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jueves, 7 de febrero de 2013

La máquina del tiempo- Miguel Dorelo



La máquina del tiempo- Miguel Dorelo

La oficina no era demasiado amplia ni tenía un estilo definido. Lo más destacado de la decoración pasaba por una gran holografía de H.G. Wells ubicada en un rincón y que en ese momento evidenciaba no ser de la mejor calidad, ya que la imagen del famoso escritor británico sufría una especie de espasmos que hacían dificultosa la correcta contemplación de su figura. Sobre el escritorio de metal pulido, una verdadera reliquia en forma de antigua fotografía mostraba a un hombre de pelo blanco y ojos desorbitados, al que el visitante no supo reconocer. Detrás de él, en la misma fotografía, podía observarse un antiguo medio de transporte, uno de esos ruidosos automóviles que tantas veces había visto en documentales del canal histórico.
Al ser invitado, tomó asiento y, luego de una pausa teatral, el pequeño hombrecito que oficiaba de dueño de la oficina respondió a la inquietud que lo había llevado hasta esa ignota localidad del sur californiano.
—En efecto, está a la venta, pero bajo estrictas condiciones y solo en un número limitado.
—Me cuesta creerlo. ¿De verdad ha inventado usted una máquina del tiempo?
—Así es.
—¿Y funciona realmente?
—Por supuesto. Tiene mi palabra de honor. Y no solo eso, en caso de ponernos de acuerdo firmaremos un contrato con todas las garantías de la ley. Además, no podría mentirle con el ilustrísimo doctor Emmett Brown observándome desde ese retrato.
—Si usted lo dice… ¿Y solo me saldría quince mil créditos universales? Menos de lo que cuesta una aeronave de gama media estándar.
—Podría haberla construido de forma que costase aún menos, pero traté de que no quedase detalle, por más mínimo que fuese, sin ser planificado en función de la seguridad y el terminado final. Además, la idea es limitar la cantidad para no generar un consumo masivo que podría llegar a ser contraproducente. Como inventor de este prodigio me reservo el derecho de hacer una estricta selección de todo futuro adquirente.
—Me lo aclaró su secretaria. Hermosa mujer, por cierto.
—Y una amante excepcional. Pero vayamos a lo nuestro: en caso de decidirse, tiene que estar dispuesto a una serie de análisis y estudios personales, desde físicos hasta psicológicos.
—No hay problema, estoy dispuesto a hacerme con ese prodigio. Discúlpeme, pero mi ansiedad es demasiado fuerte y me gustaría hacerle algunas preguntas.
—Pregunte, para eso estoy. Es indispensable que usted quede completamente seguro del paso que dará al hacerse de esta máquina.
—¿Cómo funciona? No digo que me dé detalles técnicos o científicos que seguramente no comprenderé, más bien me refiero a lo práctico. ¿Se trata de una gran estructura, algo así como una habitación o una especie de cubículo hermético?
—Usted ha visto demasiadas películas clase B sobre el tema. No es así, más bien todo lo contrario, físicamente es un pequeño adminículo que usted llevará adosado a la muñeca de su brazo izquierdo. ¿Por qué no en el derecho?, se preguntará usted.
—¿Por qué no en el derecho, eh?
—Así me gusta. Ese fue un error de armado, lo admito: si lo sujetáramos al otro brazo se dificultaría la lectura de los comandos. Ya despedí al sujeto que me diseñó el prototipo.
—¡Qué bárbaro! Algo así como uno de esos antiquísimos relojes de pulsera, creo que así los llamaban.
—Algo así.
—¿Y con solo ese aparatito podré viajar en el tiempo todo lo que quiera?
—Bueno, en realidad, lo que hacemos no es “lo que queremos” sino más bien “lo que podemos”. Podrá viajar en el tiempo, eso es seguro, pero me gustaría aclararle algo al respecto.
—Y bueno, aclare.
—Debo ser lo más honesto posible.
—Y dele.
—Bueno, el viaje es, digamos, unidireccional.
—¿Unidireccional? No entiendo.
—Solo se puede viajar hacia adelante, hacia el futuro. Sería engorroso de explicar, pero el viaje hacia el pasado es completamente imposible; para decirlo de una forma sencilla, no se puede ir a un lugar que ya no existe, el pasado es eso, algo que pasó, que ya no está más. Como si uno quisiera volver a un antiguo amor y esta señora, hoy por hoy, ya tiene su vida resuelta al lado de otro, no se puede volver a ella. ¿Entiende?
—¡Qué macana! Me hubiese gustado viajar al antiguo Egipto para ver cómo construyeron las pirámides, si es verdad que hubo ingenieros extraterrestres involucrados y todo eso.
—Dejémonos de boludeces, que somos grandes. Discúlpeme, pero hasta un niño sabe que el secreto de la construcción de las pirámides pasa por la explotación de miles de esclavos cargando piedras todo el tiempo sin paga alguna y alimentándolos lo necesario para que no muriesen demasiados por día y no se atrasaran las obras. Y están hechas como el culo. ¿O se creyó todo eso de las medidas casi perfectas y la armonía de sus formas? No va a encontrar nada interesante en el pasado; para eso están las enciclopedias y créame que es suficiente. Lo que realmente vale la pena es el futuro.
—Me convenció. ¿Algo más que decirme o aclararme? Creo que estoy completamente decidido a adquirir su invento.
—Nada demasiado importante, en el contrato de venta estarán contemplados todos los posibles inconvenientes y tendrá vía libre para realizar cualquier reclamo.
—Listo. Lo hacemos.
—Bien, hable con mi secretaria y ella le dará las indicaciones para los próximos pasos. Creo que no habrá inconvenientes para la aprobación como adquirente de mi máquina, me ha dejado usted una buena impresión y mi intuición rara vez me ha fallado. Nos vemos en una semana.

—Hola, me llamó su secretaria diciéndome que pasara a verlo, que ya estaban en su poder todos mis datos y que la decisión ya había sido tomada. La ansiedad me está matando. Espero que tenga buenas noticias para mí.
—Despreocúpese, amigo. Como le había anticipado, suponía que no iba a haber problema alguno y así fue.
—¡No sabe lo feliz que me hace! Entonces, ¿la máquina ya es mía?
—Prácticamente sí; solo una serie de detalles finales y listo. ¿Le gustaría que fuese de un color en especial? En nuestro catálogo tenemos veintiséis tonos distintos.
—¡Me da lo mismo! …Aunque, espere. Amarillo, me gusta el amarillo. ¿Podría ser de ese color?
—No lo va a querer creer, justo ese es el que no tenemos. Nuestro departamento de estadística comprobó, sin ningún lugar a dudas, que ese es un color que trae mala suerte. “Mufa” le decimos internamente, un término de aquel siglo glorioso en que se sentaron las bases para este presente maravilloso. Le puedo ofrecer una en un tono naranja que está dentro de la escala cromática y seguramente será de su agrado.
—Está bien, en realidad me da lo mismo, solo quiero tenerla cuanto antes.
—El contrato ya está confeccionado, solo falta que lo firmemos y, por supuesto, que realice el depósito a mi cuenta en Calisto, esto de los paraísos fiscales galácticos es una gran ventaja y permite abaratar costos, siempre en beneficio del cliente, claro. Si todo va bien, esta misma tarde tendrá en su poder este prodigio. Ha sido un placer hacer tratos con usted. Como siempre, mi secretaria lo guiará en estos últimos pasos.

—¡Hijo de puta! ¡Mal parido! ¡Estafador! ¡Esa porquería que me vendió no funciona!
—Tranquilo, cálmese que le va a dar un infarto. Si yo le garanticé que la máquina funciona es porque funciona. ¿Qué le pasó?
—¡Nada! ¡O todo! ¡Que la quise usar y no anda! ¡Me cagó, me engañó, me envolvió con todo su palabrerío barato!
—Bueno, barato no. Tampoco caro, le cobré lo justo. Además, está completamente equivocado, estoy seguro de eso; jamás falló una de mis máquinas.
—¡No me diga! ¡Pues esta vez sí! ¡No funciona!
—¿Leyó el manual? ¿Hizo todo exactamente como allí se indica?
—¡Claro! Hasta un imbécil podría seguir esas instrucciones. ¡Usted es un cagador profesional!
—Tranquilo. ¿Cuándo la puso en marcha?
—Ayer mismo. Debo confesar que estaba muy ansioso y, apenas llegué a casa, leí las instrucciones, me puse su porquería en mi muñeca izquierda y la puse en marcha. Como verá, me vine con el aparato puesto. ¡Y hasta ahora no ha pasado absolutamente nada! ¡No funciona, carajo!
—Déjeme ver. No veo nada raro. ¿Para qué fecha la programó?
—Le confieso que cedí a la tentación a pesar de lo que me explicó y la primera vez lo quise hacer hacia el pasado, pero en el acto se encendió una luz de color rojo mientras una voz femenina, que creo haber identificado como la de su secretaria, repetía monocordemente: “Para atrás no, estúpido… Para atrás no, estúpido”. Me asusté un poco y la reprogramé para un año hacia el futuro, apreté el botón azul, como dice en el manual, y no pasó absolutamente nada de nada, ni en ese momento ni hasta ahora. ¡Me cagó, me estafó! ¡Le voy a iniciar una demanda y lo voy a hacer meter preso, desgraciado!
—Espere. Sáqueselo y démelo. No pasa nada, seguirá funcionando, no se preocupe. Mire, apretando esta tecla, la verde oliva, se activa la calculadora científica. Me olvidé de comentárselo, también puede utilizar la máquina para hacer cuentas. Y hasta tiene una función que convierte las distintas monedas de los inframundos a créditos universales. ¿Un año, me dijo? Bien, ya está. Como puede ver, eso equivale exactamente a 31.536.000 segundos. Me dice que la puso en marcha ayer, o sea que hará unas doce a catorce horas.
—En estos momentos catorce, las cuento para tener más pruebas en su contra. ¡Catorce horas sin que pase nada, maldito delincuente!
—Calma, calma. Catorce horas equivalen a 50.400 segundos según la cuenta que acabo de hacer y si se los restamos a los originales 31.536.000 segundos de un año completo nos da 31.485.600 segundos. Tal como le dije, está todo bien.
—¿Todo bien? ¡Usted está loco! ¡No pasó nada, nada de nada desde que la puse en funcionamiento!
—Ahora caigo, ya sé lo que le pasa a usted. ¿Leyó el manual en forma completa, el apartado de las especificaciones técnicas y, sobre todo, el inciso que se refiere a la performance de la máquina?
—¿Eh? No, no me pareció importante, usted me había explicado sobre la imposibilidad de ir al pasado y que solo funcionaba hacia el futuro.
—Mal, muy mal. Si lo hubiese hecho, nos ahorrábamos todo este mal momento. El problema radica en sus falsas expectativas en relación con la velocidad de traslado.
—¿La velocidad de traslado? No entiendo.
—Ahí está la clave de toda esta confusión y de sus dudas con respecto a mi honestidad. Como le aclaré de entrada, solo se puede viajar hacia el futuro y usted lo está haciendo en este preciso momento.
—Pero, pero… ¡Yo no siento nada!
—Ya le dije, eso es por la velocidad de traslado. Usted se está desplazando en el tiempo en lo que llamo “velocidad normal de crucero”. En realidad, en la única velocidad posible.
—¡Sigo sin entender una mierda, la puta madre!
—Pero, si es muy sencillo, hombre: usted llegará a ese futuro dentro de un año en unos 365 días, 8.760 horas, 525.000 minutos o 31.576.000 segundos, tal cual indica la máquina.
—¡Eso es una tontería! Mejor dicho, ¡una estafa lisa y llana! ¡Usted me mintió!
—Todo lo contrario, le he dicho una verdad absoluta, jamás le he mentido en lo más mínimo. Piense: usted hasta hoy creía en esa fantasía de viajar al futuro instantáneamente y no tuvo en cuenta lo que le he explicado. Si se pudiese viajar de esa manera sería muy peligroso ya que jamás se podría hacer el viaje en sentido contrario y, en caso de no gustarle su futuro (supongamos que usted viajase hacia una época particularmente horrible en la que no se sintiese a gusto), no habría forma de modificarlo. Solo podría seguir hacia adelante sin garantía alguna de que todo no fuese aún peor. Le he vendido cordura y, por el módico precio de quince mil créditos, usted viajará en el tiempo hacia el futuro, pero de la manera más conveniente, la que la naturaleza sabiamente ha establecido.
—Pero…
—Sea sincero, antes de conocer mi máquina del tiempo la idea ni se le había cruzado por la cabeza.
—Pero…
—Más, debería estarme eternamente agradecido. Bueno —y lo palmeó paternalmente en el hombro—, ya está todo aclarado. Lo dejo porque dentro de media hora tengo una entrevista con otro probable cliente, y usted sabe que el tiempo es oro.
—Pero…
—Que tenga un muy buen día. Fue un gusto haber hecho trato con usted.

Publicado originalmente en la revista Axxón.

miércoles, 9 de enero de 2013

El loco del tren 3: Terminar el trabajo empezado-Esteban Moscarda, Facundo Kishimoto & Miguel Dorelo



El loco del tren 3: Terminar el trabajo empezado- Esteban Moscarda, Facundo Kishimoto &Miguel Dorelo

Anoche volví a dormir mal. Di vueltas en la cama y me levanté un par de veces a fumar. En una de esas veces me tuve que hacer un té de durazno, otro de mis sabores favoritos, para tratar de calmar mi ansiedad.
No fue hasta que  asomaron los primeros rayos de sol por la ventana entreabierta de mi cuarto que pude reconocer lo obvio: estaba preocupado por los hechos acaecidos hacía ya setenta y dos horas y de los que fuimos protagonista mi amigo del alma, el señor F, y yo.
Remordimiento suele ser una palabra usada por los cobardes para justificarse ante las consecuencias de  acciones que han realizado sin que nadie los obligara; no está en mi diccionario personal. Aunque extraño al señor F, quién no extrañaría a un amigo perdido abrupta y violentamente aun habiendo sido el causante directo de esa pérdida, lo que me preocupa es otra cosa.
He buscado la noticia en los diarios y tuve prendida la radio todo el tiempo, ambas cosas sin resultados: ninguna noticia sobre la aparición del cadáver apuñalado. Es extraño, aunque últimamente la aparición de un muerto más ya casi ni es noticia.
Ayer hablé por teléfono con el señor E y le recordé que teníamos que juntarnos a hablar. Como al pasar le pregunté por el señor F y me dijo que hacía unos días que no lo veía ni hablaba con él. Ambos convenimos en que no era algo inusual que desapareciera durante un tiempo y que seguramente habría enganchado una minita en el conurbano y se había afincado en su casa por unos días. Ya reaparecería, nunca duraba en relación alguna más de una semana. Luego agregó un “estuve muy ocupado, sabés que estoy rindiendo en la facultad, pero este fin de semana nos vemos. Yo te aviso antes”. Noté algo extraño en su tono de voz, pero me dije que debería haber sido por mi paranoia actual; últimamente veo complots de todo tipo alrededor mío.
Anoche, más calmado, podría haber dormido bien, pero como bien digo “podría haber dormido”; cuatro llamadas a mi celular, la primera a eso de las dos de la mañana y la última cerca de las seis, todas ellas marcadas por el aparato como “privado”, todas ellas sin que del otro lado emitiesen ni una palabra, aunque la comunicación no se cortara, lo impidieron. Después de la cuarta apagué el teléfono, seguro algún pelotudo insomne  que no tenía nada que hacer y justo me tocó a mí ser blanco de sus jodas.
Me desperté de golpe casi a las diez, se ve que luego de apagar el celular me quedé dormido; estaba empapado en sudor y creo que debo haber soñado, pero no recuerdo casi nada del sueño, solo haberlo tenido. Prendo el celular y este me avisa que tengo un mensaje. Lo abro y leo “aún estoy aquí”, el remitente es “desconocido”. Pienso en el mismo idiota de toda la noche y en que la gente está muy enferma, aunque algo en mi mente se inquieta;  a lo mejor el tipo no es tan imbécil, su frase me resulta por lo menos inquietante.
Me preparo el mate ya un poco harto de mis tés, suele pasarme eso con casi todo, debo cambiar  de rutinas para no aburrirme. Me concentro en lo importante, ya me es totalmente imposible seguir así, debo terminar el trabajo empezado antes de que enloquezca. Agarro el teléfono y aprieto la tecla que me comunicará con mi mejor amigo, el señor E. Tenemos que vernos, es urgente, le digo. “Mañana a eso de las siete de la tarde esperáme en la parada del 128”, me dice su voz del otro lado y corta sin darme tiempo a nada más. Es extraño, el tiene auto y rara vez se maneja en colectivo. Supongo que se le debe haber roto. De todas maneras me pone nervioso que utilice la misma línea de transporte y tenga que bajar en el mismo lugar que hace menos de tres días lo hizo el señor F, pero por sobre todo el que tengamos que transitar el mismo camino hasta mi casa y pasar juntos por el lugar en que pasó lo que tuvo que pasar. En ese instante recuerdo, misterios de la mente humana, el sueño de esta madrugada: el señor F mirándome a los ojos mientras hundía el cuchillo una y otra vez en su cuerpo y su boca abierta en un no grito.
Tengo todo planificado al detalle y mañana a la noche ya podré descansar tranquilo con la satisfacción del deber cumplido. Unas horas más y todo este asunto habrá concluido.

El señor M baja del colectivo, me sonríe, me tira un “como andás” y juntos emprendemos el corto camino hasta mi casa. Un leve estremecimiento es todo lo que siento al pasar por el lugar en donde corté abruptamente los últimos segundos de vida de mi amigo el señor F; pensé que me resultaría más difícil hacerlo en compañía del tercer miembro de esta cofradía que alguna vez dijéramos que sería  para siempre.
Tal como supuse, el señor E no pudo negarse a tomar una cerveza apenas llegamos y nos sentamos a la mesa de mi cocina. Diez minutos después el efecto del narcótico había hecho efecto y caía dormido en su silla. Mi excusa de no acompañarlo con la bebida debido a mi problemita con la presión sanguínea no había despertado ninguna sospecha en él.
Cuando despertó ya lo tenía atado fuertemente a su asiento. No hubo necesidad de amordazarlo,  en mi equipo de música sonaba a todo volumen “Hombre esquizoide del siglo XXI” de King Crimson y si quería podía gritar, mis vecinos estaban más que acostumbrados a que lo hiciéramos habitualmente. No lo hizo, solo me miró. Tengo que hacerlo, necesito hacerlo, le dije. “Lo sé”, me respondió con una voz extrañamente calma mientras se sonreía. Algo estaba mal, muy mal, pero aún no entendía qué.

“Claro que lo sé y claro que no tengo miedo. Porque estoy loco. Porque no estoy menos loco. La locura es un bálsamo, una medicación que cura la realidad. Yo estoy loco, mis amigos están locos, el loco del tren estaba loco, loco el mundo, loco el almacenero de la esquina. Por eso no tengo miedo ni dudas de la aparición que se materializa en medio de la pieza, King Crimson como soundtrack loca, loca la birra narcótica, loca la vida espumosa y el odio del loco del señor M. Tal vez lo planeamos, igual que en la película “Las diabólicas”. Tal vez la loca, demente, vesánica aparición fue un artilugio fríamente calculado, estudiado, preparado para un hombre que sufre del corazón, que no soportaría la venganza de unos amigos del alma, locos, locos como él”.

E. no tenía miedo, pero ¿Yo sí? Yo maté al loco del tren, yo fui también el asesino de F. y yo era quien había atado a E., entonces yo siempre he sido el poderoso ¿No? ¿De dónde habrá salido lo que estoy viendo? ¿De dónde he salido yo? ¿De dónde el loco del tren? No tenía ninguna de esas respuestas, solo tenía la impresión de estar en frente de lo que siempre imaginé como el deseo mal formulado a la pata de mono: que F. volviera a estar vivo. A duras penas lo reconocí, su esencia era la misma pero el aspecto y hedor que mis sentidos sufrían eran atroces. Ahora no solo E. carecía de temor, sino que F. me hacía sentir escalofríos. Como en las peores pesadillas mis músculos no me respondían, este nuevo ser estaba cada vez más cerca y yo sin poder moverme. Quise cerrar los ojos para que el final fuera menos doloroso, pero tampoco me dejaron. No sé si alguien mencionó que en el momento preliminar a la muerte los sentidos se intensifican, pero todo se me presentaba extrañamente más luminoso y oscuro a su vez, hasta el ruido más tenue me era audible, hasta el punto de dolerme los tímpanos; sentía unas náuseas tremendas a causa del estado de putrefacción que tenía F., mi lengua estaba más que reseca; y mi sentido común ya no entendía un carajo. Un segundo más y F. me daría alcance. Un segundo más y… risas… carcajadas… estridentes carcajadas. Sí. E. y F. se estaban riendo ¿Todo esto era una joda?

Carezco de voluntad propia, apenas puedo moverme, mis manos comienzan a desatar al señor E sin que pueda hacer nada para impedirlo. E y F ya no ríen. Te vamos a explicar todo dice uno de ellos. No distingo cuál de los dos ha hablado. El olor que despide el señor F es inadecuado a todas luces, algo no cierra, somos tres amigos charlando amablemente y ese aroma nauseabundo no tiene nada que hacer aquí.
“Pensamos en matarte”, me dice el señor M, "pero ya no”. A pesar de lo que me hiciste y de lo que planeábas hacerle a él, somos tus amigos, tus amigos del alma, agrega el señor F.
No entendemos bien que es lo que pasó, pero luego de que abandonaste mi cadáver volví a la vida. Desorientado solo atiné a llamar a E y contarle todo. Me creyó enseguida, sabe perfectamente que no podría mentirle sobre algo así. Y planificamos esto, claro. Mejor dicho, fuimos improvisando hasta llegar a este momento, que deberían haber sido tus últimos momentos. Un buen susto, un gran susto que paralizaría tu corazón enfermo. Pero no podemos hacerlo, te amamos demasiado, concluye ante el asentimiento con un gesto del señor E.
Ahora entiendo el por qué de la no aparición del cadáver y la falta de noticias sobre el crimen. Las llamadas a mi celular durante la noche y el mensaje de texto, el “aún estoy aquí” que logró perturbarme. Les festejo esto último, han sido muy inteligentes, les digo, sembraron en mi una duda de manera magistral. Me miran asombrados, no hemos hecho eso, me aseguran. Sus miradas me dicen que no están mintiendo. De repente el miedo más profundo se apodera de mi ánimo ¿Quién entonces? Me calmo. Reflexiono y mi mente vuelve a aquél instante, a esa mañana cuando prendí el celular y leí el mensaje. Por supuesto, estuve en lo cierto al creer que debe haber sido un idiota que no tenía otra cosa que hacer más que gastar una broma pesada a un incauto al azar; unas llamadas de madrugada y un mensaje enigmático para reírse un poco. Se los cuento y los tres reímos, juntos, como en las mejores épocas.
El dichoso aparatito suena en ese instante, las risas se cortan de golpe pero solo por un momento. Esta vez las carcajadas son más fuertes, “ahí está el tipo otra vez, atendélo”, dice el señor E. 
Levanto el celular y me lo arrimo al oído. Solo yo existo y lo sabés, dice la voz del otro lado. El señor E y el señor F comienzan lentamente a desvanecerse junto a los muebles, las cortinas, el celular, mi mano, las ventanas y la calle que da al frente de mi casa.

El tren avanza con su andar cansino. En el vagón de la línea Mitre que va desde Villa Ballester hasta Retiro un hombre joven de entre unos 25 a 30 años, de contextura flaca, barba desprolija y ojos claros   observa con mirada inquietante a tres amigos que un par de asientos más allá conversan animadamente.



martes, 25 de diciembre de 2012

El loco del tren- Miguel Dorelo


El loco del tren- Miguel Dorelo

La gente está muy mal.
Vaya novedad, dirá más de uno. Pero déjenme que les cuente lo que me sucedió en ocasión de un corto viaje en tren desde Villa Ballester hasta Retiro en compañía de un par de amigos y después me cuentan si no tengo razón.

Nos dirigíamos el señor E, el señor F y yo hacia un evento en el que pensábamos pasar un buen rato debido a que se trataba de un encuentro cultural en que habría música, lectura de textos, tragos y mujeres, todo lo que un ser humano medio varón necesita para ser feliz, a bordo del vagón de la línea Mitre del cual ya di cuenta en las primeras líneas de este relato. Lo hacíamos de manera alegre, charlando sobre bueyes perdidos, tratando de arreglar el mundo, fijando las pautas adecuadas para conseguir que toda clase de señoras y señoritas caigan rendidas a nuestros pies, filosofando de esa manera en la que la filosofía se convierte en algo más que citas constantes de libros gordos y grises y se asemeja un poco más a la sabiduría espontánea de lo popular. Un estado ideal para un viaje de corta duración: delirar mientras el traqueteo del vagón oficia de banda improvisada de sonido.
Claro que lo ideal suele tener su contrapartida, y esta vez no fue la excepción a la regla.
La piedra en el zapato tomó la forma de un hombre joven, de entre 25 y 30 años, que sentado un par de asientos más allá de nuestra ubicación nos observaba atentamente con una mirada que se me dio por catalogar de “inquietante”. Solo nos miraba, solo eso, pero un extraño resquemor se fue apoderando de mí. Casi sin darme cuenta comencé a desear en cada estación por la que pasábamos que fuera la de su destino y descendiera en ella. Comencé a sudar frío y a contestar sin sentido algunos “a vos que te parece” que me dirigían el señor F o el señor E: todos mis sentidos se encontraban enfocados en ese hombre de contextura flaca, barba desprolija y ojos claros que se encontraba a un par de metros, siempre mirándonos y sin decir palabra.
El tren seguía avanzando, la tarde caía sobre la enorme ciudad y las primeras luces artificiales comenzaban a encenderse. Traté de mirar por la ventanilla que se encontraba a mi izquierda, ahora comprendo que fue mi forma de tratar de huir de un peligro que se hacía más y más previsible cada segundo y cada metro que transcurría en ese vagón. Solo escuchaba murmullos ininteligibles en lugar de las palabras habituales que deberían salir de las bocas del homogéneo  grupo no muy numeroso de personas que nos acompañaban en este viaje hacia ya no sabía dónde.  Comenzaba a perder noción de tiempo y espacio, mi respiración se aceleraba y los latidos de mi corazón, estaba seguro, comenzaban a retumbar hasta varios metros más allá de donde me encontraba. Tuve miedo de desmayarme y perder toda esperanza de lograr escapar de ese lugar y esa mirada.
El señor  E y el señor F gesticulaban y reían, protegidos quién sabe por quién y por qué, como si un escudo de algún material desconocido los aislara del peligro.
El convoy siguió avanzando, desentendido por completo de cuestiones mundanas, aislado en su coraza de acero, como no queriendo involucrarse en cuestiones netamente humanas.
Volví a mirar por la ventanilla: aún faltaban un par de estaciones más para llegar al destino final, la estación Retiro. Solo tenía ánimo para rogar que todo se mantuviese tal cuál, que no se modificara en lo más mínimo las condiciones del viaje, ya que había perdido toda esperanza de que el extraño personaje se bajase antes. Distraído, perdido en estos pensamientos, no pude ver el momento en que él se había levantado del asiento  y ahora se encontraba en un lugar a varios metros más adelante. Desde allí gesticulaba apuntándonos con un dedo mientras vociferaba algo en un idioma que no pude reconocer. Yo estaba totalmente asustado, al borde del pánico, esperaba que todo aquello terminara de la peor manera, pero a mis compañeros de viaje, al igual que el resto del pasaje parecían no afectarles demasiado el episodio. El señor F solo hizo una mueca que no supe cómo interpretar y el señor E reía de una forma que me pareció muy extraña, a la vez que decía “¿Qué le pasa a este loco?” mientras amagaba con ir a “ver que quiere” . Pude convencerlo a duras penas de que no lo hiciera, que podía ser peligroso porque no sabíamos nada sobre las intenciones del sujeto o bien podría estar armado.
El señor E insistía con ir a pedirle explicaciones mientras el señor F, que se me había sumado en el intento de disuadirlo y yo tratábamos de contenerlo. Fue en medio de este tira y afloje cuando el tren comenzó a circular cada vez más despacio hasta terminar por detenerse. El gran conglomerado de gente que se observaba en el andén me hizo comprender que al fin habíamos llegado a la terminal. Alcancé a ver al tipo descendiendo rápidamente del vagón y perderse entre la multitud. Hicimos lo propio y, ya un poco más tranquilo, dejé por unos minutos a mis amigos comprando cigarrillos en un kiosco anunciándoles que iría hasta los baños públicos y que de paso haría un llamado telefónico a casa de mis padres desde las cabinas que se encontraban en un extremo del andén.

Ya en la calle ubicamos las respectivas paradas de colectivos que nos terminarían de acercar a nuestros destinos finales. Nos despedimos del señor F, ya que él debía volver a su casa en el conurbano y no nos acompañaría al evento al que pensábamos concurrir el señor E y yo.

El resto de la noche transcurrió en calma, en un agradable ambiente de amigos, copas, música y lectura de cuentos en la cual tuvo una destacadísima participación mi amigo el señor E. En lo personal, cumplí con parte de mis expectativas personales y me fui del lugar con la clara perspectiva de la continuación de una relación muy prometedora con una señora a la que conocí esa noche.

Ya en casa y solo, con los primeros rayos de sol asomando por la ventana de mi cocina y ante una humeante taza de café, distendido y con la mente despejada hago un repaso de estas últimas horas y sonrío. El destino suele situarnos  en lugares y momentos en que tomar  las decisiones adecuadas es algo que puede marcar el rumbo que tomará nuestra vida. Como ya me ha sucedido otras veces, ayer fue uno de esos momentos y, orgullosamente, puedo decir que no me he defraudado a mí mismo. Como en esas anteriores ocasiones he sabido actuar rápida y efectivamente. Apenas descendidos en la estación Retiro y luego de excusarme con mis amigos alcancé rápidamente al tipo de la mirada extraña, a ese reverendo hijo de puta que ya no podrá jugar a su jueguito malvado  con persona alguna nunca, nunca, nunca más. Arrastrarlo hasta el rincón que queda entre las cabinas telefónicas fue fácil y como suele pasar en estas grandes ciudades nadie se fijó demasiado en lo que pasaba. Fueron siete puñaladas precisas, ya estoy lo suficientemente práctico como para saber en qué parte del cuerpo la sangre tiende a fluir mansamente sin que se produzcan salpicaduras poco convenientes que manchen mi ropa. Dejé allí mismo el cuerpo, entré a una de las cabinas, limpié un par de manchas rojas de mi mano derecha, utilizar guantes me hace sentir como que no estoy haciendo las cosas como deben ser, tomé el tubo del teléfono, marqué el número  y llamé a mis padres.

Sorbo el último poco de café ya casi frío y me dirijo a acostarme, el cansancio y el sueño comienzan a vencerme, ya no soy un jovenzuelo, debo admitirlo. Antes de dormirme un último pensamiento me invade, el recuerdo de mis amigos, el señor E y el señor F; algo no me termina de cerrar con respecto a sus comportamientos al bordo del  tren. En cierta forma me sentí defraudado con sus actitudes y creo que deberé hacer algo al respecto. Antes del fin de semana los llamaré por teléfono para encontrarnos y ahí veré qué hacer con ellos.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Pasajera- Miguel Dorelo



Pasajera- Miguel Dorelo

El no recuerda en qué lugar subió exactamente ella, solo sabe que lo hizo en algún momento en que con los ojos semi cerrados intentaba dormir un poco. Mira por la ventanilla  y tarda un minuto o algo así hasta que reconoce el lugar de la ruta 8 por la que en ese momento el Chevalier transita; acababan de dejar atrás Capitán Sarmiento y piensa en que todavía faltan  más de dos horas para llegar a Retiro. Supone que debe haber subido allí, en esa pequeña ciudad de la provincia a la que siempre tiene presente gracias al recuerdo de una antigua novia oriunda del lugar. El ómnibus, extrañamente, no viaja  con pasaje completo, quizá por ser mitad de semana y un horario en el que, como suele decirse, es demasiado temprano para algunas cosas y demasiado tarde para otras. El porqué del haber decidido ella sentarse a su lado en el asiento que da al pasillo que hasta ese momento era tierra de nadie escapa a su comprensión inmediata: más allá hay dos lugares también desocupados, o mejor dicho, a medio ocupar. En uno de los asientos viaja una mujer no muy joven y algo obesa; en el otro, tres butacas más hacia el fondo del vehículo un hombre de mediana edad. Diez, doce o quince kilómetros más adelante comienza a observar de reojo a la mujer que ha decido por voluntad propia viajar como su acompañante; ellas suelen tener  el poder de la decisión y esta vez no ha sido la excepción. Ella es joven, aunque no demasiado, unos treinta y cinco años, quizá treinta y siete, pero bien podría ya estar en los cuarenta o cuarenta y dos; es del tipo en que la edad potencia el encanto no exento de belleza que en algunas mujeres jamás se pierde. Su perfume ya se ha apoderado del espacio que ocasionalmente ocupan, un aroma a lavanda que apenas reconoce como tal; no es, de ninguna manera, un especialista en cuestiones cosméticas. Decide, caprichosamente, que es el aroma ideal para ella. Sus cabellos son largos, de sus ojos no puede decir nada aún porque no ha podido verlos. Aún, aún, piensa planificando los pasos a seguir. Aunque lógicamente sentada, es evidente que es más alta que él, no es necesario medidas excepcionales para que lo sea, aunque eso no le preocupa demasiado: casi todas sus parejas han sido de mayor altura que la suya. Asombrado, reflexiona sobre esta línea de pensamiento que de repente lo ha invadido: no existen motivos, ni siquiera se han hablado, para darle de repente el status de una posible relación amorosa al fortuito encuentro. Es verdad que siempre fue muy enamoradizo, pero esta vez esa característica está siendo exagerada, debe reconocerlo. Seguramente se deba en parte al especial momento por el que está transitando, una nueva desilusión amorosa que lo ha dejado con un dejo inusual de tristeza, yendo a contramano de su habitual comportamiento de optimismo a ultranza rayano en la tontería. Por un instante su mente abandona el presente y a la pasajera; los recuerdos más inverosímiles acuden a su cabeza, entran sin golpear la puerta y se apoderan del momento. Recuerda tardes grises, mañanas luminosas, noches sin color y rostros y sonrisas y miradas. Luego, un par de kilómetros después, se retiran al unísono y es como si nunca lo hubiesen visitado pero sí.
De vuelta toda su atención se concentra en la mujer que viaja a su lado; ella tiene puestos unos jeans de esos gastados artificialmente y aunque no podría asegurarlo, sus piernas parecen ser largas y no demasiado delgadas. Un buzo liviano de color beige y un cuello color blanco, quizá una blusa, a lo mejor una camisa, asomando por debajo de su mentón.
Debería levantarse ya, pedirle permiso, comentarle que irá a buscarse un café a la máquina que se encuentra en el pasillo a pocos metros y ofrecerse para traerle uno; es una buena excusa para iniciar un diálogo y la amabilidad siempre es bien recibida por la gran mayoría de las personas. De paso la obligará a girarse y podrá al fin ver el color de sus ojos y, lo que es más importante, la intensidad de su mirada. La mirada de una mujer, aún la ocasional, si se sabe interpretarla, es la vía de conocimiento más exacta para saber donde uno está parado con respecto a ella. Eso hará. O esperará un poco más a ver qué pasa; a lo mejor ella le pregunte si no sabe por dónde vamos, si falta mucho  para tal o cual lado y entonces él le dirá que unos cuarenta minutos siempre y cuando el tráfico se mantenga fluido o no pinchemos una rueda y ella sonreirá y el contacto estará establecido. Dirán sus nombres, sus destinos, a lo mejor los motivos de ese viaje y la frecuencia  y más tarde la conversación irá de apoco tomando visos personales, intercambiaran números y promesas de futuros contactos. Y él se dará cuenta que ella es lo que siempre estuvo esperando y ella que este hasta hace nada un desconocido ha reactivado cosas que ya creía totalmente desconectadas.
Piensa, planifica estrategias, especula situaciones, traza coordenadas, visualiza horizontes acompañado por la pasajera.
Debe hacerlo ya. Pero, no puede; una vez más, no puede, no se anima, el miedo al fracaso es muy potente; o mejor dicho, el terror a  las consecuencias del fracaso. No se puede perder lo que no se tuvo nunca, piensa. Pero no es suficiente para decidirse. Esperará un poco más, pero solo diez kilómetros, quizás quince, pero no más allá.
Un fugaz vistazo por la ventanilla le informa  a través de un mojón que el ómnibus acaba de dejar atrás el kilómetro 126; siempre hace eso, mirar de vez en cuando los mojones indicadores del costado de la ruta, “como una señal inequívoca de la ansiedad del arribo”, según le ha dicho un psicólogo amigo en charlas no profesionales y sin honorarios de por medio. El 100 es un buen número para comenzar, se dice posponiendo auto promesas recién hechas, alargando en algunos cientos de metros el instante pavoroso de las primeras palabras que deberá imperiosamente dirigirle.
Cavila, se embronca con él mismo, no puedo ser tan boludo; Permiso, voy a servirme un café, solo eso, el resto será más fácil. Y quién te dice, el comienzo de algo que dure lo suficiente, lo justo entre lo fugaz  y lo rutinario; los mejores amores son aquellos que duran hasta  lo que tienen que durar; aunque eso de que que me gustaría que estemos juntos hasta que seamos viejecitos no es tan mal plan.
Basta de mariconadas; lo hago ya, se decide al fin.
Ella se levanta, camina uno, dos, siete pasos hasta la estrecha escalera que comunica los dos niveles y desciende hasta la parte baja del vehículo. Por primera vez, tal vez la última, la ve parada; sus piernas en efecto son muy largas pero un poco más esbeltas que lo que había imaginado. Por primera vez, tal vez la última, escucha su voz preguntándole al chofer si falta mucho para Puente Saavedra. No hace nada ¿Para qué? ¿Con qué excusa?
Media hora más tarde baja en Retiro, su destino. Bullicio y llovizna fina un poco más allá lo esperan en el andén; solo ellos.

Vendrán nuevos viajes con idéntico recorrido. Él ha dejado la costumbre de dormitar mientras el ómnibus deja atrás mojones y ciudades. Quiere estar bien despierto cuando pase, puntualmente, por aquellos dos lugares. Algún día ella subirá y ese día lo primero que hará es averiguar de qué color son sus ojos.

viernes, 13 de julio de 2012

Caminata- Miguel Dorelo



Caminata- Miguel Dorelo

Ellos siempre quieren morderme. No es que los provoque ni nada por el estilo, creo que simplemente sienten una especial predilección por hincar sus dientes en mi carne.

Me agrada sobremanera salir a caminar; sobre todo en las tardes de otoño. Lo hago a la hora exacta en que sé que inexorablemente el sol ya se habrá ocultado cuando decida emprender el regreso; es lo único planificado de todo el recorrido.
Mientras camino, me deleito oyendo el ronronear de los autos en las avenidas, las voces de la gente o el silencio de una plaza desierta. Repito recorridos solo de forma azarosa, aunque de vez en cuando vuelvo a pasar  por lugares que  forman tan parte de mi como mis vísceras, esos entrañables sitios en que alguna vez besé, abracé, acaricié a algún ex amor. Y  la añoranza me acompaña en gran parte del trayecto. Siempre de momentos agradables, quizá con un dejo de tristeza muy pequeño, justo el suficiente para potenciar el sentimiento  que se apodera de la tarde y del paseo; un ex amor siempre es un buen recuerdo cuando sabemos recordarlo  justo hasta el momento exacto en que empezará a dejar de serlo. Todos mis amores han sido para toda la vida, solo han cambiado de aspecto por un corto periodo de tiempo, confundiéndome con colores de ojos y cabellos de distintas tonalidades, olores disímiles, bocas más grandes o más chicas, de labios finos o más gruesos, todas ellas siempre comúnmente dispuestas. Me gusta recordar bocas y a las dueñas de esas bocas.
A veces escucho música con mis auriculares y la ciudad se desliza por mis pupilas como un video clip sin  editar, quizá abandonado a medio hacer por un director cansado de efectos especiales de dudoso gusto exigidos por el productor.
 Disfruto mucho de mis caminatas y mis preferidas, ahora que lo pienso, han sido aquellas en las que la única compañía he sido yo mismo. No por egoísmo ni nada que se le parezca, también he sentido en muchísimas ocasiones la necesidad de apurar el paso y acortar así el tiempo de regreso o de encuentro con ese alguien al que uno extraña imperiosamente aunque hayan sido escasas las horas de ocasional ausencia.

Uno de ellos, siempre hay uno de ellos vigilándome, me gruñe  desde demasiado cerca, ensimismado en mis pensamientos lo veo algo tarde, casi sin tiempo para evitar el desagradable encuentro. Por suerte la distancia es la suficiente para evitar un ataque. Cruzo a la vereda de enfrente y continúo con mi derrotero, aunque ya algo nervioso.

Camino a paso no demasiado lento, deteniéndome a mirar de vez en cuando algo que llame mi atención, por lo general me gusta observar las fachadas de las casas antiguas; también me agradan sobremanera los grandes espacios verdes, esas plazas con pretensiones de colinas y enmarcadas con un fondo de edificios altos,  el contraste de lo natural con el toque artificial de hormigón, acero y vidrio potenciando la belleza del paisaje urbano.
La tarde cae lánguida y parsimoniosamente, los colores comienzan a cambiar a ojos vista: el reflejo en el asfalto potencia el ocre de las miles de hojas caídas al borde del cordón de la avenida, la luz verde del semáforo de la esquina es vencida por un haz del sol y pacientemente espera sabiendo que, como siempre, volverá a brillar en todo su esplendor  apenas su contrincante momentáneo desaparezca en el horizonte. Miro hacia arriba, siempre lo hago a esas horas, y juego a poder encontrar a la primera estrella visible en ese extraño momento en que la oscuridad y la luz se confunden sobre la faz del planeta y que, sospecho, encierra algo inmensamente más peligroso que un simple cambio de luminosidad natural.

Doblo hacia la izquierda y casi en el acto me doy cuenta que cometí un error: a pesar de quedar momentáneamente cegado por la luz frontal alcanzo a ver la odiada figura de cuatro patas avanzando lentamente hacia mí.
Trato de apurarme, aunque sé que correr no es lo adecuado en estos casos; aparecen dos más desde el norte, uno es de contextura media, pero el otro es realmente enorme, como jamás antes he visto. Aún debo recorrer unos ciento cincuenta metros hasta la seguridad de mi departamento y mi corazón abandona el espacio natural que anatómicamente le corresponde comenzando  su enésimo ascenso hasta mi garganta; siento el familiar ahogo, mis manos comienzan a temblar, mi cuerpo entero comienza a mojarse con ese sudor frío tan desagradable que siempre se hace presente justo al lado de la palabra miedo.

He realizado mis caminatas en todo aquél lugar que he visitado o he vivido; algún pueblo minúsculo en los que solo hicieron falta unos pocos minutos para recorrerlo por entero y en el cuál uno se convierte de repente y por la sola presencia fuera de contexto, en  protagonista impensado, atrayendo  miradas y saludos que conspiran contra aquella pretensión de soledad planificada. Es por eso que prefiero las grandes ciudades y el anonimato que conlleva ser tan solo uno más entre otros miles de paseantes y sin embargo potenciando, paradójicamente, el sentirse único.

Veinte metros o menos. O un millón de años luz; uno de esos momentos en que un instante es eterno, cinco metros, cien mil kilómetros, en el que llegar a buen puerto se nos hace tan utópico que nos dan ganas de llorar. La puerta de entrada a mi edificio es el paraíso prometido. Mi cabeza gira sin que mi voluntad intervenga en lo más mínimo, obliga a mis ojos a una última mirada temerosa sobre el hombro. Nada. Extrañamente, la no visión del enemigo convierte en pánico el ahora casi entrañable miedo anterior.
Cruzo, al fin, la línea de llegada. —Deberían darme una medalla —murmuro casi al borde de la histeria.



A veces me siento tan confundido que no alcanzo a discernir cuánto hay de realidad en mis caminatas y cuanto de una especie de delirio paranoico; aunque sé que me hace inmensamente feliz recorrer la ciudad, olerla, mirarla, escucharla, no puedo dejar de reconocer que al final del recorrido esa extraña, desesperante angustia está siempre  esperándome, y que antes de dormirme cavilaré durante horas sobre eternas caminatas y peligros acechantes.
Y  otras veces, en esos momentos de extrema lucidez que todos alguna vez tenemos, creeré haber encontrado la perfecta solución al problema y me dormiré tranquilo y soñaré con aquella inmensa ciudad de esencia inequívocamente femenina, esperándome ansiosamente, ofreciéndoseme enteramente y sin perros a la vista.

miércoles, 13 de junio de 2012

Vampira- Miguel Dorelo



Vampira- Miguel Dorelo

No solo yugulares. Ella mordía justo donde hacía falta, la mayoría de las veces en lugares que sorprendían a la ocasional víctima. Succionaba, eso sí, de una manera deliciosa. Lo hacía de tal manera que hasta solía recibir  ruegos o agradecimientos por su faena. No exagero. Lo sé de primera mano; es más: fui una de sus víctimas. Ni la primera ni la última, solo una más de su larga lista. A veces me la creo y me da por pensar que signifiqué para ella algo más que un cuerpo destinado a calmar su insaciable sed. Pero enseguida recuerdo todo al detalle y comprendo que es solo una expresión de deseo para no sentir que me usó, ni más ni menos que como a todos ellos. Intuitiva. Creo que es la palabra justa. No  inteligente en el sentido que suele darse al término, pero sabía, eso sí, dónde, como y a quién atacar. Físicamente, nada del otro mundo, una mujer, digamos, término medio, ni linda ni fea. Una mujer común. Y es sabido que las mujeres comunes son siempre las más peligrosas.

Sus métodos y  motivaciones los descubrí  un poco tarde, lamentablemente. Me atrapó en una tertulia de lectura de esas a las que solía ir y como un iluso creí que nuestro encuentro había sido casual ¡Que estúpido! Tenía todo muy planificado. Esa misma noche me arrastró hasta su cubil y dio comienzo una etapa de mi vida que sé me costará mucho olvidar. Como dije, me mordió por todos lados, recorrió con sus labios y sus dientes cada rincón de mi cuerpo sin solución de continuidad durante toda la noche, lamiendo y succionando alternadamente. El sol entrando por la ventana de su habitación me encontró exhausto pero feliz. Ella me miró directamente a los ojos y de sus labios salió un “ahora  sos mío”; muy poco tiempo después comprendería que realmente sería así. Debo aclarar que no hubo ni la más mínima gota de sangre, quizá ese detalle fue el que hizo que me confiara; solo más adelante descubriría su condición de vampira sofisticada.

Volví a mi casa casi arrastrándome, me sentía muy débil. Me acosté enseguida y dormí doce horas seguidas. Desperté, me di una ducha y  tomé un café bien cargado ya que necesitaba estar lo más  despabilado posible  para poder terminar el relato que me habían encargado y cuyo plazo de entrega vencía en menos de veinticuatro horas. Por suerte solo me faltaba redondear un buen final y hacer una última corrección. Me fue imposible. Mi mente divagaba por cientos de cosas sin importancia, pero ninguna relacionada con la trama del cuento. Y la recordé, claro. Recordé sus ojos, su piel, su olor; pero sobre todo recordé sus labios, su lengua y sus dientes, sus afilados dientes. Dejó de interesarme lo escrito y los plazos de entrega, solo quería llamarla y fijar un nuevo encuentro lo antes posible. Y todo fue cada vez mejor y cada vez peor; las noches apasionadas, las madrugadas de agotamiento y los días de mente vacía se fueron sucediendo uno tras otro. La última noche, siempre hay una última noche, llegó sin aviso, sin señal alguna que lo anticipara. Una velada como casi todas, pero más intensa: ella superó de una manera que no puedo describir todos nuestros encuentros anteriores y la mañana me encontró con un “ya no tenés más nada para darme, adiós” susurrado en mi oído izquierdo.

Por supuesto que intenté dejar sin efecto esa despedida unilateral, pero todo fue en vano, ella no dejó que me acercara de ninguna forma. Además, me sentía muy débil, tanto física como mentalmente; sobre todo esto último. En los pocos meses que duró nuestra relación no había podido escribir ni una línea de texto, simplemente no se me ocurría nada como para volcarlo en palabras. Luego de un tiempo empecé a sospechar, por suerte mi cuerpo se estaba recuperando de a poco y mi cerebro estaba recobrando su lozanía habitual. Comencé por hilvanar hechos y gracias a una conversación que tuve casi de casualidad con un escritor al que fui presentado en una de las reuniones a las que había decidido volver para ver si conseguía desbloquear mi inexplicable falta de ideas, empecé a confirmar algo que al principio creí solo un delirio de mi parte, seguramente potenciado por la desazón que me embargaba. De repente él la nombró y luego de comunicarle que también la conocía, comenzamos a intercambiar confidencias sobre ella. Un calco casi exacto su experiencia y la mía, eso descubrimos a los pocos minutos de charla. La conocimos de igual manera, del mismo modo transcurrió esa inmediata noche en su departamento, el mismo cansancio a la madrugada, los mismos besos, las mismas caricias, los mismos mordiscos, casi el mismo tiempo junto a ella hasta exactamente la misma frase salida de sus hermosos labios “ya no tenés nada para darme, adiós”. No  podía ser casualidad, era imposible tanta coincidencia. Decidimos aunar esfuerzos y ponerla en evidencia. Él tampoco había podido contactarse de ninguna forma con ella luego de la despedida, o quizá, más adecuadamente, el despido. Poco tiempo después nuestra base de datos sobre “la Vampira” como empezamos a llamarla, comenzó a incrementarse; descubrimos a otras víctimas, siempre hombres. Siempre relacionados con alguna forma de literatura; uno era instructor de padle y solía escribir ensayos, otro cuya profesión principal era la de escribano, escribía micro relatos; mi ahora socio, en plena tarea de corrección de su novela recién terminada y trabajando en una dependencia policial del conurbano bonaerense y yo, trabajador autónomo y entusiasta escriba de cuentos y algún perdido poema. Ella era una vampira muy abierta, o como diría mi santa madre, dios la tenga en la gloria, “esa no le hace asco a nada”.

 Teníamos ya  una cabal idea de sus métodos, algunas pautas de comportamiento y muchos detalles sobre su accionar; las coincidencias eran totales en todos los casos, contactamos a las otras dos víctimas que asombrados escucharon lo que habíamos descubierto. Comprobamos que en ninguno de los casos hubo vestigio alguno de sangre, por lo que nuestra fantasía sobre una inmortal vampira que se alimentaba de esa manera para conservar una eterna juventud fue descartada de plano. Pero, eso no alcanzaba para comprender los motivos. Debía haberlo, solo debíamos  averiguar cuáles.

Y una tarde, de casualidad, como suele pasar con los descubrimientos importantes, la vidriera de esa librería de Palermo, un libro, su portada y su nombre escrito en ella. Entrar, desesperar hasta que me tocase el turno y finalmente tener entre mis manos aquella  publicación. Darle una rápida ojeada sentado en el primer banco de la primera plaza, llamar a una reunión de urgencia al resto de los damnificados y finalmente, las conclusiones.
Era un libro de cuentos; los había largos, medianos y mínimos; casi doscientas páginas de relatos firmados por ella. Ansiosos, nos pasábamos el libro unos a otros, leíamos un cuento y nos mirábamos. Comenzamos a organizarnos: la sospecha de que en esas hojas, en esas palabras estaba la clave de todo, nos hizo agudizar el ingenio; decidimos que lo mejor era leer en voz alta y por turnos, un cuento cada uno. Eran buenos relatos, coincidimos en esto y   luego, más puntualmente, en que nos provocaba una especie de dejá vu la mayoría, sino la totalidad de ellos.
Nos miramos y casi al unísono lanzamos un ¡Que hija de puta!

 Quizá nuestra conclusión final venga medio tomada de los pelos para algunos, pero los cuatro estamos completamente convencidos: sus caricias, sus palabras susurradas en nuestros oídos, sus labios añorados recorriendo cada centímetro de nuestras pieles, el agotamiento luego de esas largas noches de pasión y las consecuentes pérdidas de todo tipo de vestigio en nuestras mentes de idea literaria alguna, pero por sobre todos sus dientes hincados sin sangre involucrada eran las señales inequívocas de que lo que ella recolectaba era nuestro poco o mucho talento para enhebrar historias.

Han pasado ya seis meses desde que descubrimos la verdad sobre la Vampira; su libro ha sido re editado ya en dos oportunidades y su nombre forma parte de lo que se denomina “el nuevo boom de la literatura latino americana”. Nada pudimos hacer al respecto, no podemos acusarla de plagio y mucho menos contar esta historia que nos haría el blanco perfecto para la burla, justo ahora que de a poco empezamos a plasmar alguna idea en palabras.

Lo único que nos da un poco de bronca es que su editor ya ha anunciado el lanzamiento de su nuevo libro, esta vez una novela, y aun no hemos descubierto quién ha estado retozando en su cama, disfrutando de sus caricias, escuchando sus palabras dulces, ofreciendo su carne a los mordiscos.

lunes, 28 de noviembre de 2011

La búsqueda- Miguel Dorelo


La búsqueda- Miguel Dorelo

—No creo que le resulte demasiado difícil, me recomendaron muy especialmente sus servicios; solo le pido discreción absoluta. Aquí le dejo todos los datos con los que cuento sobre ella y dentro del sobre también hay un cheque con la mitad de sus honorarios, el resto cuando cumpla su cometido, como habíamos acordado.
—Muy bien, hoy mismo me pongo a trabajar.
—Espero novedades lo antes posible.

Estaba hecho. No había sido una decisión fácil: un largo tiempo con la idea dando vueltas por su cabeza hasta llegar al momento exacto en que ya no es posible seguir auto imponiéndose excusas de todo tipo para dejarse estar. La extrañaba. Le costó admitirlo, pero ahora que al fin lo había hecho no podía quedarse de brazos cruzados, dejando simplemente que el tiempo pasara. Y la amaba, ahora lo sabía. Quizá también la amó en aquél lejano tiempo en que la tuvo para él, pero no lo supo o no le convenía involucrarse en una relación que le llevara mucho más tiempo que un par de encuentros semanales para satisfacer urgencias corporales sin que le importase demasiado la contraparte; después de todo parecía que ella la estaba pasando bien así, o al menos eso creía. Hasta que comenzaron las exigencias.
—Quedáte —dijo ella una noche y encendió la alarma.
Inventó cualquier excusa, ya ni recordaba cuál para no pasar esa noche allí. La primera, pero no la última, de una serie de mentiras que le permitieron seguir un tiempo con aquella rutina con todos los beneficios y ninguno de los inconvenientes de una relación que se hacía cada vez más despareja. Solo le interesaba pasarla bien, tomar algo, charlar lo estrictamente necesario antes de entregarse de lleno a lo que realmente lo había conducido hasta su casa, su cuarto y su cama.
Un par de idas al cine y acompañarla por única vez a elegir unas cortinas nuevas: era todo lo que estaba dispuesto a otorgarle. Y algún café apurado de vez en cuando en el bar a pocas cuadras de su casa. De cenas y esas cosas, ni hablar. Lo habían establecido de entrada, quedó bien en claro que lo de ellos se basaba exclusivamente en la atracción física que sintieron uno por el otro a los pocos minutos de conocerse y que esa misma noche se encargaron de satisfacer. Cero compromiso; después de todo, era una época de desenfreno y de “amor libre”, como solía decirse.
Ella no cumplía con su parte, se hacía cada vez más evidente. Regalitos con cualquier excusa, recordatorios de fechas conmemorativas de cualquier nimiedad que los involucrara y una insoportable tendencia a querer retenerlo más allá de lo conveniente una vez que terminaban de hacer aquello para lo que se habían encontrado.
Empezó a sentirse cada vez más molesto con sus actitudes, presionado, comenzaba a asfixiarse; debía hacer algo. Lamentablemente ella era muy hermosa, demasiado; y como amante, única. Pero se estaba poniendo demasiado pesada, casi obligándolo a imaginar futuros inmediatos de convivencias rutinarias, almuerzos compartidos en cocinas primorosamente decoradas con manteles y cortinas haciendo juego, insulsas charlas de sobremesa e incómodas siestas abrazados. Hasta alguna vez habló de niños. ¡Niños! Pañales, llantos por las noches, conseguir obra social, llevarlos al colegio…
Huyó a tiempo, sin dar demasiadas explicaciones, no tenía por qué darlas; que ella se hiciese cargo de aquellos sentimientos que él de ninguna manera pretendió provocar y que no formaban parte del paquete.
Un par de meses después y un último gesto de buena voluntad por su insistencia que se estaba convirtiendo en persecución: charla café por medio, o mejor dicho poder decir lo que había que decir cuando alguna pausa de su llanto lo permitía; esto no es lo que yo quiero y no hay vuelta atrás, no llorés que de nada sirve, vos sabías bien que yo soy así, olvidáme y rehacé tu vida,sos linda e inteligente y ya vas a encontrar a quién te contenga…Adiós.

Treinta años, un matrimonio que duró muy poco, por suerte no quedaron en el camino niños carne fresca para analistas ni rencores perdurables en el tiempo. Varias relaciones, un par de novias y su soledad actual. Las noches de insomnio que comenzaron a tomar posesión de aquellas horas pretendidamente destinadas al descanso y que poco a poco fueron adueñándose de gran parte de su vida y sus más íntimos pensamientos.
Y en algún momento, hace menos de dos meses, ella. Ella, cagándose en los treinta años transcurridos, volviendo a ser presente por el solo hecho de escuchar de casualidad en la radio aquella cursi canción que siempre ponía en su grabador cuando se encontraban en su casa y que él soportaba por el simple hecho de dedicarse a explorar, besar, morder, lamer  hasta el último pedacito de su cuerpo. Un clic para rememorar, comprender, negar y finalmente aceptar. Un proceso lento pero inexorable, concluyendo lo inevitable: aquél amor que no fue capaz de reconocer en su momento pero que ahí estuvo y aún estaba. Debía actuar en consecuencia, intentar algo que calmara su ansiedad; debía saber que había sido de su vida en estos treinta años sin noticias suyas. Supuso que quizá aún lo recordaría, o por lo menos esa sería una conducta lógica desde el pretendido inmenso amor hacia él que ella hubo evidenciado poco antes de que todo hubiese terminado entre ellos a raíz de, aún así lo entendía, su justa decisión unilateral.
Material y monetariamente estaba en muy buenas condiciones como para emprender sin mayores dificultades la tarea; su especial carácter, poco propenso a concesiones hacia el prójimo que consideraba propia de personalidades débiles, lo habían hecho triunfar en cada uno de sus emprendimientos y ahora era un maduro y prospero “hombre de negocios”, como le gustaba auto-nominarse.
Contrató a la mejor agencia y exigió especialmente que pusieran a trabajar a sus mejores hombres en el caso. Solo debían averiguar que había sido de  la vida de su antigua noviecita. —Donde vive, estado civil, de que trabaja, cuáles son sus gustos, números de teléfono…Todo lo que pueda ser de relevancia —recalcó.

Esa noche durmió de un tirón y hasta se despertó muy tarde en la mañana. Estaba hecho. Supuso que en pocos días más llegaría el informe de la agencia y una vez con los datos en su poder seguiría con su plan de reconquista. Era muy optimista al respecto y con una más que justa y lógica razón: ella no podía haberlo olvidado, así como de ninguna manera rehusaría volver a él; había miles de razones para que estas dos cosas sucedieran, entre otras el recuerdo de su total entrega a todo aquello que a él se le antojó hacerle en la cama en sus últimos escarceos cuando se dio cuenta de la absoluta dependencia sentimental de ella y en que ahora era lo que se dice un “buen partido”, con varias propiedades a su nombre, una abultada cuenta bancaria y el conservarse aún bastante atractivo con sus muy bien llevados cincuenta y cuatro años. Un rechazo de ella era algo inimaginable. Solo restaba sentarse y esperar.

Diez días después, al no recibir ninguna explicación satisfactoria a sus reclamos telefónicos, se presentó en la agencia.
— ¿Qué es lo que pasa? — Exigió a voz en cuello —No puede ser tan difícil ubicar a una simple mujer. Quizás me equivoqué al contratarlos.
—Estamos en eso, disculpe la demora —respondió el máximo responsable del lugar —es que ella al parecer se ha estado moviendo de lugar en lugar en forma casi constante; pero hoy mismo me ha llamado desde el sur uno de mis hombres que cree haberla localizado. De confirmarlo, en unos días más tendremos un informe detallado.
—Eso espero. Después no se quejen si casualmente  me demoro en completar sus honorarios, que por cierto no son pocos. Buenos días.

Una semana después recibió el llamado: —Está hecho, la hemos localizado, efectivamente está viviendo en el sur. Pase hoy por la tarde y tendrá a su disposición todos los detalles.
—Allí estaré.

Almorzó frugalmente y tuvo tiempo hasta para dormir una siesta; quería estar lo más lúcido y descansado en el momento de posar sus manos y sus ojos en aquellos documentos que lo reinsertarían primero en el pasado, actualizarían el presente y lo catapultarían a un futuro de reencuentro y felicidad.
Pasó por la agencia, retiró todo en dos grandes sobres ya dispuestos  y  se despidió con un uno de estos días les envío el resto del dinero.
Ya en su casa, desconectó todos sus teléfonos para que nada lo distrajera  y comenzó a abrir los sobres.
El golpe fue más duro de lo que jamás se hubiese imaginado: allí estaba todo, un resumen de los últimos treinta años en la vida de su amada, con lujo de detalles, con consideraciones extras sobre sentimientos y emociones, tal como había pedido. Su partida a los seis meses de aquella separación con rumbo desconocido y el rastro reencontrado dos años después en Bahía Blanca, el primer domicilio conocido que la agencia pudo establecer. Tres años en aquella ciudad y luego su partida más al sur y un constante derrotero por diversas localidades de la Patagonia, inconsciente acto que en un futuro ocasionaría un sinnúmero de dificultades en un grupo de investigadores aún no presentes en su vida. Y por fin su afincamiento en Trevelín, en la provincia de Chubut, ciento veintitres mil hectáreas de un lugar paradisíaco rodeado de montañas y lagos de aguas cristalinas. Allí, donde encontró por fin la felicidad en las formas de un marido y tres  hijos que a los que adoraba, según pudo averiguar a través de varios allegados el autor del informe. Regenteaban una posada para turistas millonarios que les proporcionaban el suficiente dinero para darse todos los gustos, incluidas vacaciones semestrales que le habían permitido sobre todo a ella conocer cada uno de los sitios en el mundo con los que siempre había soñado. Una vida plena de amor y felicidad en un lugar perfecto.
Acompañaban el informe fotografías y   datos del esposo y  los hijos, dos mujeres y un varón, el mayor, que con lágrimas en los ojos alcanzó a leer, tenía su mismo nombre. Ella estaba hermosa, aún más a como la recordaba, la madurez le había obsequiado una mirada mezcla de dulzura y sabiduría como jamás había visto en mujer alguna. Lloró con más fuerza y en ese mismo instante comprendió que ya no había más nada que hacer, no le quedaban fuerzas para intentar más nada, el resto de sus días lo encontrarían resignado y lamentándose por su ceguera en esos años.

El atardecer ya comienza más temprano a esta altura del año en Trevelín; el sol lentamente empieza a hacer mutis por el foro detrás de ese pico que tanto ama. Ella observa extasiada a través del ventanal de su humilde casita en donde ha vivido todos estos años con la única compañía de tres gatos y sus recuerdos, el espectáculo que la naturaleza le ofrece día a día gratuitamente y piensa en él. Una mezcla de amor y odio le inunda el alma, esa combinación que suele traer aparejada todo amor no correspondido. Y también una inmensa calma por lo hecho, una pequeña o gran venganza, nunca lo sabrá a ciencia cierta.
No le costó demasiado  convencer al detective de su plan, en cualquier profesión, aún en las menos pensadas se encuentran personas sensibles y en este caso, luego de ella descubrir qué hacía ese desconocido recabando datos sobre su persona en el pueblo y contarle quién era ese amado hijo de puta que lo había contratado fue cuestión de unos días fraguar una convincente historia de felicidad entre ambos.
 Y no le cobró ni un solo peso por el servicio.

Elaborado para La Cuentoteca