de mierda. El primer hombre que pisó la Luna ¡Ja! Hay que ser muy boludo para creer una cosa así. Pensar que el tipo hasta el mes pasando la estaba pasando bomba en una isla privada propiedad de Lee Harvey, tomando sol con Yabrán, Elvis, Marilyn y dos conejitas de Playboy, Betty Blue y Anna Nicole. Eso sí, todos en pedo. ¡La vida te da sorpresas!

martes, 21 de agosto de 2012

La mirada-Miguel Dorelo



La mirada- Miguel Dorelo

A veces basta con un gesto, no es necesario palabra alguna; los ojos son los espejos del alma, dicen. Quizá no sea cierto, a lo mejor es tan solo otro de esos clichés de enamorados  poetas aficionados, frase de cajón para obvias tarjetitas acompañadas por  ositos de peluches, ramos de flores o cajas de bombones en forma de corazón.
Y sin embargo…
La miré a los ojos y no me gustó para nada lo que vi en ellos, supe al instante que así era como ella me veía, comprendí que era en vano insistir y emprendí la huida.

martes, 14 de agosto de 2012

Mamá siempre estará a tu lado- Miguel Dorelo



Mamá siempre estará a tu lado- Miguel Dorelo

El niño tropieza. Tropieza porque los niños suelen hacerlo cuando tienen cinco años y caminan ejerciendo uno de los pocos actos de rebeldía reales que tendrán a lo largo de sus vidas, el caminar solos, sin ayuda de manos en sus manos.
El niño tropieza, cae  y raspa sus rodillas. Y llora. Llora porque ante todo es un niño y su lógica de niño, que conservará aún adulto, le indica que ante el dolor es conveniente demostrarlo.
Por suerte, y como debe ser, su madre está junto a él; solo ha concedido al niño un instante de libertad, como debe ser también. Y enseguida el reproche y la pronta ayuda:

— ¡Te dije, te dije! ¡Sos muy chiquito para caminar solito! Tenés que hacerlo de la mano de Mamá. No llores, no es nada, un rasponcito. Mamá te cura con un beso. Mamá te abraza y te quiere. Como cuando estás enfermo y Mamá te da el remedio y te arropa; esto es igual, no llores, no te va a pasar nada porque acá está Mamá. Y Mamá siempre estará a tu lado…
—Cortala, mamá. Lloré porque me dolió y es natural que así sea. No hay necesidad de tanto escándalo ni de que me mientas, tengo cinco años y soy un niño, te lo reconozco, pero no hace falta el discurso: vos no vas a estar siempre a mi lado, con los años nos iremos distanciando, eso es tan natural como que yo llore si me caigo. Y si así no fuera, se conocen algunos casos aislados, me tuviste después de tus cuarenta por uno de esos caprichos que suelen tener algunas mujeres  y un simple cálculo de probabilidades daría como resultado que en mi adultez, cuando más te necesite, quizá ya no estés en este mundo. Dejáte de joder, laváme las rodillas en la estación de servicio de la esquina para evitar una infección y sigamos caminando.
Y ya que estás, si querés hacer algo realmente útil, compráme un helado.

Moraleja: niños  eran los de antes.

domingo, 12 de agosto de 2012

Busco un Amor- Miguel Dorelo



Busco un Amor - Miguel Dorelo

¡Atención!
Si sos una mujer mayor de edad en busca de tu media naranja.
Si tus sueños giran alrededor de gozar un buen pasar, sin  apremios económicos, contar con el aval crediticio que te da una tarjeta de primera línea, disfrutar de las vacaciones de invierno en algún lugar top, hacerse una escapadita a la costa en ocasión de cualquier fin de semana largo, viajar al exterior como mínimo una vez al año, tener entre tu vestuario media docena de diseños exclusivos; si estàs esperando al soñado Principe Azul, creés firmemente que el amor está bien, pero hay otras cosas igual o más importantes y más vale estar tranquila que andar lidiando con amores complicados, si preferís una de esas cenas gourmet en restaurantes sofisticados en lugar de preparar la cena de a dos, escucháme atentamente, esto es para vos:

Si cumplís con estos requisitos, o por lo menos con gran parte de ellos… Ni se te ocurra contactarme.
No estoy en condiciones de ofrecerte nada de todo eso, pero por sobre todo, no me interesás en lo más mínimo, nena.
Conmigo, no cuentes.
No sos la que estoy buscando.

viernes, 3 de agosto de 2012

Llueve- Miguel Dorelo



Llueve- Miguel Dorelo

Siempre que llueve como llueve hoy, de manera pertinaz y copiosa, el mundo ya no es el mundo. O en realidad debería decir que percibo el mundo de otra manera, porque escuchar el ruido del agua cayendo influye en mí como pocas otras cosas. Sé sin lugar a dudas que la lluvia no cae porque sí, que forma parte de todo un plan, una gran conspiración; que esas gotas, ese viento y esos truenos en realidad no son fenómenos naturales, sino parte de un gigantesco complot de desánimo personalizado especialmente diseñado para mí.

Mis amigos dicen que son delirios míos, pero sé muy bien que me mienten precisamente porque son mis amigos. Y es por eso que se han juramentado y se tienen totalmente prohibidos en los días en que llueve como hoy pronunciar delante de mí la palabra ausencia y ni siquiera el principio de tu nombre.

martes, 24 de julio de 2012

Esa canción- Miguel Dorelo



Esa canción- Miguel Dorelo

—Sos  un reverendo hijo de puta—me dijo.
— ¿Eh? —me asombré.
—Hijo de puta y sordo. Escuchaste bien, no te hagas el gil.
—Hace más de tres meses que ni nos vemos y ahora te me aparecés y me insultás de esa forma. ¿Estás loca?
—Loca tu madre, basura. Espero que esta sea la última vez que te vea, desecho humano.
— ¿Y después de todos los momentos que pasamos juntos me decís esto? No tenés corazón —le retruqué.
— ¿Yo no tengo corazón? Tenés razón, no sos un hijo de puta: sos dos hijos de puta juntos.
—No tenés derecho; lo nuestro se terminó hace tiempo. Y pensé que habíamos quedado bien.
—Vos no tenés derecho, la concha de tu madre; te tendría que haber bloqueado hace tiempo, perro sarnoso. Pero mejor que no lo hice así al fin me doy cuenta de lo mierda que sos. “Te dedico esta canción con todo mi amor”  ¡Vos sabías que yo lo leería! ¡El Facebook es una mierda igual que vos!
— ¿Y? No te entiendo. Ella es mi novia, la quiero, me quiere, vos también tenés una nueva pareja desde hace unos meses. No entiendo.
— ¡La canción, pelotudo! ¡La canción!
— ¿Qué tiene la canción? A mi esa canción me gusta mucho.
— ¿No me digas? ¡Ya lo sé! ¡Bien lo sé!  “si me dan a elegir, me quedo contigo, ay amor, me quedo contigo…”
—Sí. Esa. Me gusta la versión original de Los Chunguitos, pero el cover de Manu Chao me parece que está bueno también; además ella es bastante más pendeja que vos y se copa mucho con el francesito  este. Por eso le dediqué esa versión. Sigo sin entender tu enojo.
— ¡Aaaaahhhh! ¡Me la dedicabas a mí! ¡A mí! ¡A mí!  ¿Ya no te acordás puto mal cogido?
—Como no me voy a acordar, calmáte. Por supuesto que me acuerdo. Si vos lo eras todo para mi, te amaba tanto que me dolía. Como dice la letra, nada podía competir con vos, siempre me quedaría con vos.
—Estás loco, es eso. De lo contrario no entiendo.
—Pero, es sencillo. Esa canción era una de las maneras en que te podía decir todo lo que sentía. Vos sabés que soy medio duro para las frases amorosas. No sé qué tiene de malo valerse de palabras de otros cuando dicen lo que uno no sabe expresar.
— ¿Y? ¿Qué tiene que ver eso con que ahora se la dediques a otra? ¡Esa era mi canción!
—Bueno, no es tan así; la letra es de Juan Salazar, uno de los tres hermanos que formaban Los Chunguitos ¿Sabías que las Azúcar Moreno son  hermanas de ellos? Además, como  ya te dije, soy corto de palabras cuando se trata de expresar sentimientos y me vino al pelo para poder decirle todo lo que siento por ella a Priscila. La adoro, no podría vivir sin ella. Definitivamente, me quedo con ella.
— ¡Mal parido! ¡Lo mismo me decías a mí! ¡Y con esa canción!
—Y era cierto.  No sé, me parece que vos resultaste ser una de esas minas que se creen que las canciones son de propiedad exclusiva de ellas. Y no es así. A mí me gusta esta canción me resulta útil para explayarme y no creo que haya ninguna ley que prohib…¡Para. Pará! ¡Guardá ese revolver! ¡Loca como todas las mujeres! ¡Aaaayyyyy!

La versión original. La de Manu Chao solo se la dedico a ella.


sábado, 21 de julio de 2012

El último segundo- Miguel Dorelo


El último segundo- Miguel Dorelo

 La vida es una mierda, estar enamorado es una bazofia; por lo general uno se enamora de la persona equivocada y es aún peor. Los amigos siempre desaparecen cuando más se los necesita y aunque digamos que no nos interesan las cosas materiales el dinero nunca alcanza y esto hace que vivamos estresados. Ser feliz es la utopía más patética y ridícula del ser humano. Vinimos (o nos pusieron) en este mundo a sufrir; cualquier otra consideración es solo un triste intento de auto-engaño fomentado por insufribles optimistas a ultranza. Lo único bueno de lo malo, es, sin dudarlo, que la solución está en nuestras propias manos, el único libre albedrío de verdad es el que nos permite poder decir ¡Basta, hasta aquí llegué! , cuando se nos cante. Por suerte podemos elegir entre un sinnúmero de maneras, más o menos dolorosas, menos o más espectaculares. Sogas y vigas, alturas y terrazas, vías y locomotoras, píldoras de colores, venas y navajas. Yo ya elegí mi propio modo, no necesariamente original: recámara, gatillo, percutor, dedo índice, caño, bala y sien derecha ¿Alcanzaré a escuchar el ruido del disparo, sentiré el olor a pólvora? Quién sabe… El último segundo. Dicen que uno recuerda en ese instante que antecede al olvido final, toda o parte de su vida. Y es cierto, la puta madre, en este preciso instante me está sucediendo precisamente eso. Pero…Qué raro…No puede ser…Tendría que haber una clausula de recuerdos finales en la que quede claramente especificado que solo acudan a nuestra mente aquellos momentos angustiosos, tristes y dolorosos que justifiquen extremas decisiones. De ninguna manera esta andanada de esos otros que ni recordaba haber vivido. Sonrisas, reuniones con amigos que no piden nada a cambio, charlas interminables de madrugadas infinitas en que se arreglan mundos, galaxias y universos con solo proponerlo, miles de canciones, centenares de relatos, algún poema, aquél gol de Boca sobre la hora en la final, olores y sabores, pieles suaves, labios, piernas, miradas inequívocas, un par de nombres de mujer… Y por fin saber que uno suele equivocarse al tomar decisiones, el comprender que el tiempo es cíclico, que casi nada es definitivo, que todo puede volver a ser o a ser mejor y que, por suerte, depende en gran parte de nosotros mismos. Un segundo. O menos. Y nuestra mente hace un clic y comprendemos que nos apresuramos, que la vida en realidad es algo hermoso y que los amores vienen y van y vuelven a venir y nos dedicamos un mirá si voy a estar así por una mina, por una deuda o alguna decepción… ¡Vida, vida, vida! ¡Viva la vida! ¡Es hermosa la vida!

 El último segundo. Pero de verdad el último, el definitivo, el del nunca más. ¿El del nunca más? ¡Qué boludo! ¡No debería haber apretado el gatillo, la puta madre! Definitivamente: ¡No debería haber apretado el ga

martes, 17 de julio de 2012

Los críticos- Miguel Dorelo


Los críticos- Miguel Dorelo

— Estamos ante una de las mayores obras de la literatura universal, sin dudas.
—En parte, estoy de acuerdo, aunque quizá, y debido a tu reconocida admiración por él, exageres un poco. Reconozco y admito que es sin dudarlo un gran ejemplo de cómo transmitir con la palabra lo que muchos intentaron y pocos pudieron, eso sí.
—Cuando menos, una verdadera obra de arte. Lo he leído y vuelto a leer varias veces desde que se produjo este verdadero milagro, así considero el rescate de este original, y realmente no le encuentro fisuras.
—También coincido con ustedes tres, aunque noto que a Rodolfo le genera algún tipo de dudas. Vendría bien que se explayara un poco, el debate ganaría en calidad y el público se vería sumamente beneficiado.
—No es que dude, solo que quise diferenciarme un poco del categórico comentario de Augusto. Todos reconocemos su calidad como crítico literario, uno de los más grandes de la historia de las letras, pero cuando se trata de Salemo y su obra creo que tiende a poner sobre el tapete su incondicional admiración por todo lo que él ha escrito.
—Eso es bueno; él que no nos concentremos en tan solo el halago desmedido y cumplamos a raja tabla con la sacrosanta misión que nos ha sido encomendada vaya a saber uno por quién.
—Ya te saltó el místico, Pedrito. Aunque tenés toda la razón: debemos tomar la debida distancia; somos críticos, no solo lectores. Nuestra misión principal es facilitarle al vulgo la comprensión de lo que el autor de un texto ha querido reflejar en sus escritos. Pero, recuerden que estamos en un programa que será visto y oído a través de la red por más de dieciocho mil millones de espectadores, según las últimas mediciones que ha tenido el programa. Casi la mitad de los seres humanos de la Tierra y unos cientos de miles más en las colonias desperdigadas por toda la Vía láctea.
— ¿Es cierto que fue encontrado de casualidad por uno de los robots de limpieza en la antigua casona del maestro, detrás de un antiquísimo artefacto doméstico?
—Eso dicen. Uno de esos adminículos con los que se intentaba mantener las bebidas a una temperatura más o menos baja y estable, sin demasiado éxito, claro. Apenas eran retiradas de su interior comenzaban a recuperar su estado original. Un fiasco. Pero, pasemos a lo que realmente importa: aún siento escalofríos de placer con solo recordar esas geniales palabras, esa prosa perfecta, ese clima rayano en lo sublime.
—Bueno, Augusto, me parece que lo tuyo ya está debidamente claro; aunque me gustaría descuartizar, si se me permite tan macabra metáfora, un poco el relato al que nos estamos refiriendo.
—No solo un relato, más bien un compendio de sabiduría y sensibilidad con el toque justo y necesario de misterio, justo el adecuado para mantener en vilo al lector, tanto al más educado, aquél con la saludable costumbre de acordarse siempre de escucharnos antes de encarar cualquier clase de lectura  como a esos otros verdaderos kamikazes  que son capaces de abrir un libro sin antes consultarnos.
—Vuelvo a coincidir. Yo lo catalogaría como un relato “odisíaco”, por su referencia a un viaje implícita en parte de la trama.
—También podríamos enrolarlo, sin dudas, en una especie de búsqueda mística, emparentarlo con el Santo Grial y el significado que esto conlleva.
—O una de esas geniales parábolas en las que la realidad de tiempo y espacio no siempre coinciden con la de un espacio y un tiempo reales.
— ¡Gran hallazgo! Ahora me doy cuenta: no en vano el “acordarme”y el “vaya”, una especie de dejá vú que solo el genio de Salemo podía interrelacionar de manera tan deliciosa.
—Y al mismo tiempo situarnos en el espacio físico final, pero aún futuro de la culminación de su obra. Confieso que tuve que investigar arduamente sobre qué era un “súper”, pero luego de llenar ese hueco imperdonable de mis conocimientos, lloré. Todo cerraba de forma perfecta; si alguna vez se ha podido reflejar el por qué y el para qué la raza humana ha llegado a este mundo en palabras, es sin dudarlo es a través del extraordinario poder de síntesis de este ejemplar único y quizá irrepetible  de la literatura de todos los tiempos.
—La coincidencia es total, queridos espectadores. Todos los análisis necesario han sido completados, a pesar de los tres siglos transcurridos desde la, desde ahora, nueva sagrada escritura, las conclusiones de la ciencia han resultado ser irrefutables, el manuscrito hallado   pertenece sin dudas al gran maestro aunque no se haya encontrado en él su firma; es su letra, ha sido escrita con un antiguo sistema de escritura denominado “birome” sobre un soporte que solo vemos en nuestros museos y que se llama “papel” y aparentemente habría caído desde un costado o el frente del artefacto doméstico al que estaba adherido por medio de una especie de pieza metálica o “imán” que había sido desarrollado en la época con ese loable fin. Agradezcamos nuestra buena suerte al haber podido hallarlo y disfrutemos de su lectura. El gobierno universal dará los pasos necesarios para que, debidamente digitalizado, esté al alcance de los treinta y siete mil millones de pares de ojos de la humanidad toda. Mientras tanto, sean ustedes privilegiados testigos de tan sublime obra:

Si usted, estimado lector tiene interés en observar en detalle este trascendente manuscrito y apreciar la bella caligrafía del genial escritor, haga clic en él.

viernes, 13 de julio de 2012

Caminata- Miguel Dorelo



Caminata- Miguel Dorelo

Ellos siempre quieren morderme. No es que los provoque ni nada por el estilo, creo que simplemente sienten una especial predilección por hincar sus dientes en mi carne.

Me agrada sobremanera salir a caminar; sobre todo en las tardes de otoño. Lo hago a la hora exacta en que sé que inexorablemente el sol ya se habrá ocultado cuando decida emprender el regreso; es lo único planificado de todo el recorrido.
Mientras camino, me deleito oyendo el ronronear de los autos en las avenidas, las voces de la gente o el silencio de una plaza desierta. Repito recorridos solo de forma azarosa, aunque de vez en cuando vuelvo a pasar  por lugares que  forman tan parte de mi como mis vísceras, esos entrañables sitios en que alguna vez besé, abracé, acaricié a algún ex amor. Y  la añoranza me acompaña en gran parte del trayecto. Siempre de momentos agradables, quizá con un dejo de tristeza muy pequeño, justo el suficiente para potenciar el sentimiento  que se apodera de la tarde y del paseo; un ex amor siempre es un buen recuerdo cuando sabemos recordarlo  justo hasta el momento exacto en que empezará a dejar de serlo. Todos mis amores han sido para toda la vida, solo han cambiado de aspecto por un corto periodo de tiempo, confundiéndome con colores de ojos y cabellos de distintas tonalidades, olores disímiles, bocas más grandes o más chicas, de labios finos o más gruesos, todas ellas siempre comúnmente dispuestas. Me gusta recordar bocas y a las dueñas de esas bocas.
A veces escucho música con mis auriculares y la ciudad se desliza por mis pupilas como un video clip sin  editar, quizá abandonado a medio hacer por un director cansado de efectos especiales de dudoso gusto exigidos por el productor.
 Disfruto mucho de mis caminatas y mis preferidas, ahora que lo pienso, han sido aquellas en las que la única compañía he sido yo mismo. No por egoísmo ni nada que se le parezca, también he sentido en muchísimas ocasiones la necesidad de apurar el paso y acortar así el tiempo de regreso o de encuentro con ese alguien al que uno extraña imperiosamente aunque hayan sido escasas las horas de ocasional ausencia.

Uno de ellos, siempre hay uno de ellos vigilándome, me gruñe  desde demasiado cerca, ensimismado en mis pensamientos lo veo algo tarde, casi sin tiempo para evitar el desagradable encuentro. Por suerte la distancia es la suficiente para evitar un ataque. Cruzo a la vereda de enfrente y continúo con mi derrotero, aunque ya algo nervioso.

Camino a paso no demasiado lento, deteniéndome a mirar de vez en cuando algo que llame mi atención, por lo general me gusta observar las fachadas de las casas antiguas; también me agradan sobremanera los grandes espacios verdes, esas plazas con pretensiones de colinas y enmarcadas con un fondo de edificios altos,  el contraste de lo natural con el toque artificial de hormigón, acero y vidrio potenciando la belleza del paisaje urbano.
La tarde cae lánguida y parsimoniosamente, los colores comienzan a cambiar a ojos vista: el reflejo en el asfalto potencia el ocre de las miles de hojas caídas al borde del cordón de la avenida, la luz verde del semáforo de la esquina es vencida por un haz del sol y pacientemente espera sabiendo que, como siempre, volverá a brillar en todo su esplendor  apenas su contrincante momentáneo desaparezca en el horizonte. Miro hacia arriba, siempre lo hago a esas horas, y juego a poder encontrar a la primera estrella visible en ese extraño momento en que la oscuridad y la luz se confunden sobre la faz del planeta y que, sospecho, encierra algo inmensamente más peligroso que un simple cambio de luminosidad natural.

Doblo hacia la izquierda y casi en el acto me doy cuenta que cometí un error: a pesar de quedar momentáneamente cegado por la luz frontal alcanzo a ver la odiada figura de cuatro patas avanzando lentamente hacia mí.
Trato de apurarme, aunque sé que correr no es lo adecuado en estos casos; aparecen dos más desde el norte, uno es de contextura media, pero el otro es realmente enorme, como jamás antes he visto. Aún debo recorrer unos ciento cincuenta metros hasta la seguridad de mi departamento y mi corazón abandona el espacio natural que anatómicamente le corresponde comenzando  su enésimo ascenso hasta mi garganta; siento el familiar ahogo, mis manos comienzan a temblar, mi cuerpo entero comienza a mojarse con ese sudor frío tan desagradable que siempre se hace presente justo al lado de la palabra miedo.

He realizado mis caminatas en todo aquél lugar que he visitado o he vivido; algún pueblo minúsculo en los que solo hicieron falta unos pocos minutos para recorrerlo por entero y en el cuál uno se convierte de repente y por la sola presencia fuera de contexto, en  protagonista impensado, atrayendo  miradas y saludos que conspiran contra aquella pretensión de soledad planificada. Es por eso que prefiero las grandes ciudades y el anonimato que conlleva ser tan solo uno más entre otros miles de paseantes y sin embargo potenciando, paradójicamente, el sentirse único.

Veinte metros o menos. O un millón de años luz; uno de esos momentos en que un instante es eterno, cinco metros, cien mil kilómetros, en el que llegar a buen puerto se nos hace tan utópico que nos dan ganas de llorar. La puerta de entrada a mi edificio es el paraíso prometido. Mi cabeza gira sin que mi voluntad intervenga en lo más mínimo, obliga a mis ojos a una última mirada temerosa sobre el hombro. Nada. Extrañamente, la no visión del enemigo convierte en pánico el ahora casi entrañable miedo anterior.
Cruzo, al fin, la línea de llegada. —Deberían darme una medalla —murmuro casi al borde de la histeria.



A veces me siento tan confundido que no alcanzo a discernir cuánto hay de realidad en mis caminatas y cuanto de una especie de delirio paranoico; aunque sé que me hace inmensamente feliz recorrer la ciudad, olerla, mirarla, escucharla, no puedo dejar de reconocer que al final del recorrido esa extraña, desesperante angustia está siempre  esperándome, y que antes de dormirme cavilaré durante horas sobre eternas caminatas y peligros acechantes.
Y  otras veces, en esos momentos de extrema lucidez que todos alguna vez tenemos, creeré haber encontrado la perfecta solución al problema y me dormiré tranquilo y soñaré con aquella inmensa ciudad de esencia inequívocamente femenina, esperándome ansiosamente, ofreciéndoseme enteramente y sin perros a la vista.