lunes, 18 de febrero de 2013

En la niebla- Miguel Dorelo



En la niebla- Miguel Dorelo

Me gusta salir a pasear cuando hay niebla.
El lugar en donde vivo se presta idealmente para la formación de ese tipo de niebla espesa que solemos ver en las películas de terror o de misterio. El mar cercano, mi casa en lo alto de la escarpada colina a las afueras de la ciudad, la humedad ambiente habitualmente en la saturación absoluta sumados a otros procesos que quedan fuera de mi comprensión configuran las condiciones para que noche tras noche se forme un espeso manto que limita los alcances de la vista humana a muy pocos metros.
Vivo solo. Esto es una gran ventaja, puedo caminar entre la niebla sin preocuparme por el horario, sabiendo que nadie esperará ni ansiará mi regreso al hogar.
Disfruto, sobre todo, esa sensación de contención que me da la niebla; ella me abraza y me protege, envolviéndome muy suavemente, acariciándome con manos de mil dedos, manos de mujer, porque la niebla es inequívocamente femenina, estoy seguro.
La niebla es dulce. Ella se mete en mis pulmones dejando a su paso un sabor y un olor como ningún otro.
Me gusta jugar con la niebla. No jugar en la niebla, sino jugar con ella. Como se juega con una mujer amada. Juegos de seducción, juegos de dos sin lugar para nadie más. A veces, juegos peligrosos, esos  que me hacen sentir vivo. Ella se espesa hasta hacerse una muralla impenetrable, acorta mi visión a apenas unos centímetros y es ahí cuando empieza lo mejor del juego. Camino muy despacio en dirección al mar situado un par de cientos de metros más abajo, calculo la ubicación del borde del acantilado sin vallas contenedoras, recuerdo las formas agudas de las rocas, potenciales dagas desgarradoras de mi cuerpo. Me gusta pensar que cuando me acerco demasiado al abismo ella se asusta y es por eso que por lo general se disipa un poco y deja que vea el lugar donde mis pies están pisando. Estoy seguro que me ama tanto como yo a ella.
No siempre es todo tan intenso. Hay noches en que paseamos mansamente, a prudencial distancia del desastre. Ella solo me abraza y yo solo dejo que lo haga.
En ocasiones, no demasiadas, he tenido la sensación de que nos observan. No sé ni quienes ni con qué motivos. Pero, la mayoría de las veces recuerdo que esto es imposible, como ya he dicho, vivo solo. Solo en la colina, en la ciudad y en el mundo.
Han pasado más de dos años desde que la soledad me eligió. No entiendo ni las causas ni conozco las circunstancias, solo estoy seguro de que la humanidad se ha extinguido y solo quedo yo sobre la faz de la tierra.

No haré otra cosa que sobrevivir para seguir paseando entre la niebla, nunca tuve una especial condición heroica y además no sabría qué otra cosa  hacer más que encontrarme con ella y gozar de su compañía noche a noche.

jueves, 7 de febrero de 2013

La máquina del tiempo- Miguel Dorelo



La máquina del tiempo- Miguel Dorelo

La oficina no era demasiado amplia ni tenía un estilo definido. Lo más destacado de la decoración pasaba por una gran holografía de H.G. Wells ubicada en un rincón y que en ese momento evidenciaba no ser de la mejor calidad, ya que la imagen del famoso escritor británico sufría una especie de espasmos que hacían dificultosa la correcta contemplación de su figura. Sobre el escritorio de metal pulido, una verdadera reliquia en forma de antigua fotografía mostraba a un hombre de pelo blanco y ojos desorbitados, al que el visitante no supo reconocer. Detrás de él, en la misma fotografía, podía observarse un antiguo medio de transporte, uno de esos ruidosos automóviles que tantas veces había visto en documentales del canal histórico.
Al ser invitado, tomó asiento y, luego de una pausa teatral, el pequeño hombrecito que oficiaba de dueño de la oficina respondió a la inquietud que lo había llevado hasta esa ignota localidad del sur californiano.
—En efecto, está a la venta, pero bajo estrictas condiciones y solo en un número limitado.
—Me cuesta creerlo. ¿De verdad ha inventado usted una máquina del tiempo?
—Así es.
—¿Y funciona realmente?
—Por supuesto. Tiene mi palabra de honor. Y no solo eso, en caso de ponernos de acuerdo firmaremos un contrato con todas las garantías de la ley. Además, no podría mentirle con el ilustrísimo doctor Emmett Brown observándome desde ese retrato.
—Si usted lo dice… ¿Y solo me saldría quince mil créditos universales? Menos de lo que cuesta una aeronave de gama media estándar.
—Podría haberla construido de forma que costase aún menos, pero traté de que no quedase detalle, por más mínimo que fuese, sin ser planificado en función de la seguridad y el terminado final. Además, la idea es limitar la cantidad para no generar un consumo masivo que podría llegar a ser contraproducente. Como inventor de este prodigio me reservo el derecho de hacer una estricta selección de todo futuro adquirente.
—Me lo aclaró su secretaria. Hermosa mujer, por cierto.
—Y una amante excepcional. Pero vayamos a lo nuestro: en caso de decidirse, tiene que estar dispuesto a una serie de análisis y estudios personales, desde físicos hasta psicológicos.
—No hay problema, estoy dispuesto a hacerme con ese prodigio. Discúlpeme, pero mi ansiedad es demasiado fuerte y me gustaría hacerle algunas preguntas.
—Pregunte, para eso estoy. Es indispensable que usted quede completamente seguro del paso que dará al hacerse de esta máquina.
—¿Cómo funciona? No digo que me dé detalles técnicos o científicos que seguramente no comprenderé, más bien me refiero a lo práctico. ¿Se trata de una gran estructura, algo así como una habitación o una especie de cubículo hermético?
—Usted ha visto demasiadas películas clase B sobre el tema. No es así, más bien todo lo contrario, físicamente es un pequeño adminículo que usted llevará adosado a la muñeca de su brazo izquierdo. ¿Por qué no en el derecho?, se preguntará usted.
—¿Por qué no en el derecho, eh?
—Así me gusta. Ese fue un error de armado, lo admito: si lo sujetáramos al otro brazo se dificultaría la lectura de los comandos. Ya despedí al sujeto que me diseñó el prototipo.
—¡Qué bárbaro! Algo así como uno de esos antiquísimos relojes de pulsera, creo que así los llamaban.
—Algo así.
—¿Y con solo ese aparatito podré viajar en el tiempo todo lo que quiera?
—Bueno, en realidad, lo que hacemos no es “lo que queremos” sino más bien “lo que podemos”. Podrá viajar en el tiempo, eso es seguro, pero me gustaría aclararle algo al respecto.
—Y bueno, aclare.
—Debo ser lo más honesto posible.
—Y dele.
—Bueno, el viaje es, digamos, unidireccional.
—¿Unidireccional? No entiendo.
—Solo se puede viajar hacia adelante, hacia el futuro. Sería engorroso de explicar, pero el viaje hacia el pasado es completamente imposible; para decirlo de una forma sencilla, no se puede ir a un lugar que ya no existe, el pasado es eso, algo que pasó, que ya no está más. Como si uno quisiera volver a un antiguo amor y esta señora, hoy por hoy, ya tiene su vida resuelta al lado de otro, no se puede volver a ella. ¿Entiende?
—¡Qué macana! Me hubiese gustado viajar al antiguo Egipto para ver cómo construyeron las pirámides, si es verdad que hubo ingenieros extraterrestres involucrados y todo eso.
—Dejémonos de boludeces, que somos grandes. Discúlpeme, pero hasta un niño sabe que el secreto de la construcción de las pirámides pasa por la explotación de miles de esclavos cargando piedras todo el tiempo sin paga alguna y alimentándolos lo necesario para que no muriesen demasiados por día y no se atrasaran las obras. Y están hechas como el culo. ¿O se creyó todo eso de las medidas casi perfectas y la armonía de sus formas? No va a encontrar nada interesante en el pasado; para eso están las enciclopedias y créame que es suficiente. Lo que realmente vale la pena es el futuro.
—Me convenció. ¿Algo más que decirme o aclararme? Creo que estoy completamente decidido a adquirir su invento.
—Nada demasiado importante, en el contrato de venta estarán contemplados todos los posibles inconvenientes y tendrá vía libre para realizar cualquier reclamo.
—Listo. Lo hacemos.
—Bien, hable con mi secretaria y ella le dará las indicaciones para los próximos pasos. Creo que no habrá inconvenientes para la aprobación como adquirente de mi máquina, me ha dejado usted una buena impresión y mi intuición rara vez me ha fallado. Nos vemos en una semana.

—Hola, me llamó su secretaria diciéndome que pasara a verlo, que ya estaban en su poder todos mis datos y que la decisión ya había sido tomada. La ansiedad me está matando. Espero que tenga buenas noticias para mí.
—Despreocúpese, amigo. Como le había anticipado, suponía que no iba a haber problema alguno y así fue.
—¡No sabe lo feliz que me hace! Entonces, ¿la máquina ya es mía?
—Prácticamente sí; solo una serie de detalles finales y listo. ¿Le gustaría que fuese de un color en especial? En nuestro catálogo tenemos veintiséis tonos distintos.
—¡Me da lo mismo! …Aunque, espere. Amarillo, me gusta el amarillo. ¿Podría ser de ese color?
—No lo va a querer creer, justo ese es el que no tenemos. Nuestro departamento de estadística comprobó, sin ningún lugar a dudas, que ese es un color que trae mala suerte. “Mufa” le decimos internamente, un término de aquel siglo glorioso en que se sentaron las bases para este presente maravilloso. Le puedo ofrecer una en un tono naranja que está dentro de la escala cromática y seguramente será de su agrado.
—Está bien, en realidad me da lo mismo, solo quiero tenerla cuanto antes.
—El contrato ya está confeccionado, solo falta que lo firmemos y, por supuesto, que realice el depósito a mi cuenta en Calisto, esto de los paraísos fiscales galácticos es una gran ventaja y permite abaratar costos, siempre en beneficio del cliente, claro. Si todo va bien, esta misma tarde tendrá en su poder este prodigio. Ha sido un placer hacer tratos con usted. Como siempre, mi secretaria lo guiará en estos últimos pasos.

—¡Hijo de puta! ¡Mal parido! ¡Estafador! ¡Esa porquería que me vendió no funciona!
—Tranquilo, cálmese que le va a dar un infarto. Si yo le garanticé que la máquina funciona es porque funciona. ¿Qué le pasó?
—¡Nada! ¡O todo! ¡Que la quise usar y no anda! ¡Me cagó, me engañó, me envolvió con todo su palabrerío barato!
—Bueno, barato no. Tampoco caro, le cobré lo justo. Además, está completamente equivocado, estoy seguro de eso; jamás falló una de mis máquinas.
—¡No me diga! ¡Pues esta vez sí! ¡No funciona!
—¿Leyó el manual? ¿Hizo todo exactamente como allí se indica?
—¡Claro! Hasta un imbécil podría seguir esas instrucciones. ¡Usted es un cagador profesional!
—Tranquilo. ¿Cuándo la puso en marcha?
—Ayer mismo. Debo confesar que estaba muy ansioso y, apenas llegué a casa, leí las instrucciones, me puse su porquería en mi muñeca izquierda y la puse en marcha. Como verá, me vine con el aparato puesto. ¡Y hasta ahora no ha pasado absolutamente nada! ¡No funciona, carajo!
—Déjeme ver. No veo nada raro. ¿Para qué fecha la programó?
—Le confieso que cedí a la tentación a pesar de lo que me explicó y la primera vez lo quise hacer hacia el pasado, pero en el acto se encendió una luz de color rojo mientras una voz femenina, que creo haber identificado como la de su secretaria, repetía monocordemente: “Para atrás no, estúpido… Para atrás no, estúpido”. Me asusté un poco y la reprogramé para un año hacia el futuro, apreté el botón azul, como dice en el manual, y no pasó absolutamente nada de nada, ni en ese momento ni hasta ahora. ¡Me cagó, me estafó! ¡Le voy a iniciar una demanda y lo voy a hacer meter preso, desgraciado!
—Espere. Sáqueselo y démelo. No pasa nada, seguirá funcionando, no se preocupe. Mire, apretando esta tecla, la verde oliva, se activa la calculadora científica. Me olvidé de comentárselo, también puede utilizar la máquina para hacer cuentas. Y hasta tiene una función que convierte las distintas monedas de los inframundos a créditos universales. ¿Un año, me dijo? Bien, ya está. Como puede ver, eso equivale exactamente a 31.536.000 segundos. Me dice que la puso en marcha ayer, o sea que hará unas doce a catorce horas.
—En estos momentos catorce, las cuento para tener más pruebas en su contra. ¡Catorce horas sin que pase nada, maldito delincuente!
—Calma, calma. Catorce horas equivalen a 50.400 segundos según la cuenta que acabo de hacer y si se los restamos a los originales 31.536.000 segundos de un año completo nos da 31.485.600 segundos. Tal como le dije, está todo bien.
—¿Todo bien? ¡Usted está loco! ¡No pasó nada, nada de nada desde que la puse en funcionamiento!
—Ahora caigo, ya sé lo que le pasa a usted. ¿Leyó el manual en forma completa, el apartado de las especificaciones técnicas y, sobre todo, el inciso que se refiere a la performance de la máquina?
—¿Eh? No, no me pareció importante, usted me había explicado sobre la imposibilidad de ir al pasado y que solo funcionaba hacia el futuro.
—Mal, muy mal. Si lo hubiese hecho, nos ahorrábamos todo este mal momento. El problema radica en sus falsas expectativas en relación con la velocidad de traslado.
—¿La velocidad de traslado? No entiendo.
—Ahí está la clave de toda esta confusión y de sus dudas con respecto a mi honestidad. Como le aclaré de entrada, solo se puede viajar hacia el futuro y usted lo está haciendo en este preciso momento.
—Pero, pero… ¡Yo no siento nada!
—Ya le dije, eso es por la velocidad de traslado. Usted se está desplazando en el tiempo en lo que llamo “velocidad normal de crucero”. En realidad, en la única velocidad posible.
—¡Sigo sin entender una mierda, la puta madre!
—Pero, si es muy sencillo, hombre: usted llegará a ese futuro dentro de un año en unos 365 días, 8.760 horas, 525.000 minutos o 31.576.000 segundos, tal cual indica la máquina.
—¡Eso es una tontería! Mejor dicho, ¡una estafa lisa y llana! ¡Usted me mintió!
—Todo lo contrario, le he dicho una verdad absoluta, jamás le he mentido en lo más mínimo. Piense: usted hasta hoy creía en esa fantasía de viajar al futuro instantáneamente y no tuvo en cuenta lo que le he explicado. Si se pudiese viajar de esa manera sería muy peligroso ya que jamás se podría hacer el viaje en sentido contrario y, en caso de no gustarle su futuro (supongamos que usted viajase hacia una época particularmente horrible en la que no se sintiese a gusto), no habría forma de modificarlo. Solo podría seguir hacia adelante sin garantía alguna de que todo no fuese aún peor. Le he vendido cordura y, por el módico precio de quince mil créditos, usted viajará en el tiempo hacia el futuro, pero de la manera más conveniente, la que la naturaleza sabiamente ha establecido.
—Pero…
—Sea sincero, antes de conocer mi máquina del tiempo la idea ni se le había cruzado por la cabeza.
—Pero…
—Más, debería estarme eternamente agradecido. Bueno —y lo palmeó paternalmente en el hombro—, ya está todo aclarado. Lo dejo porque dentro de media hora tengo una entrevista con otro probable cliente, y usted sabe que el tiempo es oro.
—Pero…
—Que tenga un muy buen día. Fue un gusto haber hecho trato con usted.

Publicado originalmente en la revista Axxón.

lunes, 4 de febrero de 2013

Descartar lo descartable- Miguel Dorelo



Descartar lo descartable-Miguel Dorelo

Cerró  la puerta detrás de si como tantas otras veces en todos estos años. A la misma hora de siempre, sin gestos ampulosos de ningún tipo, aferrándose rutinariamente a esa especie de rito pagano del que le era imposible despegarse ya que, era indudable, estaba en su naturaleza. Se sentó y, también como tantas otras veces, su mente volvió a rememorar aquello que un instante de lucidez suprema había hecho que asociara ese especial momento con la metáfora final que necesariamente abarcaba lo que la vida misma significaba para todo ser humano. Nos nutrimos de cosas indispensables, seleccionando a veces entre aquellas que más nos gustan y otras veces tan solo entre las que podemos, no siempre las que queremos. Y al final de cada día algunos, o por las mañanas como en su caso, algo siempre descartamos: para equilibrar, para sentirnos mejor con nosotros mismos y con los otros.
Pero hoy, algo no funcionaba como debía. Y recordó. Recordó la última vez que algo así le había pasado. Y ese recuerdo no fue de su agrado. Y pensó en cuanto había sufrido, y en que ya estaba demasiado grande para volver a pasar por algo así y en que no se lo merecía. O quizá sí. Raramente aquello que nos sucede no es una directa consecuencia de lo que hemos hecho. Tuvo miedo; y aferrándose a ese miedo se dijo que no se daría por vencido, que lo intentaría con todas sus fuerzas.
Ya más calmo, decidió que lo mejor sería tomárselo con calma. Estiró su brazo izquierdo y agarró uno de los libros de la pequeña pila que estaba muy cerca, los únicos que no se encontraban acomodados pulcra y ordenadamente en su biblioteca, por lo general leer un poco lo ayudaba a distenderse y todo comenzaba a fluir de manera natural.
Pero estaba escrito que hoy no era su día. Dejó de lado lo que estaba leyendo, o mejor dicho, lo que había intentado leer, ya que no había logrado concentrase más allá de lo superficial: las letras estaban, formaban palabras y estas a su vez se transformaban en frases y conceptos, pero no podía descifrar el sentido del conjunto: el todo era nada y la nada se adueñaba de sus sentidos. Era en vano intentar concentrarse y abandonó el intento.
Trató de no desesperar, si de algo le había servido el haber pasado el medio siglo de vida es el tomarse las cosas de la mejor manera posible, canalizar a su favor lo que en apariencia eran inconvenientes insalvables. Un poco más tranquilo, solo eso, no ponerse nervioso y pensar, buscar, dentro suyo estaba el problema y dentro suyo estaba la solución. Solo debía encontrar el modo correcto de morigerar el primero y potenciar al segundo.
Diez minutos, media hora, un siglo, tres milenios. No era ningún necio y comprendió que todo era en vano, que no se trataba de tan solo una cuestión de tiempo para que todo se volviese a encarrilar. Supo que debía hacer lo correcto, aunque le costase debía admitir que necesitaría ayuda.
Se levantó despacio, fue hasta la cocina, abrió la heladera, sacó la botella de agua y bebió directamente de ella un largo trago. Luego, marcó el número de ella en el celular.
—Hola, mi amor —le dijo. Y agregó a continuación lo que ya no había forma de eludir —Hacéme un favor, cuando salgas del trabajo pasá por la farmacia y traéme un Agarol y por si acaso un pote de vaselina. Me volvió a pasar, la puta madre. Debí hacerte caso, pero esa tabla de quesos estaba deliciosa.

lunes, 14 de enero de 2013

Buscando inspiración- Miguel Dorelo



Buscando inspiración -Miguel Dorelo

Cuando tengo ganas de escribir comienzo por acumular palabras. Es lo más lógico que se me ocurre.
Y es entonces que escribo “ella”. Lo escribo porque es la primera palabra que suele venirme a la mente cuando quiero contar algo. Luego tipeo “boca”, “caricia”, “mirada”. Cuando caigo en cuenta que me está volviendo a pasar eso de ponerme mono temático, me enojo y borro la lista de palabras recién escritas.
Esta, me digo, será la última vez que lo intente.
Y justo ahí es cuando escribo tu nombre.

miércoles, 9 de enero de 2013

El loco del tren 3: Terminar el trabajo empezado-Esteban Moscarda, Facundo Kishimoto & Miguel Dorelo



El loco del tren 3: Terminar el trabajo empezado- Esteban Moscarda, Facundo Kishimoto &Miguel Dorelo

Anoche volví a dormir mal. Di vueltas en la cama y me levanté un par de veces a fumar. En una de esas veces me tuve que hacer un té de durazno, otro de mis sabores favoritos, para tratar de calmar mi ansiedad.
No fue hasta que  asomaron los primeros rayos de sol por la ventana entreabierta de mi cuarto que pude reconocer lo obvio: estaba preocupado por los hechos acaecidos hacía ya setenta y dos horas y de los que fuimos protagonista mi amigo del alma, el señor F, y yo.
Remordimiento suele ser una palabra usada por los cobardes para justificarse ante las consecuencias de  acciones que han realizado sin que nadie los obligara; no está en mi diccionario personal. Aunque extraño al señor F, quién no extrañaría a un amigo perdido abrupta y violentamente aun habiendo sido el causante directo de esa pérdida, lo que me preocupa es otra cosa.
He buscado la noticia en los diarios y tuve prendida la radio todo el tiempo, ambas cosas sin resultados: ninguna noticia sobre la aparición del cadáver apuñalado. Es extraño, aunque últimamente la aparición de un muerto más ya casi ni es noticia.
Ayer hablé por teléfono con el señor E y le recordé que teníamos que juntarnos a hablar. Como al pasar le pregunté por el señor F y me dijo que hacía unos días que no lo veía ni hablaba con él. Ambos convenimos en que no era algo inusual que desapareciera durante un tiempo y que seguramente habría enganchado una minita en el conurbano y se había afincado en su casa por unos días. Ya reaparecería, nunca duraba en relación alguna más de una semana. Luego agregó un “estuve muy ocupado, sabés que estoy rindiendo en la facultad, pero este fin de semana nos vemos. Yo te aviso antes”. Noté algo extraño en su tono de voz, pero me dije que debería haber sido por mi paranoia actual; últimamente veo complots de todo tipo alrededor mío.
Anoche, más calmado, podría haber dormido bien, pero como bien digo “podría haber dormido”; cuatro llamadas a mi celular, la primera a eso de las dos de la mañana y la última cerca de las seis, todas ellas marcadas por el aparato como “privado”, todas ellas sin que del otro lado emitiesen ni una palabra, aunque la comunicación no se cortara, lo impidieron. Después de la cuarta apagué el teléfono, seguro algún pelotudo insomne  que no tenía nada que hacer y justo me tocó a mí ser blanco de sus jodas.
Me desperté de golpe casi a las diez, se ve que luego de apagar el celular me quedé dormido; estaba empapado en sudor y creo que debo haber soñado, pero no recuerdo casi nada del sueño, solo haberlo tenido. Prendo el celular y este me avisa que tengo un mensaje. Lo abro y leo “aún estoy aquí”, el remitente es “desconocido”. Pienso en el mismo idiota de toda la noche y en que la gente está muy enferma, aunque algo en mi mente se inquieta;  a lo mejor el tipo no es tan imbécil, su frase me resulta por lo menos inquietante.
Me preparo el mate ya un poco harto de mis tés, suele pasarme eso con casi todo, debo cambiar  de rutinas para no aburrirme. Me concentro en lo importante, ya me es totalmente imposible seguir así, debo terminar el trabajo empezado antes de que enloquezca. Agarro el teléfono y aprieto la tecla que me comunicará con mi mejor amigo, el señor E. Tenemos que vernos, es urgente, le digo. “Mañana a eso de las siete de la tarde esperáme en la parada del 128”, me dice su voz del otro lado y corta sin darme tiempo a nada más. Es extraño, el tiene auto y rara vez se maneja en colectivo. Supongo que se le debe haber roto. De todas maneras me pone nervioso que utilice la misma línea de transporte y tenga que bajar en el mismo lugar que hace menos de tres días lo hizo el señor F, pero por sobre todo el que tengamos que transitar el mismo camino hasta mi casa y pasar juntos por el lugar en que pasó lo que tuvo que pasar. En ese instante recuerdo, misterios de la mente humana, el sueño de esta madrugada: el señor F mirándome a los ojos mientras hundía el cuchillo una y otra vez en su cuerpo y su boca abierta en un no grito.
Tengo todo planificado al detalle y mañana a la noche ya podré descansar tranquilo con la satisfacción del deber cumplido. Unas horas más y todo este asunto habrá concluido.

El señor M baja del colectivo, me sonríe, me tira un “como andás” y juntos emprendemos el corto camino hasta mi casa. Un leve estremecimiento es todo lo que siento al pasar por el lugar en donde corté abruptamente los últimos segundos de vida de mi amigo el señor F; pensé que me resultaría más difícil hacerlo en compañía del tercer miembro de esta cofradía que alguna vez dijéramos que sería  para siempre.
Tal como supuse, el señor E no pudo negarse a tomar una cerveza apenas llegamos y nos sentamos a la mesa de mi cocina. Diez minutos después el efecto del narcótico había hecho efecto y caía dormido en su silla. Mi excusa de no acompañarlo con la bebida debido a mi problemita con la presión sanguínea no había despertado ninguna sospecha en él.
Cuando despertó ya lo tenía atado fuertemente a su asiento. No hubo necesidad de amordazarlo,  en mi equipo de música sonaba a todo volumen “Hombre esquizoide del siglo XXI” de King Crimson y si quería podía gritar, mis vecinos estaban más que acostumbrados a que lo hiciéramos habitualmente. No lo hizo, solo me miró. Tengo que hacerlo, necesito hacerlo, le dije. “Lo sé”, me respondió con una voz extrañamente calma mientras se sonreía. Algo estaba mal, muy mal, pero aún no entendía qué.

“Claro que lo sé y claro que no tengo miedo. Porque estoy loco. Porque no estoy menos loco. La locura es un bálsamo, una medicación que cura la realidad. Yo estoy loco, mis amigos están locos, el loco del tren estaba loco, loco el mundo, loco el almacenero de la esquina. Por eso no tengo miedo ni dudas de la aparición que se materializa en medio de la pieza, King Crimson como soundtrack loca, loca la birra narcótica, loca la vida espumosa y el odio del loco del señor M. Tal vez lo planeamos, igual que en la película “Las diabólicas”. Tal vez la loca, demente, vesánica aparición fue un artilugio fríamente calculado, estudiado, preparado para un hombre que sufre del corazón, que no soportaría la venganza de unos amigos del alma, locos, locos como él”.

E. no tenía miedo, pero ¿Yo sí? Yo maté al loco del tren, yo fui también el asesino de F. y yo era quien había atado a E., entonces yo siempre he sido el poderoso ¿No? ¿De dónde habrá salido lo que estoy viendo? ¿De dónde he salido yo? ¿De dónde el loco del tren? No tenía ninguna de esas respuestas, solo tenía la impresión de estar en frente de lo que siempre imaginé como el deseo mal formulado a la pata de mono: que F. volviera a estar vivo. A duras penas lo reconocí, su esencia era la misma pero el aspecto y hedor que mis sentidos sufrían eran atroces. Ahora no solo E. carecía de temor, sino que F. me hacía sentir escalofríos. Como en las peores pesadillas mis músculos no me respondían, este nuevo ser estaba cada vez más cerca y yo sin poder moverme. Quise cerrar los ojos para que el final fuera menos doloroso, pero tampoco me dejaron. No sé si alguien mencionó que en el momento preliminar a la muerte los sentidos se intensifican, pero todo se me presentaba extrañamente más luminoso y oscuro a su vez, hasta el ruido más tenue me era audible, hasta el punto de dolerme los tímpanos; sentía unas náuseas tremendas a causa del estado de putrefacción que tenía F., mi lengua estaba más que reseca; y mi sentido común ya no entendía un carajo. Un segundo más y F. me daría alcance. Un segundo más y… risas… carcajadas… estridentes carcajadas. Sí. E. y F. se estaban riendo ¿Todo esto era una joda?

Carezco de voluntad propia, apenas puedo moverme, mis manos comienzan a desatar al señor E sin que pueda hacer nada para impedirlo. E y F ya no ríen. Te vamos a explicar todo dice uno de ellos. No distingo cuál de los dos ha hablado. El olor que despide el señor F es inadecuado a todas luces, algo no cierra, somos tres amigos charlando amablemente y ese aroma nauseabundo no tiene nada que hacer aquí.
“Pensamos en matarte”, me dice el señor M, "pero ya no”. A pesar de lo que me hiciste y de lo que planeábas hacerle a él, somos tus amigos, tus amigos del alma, agrega el señor F.
No entendemos bien que es lo que pasó, pero luego de que abandonaste mi cadáver volví a la vida. Desorientado solo atiné a llamar a E y contarle todo. Me creyó enseguida, sabe perfectamente que no podría mentirle sobre algo así. Y planificamos esto, claro. Mejor dicho, fuimos improvisando hasta llegar a este momento, que deberían haber sido tus últimos momentos. Un buen susto, un gran susto que paralizaría tu corazón enfermo. Pero no podemos hacerlo, te amamos demasiado, concluye ante el asentimiento con un gesto del señor E.
Ahora entiendo el por qué de la no aparición del cadáver y la falta de noticias sobre el crimen. Las llamadas a mi celular durante la noche y el mensaje de texto, el “aún estoy aquí” que logró perturbarme. Les festejo esto último, han sido muy inteligentes, les digo, sembraron en mi una duda de manera magistral. Me miran asombrados, no hemos hecho eso, me aseguran. Sus miradas me dicen que no están mintiendo. De repente el miedo más profundo se apodera de mi ánimo ¿Quién entonces? Me calmo. Reflexiono y mi mente vuelve a aquél instante, a esa mañana cuando prendí el celular y leí el mensaje. Por supuesto, estuve en lo cierto al creer que debe haber sido un idiota que no tenía otra cosa que hacer más que gastar una broma pesada a un incauto al azar; unas llamadas de madrugada y un mensaje enigmático para reírse un poco. Se los cuento y los tres reímos, juntos, como en las mejores épocas.
El dichoso aparatito suena en ese instante, las risas se cortan de golpe pero solo por un momento. Esta vez las carcajadas son más fuertes, “ahí está el tipo otra vez, atendélo”, dice el señor E. 
Levanto el celular y me lo arrimo al oído. Solo yo existo y lo sabés, dice la voz del otro lado. El señor E y el señor F comienzan lentamente a desvanecerse junto a los muebles, las cortinas, el celular, mi mano, las ventanas y la calle que da al frente de mi casa.

El tren avanza con su andar cansino. En el vagón de la línea Mitre que va desde Villa Ballester hasta Retiro un hombre joven de entre unos 25 a 30 años, de contextura flaca, barba desprolija y ojos claros   observa con mirada inquietante a tres amigos que un par de asientos más allá conversan animadamente.



viernes, 28 de diciembre de 2012

El loco del tren 2: Mis amigos del alma- Miguel Dorelo



El loco del tren 2: Mis amigos del alma- Miguel Dorelo

No pude dormir en toda la noche, la puta madre. Y lo que me preocupa es que sé perfectamente que esta vez no es como las otras veces, o mejor dicho, como esas primeras veces. Supongo que a cualquiera le hubiese pasado lo mismo: cuando uno hace este tipo de cosas por primera vez debe ser natural andar nervioso. O por lo menos, ansioso. Y claro, a la noche uno no descansa como dios manda. Odio a esa gente que recurre a químicos para poder conciliar el sueño, yo no lo hago ni en pedo. Si no podés dormir bancátela, algo habrás hecho para merecerlo.
 Después de esas primeras veces todo se toma con más calma, uno empieza a entender que todos tenemos una misión en la vida y termina asumiendo lo que le es ineludible, se lo toma como lo que es: la razón por la que uno está en este mundo y sus noches vuelven a la normalidad, como debe ser. Claro que esta vez, está última vez, hubo una serie de factores que hicieron que no fuese como las otras veces. Debe ser por eso lo del insomnio de anoche. Mejor dicho, es por eso, estoy seguro.

El episodio del loco del tren no defirió mucho de otros anteriores, un loco más, todos los locos se parecen y este era exactamente igual a los otros locos que se me han cruzado y de los que me encargué prolijamente de que ya no se crucen con nadie más. Nada fuera de lo habitual. Pura rutina. Deliciosa, maravillosa rutina. Hice lo correcto y sobre eso no me cabe ningún reproche.
Lástima lo otro. Tendría que haber viajado solo. O no hacer caso del tipo que nos miraba. El cazador solitario no debe dejar de lado sus costumbres, siempre deberá pagar algún precio por apartarse del camino correcto. Pero bueno, lamentarse es para los débiles de carácter y creo no formar parte de esa patética raza. Por suerte siempre se está a tiempo para todo, aún para subsanar errores.

Empiezo por comprender y aceptar que todo lo que sucede, sucede por una razón; que ese día haya compartido mi viaje desde Villa Ballester hasta  Retiro con mis amigos, el señor F y el señor E a bordo del tren de la línea Mitre ya estaba escrito en algún lugar.
Suelo hacer un culto de la amistad, la verdadera amistad, la que se da muy de vez en cuando, esa que significa compartir buenas y malas, la del abrazo sin falsos pudores, la del podés contar conmigo para lo que sea. Y sobre  todo esa especial amistad que solo se da entre varones, entre machos, la cómplice, la de mirar el mismo culo femenino al mismo tiempo y ponerle puntaje y especular sobre las cualidades anatómicas y amatorias  del resto de su portadora o discutir a muerte sobre la evidente superioridad de mi equipo de fútbol sobre el tuyo, putearse si es necesario y terminar todo compartiendo una cerveza y concluyendo un que gane el mejor.
El señor E y el señor F son mis amigos. Es por eso que la decisión no fue fácil, aunque tampoco traté de escaparle a lo que debía asumir como ineludible y que casi de inmediato se me hizo impostergable. Ellos mismos, con sus actitudes ante los hechos acontecidos en ese vagón habían decretado lo que no habría forma de evitar.

Lo hice sin culpas y porque debía hacerlo. Solo me tomé la licencia de fraccionar la cosa. Entiéndame, pónganse en mi lugar y reconozcan que lo hubiesen hecho de la misma manera que yo lo hice. La pérdida de alguien que amamos es dolorosa, imagínense ese mismo dolor multiplicado por dos.
No crean que realicé alguna especie de sorteo o algo así, el señor F fue el primero pero bien podría no haberlo sido, no fue premeditado ni una cuestión de privilegio. Ahora que lo pienso, creo que fue por una simple cuestión de practicidad: debía encontrarme con él esa misma tarde y me ahorraba inventar alguna excusa para llamarlo y concretar una cita.
Traté de evitarlo, fui a la cita con el firme propósito de tomar distancia de lo personal, pero me fue imposible, apenas lo vi, sabiendo que serían sus últimos minutos en esta vida sentí un dolor en el pecho y en el alma como pocas veces antes. Por un instante pensé en que quizá no fuese necesario, pero sabía que solo me estaba auto engañando.
Caminamos, como solíamos hacerlo cada vez que nos encontrábamos para charlar, las tres cuadras desde la parada del colectivo en el que solía venir hasta mi casa por el lado izquierdo de la calle, el que da al largo paredón del neuro psiquiátrico. En apenas dos minutos o algo así llegamos al lugar en que todo se desencadenaría, a escasos cincuenta metros del final del estrecho callejón que debíamos cruzar antes de desembocar a mi calle y mi casa. Lo abracé como solo se abraza a un amigo muy querido, él se merecía con creces ese último gesto de mi parte, y clavé las consabidas siete veces el cuchillo en su cuerpo. Su asombro me enterneció de una manera que no puedo describir. No gritó. Me gusta pensar que fue un último acto de amistad de su parte.
Sentí alivio, un gran alivio. Solo eso. Busqué su billetera cuidando de no mancharme con su sangre y me la llevé. Dejé su cuerpo allí mismo, no es algo extraordinario que por esa zona de la ciudad se produzcan robos de índole violenta. La policía archivará rápidamente el caso.

Miro la tele casi sin escuchar lo que en este momento una chica rubia con escasa ropa está diciendo ante las cámaras. Tiene un par de tetas formidables. Creo que está hablando de un video íntimo que le han robado y subido a internet o algo así. Nada nuevo. Me levanto, me voy a preparar un té saborizado de los que me gustan. Frutos del bosque, ese estará bien. Mientras espero a que el agua hierva marco el número en el celular.
—Hola, E. ¿No sabés nada del señor F? Quedamos en encontrarnos pero no apareció. Seguro que se olvidó. A propósito, si mañana tenés un rato me gustaría que nos viésemos. Tengo que hablarte de algo muy importante.

martes, 25 de diciembre de 2012

El loco del tren- Miguel Dorelo


El loco del tren- Miguel Dorelo

La gente está muy mal.
Vaya novedad, dirá más de uno. Pero déjenme que les cuente lo que me sucedió en ocasión de un corto viaje en tren desde Villa Ballester hasta Retiro en compañía de un par de amigos y después me cuentan si no tengo razón.

Nos dirigíamos el señor E, el señor F y yo hacia un evento en el que pensábamos pasar un buen rato debido a que se trataba de un encuentro cultural en que habría música, lectura de textos, tragos y mujeres, todo lo que un ser humano medio varón necesita para ser feliz, a bordo del vagón de la línea Mitre del cual ya di cuenta en las primeras líneas de este relato. Lo hacíamos de manera alegre, charlando sobre bueyes perdidos, tratando de arreglar el mundo, fijando las pautas adecuadas para conseguir que toda clase de señoras y señoritas caigan rendidas a nuestros pies, filosofando de esa manera en la que la filosofía se convierte en algo más que citas constantes de libros gordos y grises y se asemeja un poco más a la sabiduría espontánea de lo popular. Un estado ideal para un viaje de corta duración: delirar mientras el traqueteo del vagón oficia de banda improvisada de sonido.
Claro que lo ideal suele tener su contrapartida, y esta vez no fue la excepción a la regla.
La piedra en el zapato tomó la forma de un hombre joven, de entre 25 y 30 años, que sentado un par de asientos más allá de nuestra ubicación nos observaba atentamente con una mirada que se me dio por catalogar de “inquietante”. Solo nos miraba, solo eso, pero un extraño resquemor se fue apoderando de mí. Casi sin darme cuenta comencé a desear en cada estación por la que pasábamos que fuera la de su destino y descendiera en ella. Comencé a sudar frío y a contestar sin sentido algunos “a vos que te parece” que me dirigían el señor F o el señor E: todos mis sentidos se encontraban enfocados en ese hombre de contextura flaca, barba desprolija y ojos claros que se encontraba a un par de metros, siempre mirándonos y sin decir palabra.
El tren seguía avanzando, la tarde caía sobre la enorme ciudad y las primeras luces artificiales comenzaban a encenderse. Traté de mirar por la ventanilla que se encontraba a mi izquierda, ahora comprendo que fue mi forma de tratar de huir de un peligro que se hacía más y más previsible cada segundo y cada metro que transcurría en ese vagón. Solo escuchaba murmullos ininteligibles en lugar de las palabras habituales que deberían salir de las bocas del homogéneo  grupo no muy numeroso de personas que nos acompañaban en este viaje hacia ya no sabía dónde.  Comenzaba a perder noción de tiempo y espacio, mi respiración se aceleraba y los latidos de mi corazón, estaba seguro, comenzaban a retumbar hasta varios metros más allá de donde me encontraba. Tuve miedo de desmayarme y perder toda esperanza de lograr escapar de ese lugar y esa mirada.
El señor  E y el señor F gesticulaban y reían, protegidos quién sabe por quién y por qué, como si un escudo de algún material desconocido los aislara del peligro.
El convoy siguió avanzando, desentendido por completo de cuestiones mundanas, aislado en su coraza de acero, como no queriendo involucrarse en cuestiones netamente humanas.
Volví a mirar por la ventanilla: aún faltaban un par de estaciones más para llegar al destino final, la estación Retiro. Solo tenía ánimo para rogar que todo se mantuviese tal cuál, que no se modificara en lo más mínimo las condiciones del viaje, ya que había perdido toda esperanza de que el extraño personaje se bajase antes. Distraído, perdido en estos pensamientos, no pude ver el momento en que él se había levantado del asiento  y ahora se encontraba en un lugar a varios metros más adelante. Desde allí gesticulaba apuntándonos con un dedo mientras vociferaba algo en un idioma que no pude reconocer. Yo estaba totalmente asustado, al borde del pánico, esperaba que todo aquello terminara de la peor manera, pero a mis compañeros de viaje, al igual que el resto del pasaje parecían no afectarles demasiado el episodio. El señor F solo hizo una mueca que no supe cómo interpretar y el señor E reía de una forma que me pareció muy extraña, a la vez que decía “¿Qué le pasa a este loco?” mientras amagaba con ir a “ver que quiere” . Pude convencerlo a duras penas de que no lo hiciera, que podía ser peligroso porque no sabíamos nada sobre las intenciones del sujeto o bien podría estar armado.
El señor E insistía con ir a pedirle explicaciones mientras el señor F, que se me había sumado en el intento de disuadirlo y yo tratábamos de contenerlo. Fue en medio de este tira y afloje cuando el tren comenzó a circular cada vez más despacio hasta terminar por detenerse. El gran conglomerado de gente que se observaba en el andén me hizo comprender que al fin habíamos llegado a la terminal. Alcancé a ver al tipo descendiendo rápidamente del vagón y perderse entre la multitud. Hicimos lo propio y, ya un poco más tranquilo, dejé por unos minutos a mis amigos comprando cigarrillos en un kiosco anunciándoles que iría hasta los baños públicos y que de paso haría un llamado telefónico a casa de mis padres desde las cabinas que se encontraban en un extremo del andén.

Ya en la calle ubicamos las respectivas paradas de colectivos que nos terminarían de acercar a nuestros destinos finales. Nos despedimos del señor F, ya que él debía volver a su casa en el conurbano y no nos acompañaría al evento al que pensábamos concurrir el señor E y yo.

El resto de la noche transcurrió en calma, en un agradable ambiente de amigos, copas, música y lectura de cuentos en la cual tuvo una destacadísima participación mi amigo el señor E. En lo personal, cumplí con parte de mis expectativas personales y me fui del lugar con la clara perspectiva de la continuación de una relación muy prometedora con una señora a la que conocí esa noche.

Ya en casa y solo, con los primeros rayos de sol asomando por la ventana de mi cocina y ante una humeante taza de café, distendido y con la mente despejada hago un repaso de estas últimas horas y sonrío. El destino suele situarnos  en lugares y momentos en que tomar  las decisiones adecuadas es algo que puede marcar el rumbo que tomará nuestra vida. Como ya me ha sucedido otras veces, ayer fue uno de esos momentos y, orgullosamente, puedo decir que no me he defraudado a mí mismo. Como en esas anteriores ocasiones he sabido actuar rápida y efectivamente. Apenas descendidos en la estación Retiro y luego de excusarme con mis amigos alcancé rápidamente al tipo de la mirada extraña, a ese reverendo hijo de puta que ya no podrá jugar a su jueguito malvado  con persona alguna nunca, nunca, nunca más. Arrastrarlo hasta el rincón que queda entre las cabinas telefónicas fue fácil y como suele pasar en estas grandes ciudades nadie se fijó demasiado en lo que pasaba. Fueron siete puñaladas precisas, ya estoy lo suficientemente práctico como para saber en qué parte del cuerpo la sangre tiende a fluir mansamente sin que se produzcan salpicaduras poco convenientes que manchen mi ropa. Dejé allí mismo el cuerpo, entré a una de las cabinas, limpié un par de manchas rojas de mi mano derecha, utilizar guantes me hace sentir como que no estoy haciendo las cosas como deben ser, tomé el tubo del teléfono, marqué el número  y llamé a mis padres.

Sorbo el último poco de café ya casi frío y me dirijo a acostarme, el cansancio y el sueño comienzan a vencerme, ya no soy un jovenzuelo, debo admitirlo. Antes de dormirme un último pensamiento me invade, el recuerdo de mis amigos, el señor E y el señor F; algo no me termina de cerrar con respecto a sus comportamientos al bordo del  tren. En cierta forma me sentí defraudado con sus actitudes y creo que deberé hacer algo al respecto. Antes del fin de semana los llamaré por teléfono para encontrarnos y ahí veré qué hacer con ellos.

lunes, 17 de diciembre de 2012

El fin del mundo ya está acá- Miguel Dorelo



El fin del mundo ya está acá- Miguel Dorelo

—Esta vez es cierto—Le dije mirándola a los ojos.
— ¿Qué “esta vez es cierto”? No empieces con tus delirios tan temprano que no estoy de humor. —me respondió desperezándose y con su habitual cara de orto que suele acompañarla por lo menos hasta el almuerzo.
—El fin del mundo ya está acá. —Le disparé tratando de darle un tinte dramático a mi tono de  voz.
—Dejáte de romper las bolas, tarado.
—Los Mayas lo dijeron. Lo leí en Internet.
—Esos indios no sabían un carajo. Y en Internet se dicen boludeces a montones. Solo los tipos como vos creen esas cosas.
—Observé señales. —Insistí.
— ¿Eh?
—Eso, que vi señales todo el día de que esta vez es cierto.
—Estás cada vez peor ¿Y cuáles serían esas señales? —Preguntó sin muchas ganas de esperar una respuesta.
—Los pájaros.
— ¿Qué pasa con los pájaros? ¿La película o esos bichos de mierda que a la mañana joden con sus chillidos y no me dejan dormir?
—Las aves, esos hermosos animalitos dueños del arte de volar que nos alegran el día allí donde estén. Esos  ángeles terrenales.
—Sí. Los que te cagan en la cabeza además de romper las bolas a la mañana. ¿Qué pasa con los pájaros?
—Se comportaron todo el día de manera extraña. Estaban tristes.
—Ah, bueno; vos estás para internarte ¿Y cómo mierda sería un “pájaro triste”? ¿Lloraban los desgraciados? ¿Los viste comprando pañuelos descartables?
—Mejor hago de cuenta que no te escuché. Estás cada vez más mala onda. Los pájaros son bellos y alegres y si están tristes es porque algo saben.
—Si saben tanto preguntáles cuando vas a madurar, porque la verdad es que no entiendo como aún sigo con vos bancándome todas estas tonterías de tu parte. ¿Eso es una señal del fin del mundo? ¿Qué los pájaros estén tristes?
—Sí. Esa es una de las señales. Hay otras.
— ¿Cuáles otras?
—Ahora no te digo más nada.
—Dale, pelotudo. No te me hagas el ofendido ahora.
–Está bien. El cielo.
—El cielo…Claro, como no me di cuenta antes… ¿Qué carajo pasa con el cielo? ¡Está igual que siempre! ¡Lo estoy viendo por la ventana!
—No es así. Vos siempre ves lo que querés ver, por lo general lo que te conviene. El cielo ya no es el cielo.
— ¿El cielo ya no es el cielo? ¡Otra vez estuviste leyendo al nabo ese de Coelho! Vos no escarmentás más.
—Te juro que no…Bueno, solo una ojeadita, pero no es por eso que te digo lo del cielo.
— ¿Y por qué me lo decís?
—Vi nubes.
— ¿Viste nubes? Ah, ahí sí que tenés razón: ver nubes en el  cielo es rarísimo ¿Me estás agarrando para la joda, la puta que te parió? ¡Me estás haciendo calentar!
—No, mi amor, no. Las nubes se comportaban de manera rara.
—No me digas que “estaban tristes” porque te acuchillo acá no más ¿Cómo son las nubes que se comportan de forma rara?
—Se movían en contra del viento.
—Pero vos sos muy gil. El viento a esa altura bien puede ser que sople al contrario que en la superficie, pedazo de tarado. Ayudáme a tender la cama y dejáte de boludeces. Me cansaste.
—No, no, no entendés; unas se movían para un lado y otras para el otro, como si danzaran. Hacían rondas y hasta escuché una especie de melodía muy hermosa cuando las miraba. Fue hermoso. Lloré.
—Estás loco. O me estás cargando. Los pájaros tristes y las nubes danzarinas: las señales de que el fin del mundo está al caer.
—Me da miedo.
— ¿El fin del mundo? ¿No decís que fue hermoso esto de las señales? No te entiendo, si parecés hasta contento.
—De lo que tengo miedo es de lo otro, de decirte que hay más señales.
— ¡No, no y no! ¡Basta! ¡Está bien! ¡No quiero escucharte más! Tenés razón, pero no digas ni una sola palabra más.
– ¿Entonces…? ¿Si?
— ¡Si, si, la puta madre! Tengo que hacer veinte mil cosas hoy, pero por única vez, ¿Escuchaste bien? ¡Por única vez te voy a dar el gusto! Ya te dije mil veces que por  las mañanas no me gusta .Sacáte la ropa.
 — ¡Eso! ¡Te amo! ¡A coger que se acaba el mundo!



lunes, 10 de diciembre de 2012

Después no digas que no te avisé- Miguel Dorelo



Después no digas que no te avisé- Miguel Dorelo

A vos te encanta buscar excusas para casi todo, así que después no digas que no te avisé: un día de estos te voy a besar en la boca. Va a ser un beso de no menos de setenta y ocho segundos cuatro décimas de duración.
Y cuando alguna de tus amigas te diga “te vi besándote con Miguel” no les salgas con aquello de “yo no lo besé me agarró de sorpresa estaba distraída pensando en otra cosa fue él no tenía mi autorización escrita no llenó el formulario necesario para ese trámite” ni ninguna otra de esas tonterías que te gusta tanto utilizar.
Un día de estos te voy a besar en la boca con un beso que durará no menos de setenta y ocho segundos cuatro décimas pero que puede extenderse hasta un par de siglos.
Después no digas que no te avisé.

sábado, 1 de diciembre de 2012

El náufrago secreto- Varios autores



El náufrago secreto (homenaje a Jorge Luis Borges y J.G.Ballard) – María del Pilar Jorge-Esteban Moscarda- Saurio- Sergio Gaut vel Hartman-Miguel Dorelo

La vegetación de la isla en la que había naufragado era agreste y exuberante, lo que le permitió a Tyler imaginar un retroceso en el tiempo hacia una era anterior, el precámbrico, tal vez, más violenta y fracturada. Sin embargo, los profundos surcos dejados por los neumáticos de un automóvil lo devolvieron al presente. Eran unas marcas singulares que le permitían afincarse de algún modo en la sustancia fugitiva de los días. Caminó hacia el terraplén pensando que las noches de sus sueños eran hondos y oscuros océanos de olvido en los que podría sumergirse, pero no se hizo demasiadas ilusiones. Por momentos, ansiaba recibir un golpe definitivo, algo que lo redimiera de la inútil tarea de imaginar desastres, reales o inventados. No obstante, cuando llegó a la cima de la colina se vio obligado a contemplar una escena arrancada de una obra teatral arcaica y obscena, y tuvo que admitir que un insospechado rigor castiga a quienes se aventuran y no olvidan.
Recordó un oscuro libro en el que se relataba un episodio similar. Abajo, a los pies de la colina, en lo hondo del valle, se desarrollaba una orgía. Decenas de demonios rojizos y albinos, algunos con alas, otros provistos de los dos sexos, con falos príapicos y senos de estrella hollywoodense, copulaban como en una película pornográfica. La escena invitaba a la locura, evocaba un sanatorio y tranquilizantes de diversos colores. A un kilómetro de allí, el mar seguía cantando su canción de espuma, y el náufrago, debido a una vaga e indeterminada sensación, quería irse, quería volver a la sal, a los restos de su embarcación. Tocó el arma colgada de la pistolera y eso lo hizo sentir un poco más seguro.
Cierto mito nórdico habla de un pequeño Apocalipsis que precederá al gran final. Este antefinal será extraño, una lucha entre facciones de gigantes que hará temblar el puente de los dioses y los cimientos del mundo. Así entendió la escena el náufrago. Así la entendió hasta que unos ojos se toparon con los suyos. Unos ojos del color de la aurora que lo sumieron en un estado de sopor. “Qué cercano el sueño, cómo se entremezcla con la dura realidad” pensó mientras se dormía.
Pero despertó de inmediato, sobresaltado, con la perversa sensación de haber soñado algo que no recordaba. Contempló las huellas de nuevo. No estaba muy seguro de cómo interpretarlas; una de las cosas que había aprendido en sus largos años de existencia era que toda señal encerraba disyuntivas no resueltas: lo que en apariencia podría significar salvación, la mayoría de las veces resultaba lo contrario.
La desconfianza era uno de los atributos que le habían dado más satisfacciones. Llegó hasta el terraplén dando un largo rodeo, ocultándose entre unos manglares rojos, algo que solo había visto en fotografías. Desde allí observó hacia el interior de la isla. Las huellas se prolongaban por un par de kilómetros y notó extrañado que en su recorrido formaban un inusual dibujo en la arena. El sol presentaba a su vez un halo demasiado opaco, con un color rojizo para nada acorde a su posición estelar, más cerca de un mediodía que del amanecer o el atardecer. A pesar del extravagante paisaje y de lo acontecido desde su naufragio, una porción de su mente supo con certeza que no era la primera vez que visitaba ese lugar. Comenzó a soplar el viento y las marcas de los neumáticos empezaron a borrarse. Debía tomar una decisión.
Horas después, seguía sin tomarla. Una absoluta parálisis espiritual lo dominaba. Recordó a los hombres de Odiseo en la isla de los lotófagos, perdidos en la desmemoria. ¿Regresaría él a su Itaca? ¿Y quién sería el prudente capitán homérico que lo rescataría?
Entre las raíces de un mangle, un pequeño lagarto verde cazaba moscas con su lengua pegajosa. Las escamas enjoyadas brillando sobre las oscuras raíces eran las cifras en la ecuación probabilística de geometría existencial en la que se hallaba inmerso.
¿Seguiría las cada vez más difusas marcas de neumáticos o buscaría un punto más alto, una palmera, tal vez, para descifrar el jeroglífico que estas trazaban sobre las arenas rojizas? ¿Cuál era el mensaje que le transmitían las centelleantes escamas del reptil? Bajó por la ladera, decidido a encontrar un refugio para pasar la noche, pero el tabletear de las aspas de un helicóptero lo sacó de esta ensoñación.
Cuando llegó de nuevo al terraplén, la aeronave ya se había ido. Sólo quedaba como prueba de la realidad del helicóptero una caja de madera que, al abrirla, demostró contener provisiones, más de dos docenas de números de la revista Life de la década del 60 y la Edda Menor de Snorri Sturluson.
Mientras saciaba su hambre comiendo con los dedos el contenido de una lata de viandada de los frigoríficos Swift, Tyler trataba de entender por qué se le habían entregado aquellos semanarios de fotoperiodismo y el renombrado tratado de poética islandesa. ¿Acaso debía encontrar una clave en la conjunción de la hendidura de los senos de Elizabeth Taylor, la sonrisa de Jacqueline Kennedy y las sutilezas del verso aliterativo de los kenningars?
Ya eran demasiados misterios, tantos que le molestaban. En un gesto totalmente absurdo, empuñó su pistola, pero desistió al encontrarse envuelto en una miríada de insectos. Dejó el arma y optó por deshacerse de los restos aceitosos de la lata de viandada. ¿Tenía sentido concentrarse en escapar de esa isla? Para eso debía dejar atrás la borrosa memoria de los hechos que rodeaban su llegada. Escapar estaba fuera de discusión ya que, después de todo, recorrer una isla era como dar vueltas dentro de sí mismo, resolviendo una ecuación laberíntica. Absorto en sus pensamientos, tropezó con el dueño de los ojos. El hombre, su rostro —ese que se empeñaba en recordar, para volver a olvidarlo— era el de un anciano de mirada acuosa, pero con algo inquebrantable e inmortal.
Aunque el desconocido le cerraba el paso, Tyler sabía que le quedaban múltiples alternativas: matarlo, que el otro lo matara, ignorarse recíprocamente o salvarse los dos. Fueron sus aficiones metafísicas las que lo libraron del dilema. En algún lugar, entre los restos del naufragio, se encontraba abandonado un libro inacabable, hecho de palabras infinitas, y era posible que esas palabras le sirvieran de guía para deducir el tiempo y el espacio en el que se encontraba.
Sostenido por esa última esperanza, eludió al anciano y continuó su camino. Antes de caer, lo último que Tyler escuchó a sus espaldas fue el sonido del disparo.

Cuento escrito en colaboración con escritores amigos en homenaje a dos grandes de la literatura.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Alivio- Miguel Dorelo



Alivio- Miguel Dorelo

Despertó exactamente a la misma obsesiva hora que lo hacía desde aquella infausta primera mañana. Hoy es el día, se dijo sin querer abrir los ojos para ver. Apenas apoyó su pie derecho en el piso supo que todo volvía a ser real al hundirse hasta el tobillo en aquél líquido viscoso de color negro.
Ya aliviado, Augusto fue hasta la cocina a prepararse el desayuno.

(Basado en una teoría no demostrada y el micro-relato más famoso)

sábado, 17 de noviembre de 2012

Decir basta- Miguel Dorelo



Decir basta- Miguel Dorelo

Decidió, o al menos cree haber decidido, decir basta. Basta para siempre, basta de manera absoluta, basta, basta, basta.
Pudo haber sido la desilusión o quizá la tristeza que cada día gana espacio en su corazón o su alma; a lo mejor el detonante haya sido algo que vio, leyó o escuchó en el momento de mayor fragilidad, ese que todos tenemos y nos hace tan vulnerables. O tal vez esa mañana su mente cansada de esperar que todo mejore y  su cuerpo hastiado de soportar noches de insomnio. No importa demasiado cuál haya sido el factor decisivo, probablemente la suma de varios o todos ellos hayan sido los que hoy hagan que ocupe su mente con imágenes de filos de navaja, pastillas de colores, terrazas de edificios, trenes avanzando o pistolas humeantes.

Ahora está pensando en que todo es una mierda; o por lo menos lo es aquí y ahora. Pero, a pesar de todo, recuerda tiempos en que no era así. A lo mejor la decisión final es demasiado importante para dejarla en manos de su propia voluntad, después de todo se trata de una vida y aún la suya debería ser sagrada. O por lo menos, respetada. Eso hará, darle una oportunidad a su propia vida.
Desayunará como siempre, café con leche, tostadas con manteca y mermelada; saldrá de la rutina de encender la computadora o escuchar la radio, evitará en todo lo posible el contacto con el exterior, almorzará liviano, dormirá la siesta. Luego, escuchará algunas de sus canciones favoritas por si acaso, recordará algún par de ojos, otras tantas pieles, susurrará un par de nombres de mujer. No cenará, ha perdido por completo el apetito, se dará una ducha, se pondrá sus mejores ropas, cerrará el paso del gas, cortará el suministro eléctrico, mirará muy lentamente el interior de su departamento, cerrará detrás de si la puerta.

Esa noche, quizá la última, recorrerá bares tratando de encontrar a ese alguien que lo convenza, le dará una última oportunidad al mundo; a pesar de todo su cansancio, de su casi seguridad de que el “basta” es la única salida esperará encontrar al que, sencillamente, le diga  no lo hagas, a pesar de todo, aún vale la pena.