viernes, 13 de julio de 2012

Caminata- Miguel Dorelo



Caminata- Miguel Dorelo

Ellos siempre quieren morderme. No es que los provoque ni nada por el estilo, creo que simplemente sienten una especial predilección por hincar sus dientes en mi carne.

Me agrada sobremanera salir a caminar; sobre todo en las tardes de otoño. Lo hago a la hora exacta en que sé que inexorablemente el sol ya se habrá ocultado cuando decida emprender el regreso; es lo único planificado de todo el recorrido.
Mientras camino, me deleito oyendo el ronronear de los autos en las avenidas, las voces de la gente o el silencio de una plaza desierta. Repito recorridos solo de forma azarosa, aunque de vez en cuando vuelvo a pasar  por lugares que  forman tan parte de mi como mis vísceras, esos entrañables sitios en que alguna vez besé, abracé, acaricié a algún ex amor. Y  la añoranza me acompaña en gran parte del trayecto. Siempre de momentos agradables, quizá con un dejo de tristeza muy pequeño, justo el suficiente para potenciar el sentimiento  que se apodera de la tarde y del paseo; un ex amor siempre es un buen recuerdo cuando sabemos recordarlo  justo hasta el momento exacto en que empezará a dejar de serlo. Todos mis amores han sido para toda la vida, solo han cambiado de aspecto por un corto periodo de tiempo, confundiéndome con colores de ojos y cabellos de distintas tonalidades, olores disímiles, bocas más grandes o más chicas, de labios finos o más gruesos, todas ellas siempre comúnmente dispuestas. Me gusta recordar bocas y a las dueñas de esas bocas.
A veces escucho música con mis auriculares y la ciudad se desliza por mis pupilas como un video clip sin  editar, quizá abandonado a medio hacer por un director cansado de efectos especiales de dudoso gusto exigidos por el productor.
 Disfruto mucho de mis caminatas y mis preferidas, ahora que lo pienso, han sido aquellas en las que la única compañía he sido yo mismo. No por egoísmo ni nada que se le parezca, también he sentido en muchísimas ocasiones la necesidad de apurar el paso y acortar así el tiempo de regreso o de encuentro con ese alguien al que uno extraña imperiosamente aunque hayan sido escasas las horas de ocasional ausencia.

Uno de ellos, siempre hay uno de ellos vigilándome, me gruñe  desde demasiado cerca, ensimismado en mis pensamientos lo veo algo tarde, casi sin tiempo para evitar el desagradable encuentro. Por suerte la distancia es la suficiente para evitar un ataque. Cruzo a la vereda de enfrente y continúo con mi derrotero, aunque ya algo nervioso.

Camino a paso no demasiado lento, deteniéndome a mirar de vez en cuando algo que llame mi atención, por lo general me gusta observar las fachadas de las casas antiguas; también me agradan sobremanera los grandes espacios verdes, esas plazas con pretensiones de colinas y enmarcadas con un fondo de edificios altos,  el contraste de lo natural con el toque artificial de hormigón, acero y vidrio potenciando la belleza del paisaje urbano.
La tarde cae lánguida y parsimoniosamente, los colores comienzan a cambiar a ojos vista: el reflejo en el asfalto potencia el ocre de las miles de hojas caídas al borde del cordón de la avenida, la luz verde del semáforo de la esquina es vencida por un haz del sol y pacientemente espera sabiendo que, como siempre, volverá a brillar en todo su esplendor  apenas su contrincante momentáneo desaparezca en el horizonte. Miro hacia arriba, siempre lo hago a esas horas, y juego a poder encontrar a la primera estrella visible en ese extraño momento en que la oscuridad y la luz se confunden sobre la faz del planeta y que, sospecho, encierra algo inmensamente más peligroso que un simple cambio de luminosidad natural.

Doblo hacia la izquierda y casi en el acto me doy cuenta que cometí un error: a pesar de quedar momentáneamente cegado por la luz frontal alcanzo a ver la odiada figura de cuatro patas avanzando lentamente hacia mí.
Trato de apurarme, aunque sé que correr no es lo adecuado en estos casos; aparecen dos más desde el norte, uno es de contextura media, pero el otro es realmente enorme, como jamás antes he visto. Aún debo recorrer unos ciento cincuenta metros hasta la seguridad de mi departamento y mi corazón abandona el espacio natural que anatómicamente le corresponde comenzando  su enésimo ascenso hasta mi garganta; siento el familiar ahogo, mis manos comienzan a temblar, mi cuerpo entero comienza a mojarse con ese sudor frío tan desagradable que siempre se hace presente justo al lado de la palabra miedo.

He realizado mis caminatas en todo aquél lugar que he visitado o he vivido; algún pueblo minúsculo en los que solo hicieron falta unos pocos minutos para recorrerlo por entero y en el cuál uno se convierte de repente y por la sola presencia fuera de contexto, en  protagonista impensado, atrayendo  miradas y saludos que conspiran contra aquella pretensión de soledad planificada. Es por eso que prefiero las grandes ciudades y el anonimato que conlleva ser tan solo uno más entre otros miles de paseantes y sin embargo potenciando, paradójicamente, el sentirse único.

Veinte metros o menos. O un millón de años luz; uno de esos momentos en que un instante es eterno, cinco metros, cien mil kilómetros, en el que llegar a buen puerto se nos hace tan utópico que nos dan ganas de llorar. La puerta de entrada a mi edificio es el paraíso prometido. Mi cabeza gira sin que mi voluntad intervenga en lo más mínimo, obliga a mis ojos a una última mirada temerosa sobre el hombro. Nada. Extrañamente, la no visión del enemigo convierte en pánico el ahora casi entrañable miedo anterior.
Cruzo, al fin, la línea de llegada. —Deberían darme una medalla —murmuro casi al borde de la histeria.



A veces me siento tan confundido que no alcanzo a discernir cuánto hay de realidad en mis caminatas y cuanto de una especie de delirio paranoico; aunque sé que me hace inmensamente feliz recorrer la ciudad, olerla, mirarla, escucharla, no puedo dejar de reconocer que al final del recorrido esa extraña, desesperante angustia está siempre  esperándome, y que antes de dormirme cavilaré durante horas sobre eternas caminatas y peligros acechantes.
Y  otras veces, en esos momentos de extrema lucidez que todos alguna vez tenemos, creeré haber encontrado la perfecta solución al problema y me dormiré tranquilo y soñaré con aquella inmensa ciudad de esencia inequívocamente femenina, esperándome ansiosamente, ofreciéndoseme enteramente y sin perros a la vista.

miércoles, 13 de junio de 2012

Vampira- Miguel Dorelo



Vampira- Miguel Dorelo

No solo yugulares. Ella mordía justo donde hacía falta, la mayoría de las veces en lugares que sorprendían a la ocasional víctima. Succionaba, eso sí, de una manera deliciosa. Lo hacía de tal manera que hasta solía recibir  ruegos o agradecimientos por su faena. No exagero. Lo sé de primera mano; es más: fui una de sus víctimas. Ni la primera ni la última, solo una más de su larga lista. A veces me la creo y me da por pensar que signifiqué para ella algo más que un cuerpo destinado a calmar su insaciable sed. Pero enseguida recuerdo todo al detalle y comprendo que es solo una expresión de deseo para no sentir que me usó, ni más ni menos que como a todos ellos. Intuitiva. Creo que es la palabra justa. No  inteligente en el sentido que suele darse al término, pero sabía, eso sí, dónde, como y a quién atacar. Físicamente, nada del otro mundo, una mujer, digamos, término medio, ni linda ni fea. Una mujer común. Y es sabido que las mujeres comunes son siempre las más peligrosas.

Sus métodos y  motivaciones los descubrí  un poco tarde, lamentablemente. Me atrapó en una tertulia de lectura de esas a las que solía ir y como un iluso creí que nuestro encuentro había sido casual ¡Que estúpido! Tenía todo muy planificado. Esa misma noche me arrastró hasta su cubil y dio comienzo una etapa de mi vida que sé me costará mucho olvidar. Como dije, me mordió por todos lados, recorrió con sus labios y sus dientes cada rincón de mi cuerpo sin solución de continuidad durante toda la noche, lamiendo y succionando alternadamente. El sol entrando por la ventana de su habitación me encontró exhausto pero feliz. Ella me miró directamente a los ojos y de sus labios salió un “ahora  sos mío”; muy poco tiempo después comprendería que realmente sería así. Debo aclarar que no hubo ni la más mínima gota de sangre, quizá ese detalle fue el que hizo que me confiara; solo más adelante descubriría su condición de vampira sofisticada.

Volví a mi casa casi arrastrándome, me sentía muy débil. Me acosté enseguida y dormí doce horas seguidas. Desperté, me di una ducha y  tomé un café bien cargado ya que necesitaba estar lo más  despabilado posible  para poder terminar el relato que me habían encargado y cuyo plazo de entrega vencía en menos de veinticuatro horas. Por suerte solo me faltaba redondear un buen final y hacer una última corrección. Me fue imposible. Mi mente divagaba por cientos de cosas sin importancia, pero ninguna relacionada con la trama del cuento. Y la recordé, claro. Recordé sus ojos, su piel, su olor; pero sobre todo recordé sus labios, su lengua y sus dientes, sus afilados dientes. Dejó de interesarme lo escrito y los plazos de entrega, solo quería llamarla y fijar un nuevo encuentro lo antes posible. Y todo fue cada vez mejor y cada vez peor; las noches apasionadas, las madrugadas de agotamiento y los días de mente vacía se fueron sucediendo uno tras otro. La última noche, siempre hay una última noche, llegó sin aviso, sin señal alguna que lo anticipara. Una velada como casi todas, pero más intensa: ella superó de una manera que no puedo describir todos nuestros encuentros anteriores y la mañana me encontró con un “ya no tenés más nada para darme, adiós” susurrado en mi oído izquierdo.

Por supuesto que intenté dejar sin efecto esa despedida unilateral, pero todo fue en vano, ella no dejó que me acercara de ninguna forma. Además, me sentía muy débil, tanto física como mentalmente; sobre todo esto último. En los pocos meses que duró nuestra relación no había podido escribir ni una línea de texto, simplemente no se me ocurría nada como para volcarlo en palabras. Luego de un tiempo empecé a sospechar, por suerte mi cuerpo se estaba recuperando de a poco y mi cerebro estaba recobrando su lozanía habitual. Comencé por hilvanar hechos y gracias a una conversación que tuve casi de casualidad con un escritor al que fui presentado en una de las reuniones a las que había decidido volver para ver si conseguía desbloquear mi inexplicable falta de ideas, empecé a confirmar algo que al principio creí solo un delirio de mi parte, seguramente potenciado por la desazón que me embargaba. De repente él la nombró y luego de comunicarle que también la conocía, comenzamos a intercambiar confidencias sobre ella. Un calco casi exacto su experiencia y la mía, eso descubrimos a los pocos minutos de charla. La conocimos de igual manera, del mismo modo transcurrió esa inmediata noche en su departamento, el mismo cansancio a la madrugada, los mismos besos, las mismas caricias, los mismos mordiscos, casi el mismo tiempo junto a ella hasta exactamente la misma frase salida de sus hermosos labios “ya no tenés nada para darme, adiós”. No  podía ser casualidad, era imposible tanta coincidencia. Decidimos aunar esfuerzos y ponerla en evidencia. Él tampoco había podido contactarse de ninguna forma con ella luego de la despedida, o quizá, más adecuadamente, el despido. Poco tiempo después nuestra base de datos sobre “la Vampira” como empezamos a llamarla, comenzó a incrementarse; descubrimos a otras víctimas, siempre hombres. Siempre relacionados con alguna forma de literatura; uno era instructor de padle y solía escribir ensayos, otro cuya profesión principal era la de escribano, escribía micro relatos; mi ahora socio, en plena tarea de corrección de su novela recién terminada y trabajando en una dependencia policial del conurbano bonaerense y yo, trabajador autónomo y entusiasta escriba de cuentos y algún perdido poema. Ella era una vampira muy abierta, o como diría mi santa madre, dios la tenga en la gloria, “esa no le hace asco a nada”.

 Teníamos ya  una cabal idea de sus métodos, algunas pautas de comportamiento y muchos detalles sobre su accionar; las coincidencias eran totales en todos los casos, contactamos a las otras dos víctimas que asombrados escucharon lo que habíamos descubierto. Comprobamos que en ninguno de los casos hubo vestigio alguno de sangre, por lo que nuestra fantasía sobre una inmortal vampira que se alimentaba de esa manera para conservar una eterna juventud fue descartada de plano. Pero, eso no alcanzaba para comprender los motivos. Debía haberlo, solo debíamos  averiguar cuáles.

Y una tarde, de casualidad, como suele pasar con los descubrimientos importantes, la vidriera de esa librería de Palermo, un libro, su portada y su nombre escrito en ella. Entrar, desesperar hasta que me tocase el turno y finalmente tener entre mis manos aquella  publicación. Darle una rápida ojeada sentado en el primer banco de la primera plaza, llamar a una reunión de urgencia al resto de los damnificados y finalmente, las conclusiones.
Era un libro de cuentos; los había largos, medianos y mínimos; casi doscientas páginas de relatos firmados por ella. Ansiosos, nos pasábamos el libro unos a otros, leíamos un cuento y nos mirábamos. Comenzamos a organizarnos: la sospecha de que en esas hojas, en esas palabras estaba la clave de todo, nos hizo agudizar el ingenio; decidimos que lo mejor era leer en voz alta y por turnos, un cuento cada uno. Eran buenos relatos, coincidimos en esto y   luego, más puntualmente, en que nos provocaba una especie de dejá vu la mayoría, sino la totalidad de ellos.
Nos miramos y casi al unísono lanzamos un ¡Que hija de puta!

 Quizá nuestra conclusión final venga medio tomada de los pelos para algunos, pero los cuatro estamos completamente convencidos: sus caricias, sus palabras susurradas en nuestros oídos, sus labios añorados recorriendo cada centímetro de nuestras pieles, el agotamiento luego de esas largas noches de pasión y las consecuentes pérdidas de todo tipo de vestigio en nuestras mentes de idea literaria alguna, pero por sobre todos sus dientes hincados sin sangre involucrada eran las señales inequívocas de que lo que ella recolectaba era nuestro poco o mucho talento para enhebrar historias.

Han pasado ya seis meses desde que descubrimos la verdad sobre la Vampira; su libro ha sido re editado ya en dos oportunidades y su nombre forma parte de lo que se denomina “el nuevo boom de la literatura latino americana”. Nada pudimos hacer al respecto, no podemos acusarla de plagio y mucho menos contar esta historia que nos haría el blanco perfecto para la burla, justo ahora que de a poco empezamos a plasmar alguna idea en palabras.

Lo único que nos da un poco de bronca es que su editor ya ha anunciado el lanzamiento de su nuevo libro, esta vez una novela, y aun no hemos descubierto quién ha estado retozando en su cama, disfrutando de sus caricias, escuchando sus palabras dulces, ofreciendo su carne a los mordiscos.

viernes, 8 de junio de 2012

El tiempo nada significa- Miguel Dorelo



El tiempo nada significa- Miguel Dorelo

El tiempo es lo que pretendamos de él; un segundo o un siglo a veces se confunden, depende desde donde y como lo midamos. Uno u otro a veces no alcanzan o no son lo suficientemente escasos, la duración del tiempo es sobre todo una falacia. Más aún cuando estoy con vos, cuando me pierdo dentro tuyo: el amor todo lo transforma, todo lo tiñe de infinito, dos que se aman jamás podrán ir atados a la tiranía de las agujas del reloj ni…
— ¡Terminála, pelotudo! ¡Me tendrías que haber dicho que sos eyaculador precoz!

lunes, 4 de junio de 2012

Insistente- Miguel Dorelo



Insistente- Miguel Dorelo

­—Le agradezco, pero en este momento no necesito  —le dije de entrada.
—Pero mire que como yo no va a conseguir así no más, eh —porfió.
—Le creo; pero de verdad, no los estoy usando en este momento, no es nada en contra suyo.
—Multifacético soy. Me convierto en cualquier cosa que se requiera; hasta cambio de sexo si es necesario —insistió.
—Supongo que dice la verdad, pero en serio: estoy en una etapa de experimentación y no quiero depender de nada que sea demasiado tangible ni que me obligue a amoldarme a los cánones establecidos —traté de explicarle poniéndome en pose intelectual, aunque ya me la venía venir: cuando uno de estos se emperra pueden ser muy pesados.
—Bueno como Bambi o más malo que el mismo Chucky puedo ser, lo que prefiera. O morirme y resucitar, enamorarme, enamorar o pasar a la historia como el más odiado. Y físicamente también me adapto, no crea que no, rubia voluptuosa con pocas luces y grandes tetas, como esas que matan en las policiales, o una intelectual con anteojos y un poco frígida para esos cuentos machistas que usted suele escribir. De hombre tengo varios tipos también. Hasta animales le hago.
— ¡Ya le dije que no! —Me estaba hartando con tanta insistencia.  Fue peor. Se puso a rogar.
— ¡Por favor! No lo voy a joder mucho, me pongo a un costadito de la trama y ni molesto, solo una pequeña línea de diálogo de vez en cuando como para no sentirme un completo inútil. O me pone un nombre, el que usted quiera y me nombra cuando lo crea conveniente, solo eso. Dele, no sea malo.
— ¡Basta! Debería tener un poco más de dignidad. No lo necesito, le repito que no estoy usando personajes para mis cuentos, que estoy tratando de generar historias que no pongan al lector en el rol de identificación o rechazo que esto suele implicar. Inclusive cabe la posibilidad que decida también no utilizarlos a ellos; una nueva forma de literatura revolucionaria que nadie lea jamás. No me joda.
Fue ahí que comenzó a llorar a moco tendido y encima eligiendo la imagen de una bella y frágil mujer no exenta de las adecuadas curvas en forma de larguísimas piernas, un par de tetas del tamaño completamente compatible con mis manos y un culo que solo imaginado podía alcanzar tal perfección, todo esto enfundado en un conjunto de seda de un blanco níveo. ¿Ustedes hubiesen resistido ante algo así, aún si entre los lectores hay algunas damas, eh? Pues yo tampoco. La abracé, la acaricié, hice otras cosas que no vienen al caso y le prometí que en caso de no usarlo esta vez, lo haría en algún otro muy próximo relato.
Lo que sí, creo que otra vez pisé el palito, estos hijos de puta son muy taimados y conocen las debilidades de sus autores más que cualquier otra cosa en el mundo.

lunes, 28 de mayo de 2012

Los descendientes- Miguel Dorelo



Los descendientes- Miguel Dorelo

No quiero que te cuides, quiero que me hagas un niño ya —exigió Eva haciendo deslizar lentamente la hoja de parra por sus largas y torneadas piernas.
—Solo te prometo un rato de buen sexo —retrucó Adán—Y que sea lo que Él quiera.
Y aquí estamos, víctimas propiciatorias  del capricho de la primera mujer conocida.

lunes, 21 de mayo de 2012

Apariencias- Miguel Dorelo



Apariencias- Miguel Dorelo

A Mercedes Vens no le gustan los automóviles; no soporta sus olores ni sus colores chillones, menos aún sus carreras locas por las calles. Mercedes Vens sale de gira por el barrio montada en su primorosa bicicleta color rosa, su pelo al viento, sonriendo y saludando a todo el mundo. Es feliz y siempre dice que un nombre es solo un nombre y que el ser humano es otra cosa.

Todos los vecinos aman a Mercedes Vens. Yo también.

sábado, 19 de mayo de 2012

Aún no es tarde- Miguel Dorelo



Aún no es tarde- Miguel Dorelo

Ella veces se pone a pensar en las cosas que aún no hizo. En las grandes y las pequeñas; en las que soñó desde muy niña que algún día haría y en las otras, esas que por razones varias le fueron quedando atrás sin concretar. Ella sabe perfectamente que muchas de esas veces ni siquiera lo intentó y es harto conocido que intentar es parte indispensable del hacer. A veces también piensa que ya es demasiado tarde, que lo que aún no hizo ya no se hará, o se hará a destiempo, que es como si no se hiciera.

Y otras veces, cada vez más seguido, sonríe, piensa en él... Y en que aún no es tarde.

martes, 15 de mayo de 2012

Me sobra amor para dar- Miguel Dorelo



Me sobra amor para dar- Miguel Dorelo

Mi esposa y mi amante  se visitan, toman juntas el té, van de compras al súper, siempre en perfecta armonía. Se llevan muy bien ¿Por qué no habrían de hacerlo? Después  de todo concuerdan en lo más importante, en el amor y el gozo que disfrutan de mí. Están cada vez más unidas. Y sobre todo ahora que han decidido aliarse en contra de mi nueva novia.

Traducido y publicado en italiano por Stefano Valente

jueves, 10 de mayo de 2012

Me hubiese gustado conocerte más- Miguel Dorelo



Me hubiese gustado conocerte más- Miguel Dorelo

Como en casi toda relación, en los primeros tiempos todo fue armonía. Desde el primer intercambio por el chat de Facebook  supimos que teníamos tanto en común, sobre todo nuestro amor por las letras. En esa madrugada estuvimos conectados sin darle la más mínima importancia al correr de las horas. Te conté de mis preferencias de lectura, me citaste a Pizarnik, su poesía descarnada con la cual tanto te identificabas, a Cortázar, a Borges, a García Marquez; conocías de memoria largos pasajes de sus relatos, sabías responderme cualquier inquietud que tuviese con la palabra justa, invocando al instante a Quevedo o Jean Paul Sartre.
Nos conectábamos absolutamente todas las noches, me contabas como estabas vestida y que estabas tomando, casi siempre un cortado acompañado por un trozo grande de chocolate amargo; yo y mi taza de té saborizado devorábamos las palabras que se iban formando, danzarinas, en el monitor de la pc. Y ahí estaban, invocados por tu brillante cabecita, Neruda o Bradbury, Tolstoi o Galeano, Saramago o Ballard. Y pasó lo que no había forma de que no pasara: me enamoré de vos perdidamente. Y un tiempo después un “te amo” de mi parte. Y en un tiempo que me pareció eterno, un “yo también” como respuesta.
Un par de meses en que la vida solo era vida a través de esa conexión que hacía que estuvieses junto a mí en mi cuarto, pero nunca a solas, decenas, centenas de escritores y escritoras de ficción, de poetas, de filósofos, de ensayistas, siempre invitados por tu cerebro orgiástico, tu mente promiscua, a compartir noches enteras de placer, revolcados entre verbos, sustantivos y metáforas. No solo crecía mi amor hacia vos, sino que, exponencialmente, te admiraba cada vez más por tanta literatura junta en un cuerpo tan hermoso, porque encima eras bella como ninguna otra mujer que alguna vez haya amado.
“Quiero verte”, te dije; “quiero tocarte”, respondiste. “Quiero olerte, besarte, acariciarte” coincidimos. Y un buen día nos encontramos  por primera vez. Y fue insoportablemente hermoso, uno de esos momentos que justifican una vida, que duelen de felicidad, que te vuelven frágil al comprender que ya no sos más vos, que a partir de ese momento valés lo que ella quiera que valgas.

Quizá a esta altura del relato más de uno piense en que tal idílica relación no tiene cabida más que en una ficción, que esto que he escrito es tan solo un reflejo de un deseo, de algo que jamás he vivido y que es la única forma plausible de que algo así suceda. Permítanme decirles que no es así, que no he mentido o inventado en lo que les he contado; ella existe, yo existo, las circunstancias han existido. Pero debo ser completamente honesto, y para ello déjenme contarles el final de esta historia, comenzando por el principio de ese final.

Lo “real” duró algo así como dos meses, casi la misma cantidad de días, horas y segundos que  lo virtual, pero con el tacto, el oído y el olfato potenciando la pasión solamente insinuada a través de la red. Ella seguía con su constante verborragia literaria, lo que me llevaba a preguntarme sobre la cantidad de libros leídos por esos ojos en los que solía perderme y de los que solo podía apartar mi propia mirada para contemplar extasiado esa boca que aún muda era un placer para los sentidos. Cuando cenábamos me citaba a Adriá Ferran  y al Bulli, sobre el arte de la cocina gourmet, si tocaba ir al cine me comentaba sobre las opiniones de los críticos más renombrados y sus análisis sin concesiones, en nuestras charlas de sobremesa solía tocar todos y cada uno de los temas con el concepto justo y oportuno: compartía con nosotros un café Benedetti, tomaba unos mates Antonin Artaud, más de una vez Bukowsky nos agotó las existencias de todo aquello que tuviese alguna proporción de alcohol que él considerara adecuada de nuestro bar, siempre invitados por su privilegiada memoria, su voz de tonos precisos. Cuando tocaba el rito de caricias y besos a ella le gustaba  hacer partícipe a Wilhelm Reich y su teoría sobre la energía orgonómica, haciendo gala aún en esos momentos tan íntimos  de su sapiencia interminable.

Lamentablemente interminable. Dos meses fueron más que suficientes, ya imposibilitado de soportarlo, traté de encauzar la relación pero no pude; seguramente por mi propia incapacidad, ella es como es y quizá tendría que haber hecho algún esfuerzo mayor por comprenderlo. Simplemente, no pude lidiar con esa sensación de estar al lado de una especie de ente repetitivo de palabras ajenas.
Una lástima: realmente, me hubiese gustado conocerte más…O al menos, algo.

domingo, 29 de abril de 2012

El cortejo en H-5240- Miguel Dorelo



El cortejo en H-5240- Miguel Dorelo

En H-5240 no todo es lo que parece; hay cosas que sí y cosas que no, y a veces se hace muy difícil distinguir entre las que son especialmente hábiles en el arte del camuflaje cuál es su verdadera esencia. Y esta característica, aunque no  exclusiva de H-5240, por estos lados toman visos muy peculiares, vale tanto para objetos, animales, plantas o personas.
Como para que se entienda, hablemos un poco sobre los pájaros del lugar, comentemos sobre sus curiosas técnicas de vuelo, sus charlas rozando lo inverosímil o sus costumbres sexuales a medio camino entre la promiscuidad y la pacatería. Bajo la atenta mirada del espécimen hembra, el macho suele comenzar el cortejo inclinando su cabeza a exactamente 47 grados con respecto a la distancia media entre el pico de la adulada y su propia ala izquierda; luego, efectuando un rápido giro emprenderá un veloz ascenso hasta alcanzar el pico máximo de altura de antemano convenido con los progenitores de su pretendida, el respeto para con los probables futuros suegros es ineludible en H-5240. A continuación, y dentro del lapso de tiempo promedio logrado por los otros cuatro amantes de la pájara (he aquí la parte promiscua de las relaciones amorosas practicadas por los pájaros de  H- 5240), deberá posarse sin apartarse ni una décima de milímetro en la séptima rama del lado izquierdo del añoso sicomoro que a la sazón habrá precedido toda la ceremonia y aguardar estacionado allí la decisión de su amada. Esta podrá tomarse todo el tiempo que crea conveniente para dar su veredicto, por lo general sin siquiera prestar la más mínima atención a los esfuerzos del pretendiente e inclusive no dar ninguno al grito de “¡Pero, que pedazo de pelotudo!” “¡Por qué no te dedicás a hacer malabares, infeliz!” O cualquier otro bocadillo que crea adecuado.
En H-5240 ser pájaro hembra tiene sus privilegios.

sábado, 21 de abril de 2012

El heredero- Miguel Dorelo



Mi aporte  a Minicuentos x por la identidad II.

El heredero- Miguel Dorelo

Es como él dice siempre me dice, hay que tener huevos  para hacer lo que el país necesita, los verdaderos hombres se ven cuando las papas queman; a estos zurdos  hijos de puta hay que pararlos como sea.
También dice que todavía soy muy chico para acompañarlo, que más vale me prepare para el futuro, que estudie, que algún día ya no hará falta salir a hacer limpieza y que le podré ser útil a la patria desde algún lugar más adecuado.
Es un capo mi viejo, yo lo ayudo en lo que puedo: hoy tiene operativo y  al Falcon se lo voy a dejar  hecho una pinturita. 

lunes, 16 de abril de 2012

El último ser humano sobre la tierra- Miguel Dorelo



El último ser humano sobre la tierra- Miguel Dorelo

Alguien alguna vez dijo aquello de que las ideas no matan. Pues, soy la prueba viviente de la falsedad de semejante enunciado; lamentablemente,  el último  humano vivo sobre el planeta, un patético ser contando sus últimas horas en una Tierra desolada. O quizá el término “desolado” no sea precisamente el adecuado para este instante final en el que, en poco tiempo más, ya no quedará ningún representante de la raza sobre su superficie.
Al principio nadie pudo (o quiso) hacerse cargo de lo que unos pocos habíamos querido advertirle al resto. Como todo proceso, los primeros impactos colectivos tardaron en manifestarse de forma clara, inclusive a la mayoría, una vez aceptado  voluntariamente el nuevo orden establecido mediante sutiles bombardeos de falsas informaciones e imágenes tendenciosas, creyeron seriamente en que el hombre como conjunto se encaminaba a ser un ser superior, más sano tanto física como espiritualmente. Algunas voces, rápidamente tildadas de paranoicas por los gobiernos de todo el mundo, insinuaron complots, hablaron de drogas en los alimentos, de una enzima manipulada en laboratorios cercanos al poder que actuaban en puntos clave del cerebro de la población, convenciendo definitivamente sobre las bondades del nuevo modo de vida a los más reacios.
 Súper población; la palabra clave. El planeta, simplemente, no pudo soportarlo. Millones, miles de millones, miles de miles de millones; más, más, más, el número de individuos creciendo día a día, hora a hora, segundo a segundo. Y polución, contaminación, destrucción; escasez de agua y oxígeno, destrucción de la capa de ozono, bombardeo de rayos ultravioleta. Nacimientos tras nacimientos tras nacimiento en una constante e infinita cadena. Parto: la nueva palabra maldita. Partos únicos, partos múltiples. Ya no queda lugar donde vivir, solo unos pocos metros cuadrados para cada uno, los olores se vuelven insoportables, el hacinamiento provoca violencia, el principio del fin se vislumbra. Y finalmente, inexorablemente, la muerte comienza su cosecha. Los agoreros de siempre deben haber exhalado sus últimos suspiros con una sonrisa en los labios: la tantas veces anunciada autodestrucción se estaba  cumpliendo.
Y  Yo. Solo Yo. O mejor dicho, Yo entre vacas, cerdos, conejos, ciervos, pollos y gallinas, corderos, peces, chivitos, caracoles, insectos, crustáceos de todo tipo,  perros y gatos, sumados a una infinidad más de animales que alguna vez  y por designio del Señor habían sido creados con el loable fin de alimentar a la raza humana y que un grupo de iluminados autodenominados  “vegetarianos” y luego en un arranque de mesianismo híper fanático “veganos” ,decidieron “salvarlos” amparados en pacatas excusas; miles de millones de ellos reproduciéndose sin solución de continuidad, desenfrenadamente, ocupando todos los espacios disponibles, ahogando finalmente a la raza humana, incapaz de resistir en un ambiente anti natural por completo.

Ya no queda tiempo, solo unos minutos para tipear estás últimas palabras en la ilusa esperanza de que algún día el hombre resurja de sus cenizas, alguno de sus miembros  pueda leer esto y así  no volver a repetir errores y recuerde siempre que no solo es mucho más placentero  un chivito a las brasas, un buen bife de chorizo o una vulgar milanesa a la napolitana, sino que además, los vegetales son solo guarniciones que acompañan.

sábado, 7 de abril de 2012

Tiempos femeninos- Miguel Dorelo



Tiempos femeninos- Miguel Dorelo

 ¡Último momento! Científicos de diverso países y especialidades reunidos durante dos semanas en Filadelfia no han podido llegar a conclusión alguna con respecto al extraño fenómeno en que hermanos mellizos de distintos sexo han llegado a la madurez contando él con 47 años y ella con 38. Ampliaremos.

viernes, 30 de marzo de 2012

Reivindicación femenina- Miguel Dorelo


Reivindicación femenina- Miguel Dorelo

Al final en cierta forma  me convenció. Seré un poco troglodita pero también tengo mi lado tierno y tan duro para entender no soy, solo hace falta que me expliquen las cosas despacio y bien claro.
Ella me habló de que siempre fueron menospreciadas desde el comienzo mismo de la historia de la humanidad, algo del yugo me dijo, esta parte no la entendí muy bien. No quise preguntarle qué carajo era eso para no quedar como un ignorante, pero se ve que estaba convencida de lo que decía. Me nombró a unas cuantas minas que ahora no me acuerdo los nombres que según ella  habían luchado por la reivindicación y la igualdad y que la habían pasado bastante mal por eso, pero que gracias a ellas algo se había avanzado. Yo la escuchaba atento y comprendía casi todo lo que me decía, pero no podía darme cuenta adonde quería llegar.” Por suerte ahora contamos con más armas para defendernos”, me dijo y confieso que ahí me asusté un poco. Al ver mi cara se ve que se avivó y me aseguró que era una manera de decir. Me quedé más tranquilo, pero no del todo. Lo que me sacó un poco y tuve que morderme para no andar discutiendo fue cuando largó eso de que “todos somos iguales y tenemos los mismos derechos”. Siguió con que a igualdad de responsabilidades debían cobrar igual, que sobre sus cuerpos mandaban ellas y podían hacer lo que se les cantara y después se mandó con cosas que dijo que eran consignas: “nunca me convencerán de no usar forro”, “Si me acuesto con muchos tipos no tienen por qué llamarme puta” “si me gustan las mujeres no tiene que darme vergüenza” y otras más. Ahí la enganché, pero no le dije nada, a veces soy todo un caballero: esas fracesitas yo las había leído en el Facebook y ella las repetía como un loro.
Después se puso un poco triste y ahí me pudo, sé que es una buena mina a pesar de todas esas cosas que se le meten en esa cabecita loca; terminó diciendo que a veces estaba tan cansada de pelearla en forma despareja con esta sociedad que sería mejor si no pensara tanto.
Yo le dije que siempre se lo decía eso, pero que tampoco es que estuviese tan mal, que si ella creía en esas cosas debía hacer lo que mejor le parecía y no entregarse. Ahí me sonrió y se le pusieron los ojitos brillantes y me mató del todo.
— ¿Entonces es si? —se aprovechó la desgraciada.
—Está bien —le dije —Hoy te pongo de tres, pero mirá que es la semi-final y a la primer cagada que te mandes te saco.
 A pesar de que la amo con toda mi alma sigo pensando que las mujeres no sirven para el futbol.