Miradas a orillas del río- Miguel Dorelo
Ella anda por la vida con sus rencores a cuestas, besando príncipes hasta verlos convertidos en sapos.
Vengarse de él, concientemente o no, es el motor principal de su comportamiento.
Suponiendo un daño adrede, negando culpas compartidas; raramente en una ruptura hay un culpable exclusivo: los más grandes amores, al igual que los grandes odios suelen ser cosas de a dos.
Ausencias irreemplazables, búsquedas vanas y dolorosas que comienzan con noches alegres e indefectiblemente terminan en amaneceres tristes.
Agresivamente a la defensiva, rodeadamente sola, siempre buscando ese reemplazo que nunca llega, todas las tardes sale a caminar por la rambla del Parque de España, a la orilla del río Paraná, pero sin mirarlo; casi nunca lo mira, no sabe bien por qué, quizás por tanta agua o por esa brisa constante pero siempre que sus ojos se posan en él comienzan a llenársele de lágrimas y hay tanta gente alrededor mirando…
Él está de paso, no es de Rosario, solo, suponiendo que su soledad ha sido una elección, mintiéndose un mejor solo que mal acompañado, pero sin poner el suficiente énfasis requerido para que las palabras se afirmen en una verdad sin disoluciones.
Mira pasar el río con casi la misma emoción que a las hermosas mujeres que desfilan por el paseo, hoy es su último día en la ciudad. Sentado en un banco captura ideas en la pequeña libreta de apuntes que lleva siempre consigo. Le gusta mucho escribir, reflejar parte de sus sentimientos en relatos, a veces en algún atisbo de poema, pero sin alcanzar jamás a volcar todo su interior en palabras lo suficientemente adecuadas; cuestión de talento, o mejor dicho, de falta de él. ¿Y si me pusiera a conversar con esa de allá, la que toma mate sola sentada en el pasto debajo del árbol?, piensa. Pero no lo hará, no sabría que hacer si ella no resultase lo suficientemente acorde a lo que busca, en su patética pretensión de encontrar de buenas a primera la mujer casi perfecta, que le guste lo que a él, ignorando que ese ha sido su problema toda la vida, que ha fracasado en todas sus anteriores relaciones por no saber que lo demasiado igual termina produciendo un hastío difícil de sobrellevar.
No se trata de designios divinos, podría hablarse del destino, pero tampoco sería demasiado correcto; miles de personas caminan, corren, se juntan a tomar mate, tocan la guitarra y cientos de otras cosas en este lugar, cada uno de ellos con sus pesares, sus alegrías o simplemente existiendo no difieren en mucho de ella o de él, tan solo dos cuerpos o un par de almas más entre el gentío, pero no es menos cierto que esta historia necesita de ellos dos más que nada; el río, la rambla, el viento, la ciudad toda, solo aportan el soporte necesario aunque no imprescindible para un momento único e irrepetible, cuando ella pasa por delante del banco de él y vaya a saber por qué levanta la mirada justo en el instante en que él termina de escribir “encuentro” en su libreta y hace lo propio; un segundo en el que el mundo parece detenerse y que tan solo es una ilusión. La mutua mirada entre dos desconocidos, pero esa mirada acerca un atisbo de algo que no pueden definir.
Ella sigue su camino y él solo atina a mirar como se aleja. Lógicamente sin palabras, solo alguien que pasa y otro que mira pasar, no hay motivo lógico de diálogo.
Ella piensa que quizá el hombre sentado en el banco podría haber sido, pero se ha equivocado tantas veces que no tiene ganas ni de lamentar haber hecho alguna otra cosa para llamar su atención.
Él, un poco más impresionado por aquél fugaz instante de miradas entrelazadas, se siente más solo que nunca.
Nunca volverán a verse…
O quizás el regrese un día y se siente día tras día en ese mismo banco hasta verla aparecer y cuando ella vuelva a cruzar por delante suyo le sostenga largo rato la mirada, justo hasta el preciso instante en que las benditas palabras amadas acudan en su ayuda.
—Hola, me llamo Juan ¿Vos como te llamás? —Nada poético, solo un intento de acercamiento.
Ella le dirá su nombre y a lo mejor esa misma tarde bese después de mucho tiempo a alguien que no es sapo ni príncipe, tan solo un hombre. Nada menos.
Elaborado para La Cuentoteca.
Escrito a orillas del río Paraná en la ciudad de Rosario a fines de Octubre de 2010













