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lunes, 10 de junio de 2013

Anoche, ella vino a buscarme- Miguel Dorelo


Anoche, ella vino a buscarme- Miguel Dorelo

Ella es realmente hermosa. Es tal su belleza que te hace olvidar casi por completo de quién se trata.

Se presentó delante mío ayer por la noche, a eso de las ocho. Enseguida supe de quién se trataba. Llevaba puesto un vestido rojo muy ceñido  al cuerpo  y el pelo suelto. Apareció de la nada, justo cuando me encontraba pensando en qué me prepararía para cenar. Vivo solo y no me gusta demasiado pedir comida hecha, prefiero la ceremonia de cortar cebollas y morrones mientras a fuego lento el aceite se calienta en una olla no muy grande y en la otra, de mayor capacidad, va tomando temperatura el agua para los fideos.
—Hola —me dijo —Ya sabrás a lo que vengo.
—Claro —contesté — Sos más linda de lo que suponía. Mucho más.
— ¿Está listo? —preguntó.
—Nunca lo estaré. Deberías saberlo.
—Pues, no importa demasiado. Y eso es algo que vos deberías tener en claro.
—Lo sé.
— ¿Vamos yendo?
—Dame un par de minutos. No es fácil para mí. Amo demasiado la vida.
—Sí, lo sé. Hago mi trabajo a conciencia y leí tu ficha antes de venir para acá.
—Sentáte. ¿Querés tomar algo?
— ¡Ja! Ni lo intentes. No serías el primero en tratar de seducirme. Sé digno y resignáte. No te va a doler, lo prometo.
—No es esa mi intención. Solo ser amable. Y ganar algo de tiempo, lo confieso.
— ¿Para qué? ¿Qué significan un par de minutos más o menos?
—Realmente, no lo sé. A veces queremos algo sin saber realmente los motivos, solo porque lo queremos. ¿Siempre sos tan racional? Una mujer hermosa e inteligente. No es algo que haya visto muy seguido a lo largo de mi vida. A lo mejor ese es el motivo de querer prolongar esto: disfrutar de tu compañía.
—Bueno, gracias…
—Solo diez minutos. Por favor.
—Diez minutos. Solo eso. Y sin que te hagas el tonto.
—Gracias. Me gustan tus ojos, pero aun más tu sonrisa. ¿Qué querés tomar? ¿Estaría bien un coñac?
—Estaría perfecto. Terminamos de beber y nos vamos.
—Por supuesto. Vos sos la que mandás. Siempre son ustedes las que mandan ¿Te puedo preguntar algo?
—Sí, dale.
— ¿Por qué me toca hoy? Aún soy joven y en estos últimos meses me he sentido bastante bien.
—Una tontería: la sal. Te dijeron que debías dejarla de lado y no hiciste caso. Dentro de unos minutos, apenas termine de beber esta copa, tendrás un golpe de presión del que no podrás recuperarte.
—“No somos nada”: nunca mejor dicho. La sal, que pelotudez. Por lo menos me iré en buena compañía ¿Te dije que sos la mujer más sensual que he conocido? Lástima las circunstancias.
—No vas a lograr nada…
— ¿Con qué?
—Con halagarme. Ya te lo advertí.
—Lo sé, lo sé. Solo que tengo ganas de hacerlo; sin especular con ello.
—No te creo. Los hombres son todos iguales.
— ¡Ja! ¿La muerte es feminista? No se me habría ocurrido pensar semejante cosa ni en mil años.
— ¡No soy feminista, pelotudo! ¡Te llevo ya!¡No me provoques!
—Perdón, no te enojes. Aunque enojada seguís estando hermosa.
—Sos un idiota. ¡Cortála con los piropos! No me interesan.
—A todas las mujeres les importan los piropos —Le digo tomando su barbilla con una de mis manos.
— ¡A mí no! ¡Y no me toques! ¡No quiero que me toques!
—Permitíme que lo dude. ¿Qué pasa si hago esto? —le respondo mientras deslizo mi otra mano por su cintura y un poquito más abajo.
— ¡Lo único que me faltaba! Uno que se cree irresistible. ¿Ahora que sigue? ¿Vas a intentar cogerme?
—Tal vez… ¿Por qué no? ¿Te resultaría muy desagradable?
— ¡No cojo con humanos! Estás loco. Soltáme…
— ¿Me lo pedís con ese tono? Sonás a todo lo contrario.
—Soltáme…Por favor…
— ¿Estás segura de que es eso lo que querés?
—Sí.
— ¿Y no preferirías esto? —le digo deslizando mi mano izquierda por su entrepierna, mientras la derecha comienza a bajar el cierre de su vestido. Lo primero en asomar son sus  tetas: realmente, no son de este mundo. Le muerdo suavemente los pezones.
—No – me dice con un susurro, en ese tono exacto con el que la mujer pretende negar un sí.
En poco tiempo, descubrimos que ella es multi orgásmica.

La muerte, después de tener sexo, fuma. Igualito a una humana. Y quiere hablar, claro.
—Esto estuvo mal. Muy mal —me dice.
— ¿Te estás quejando? ¿No te gustó?
—No. No me gustó… ¡Sí me gustó, hijo de puta! Pero está mal. Yo no vine a esto.
—No siempre uno, o una en este caso, puede salirse con la suya.
—Vos sí. Querías cogerme y lo lograste. ¿Y ahora cómo sigue esto?
—No sé. Vos sos la que decide. ¿Me vas a  llevar con vos?
—No sé qué carajo dicen los reglamentos. Nunca me pasó algo así.
— ¿Y entonces qué hacemos?
—Supongo que debo dejar todo como está y pedir instrucciones.
— ¿Y eso cuanto tiempo demandaría?
— ¡No lo sé! Tampoco lo sé. Nunca pensé que un polvo podría complicar tanto las cosas.
—Siempre se aprende algo nuevo…
Ella apaga el cigarrillo que solo ha consumido por la mitad. Me mira a los ojos, se encoge de hombros y comienza a besarme mientras se desliza encima de mí.
—Quedáte a dormir —le digo.

Creo que me estoy enamorando e ignoro por completo en qué terminará esto.
Mañana será otro día y quizá lo averigüemos.









lunes, 14 de enero de 2013

Buscando inspiración- Miguel Dorelo



Buscando inspiración -Miguel Dorelo

Cuando tengo ganas de escribir comienzo por acumular palabras. Es lo más lógico que se me ocurre.
Y es entonces que escribo “ella”. Lo escribo porque es la primera palabra que suele venirme a la mente cuando quiero contar algo. Luego tipeo “boca”, “caricia”, “mirada”. Cuando caigo en cuenta que me está volviendo a pasar eso de ponerme mono temático, me enojo y borro la lista de palabras recién escritas.
Esta, me digo, será la última vez que lo intente.
Y justo ahí es cuando escribo tu nombre.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Después no digas que no te avisé- Miguel Dorelo



Después no digas que no te avisé- Miguel Dorelo

A vos te encanta buscar excusas para casi todo, así que después no digas que no te avisé: un día de estos te voy a besar en la boca. Va a ser un beso de no menos de setenta y ocho segundos cuatro décimas de duración.
Y cuando alguna de tus amigas te diga “te vi besándote con Miguel” no les salgas con aquello de “yo no lo besé me agarró de sorpresa estaba distraída pensando en otra cosa fue él no tenía mi autorización escrita no llenó el formulario necesario para ese trámite” ni ninguna otra de esas tonterías que te gusta tanto utilizar.
Un día de estos te voy a besar en la boca con un beso que durará no menos de setenta y ocho segundos cuatro décimas pero que puede extenderse hasta un par de siglos.
Después no digas que no te avisé.

domingo, 12 de agosto de 2012

Busco un Amor- Miguel Dorelo



Busco un Amor - Miguel Dorelo

¡Atención!
Si sos una mujer mayor de edad en busca de tu media naranja.
Si tus sueños giran alrededor de gozar un buen pasar, sin  apremios económicos, contar con el aval crediticio que te da una tarjeta de primera línea, disfrutar de las vacaciones de invierno en algún lugar top, hacerse una escapadita a la costa en ocasión de cualquier fin de semana largo, viajar al exterior como mínimo una vez al año, tener entre tu vestuario media docena de diseños exclusivos; si estàs esperando al soñado Principe Azul, creés firmemente que el amor está bien, pero hay otras cosas igual o más importantes y más vale estar tranquila que andar lidiando con amores complicados, si preferís una de esas cenas gourmet en restaurantes sofisticados en lugar de preparar la cena de a dos, escucháme atentamente, esto es para vos:

Si cumplís con estos requisitos, o por lo menos con gran parte de ellos… Ni se te ocurra contactarme.
No estoy en condiciones de ofrecerte nada de todo eso, pero por sobre todo, no me interesás en lo más mínimo, nena.
Conmigo, no cuentes.
No sos la que estoy buscando.

viernes, 8 de junio de 2012

El tiempo nada significa- Miguel Dorelo



El tiempo nada significa- Miguel Dorelo

El tiempo es lo que pretendamos de él; un segundo o un siglo a veces se confunden, depende desde donde y como lo midamos. Uno u otro a veces no alcanzan o no son lo suficientemente escasos, la duración del tiempo es sobre todo una falacia. Más aún cuando estoy con vos, cuando me pierdo dentro tuyo: el amor todo lo transforma, todo lo tiñe de infinito, dos que se aman jamás podrán ir atados a la tiranía de las agujas del reloj ni…
— ¡Terminála, pelotudo! ¡Me tendrías que haber dicho que sos eyaculador precoz!

lunes, 28 de mayo de 2012

Los descendientes- Miguel Dorelo



Los descendientes- Miguel Dorelo

No quiero que te cuides, quiero que me hagas un niño ya —exigió Eva haciendo deslizar lentamente la hoja de parra por sus largas y torneadas piernas.
—Solo te prometo un rato de buen sexo —retrucó Adán—Y que sea lo que Él quiera.
Y aquí estamos, víctimas propiciatorias  del capricho de la primera mujer conocida.

sábado, 19 de mayo de 2012

Aún no es tarde- Miguel Dorelo



Aún no es tarde- Miguel Dorelo

Ella veces se pone a pensar en las cosas que aún no hizo. En las grandes y las pequeñas; en las que soñó desde muy niña que algún día haría y en las otras, esas que por razones varias le fueron quedando atrás sin concretar. Ella sabe perfectamente que muchas de esas veces ni siquiera lo intentó y es harto conocido que intentar es parte indispensable del hacer. A veces también piensa que ya es demasiado tarde, que lo que aún no hizo ya no se hará, o se hará a destiempo, que es como si no se hiciera.

Y otras veces, cada vez más seguido, sonríe, piensa en él... Y en que aún no es tarde.

jueves, 10 de mayo de 2012

Me hubiese gustado conocerte más- Miguel Dorelo



Me hubiese gustado conocerte más- Miguel Dorelo

Como en casi toda relación, en los primeros tiempos todo fue armonía. Desde el primer intercambio por el chat de Facebook  supimos que teníamos tanto en común, sobre todo nuestro amor por las letras. En esa madrugada estuvimos conectados sin darle la más mínima importancia al correr de las horas. Te conté de mis preferencias de lectura, me citaste a Pizarnik, su poesía descarnada con la cual tanto te identificabas, a Cortázar, a Borges, a García Marquez; conocías de memoria largos pasajes de sus relatos, sabías responderme cualquier inquietud que tuviese con la palabra justa, invocando al instante a Quevedo o Jean Paul Sartre.
Nos conectábamos absolutamente todas las noches, me contabas como estabas vestida y que estabas tomando, casi siempre un cortado acompañado por un trozo grande de chocolate amargo; yo y mi taza de té saborizado devorábamos las palabras que se iban formando, danzarinas, en el monitor de la pc. Y ahí estaban, invocados por tu brillante cabecita, Neruda o Bradbury, Tolstoi o Galeano, Saramago o Ballard. Y pasó lo que no había forma de que no pasara: me enamoré de vos perdidamente. Y un tiempo después un “te amo” de mi parte. Y en un tiempo que me pareció eterno, un “yo también” como respuesta.
Un par de meses en que la vida solo era vida a través de esa conexión que hacía que estuvieses junto a mí en mi cuarto, pero nunca a solas, decenas, centenas de escritores y escritoras de ficción, de poetas, de filósofos, de ensayistas, siempre invitados por tu cerebro orgiástico, tu mente promiscua, a compartir noches enteras de placer, revolcados entre verbos, sustantivos y metáforas. No solo crecía mi amor hacia vos, sino que, exponencialmente, te admiraba cada vez más por tanta literatura junta en un cuerpo tan hermoso, porque encima eras bella como ninguna otra mujer que alguna vez haya amado.
“Quiero verte”, te dije; “quiero tocarte”, respondiste. “Quiero olerte, besarte, acariciarte” coincidimos. Y un buen día nos encontramos  por primera vez. Y fue insoportablemente hermoso, uno de esos momentos que justifican una vida, que duelen de felicidad, que te vuelven frágil al comprender que ya no sos más vos, que a partir de ese momento valés lo que ella quiera que valgas.

Quizá a esta altura del relato más de uno piense en que tal idílica relación no tiene cabida más que en una ficción, que esto que he escrito es tan solo un reflejo de un deseo, de algo que jamás he vivido y que es la única forma plausible de que algo así suceda. Permítanme decirles que no es así, que no he mentido o inventado en lo que les he contado; ella existe, yo existo, las circunstancias han existido. Pero debo ser completamente honesto, y para ello déjenme contarles el final de esta historia, comenzando por el principio de ese final.

Lo “real” duró algo así como dos meses, casi la misma cantidad de días, horas y segundos que  lo virtual, pero con el tacto, el oído y el olfato potenciando la pasión solamente insinuada a través de la red. Ella seguía con su constante verborragia literaria, lo que me llevaba a preguntarme sobre la cantidad de libros leídos por esos ojos en los que solía perderme y de los que solo podía apartar mi propia mirada para contemplar extasiado esa boca que aún muda era un placer para los sentidos. Cuando cenábamos me citaba a Adriá Ferran  y al Bulli, sobre el arte de la cocina gourmet, si tocaba ir al cine me comentaba sobre las opiniones de los críticos más renombrados y sus análisis sin concesiones, en nuestras charlas de sobremesa solía tocar todos y cada uno de los temas con el concepto justo y oportuno: compartía con nosotros un café Benedetti, tomaba unos mates Antonin Artaud, más de una vez Bukowsky nos agotó las existencias de todo aquello que tuviese alguna proporción de alcohol que él considerara adecuada de nuestro bar, siempre invitados por su privilegiada memoria, su voz de tonos precisos. Cuando tocaba el rito de caricias y besos a ella le gustaba  hacer partícipe a Wilhelm Reich y su teoría sobre la energía orgonómica, haciendo gala aún en esos momentos tan íntimos  de su sapiencia interminable.

Lamentablemente interminable. Dos meses fueron más que suficientes, ya imposibilitado de soportarlo, traté de encauzar la relación pero no pude; seguramente por mi propia incapacidad, ella es como es y quizá tendría que haber hecho algún esfuerzo mayor por comprenderlo. Simplemente, no pude lidiar con esa sensación de estar al lado de una especie de ente repetitivo de palabras ajenas.
Una lástima: realmente, me hubiese gustado conocerte más…O al menos, algo.

sábado, 31 de diciembre de 2011

El amor es pura casualidad- Miguel Dorelo


El amor es pura casualidad- Miguel Dorelo

El amor es pura casualidad; casualmente nos conocemos, nos caemos bien o no, conversamos o solo intercambiamos un saludo, volvemos a vernos en otra oportunidad o en varias o jamás volvemos a cruzarnos. Los factores determinantes de nuestras conductas son prácticamente infinitos y dependen no solo de nosotros mismos sino también del otro.
Puro azar. Nada mágico ni nada de aquello de que estábamos predestinados a ser el uno para el otro. Cualquiera de los dos podría haberse retrasado unos minutos en sus actividades del día ese en que se vieron por primera vez y el encuentro no hubiese acontecido. O habría sucedido en otro momento y otras circunstancias y todo habría sido distinto. Una mera cuestión estadística  emparentada con la probabilidad.

Pero, y por suerte, todo estos razonamientos van a parar a la mierda cuando ella y él cruzan sus miradas y ambos sienten que no podrán ya vivir sin el otro.

Elaborado para La Cuentoteca

lunes, 4 de abril de 2011

Búsqueda- Miguel Dorelo


Búsqueda- Miguel Dorelo

Busqué en vano, buceé en tu alma y corazón sin lograr hallar ni siquiera un atisbo de aquél amor otrora tan sublime.
Harto de dudas existenciales  comencé a  recorrer todos y cada uno de los rincones de tu cuerpo carnal.
Tampoco esta vez encontré nada, pero puedo asegurar que me resultó mucho más divertido y placentero.

Elaborado para La Cuentoteca

viernes, 14 de enero de 2011

Antes de perder la dignidad- Miguel Dorelo


Antes de perder la dignidad- Miguel Dorelo

Era hora de marcharse. Así lo habían decidido, siempre juntos como tantas otras veces y hasta que la muerte nos separe, como habían prometido.
Ella lo había hecho hacía exactamente dos días y ya no soportaba su ausencia; le era imperioso reencontrarse con ella allí donde fuera que estuviese ahora.
Su compañera de toda la vida, en las buenas y en las malas; algunas pocas de las primeras y demasiadas de las otras.
Pero no podía quejarse de todos esos años junto al amor de su vida, esa mujercita preciosa con la que fue envejeciendo en compañía.
Demasiadas penurias en los últimos tiempos, sobre todo económicas, fueron el detonante principal de aquella decisión.
—Antes de perder la dignidad, debemos hacerlo; así no podemos seguir —coincidieron.
También juntos, decidieron que ella sería la primera en partir hacia ese lugar, que estaban seguros, los cobijaría y los uniría aún más que en todo este tiempo transcurrido el uno junto al otro.
Tenían un solo hijo ya grande, solo unos pocos parientes a los que hacía años que no veían y un puñadito de amigos que quizá los extrañaran un tiempo, pero que rápidamente se olvidarían de sus partidas. O a lo mejor no, nunca se sabe a ciencia cierta cuanto puede influir un suceso de este tipo en las personas que nos aman o dicen hacerlo.
Como lo habían pactado, ella se marchó primero, ese viernes a la noche luego que el regresara de hacer lo que era necesario hacer. Sin grandes aspavientos, tranquila, dedicándole una sonrisa final para la despedida. Él beso suavemente sus labios y le dijo —Esperáme — solo eso.

Habían quedado de acuerdo en que dos días eran lo mínimo necesario para que él ultimara los últimos detalles antes de que llegara su hora. Ese domingo amaneció espléndido, con un sol radiante, como anticipando ese otro amanecer que los encontraría nuevamente juntos y más felices que nunca.
Solo dos horas más.

Revisó por última vez la maleta, la otra mitad del dinero no ocupaba demasiado lugar, solo había tomado los dólares y euros de alta denominación, una verdadera fortuna y a los ancianos como él jamás le revisaban el equipaje. Ella no había tenido ningún tipo de inconvenientes en el aeropuerto. En el banco no tardarían en descubrir el faltante, pero mucho más en relacionarlo a él con el hecho, ya que solo trabajaba en su limpieza algunos viernes,  y  los fines de semana; y en este último había aducido uno de sus achaques habituales para no concurrir. Ser el padre del gerente tenía sus ventajas. Como el acceso a ciertas llaves, por ejemplo. Un viernes perfecto.
Estaba todo planeado a la perfección por si algo fallaba, ni siquiera él sabría hasta último momento en donde se encontraba su mujercita. Y por lo menos uno de los dos se saldría con la suya.  Levantó el teléfono y marcó el número que habían convenido, el taxi estaba tocando bocina en la puerta para llevarlo a tomar su vuelo. La ansiada y dulce voz de su amada viejita se escuchó en el auricular:
—Budapest: bajás en Barajas y de ahí combinás para acá en un vuelo local que sale dos horas después; yo voy a estar esperándote en el aeropuerto. Estoy contando las horas, no soporto más estar sin verte.
Esto si que es vida. Si nos movemos rápido, que nos encuentren si pueden.
Te amo.
 Elaborado para La Cuentoteca




jueves, 2 de diciembre de 2010

La Asum- Miguel Dorelo


La Asum- Miguel Dorelo

Nada. Ni una palabra, ni siquiera el atisbo de una idea.
Jamás le había pasado algo así. Otro día perdido de una semana perdida.
Lo había intentado todo, leer el periódico, escuchar música, leer y releer relatos cortos, relatos largos, poesía…Nada.
Sentado frente al teclado  desde hacía tiempo, decidió apagar la PC y salir a caminar. Tal vez con un paseo por la orilla del  arroyo que pasaba cerca de su casa volviera la inspiración. Hizo lo que otras veces, se sentó en un banco del paseo ribereño y se puso a mirar el paisaje y la gente. Sacó su libreta con la seguridad de que en unos minutos el esbozo de algún relato o el comienzo de un poema empezaría a tomar forma en aquellas hojas.
La nada absoluta, o casi; su mente solo divagaba por cuestiones intrascendentes. El precio de la carne, las cuentas de gas y electricidad que se vencían. Escribiré algo sobre esto, se dijo. Pero cuando quiso hilvanar algún hilo conductor que comenzara a formar aunque más no fuera un esbozo de trama, su mente volvía al blanco absoluto.
— ¡Basta! —gritó en un arranque de desesperación que hizo dar vuelta a varias personas que a esa hora caminaban por la rambla.
Avergonzado, se levantó y comenzó a correr, comprendiendo que ya no podría soportar por mucho más tiempo esa situación.
Cansado, se apoyó contra un árbol. Le dolía la cabeza y se sentía mareado.
Escribir era parte de su vida, no podía imaginarse sin hacerlo, sin crear historias y personajes, sin volcarlos al papel o la pantalla y luego compartirlos con los demás.
Miró hacia el cauce del arroyo y luego al cartel de advertencia: “No bañarse-Aguas peligrosas”. Justo lo que necesito, pensó. ¿Y si la inspiración se había ido para siempre? No sabía nadar; tan solo era cuestión de decidirse…
— ¡No lo hagas! —escuchó a sus espaldas.
Asombrado, giró. Una figura etérea, pero evidentemente femenina flotaba muy cerca.
— ¡Ay, ay, ay! Siempre me pasa lo mismo, no puedo contenerme cuando veo a un humano sufrir. Una Asum de cuarta, eso es lo que soy.
— ¿Ehh? ¿Quién sos?  ¿Qué sos? —extrañamente no sentía miedo alguno de la aparición.
—Eso que dije. Soy una Asum. Más concretamente,Asum desde hace una semana.
— ¿Y qué carajo es una Asum? ¿Y en que sentido, “Asum”?
—Bueno, para un escritor la respuesta tendría que ser obvia; soy lo que se podría resumir como una “musa negativa”. El que nos creó no se exprimió mucho el cerebro para ponernos el nombre. Soy tu Asum porque alguien así lo requirió y cumplió con los requisitos indispensables para que el jefe decidiera que me asignaran a ti.
—No entiendo.
—Es fácil. Soy la responsable de tu falta de inspiración en la última semana.
— ¡La puta que te parió! ¿Y me querés decir por qué carajo me estás haciendo esto? Estaba apunto de tirarme al arroyo por tu culpa.
—Y yo lo evité. Me van a volver a castigar, no es la primera vez que me pasa.
— ¡No me decís por qué lo estás haciendo! ¡Hubieras dejado que muriera ahogado!
—Si, eso tendría que haber hecho, es lo que se espera de mí, que no intervenga a favor del infractor.
— ¿Infractor de qué? ¿Me podés explicar de una maldita vez?
—Bueno, trataré de ser  lo más concisa posible: fui mandada a cumplir una misión, hacer que nunca más puedas escribir ni un solo párrafo, ni un línea de prosa o poesía; nada de nada. Aunque me envía mi superior, primero debe haber un pedido debidamente argumentado para que esto sea llevado a cabo. Tu denunciante cumplió con los requisitos y acá estoy.
—Seguí.
—Sigo. Ella, siempre en estos casos es una mujer, nos contó de la admiración que sentía por tu obra primero y del rápido enamoramiento que derivó de ello. De su estrategia de conquista y del buen resultado de la misma. De cuando te conoció personalmente, del noviazgo y las noches de pasión. Lo normal hasta ahí, suele pasar bastante seguido. Pero luego surgió lo de tus mentiras, tus engaños y tu comportamiento poco digno. Seguro como estaba de que utilizaste tus dotes literarias para conquistarla con el solo fin de tener sexo con ella y suponiendo además que no era la primera en caer con esa estrategia, decidió que sería la última. Presentó el caso y fue aceptado. El fin no era que te mataras, aunque creo que no lo lamentaría demasiado si hubiese sucedido, solo que ya no utilizaras ese método con ninguna otra.
— ¡Locas! Vos y ella, quién quiera que sea. Jamás hice algo así. He tenido novias, claro, pero nunca una que haya engañado de esa forma.
—A esta si. Si el jefe dio el visto bueno, por algo ha de ser. El jefe no es de equivocarse seguido.
— ¡Tu jefe está tan loco como ustedes dos! Decíme como se llama la chiflada esta.
—No. Bastante ya metí la pata salvándote. No puedo dar nombres.
—Si no me lo decís me tiro al agua.
—Tiráte.
—Por favor, no quiero vivir si no puedo volver a escribir. Te juro que jamás hice algo así.
—Ella estaba muy segura de tu comportamiento.
—Estaba equivocada. ¡Eso! A veces uno cree cosas que no son verdad, supone cosas u otros se las hacen suponer. Debe haber pasado algo así. Decíme el nombre así vemos si podemos encontrarle una explicación lógica.
—No puedo. Me despedirían.
—Peor sería cargar con una muerte en tu conciencia. Estoy dispuesto a tirarme.
—Sos malo. Ya te diste cuenta de mi extrema sensibilidad. Está bien, no te voy a decir el nombre, pero igual vas a saber de quién se trata: es a la que decís que quisiste más.
— ¿Ella? Ahora me explico muchas cosas que no entendí en su momento.
¿Qué puedo hacer? Ella está equivocada, justo a ella jamás le mentiría, se debe haber imaginado cosas que no eran, quizás alguna amiga o algún galancito aspirante a reemplazarme le llenó la cabeza. Te juro que no miento. O se desilusionó al conocer a la persona detrás del escritor; uno es lo que es, no lo que escribe; aunque en los escritos pueda verse reflejado en parte.
—Te creo. Soy la Asum más boluda de todas las Asum por lejos, pero te creo. Y te voy a ayudar aunque después de esto tenga que laburar de asesora espiritual de un banquero.
Hay un par de  formas para recuperar tu inspiración: ella debe levantar la denuncia en contra tuyo, esa es una, pero debe ser de tal forma que contrarreste de manera absoluta los argumentos que antes esgrimió. Creo que no hay antecedentes de tal cosa, así que menuda tarea te espera: deberás convencerla de que fuiste sincero en la relación…O volver a enamorarla
—Misión imposible, sobre todo lo segundo. Ella en la actualidad no me soporta, evidentemente. ¿La segunda opción?
—Algo parecido pero con una nueva señora o señorita; lograr que se enamore tanto de vos que decida pedir una revocación de tu causa. Claro que esta opción tiene un serio inconveniente.
—No me importa. ¿Cuál inconveniente? Estoy dispuesto a intentar lo que sea.
—Te voy a ser sincera: no veo la forma que puedas hacerlo sin el único encanto que en apariencia tenés, acordáte que no contarás con la ayuda de tus escritos, por lo menos con nuevos. Podrías utilizar los que ya elaboraste, pero ¿Y si quiere que le escribas algo nuevo? Me parece que sería más sencillo que te tires al arroyo, aunque me afecte.
— ¿Por qué no te tirás vos, tonta? Voy a intentar la segunda opción, me parece la más plausible. Pero si no resulta, iré por ella.
Y en unos meses, vuelvo a publicar. Te lo aseguro.
Elaborado para La Cuentoteca



sábado, 27 de noviembre de 2010

Amarse es lo más importante- Miguel Dorelo

Duerme ella y ambos nos soñamos...

Amarse es lo más importante- Miguel Dorelo

Nos amamos. Ella me ama y yo la amo. Eso es lo que cuenta.
Ella:
—Mi amor, mirá lo que  hice para vos —me dice con esa vocecita que adoro.
— ¡Que lindo! ¿Y qué es? —le pregunto.
— ¿Cómo qué es? ¡Una cajita para tus tés saborizados!
—Claro, que tonto soy. Gracias es hermosa. Como vos. ¿Te puedo preguntar algo?
—Lo que quieras mi Pitufito. —A ella le gusta llamarme así. Yo le digo Gargamel. A veces nos disfrazamos y hacemos el amor hasta la madrugada vestidos de esa manera.
—Decíme, ¿Qué significa “S y M”? Digo, están muy bonitas las letras en medio de la cajita, rodeadas de esos corazoncitos, pero no logro darme cuenta que es lo que significan.
— ¡Que tonto sos! ¡Nuestras iniciales! Para que te acuerdes de mí cada vez que elijas el sabor del té que tomarás.
—Pero, pero, yo me llamo Miguel, hasta ahí todo bien, pero vos te llamás Celeste, con “C”.
— ¡Ay, que boluda! ¡No me lo puedo aprender! Otra vez me equivoqué con mi nombre.
Ella no va a ganar ningún Nóbel, el intelecto no está entre sus rasgos más sobresalientes.
Pero, como quedó dicho: nos amamos. Yo la amo y ella me ama.
Eso es lo que cuenta.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Una noche muy caliente- Miguel Dorelo

Una mujer perfecta para una noche hot.


Una noche muy caliente- Miguel Dorelo

Ella llegó un poco tarde, como toda mujer hermosa debe hacer. Solo fueron unos minutos, pero si la demora fuese proporcional a la belleza bien podría haber llegado cuarenta y ocho o setenta y dos horas después. Al contemplarla todo se le perdonaba.
Con solo entrar a la casa ésta cambió radicalmente, pasó a tener otro brillo, el aire se inundó con su aroma, mezcla de violetas y chocolate. En un anticipo de lo que nos esperaba, el fuego de la chimenea se avivó de golpe, las llamas que hasta unos segundos lucían de un color amarillento con tintes anaranjados viró al rojo intenso con estrías azules.
Apenas apoyó sus labios en los míos en un saludo que supo a promesas deliciosas; luego tiró su abrigo sobre el sofá del living.
Llevaba puesto un vestido lo suficientemente corto como para resaltar hasta lo indecible sus largas y bronceadas piernas. En la parte superior, el pronunciado escote resaltaba la perfección de sus pechos; no llevaba corpiño, eso era más que evidente, la fina tela transparentaba sus pezones erguidos, prestos al delirio de manos y boca insaciables que ambos sabíamos sería esa noche, inevitable.
— ¿Qué querés tomar? —pregunté.
—Eso —me dijo señalando una botella de vodka.
Le serví, tomó un gran trago y casi en el mismo instante con una experta y delicada maniobra dejó caer el vestido sobre la alfombra. La perfección hecha cuerpo de mujer parada en el medio de mi living, con el fuego alumbrándola desde un ángulo perfecto, como planificado por un dios bondadoso que realmente ama a sus hijos, pensé contemplándola extasiado en un arranque de misticismo erótico. Luego giró, dándome la espalda. Su única ropa interior, una pequeña tanga de color blanco puro, estoy completamente seguro hecha en exclusividad por expertos artesanos de otros mundos, calzaba a la perfección en aquél culo merecedor a todos los premios de belleza que han existido, existen o existirán aquí y en todo el universo conocido.
La temperatura del ambiente y de los cuerpos fue subiendo de forma proporcional a las miradas intercambiadas. Ella se arrodilló sobre la alfombra y comenzó a desprenderme el cinturón con una de sus manos, mientras la otra me acariciaba incentivando la parte de mi cuerpo que a esa altura ya no lo necesitaba. Bajó mi pantalón junto con mi slip; su boca realizó una tarea impecable que supo interrumpir en el momento exacto, apenas un segundo antes de que perdiera toda conciencia de espacio, tiempo y lugar.
—Ahora te toca a vos —me susurró tendiéndose en el piso alfombrado, haciendo deslizar con dos dedos la diminuta bombacha a lo largo de sus kilométricas piernas. El fuego en la chimenea se reavivó como presintiendo que la noche recién comenzaba.
Me despojé del resto de mis prendas y comencé con aquella tarea, la más deliciosa encomendada a hombre alguno.
— ¿Por donde te gustaría que empiece? —le pregunté con un hilo de voz.
—Lo dejo a tu criterio —ronroneó.
Criteriosamente, comencé por sus pechos, alternando pequeños mordiscos con succiones dignas de un niño hambriento que no ha sido amamantado por días.
Mi lengua fue marcando un sendero húmedo sobre su vientre hasta llegar hasta el cielo o el infierno, no podría precisarlo exactamente, de su entrepierna. Luego suavemente, ella volvió a girar, lenta y lánguidamente ofreciéndome la gloria del final de su espalda.
A esta altura de los acontecimientos la temperatura del centro de una estrella azul en comparación con la del living se asemejaba a la de una estepa siberiana en pleno invierno.
—Te quiero ya dentro de mí —me ordenó casi desesperada.
Y fue ahí cuando la pasión o el amor o no sé bien qué estalló.
Literalmente.

Desperté dos semanas después, luego lo sabría, en la cama treinta y nueve del hospital de agudos “Dr. Pablo de las Mercedes Cayetano Lébedev”. Los oídos me zumbaban atrozmente y solo conservaba un atisbo de lo ocurrido. Recordé el instante en que a punto de penetrar en esa anatomía perfecta, el estallido ensordecedor me catapultó a casi un metro de mi amada. Antes de perder el sentido, alcancé a escuchar una serie de otros estallidos consecutivos. Nada más acudió a mi memoria, ignoraba por completo las causas y consecuencias de dichas explosiones. Pensé en que habría sido de mi compañera en esa noche caliente y volví a quedarme dormido.

—Veintisiete. Y en menos de diez minutos. Jamás había visto algo así.
— ¿Qué? —alcancé a balbucear ante las palabras de aquel sujeto parado ante mi cama y que a juzgar por su vestimenta era un médico.
—Permítame presentarme: doctor Estanislao Gómez. Fui en parte el responsable, junto a mi equipo, de salvarles la vida a ustedes dos.
— ¿Los dos? ¿Ella está bien, entonces?
—Todo lo bien que se puede estar. Pero se va a recuperar.
— ¿Que sucedió, doctor? ¿Qué es eso, lo de las veintisiete en menos de diez minutos o algo así?
—Ah, claro, usted no está al tanto. Los implantes.
— ¿Los implantes?
—Los implantes que tenía su novia…o amante, no sé. Veintisiete en total. No quedó uno que no estallara. A juzgar por las heridas que usted recibió, el primero fue el glúteo izquierdo. Creemos que más a menos la secuencia fue: seno derecho, casi al unísono con el labio superior, luego el seno izquierdo, el otro glúteo seguido de papada, abdomen, vagina, luego pómulo, nariz, muslos y el resto. Todo en diez minutos. Realmente no sé en que estaban pensando, hacer el amor al lado de la chimenea con el fuego encendido más la temperatura corporal propia ocasionada por el deseo trajo como lógica consecuencia lo acontecido.

Han pasado seis meses y todo volvió a la normalidad, tuvimos suerte; ella se ha recuperado muy bien y ya le han devuelto parte de sus implantes: Está casi tan hermosa como antes. Neurológicamente no tuvo secuelas, su cerebro funciona al diez por ciento de una mente normal, exactamente igual que antes del fatal accidente.

Elaborado para La Cuentoteca

lunes, 6 de septiembre de 2010

Convengamos- Miguel Dorelo

Convengamos- Miguel Dorelo



Decir acompañados...

Aceptemos que viajamos quién sabe hacia donde en una nave espacial que llamamos “Tierra”.
Especulemos con que todo esto tiene un sentido, apenas vislumbrado por algunos, totalmente incierto para otros.
Toleremos lo tolerable, aplaudamos lo aplaudible.
Admitamos que a veces la palabra “acompañados” carece de sentido.
Sin embargo…
Convengamos que todo lo anterior se puede ir al carajo, que te da exactamente lo mismo que la tripulación sea uno o mil millones, si aplaudís o te toleran o son todos intolerables, justo en el instante en que la palabra “acompañados” adquiere al fin todo el sentido y ella está a tu lado.


Elaborado para La Cuentoteca

domingo, 30 de mayo de 2010

Pequeña diferencia-Miguel Dorelo

Desayuno para dos...

Pequeña diferencia-Miguel Dorelo

—Lo nuestro no va a funcionar —dijo con un dejo de tristeza en la mirada.
—Tendríamos que intentarlo —respondió ella.
—No tenemos futuro. Somos demasiado distintos.
—Solo te pido una noche más. Luego veremos.
—Está bien, lo haré en nombre de todos los bellos momentos que hemos pasado.

La noche resultó maravillosa.
Comenzó dulcemente, desbordó de pasión, alcanzó picos de locura.
Hicieron el amor una y otra vez, hasta quedar exhaustos.
—Te amo —dijo ella —abrázame.
Luego, esperar que los primeros rayos del sol entraran por el ventanal de la habitación, unidos, convertidos en uno solo.
Ella se despertó primero, dejó un suave beso en su mejilla y sin hacer ruido se dirigió a la cocina; lo sorprendería con un desayuno de esos que tanto le gustaban a él.
—Quizás…—susurró.
El aroma entró por la nariz de Augusto.
Cuando despertó, la dinosaurio aún estaba allí.

Exclusivo para La Cuentoteca

martes, 25 de mayo de 2010

Yo-Miguel Dorelo



En cualquier lugar que me encuentre...

Yo - Miguel Dorelo

A veces me resulta demasiado difícil ser yo.
Suelo portarme muy mal y hacer cosas que no debería.
Y me arrepiento poco.
Y no pido disculpas.
En esas ocasiones es cuando me ciega mi maldito orgullo, pronuncio las palabras mágicas y me re-convierto.
Siempre en algo distinto, eso si. Odio la rutina.
Y entonces suelo ser por un tiempo un hombre muy distinto al que soy. Se sufre menos.
Hombre de negocios, ganador de la lotería, jugador de la selección de fútbol, metrosexual, piloto de jet; alto, flaco y de ojos claros o con cuadriceps bien marcados.
A veces me da por dejar de lado las cosas materiales y soy un poeta o un excelso trompetista de jazz. Una vez fui activista de GreenPeace.
A veces más, a veces menos, casi siempre disfruto de mis distintas personalidades; gracias a ellas, con unas más, con otras menos, se consiguen muchas cosas. También algunas mujeres.
Como digo, se sufre menos, se disfruta otro poco, pero…
Ella siempre me reconoce.
—Te quiero tal cual sos —me dice.
Y me perdona todo.
No sé como hace, pero siempre sabe que soy yo.

Y entonces vuelvo a ser el que soy.

Exclusivo para La Cuentoteca

jueves, 15 de octubre de 2009

Amor casi total- Miguel Dorelo

Crucero en donde la conocí. La amo.

Amor casi total- Miguel Dorelo

La conocí en circunstancias poco habituales.
En un principio me llamó la atención (no era para menos), pero poco a poco, lentamente, me fui enamorando de ella.
Todos hemos viajado alguna vez en uno de esos cruceros intergalácticos que prometen hacernos conocer veintisiete planetas exteriores en cuatro días venusianos, no lo nieguen.
Era mi primer viaje y me tocó sentarme en el tercer nivel de la cuarta cubierta de popa.
Me acomodé en mi asiento ergonómico y casi al instante noté lo que usualmente sucede en estas naves interraciales: en apariencia diseñados para “terriformes”, no se adaptaban del todo a mi cuerpo. El resto de los “asientos” eran el caos habitual: cilindros, contenedores para los seres de plasma de Antares, poliedros, pequeños pesebres para los “niños celestiales” o “jesusitos” como se los conocía habitualmente,etc.
¿Ella? Estaba a un par de metros de mi asiento, “contenida” ya que no “sentada” (no poseía un equivalente a las asentaderas humanas, por lo menos en apariencia) y totalmente inmóvil si no tomamos en cuenta los destellos que emanaban desde la parte color magenta de su cuerpo.
Nuestro primer destino era uno de los satélites de Júpiter, Aitné, en donde tendríamos la oportunidad de inaugurar el nuevo Hilton siete cuásares.
Ya en nuestro destino, volví a verla en el salón principal del complejo; ya no lucía el destellante magenta de la nave, toda Ella se había vuelto traslúcida con un ligero tinte violáceo: su forma de desnudez. No me pregunten porqué; el amor, el verdadero amor, no admite explicaciones de ningún tipo, solo sé que esto incentivó mis sentimientos hacia Ella.
Me dirigí hacia donde se encontraba. Estaba sola y algo apartada del resto, así que me ubiqué cerca para contemplarla mejor. De forma ligeramente oblonga, no poseía ningún tipo de apéndice equivalente a nuestros brazos y piernas, no se observaba tampoco algo que se asemejara a una boca, ojos, nariz ni oído.
Era todo un desafío el que se me presentaba; mi corazón estaba desbordado con su presencia tan cercana, comprendí que ya mi vida no tendría sentido si no lograba que Ella correspondiera a mis sentimientos. Noté que otro de mis órganos, algo más prosaico, también estaba reaccionando ante su cercanía de una manera que hacía mucho tiempo no hacía.
—Tengo que conquistarla —me dije.
Surgió el cómo casi de inmediato; casi todas las razas conocidas tienen insertados en sus cerebros el CCU (Chip de Comunicación Universal) con el cual se había logrado vencer todas las barreras idiomáticas por medios telepáticos. Tuvimos una primera charla de los más interesante e incentivadora.
Resumiendo: soy el hombre más feliz del Universo; Ella siente lo mismo que yo, me lo ha hecho saber.
Nuestro amor es algo sublime, superior en todo sentido, nuestras almas ya no son dos entes individuales sino una sola y fantástica cosa.
Hasta aquí la narración de los hechos acontecidos hasta llegar a este presente mezcla de felicidad e intensa frustración; todos los inconvenientes que nuestro amor tuvo que superar en estos dos días (venusianos, que como todos saben, serían unos cuatrocientos seis días terrestres), costumbres, hábitos alimenticios, períodos de sueños, etc. Todo superado por la intensidad de nuestro Amor, no me canso de mencionarlo; el más hermoso que alguna vez existió.
Pero…
Cuatrocientos seis días son muchos para un auténtico representante de la raza humana.
Corrijo: para un representante macho de la raza humana, joven, hormonalmente sano… y ansioso por consumar esta relación idílica e incompleta.
Sexo, claro que sí. Indispensable, irremplazable. Complementario del amor, si lo prefieren así. Hermoso y satisfactorio: Sexo.
Aunque mis deseos carnales ya son de un tenor imposible de contener y soportar, debo tratar de ser lo más delicado posible; las hembras de Isthar son seres sumamente sensibles y muy reservadas. Es costumbre milenaria y secreto muy bien guardado el procedimiento de la cópula con el macho, sea este de la raza que fuera. Cualquier desliz en el intento de unión puede incluso a terminar con la vida de uno o ambos integrantes de la pareja.
Como bien dice el “Libro Único y Verdadero de la Consumación Final”de la cultura Istharita, “El verdadero Amor guiará a las partes sin necesidad de comunicación alguna en el momento culmine”. Yo la amo y ella me ama; o eso creo. No tendría que haber ningún inconveniente en la cópula,pero…
Mi amor por Ella es muy grande y a estas alturas mi deseo de poseerla es aún mayor, pero también lo es mi miedo a la muerte, por qué negarlo, es por eso que ruego encarecidamente a aquel que lea este relato, haya pasado por una situación similar y tenido la dicha de consumar su relación me guíe, responda al interrogante que he tratado en vano de dilucidar en todo este tiempo.
¿Por donde, por donde, carajo?

Exclusivo de La Cuentoteca