martes, 21 de agosto de 2012

La mirada-Miguel Dorelo



La mirada- Miguel Dorelo

A veces basta con un gesto, no es necesario palabra alguna; los ojos son los espejos del alma, dicen. Quizá no sea cierto, a lo mejor es tan solo otro de esos clichés de enamorados  poetas aficionados, frase de cajón para obvias tarjetitas acompañadas por  ositos de peluches, ramos de flores o cajas de bombones en forma de corazón.
Y sin embargo…
La miré a los ojos y no me gustó para nada lo que vi en ellos, supe al instante que así era como ella me veía, comprendí que era en vano insistir y emprendí la huida.

martes, 14 de agosto de 2012

Mamá siempre estará a tu lado- Miguel Dorelo



Mamá siempre estará a tu lado- Miguel Dorelo

El niño tropieza. Tropieza porque los niños suelen hacerlo cuando tienen cinco años y caminan ejerciendo uno de los pocos actos de rebeldía reales que tendrán a lo largo de sus vidas, el caminar solos, sin ayuda de manos en sus manos.
El niño tropieza, cae  y raspa sus rodillas. Y llora. Llora porque ante todo es un niño y su lógica de niño, que conservará aún adulto, le indica que ante el dolor es conveniente demostrarlo.
Por suerte, y como debe ser, su madre está junto a él; solo ha concedido al niño un instante de libertad, como debe ser también. Y enseguida el reproche y la pronta ayuda:

— ¡Te dije, te dije! ¡Sos muy chiquito para caminar solito! Tenés que hacerlo de la mano de Mamá. No llores, no es nada, un rasponcito. Mamá te cura con un beso. Mamá te abraza y te quiere. Como cuando estás enfermo y Mamá te da el remedio y te arropa; esto es igual, no llores, no te va a pasar nada porque acá está Mamá. Y Mamá siempre estará a tu lado…
—Cortala, mamá. Lloré porque me dolió y es natural que así sea. No hay necesidad de tanto escándalo ni de que me mientas, tengo cinco años y soy un niño, te lo reconozco, pero no hace falta el discurso: vos no vas a estar siempre a mi lado, con los años nos iremos distanciando, eso es tan natural como que yo llore si me caigo. Y si así no fuera, se conocen algunos casos aislados, me tuviste después de tus cuarenta por uno de esos caprichos que suelen tener algunas mujeres  y un simple cálculo de probabilidades daría como resultado que en mi adultez, cuando más te necesite, quizá ya no estés en este mundo. Dejáte de joder, laváme las rodillas en la estación de servicio de la esquina para evitar una infección y sigamos caminando.
Y ya que estás, si querés hacer algo realmente útil, compráme un helado.

Moraleja: niños  eran los de antes.

domingo, 12 de agosto de 2012

Busco un Amor- Miguel Dorelo



Busco un Amor - Miguel Dorelo

¡Atención!
Si sos una mujer mayor de edad en busca de tu media naranja.
Si tus sueños giran alrededor de gozar un buen pasar, sin  apremios económicos, contar con el aval crediticio que te da una tarjeta de primera línea, disfrutar de las vacaciones de invierno en algún lugar top, hacerse una escapadita a la costa en ocasión de cualquier fin de semana largo, viajar al exterior como mínimo una vez al año, tener entre tu vestuario media docena de diseños exclusivos; si estàs esperando al soñado Principe Azul, creés firmemente que el amor está bien, pero hay otras cosas igual o más importantes y más vale estar tranquila que andar lidiando con amores complicados, si preferís una de esas cenas gourmet en restaurantes sofisticados en lugar de preparar la cena de a dos, escucháme atentamente, esto es para vos:

Si cumplís con estos requisitos, o por lo menos con gran parte de ellos… Ni se te ocurra contactarme.
No estoy en condiciones de ofrecerte nada de todo eso, pero por sobre todo, no me interesás en lo más mínimo, nena.
Conmigo, no cuentes.
No sos la que estoy buscando.

viernes, 3 de agosto de 2012

Llueve- Miguel Dorelo



Llueve- Miguel Dorelo

Siempre que llueve como llueve hoy, de manera pertinaz y copiosa, el mundo ya no es el mundo. O en realidad debería decir que percibo el mundo de otra manera, porque escuchar el ruido del agua cayendo influye en mí como pocas otras cosas. Sé sin lugar a dudas que la lluvia no cae porque sí, que forma parte de todo un plan, una gran conspiración; que esas gotas, ese viento y esos truenos en realidad no son fenómenos naturales, sino parte de un gigantesco complot de desánimo personalizado especialmente diseñado para mí.

Mis amigos dicen que son delirios míos, pero sé muy bien que me mienten precisamente porque son mis amigos. Y es por eso que se han juramentado y se tienen totalmente prohibidos en los días en que llueve como hoy pronunciar delante de mí la palabra ausencia y ni siquiera el principio de tu nombre.

martes, 24 de julio de 2012

Esa canción- Miguel Dorelo



Esa canción- Miguel Dorelo

—Sos  un reverendo hijo de puta—me dijo.
— ¿Eh? —me asombré.
—Hijo de puta y sordo. Escuchaste bien, no te hagas el gil.
—Hace más de tres meses que ni nos vemos y ahora te me aparecés y me insultás de esa forma. ¿Estás loca?
—Loca tu madre, basura. Espero que esta sea la última vez que te vea, desecho humano.
— ¿Y después de todos los momentos que pasamos juntos me decís esto? No tenés corazón —le retruqué.
— ¿Yo no tengo corazón? Tenés razón, no sos un hijo de puta: sos dos hijos de puta juntos.
—No tenés derecho; lo nuestro se terminó hace tiempo. Y pensé que habíamos quedado bien.
—Vos no tenés derecho, la concha de tu madre; te tendría que haber bloqueado hace tiempo, perro sarnoso. Pero mejor que no lo hice así al fin me doy cuenta de lo mierda que sos. “Te dedico esta canción con todo mi amor”  ¡Vos sabías que yo lo leería! ¡El Facebook es una mierda igual que vos!
— ¿Y? No te entiendo. Ella es mi novia, la quiero, me quiere, vos también tenés una nueva pareja desde hace unos meses. No entiendo.
— ¡La canción, pelotudo! ¡La canción!
— ¿Qué tiene la canción? A mi esa canción me gusta mucho.
— ¿No me digas? ¡Ya lo sé! ¡Bien lo sé!  “si me dan a elegir, me quedo contigo, ay amor, me quedo contigo…”
—Sí. Esa. Me gusta la versión original de Los Chunguitos, pero el cover de Manu Chao me parece que está bueno también; además ella es bastante más pendeja que vos y se copa mucho con el francesito  este. Por eso le dediqué esa versión. Sigo sin entender tu enojo.
— ¡Aaaaahhhh! ¡Me la dedicabas a mí! ¡A mí! ¡A mí!  ¿Ya no te acordás puto mal cogido?
—Como no me voy a acordar, calmáte. Por supuesto que me acuerdo. Si vos lo eras todo para mi, te amaba tanto que me dolía. Como dice la letra, nada podía competir con vos, siempre me quedaría con vos.
—Estás loco, es eso. De lo contrario no entiendo.
—Pero, es sencillo. Esa canción era una de las maneras en que te podía decir todo lo que sentía. Vos sabés que soy medio duro para las frases amorosas. No sé qué tiene de malo valerse de palabras de otros cuando dicen lo que uno no sabe expresar.
— ¿Y? ¿Qué tiene que ver eso con que ahora se la dediques a otra? ¡Esa era mi canción!
—Bueno, no es tan así; la letra es de Juan Salazar, uno de los tres hermanos que formaban Los Chunguitos ¿Sabías que las Azúcar Moreno son  hermanas de ellos? Además, como  ya te dije, soy corto de palabras cuando se trata de expresar sentimientos y me vino al pelo para poder decirle todo lo que siento por ella a Priscila. La adoro, no podría vivir sin ella. Definitivamente, me quedo con ella.
— ¡Mal parido! ¡Lo mismo me decías a mí! ¡Y con esa canción!
—Y era cierto.  No sé, me parece que vos resultaste ser una de esas minas que se creen que las canciones son de propiedad exclusiva de ellas. Y no es así. A mí me gusta esta canción me resulta útil para explayarme y no creo que haya ninguna ley que prohib…¡Para. Pará! ¡Guardá ese revolver! ¡Loca como todas las mujeres! ¡Aaaayyyyy!

La versión original. La de Manu Chao solo se la dedico a ella.


sábado, 21 de julio de 2012

El último segundo- Miguel Dorelo


El último segundo- Miguel Dorelo

 La vida es una mierda, estar enamorado es una bazofia; por lo general uno se enamora de la persona equivocada y es aún peor. Los amigos siempre desaparecen cuando más se los necesita y aunque digamos que no nos interesan las cosas materiales el dinero nunca alcanza y esto hace que vivamos estresados. Ser feliz es la utopía más patética y ridícula del ser humano. Vinimos (o nos pusieron) en este mundo a sufrir; cualquier otra consideración es solo un triste intento de auto-engaño fomentado por insufribles optimistas a ultranza. Lo único bueno de lo malo, es, sin dudarlo, que la solución está en nuestras propias manos, el único libre albedrío de verdad es el que nos permite poder decir ¡Basta, hasta aquí llegué! , cuando se nos cante. Por suerte podemos elegir entre un sinnúmero de maneras, más o menos dolorosas, menos o más espectaculares. Sogas y vigas, alturas y terrazas, vías y locomotoras, píldoras de colores, venas y navajas. Yo ya elegí mi propio modo, no necesariamente original: recámara, gatillo, percutor, dedo índice, caño, bala y sien derecha ¿Alcanzaré a escuchar el ruido del disparo, sentiré el olor a pólvora? Quién sabe… El último segundo. Dicen que uno recuerda en ese instante que antecede al olvido final, toda o parte de su vida. Y es cierto, la puta madre, en este preciso instante me está sucediendo precisamente eso. Pero…Qué raro…No puede ser…Tendría que haber una clausula de recuerdos finales en la que quede claramente especificado que solo acudan a nuestra mente aquellos momentos angustiosos, tristes y dolorosos que justifiquen extremas decisiones. De ninguna manera esta andanada de esos otros que ni recordaba haber vivido. Sonrisas, reuniones con amigos que no piden nada a cambio, charlas interminables de madrugadas infinitas en que se arreglan mundos, galaxias y universos con solo proponerlo, miles de canciones, centenares de relatos, algún poema, aquél gol de Boca sobre la hora en la final, olores y sabores, pieles suaves, labios, piernas, miradas inequívocas, un par de nombres de mujer… Y por fin saber que uno suele equivocarse al tomar decisiones, el comprender que el tiempo es cíclico, que casi nada es definitivo, que todo puede volver a ser o a ser mejor y que, por suerte, depende en gran parte de nosotros mismos. Un segundo. O menos. Y nuestra mente hace un clic y comprendemos que nos apresuramos, que la vida en realidad es algo hermoso y que los amores vienen y van y vuelven a venir y nos dedicamos un mirá si voy a estar así por una mina, por una deuda o alguna decepción… ¡Vida, vida, vida! ¡Viva la vida! ¡Es hermosa la vida!

 El último segundo. Pero de verdad el último, el definitivo, el del nunca más. ¿El del nunca más? ¡Qué boludo! ¡No debería haber apretado el gatillo, la puta madre! Definitivamente: ¡No debería haber apretado el ga

martes, 17 de julio de 2012

Los críticos- Miguel Dorelo


Los críticos- Miguel Dorelo

— Estamos ante una de las mayores obras de la literatura universal, sin dudas.
—En parte, estoy de acuerdo, aunque quizá, y debido a tu reconocida admiración por él, exageres un poco. Reconozco y admito que es sin dudarlo un gran ejemplo de cómo transmitir con la palabra lo que muchos intentaron y pocos pudieron, eso sí.
—Cuando menos, una verdadera obra de arte. Lo he leído y vuelto a leer varias veces desde que se produjo este verdadero milagro, así considero el rescate de este original, y realmente no le encuentro fisuras.
—También coincido con ustedes tres, aunque noto que a Rodolfo le genera algún tipo de dudas. Vendría bien que se explayara un poco, el debate ganaría en calidad y el público se vería sumamente beneficiado.
—No es que dude, solo que quise diferenciarme un poco del categórico comentario de Augusto. Todos reconocemos su calidad como crítico literario, uno de los más grandes de la historia de las letras, pero cuando se trata de Salemo y su obra creo que tiende a poner sobre el tapete su incondicional admiración por todo lo que él ha escrito.
—Eso es bueno; él que no nos concentremos en tan solo el halago desmedido y cumplamos a raja tabla con la sacrosanta misión que nos ha sido encomendada vaya a saber uno por quién.
—Ya te saltó el místico, Pedrito. Aunque tenés toda la razón: debemos tomar la debida distancia; somos críticos, no solo lectores. Nuestra misión principal es facilitarle al vulgo la comprensión de lo que el autor de un texto ha querido reflejar en sus escritos. Pero, recuerden que estamos en un programa que será visto y oído a través de la red por más de dieciocho mil millones de espectadores, según las últimas mediciones que ha tenido el programa. Casi la mitad de los seres humanos de la Tierra y unos cientos de miles más en las colonias desperdigadas por toda la Vía láctea.
— ¿Es cierto que fue encontrado de casualidad por uno de los robots de limpieza en la antigua casona del maestro, detrás de un antiquísimo artefacto doméstico?
—Eso dicen. Uno de esos adminículos con los que se intentaba mantener las bebidas a una temperatura más o menos baja y estable, sin demasiado éxito, claro. Apenas eran retiradas de su interior comenzaban a recuperar su estado original. Un fiasco. Pero, pasemos a lo que realmente importa: aún siento escalofríos de placer con solo recordar esas geniales palabras, esa prosa perfecta, ese clima rayano en lo sublime.
—Bueno, Augusto, me parece que lo tuyo ya está debidamente claro; aunque me gustaría descuartizar, si se me permite tan macabra metáfora, un poco el relato al que nos estamos refiriendo.
—No solo un relato, más bien un compendio de sabiduría y sensibilidad con el toque justo y necesario de misterio, justo el adecuado para mantener en vilo al lector, tanto al más educado, aquél con la saludable costumbre de acordarse siempre de escucharnos antes de encarar cualquier clase de lectura  como a esos otros verdaderos kamikazes  que son capaces de abrir un libro sin antes consultarnos.
—Vuelvo a coincidir. Yo lo catalogaría como un relato “odisíaco”, por su referencia a un viaje implícita en parte de la trama.
—También podríamos enrolarlo, sin dudas, en una especie de búsqueda mística, emparentarlo con el Santo Grial y el significado que esto conlleva.
—O una de esas geniales parábolas en las que la realidad de tiempo y espacio no siempre coinciden con la de un espacio y un tiempo reales.
— ¡Gran hallazgo! Ahora me doy cuenta: no en vano el “acordarme”y el “vaya”, una especie de dejá vú que solo el genio de Salemo podía interrelacionar de manera tan deliciosa.
—Y al mismo tiempo situarnos en el espacio físico final, pero aún futuro de la culminación de su obra. Confieso que tuve que investigar arduamente sobre qué era un “súper”, pero luego de llenar ese hueco imperdonable de mis conocimientos, lloré. Todo cerraba de forma perfecta; si alguna vez se ha podido reflejar el por qué y el para qué la raza humana ha llegado a este mundo en palabras, es sin dudarlo es a través del extraordinario poder de síntesis de este ejemplar único y quizá irrepetible  de la literatura de todos los tiempos.
—La coincidencia es total, queridos espectadores. Todos los análisis necesario han sido completados, a pesar de los tres siglos transcurridos desde la, desde ahora, nueva sagrada escritura, las conclusiones de la ciencia han resultado ser irrefutables, el manuscrito hallado   pertenece sin dudas al gran maestro aunque no se haya encontrado en él su firma; es su letra, ha sido escrita con un antiguo sistema de escritura denominado “birome” sobre un soporte que solo vemos en nuestros museos y que se llama “papel” y aparentemente habría caído desde un costado o el frente del artefacto doméstico al que estaba adherido por medio de una especie de pieza metálica o “imán” que había sido desarrollado en la época con ese loable fin. Agradezcamos nuestra buena suerte al haber podido hallarlo y disfrutemos de su lectura. El gobierno universal dará los pasos necesarios para que, debidamente digitalizado, esté al alcance de los treinta y siete mil millones de pares de ojos de la humanidad toda. Mientras tanto, sean ustedes privilegiados testigos de tan sublime obra:

Si usted, estimado lector tiene interés en observar en detalle este trascendente manuscrito y apreciar la bella caligrafía del genial escritor, haga clic en él.

viernes, 13 de julio de 2012

Caminata- Miguel Dorelo



Caminata- Miguel Dorelo

Ellos siempre quieren morderme. No es que los provoque ni nada por el estilo, creo que simplemente sienten una especial predilección por hincar sus dientes en mi carne.

Me agrada sobremanera salir a caminar; sobre todo en las tardes de otoño. Lo hago a la hora exacta en que sé que inexorablemente el sol ya se habrá ocultado cuando decida emprender el regreso; es lo único planificado de todo el recorrido.
Mientras camino, me deleito oyendo el ronronear de los autos en las avenidas, las voces de la gente o el silencio de una plaza desierta. Repito recorridos solo de forma azarosa, aunque de vez en cuando vuelvo a pasar  por lugares que  forman tan parte de mi como mis vísceras, esos entrañables sitios en que alguna vez besé, abracé, acaricié a algún ex amor. Y  la añoranza me acompaña en gran parte del trayecto. Siempre de momentos agradables, quizá con un dejo de tristeza muy pequeño, justo el suficiente para potenciar el sentimiento  que se apodera de la tarde y del paseo; un ex amor siempre es un buen recuerdo cuando sabemos recordarlo  justo hasta el momento exacto en que empezará a dejar de serlo. Todos mis amores han sido para toda la vida, solo han cambiado de aspecto por un corto periodo de tiempo, confundiéndome con colores de ojos y cabellos de distintas tonalidades, olores disímiles, bocas más grandes o más chicas, de labios finos o más gruesos, todas ellas siempre comúnmente dispuestas. Me gusta recordar bocas y a las dueñas de esas bocas.
A veces escucho música con mis auriculares y la ciudad se desliza por mis pupilas como un video clip sin  editar, quizá abandonado a medio hacer por un director cansado de efectos especiales de dudoso gusto exigidos por el productor.
 Disfruto mucho de mis caminatas y mis preferidas, ahora que lo pienso, han sido aquellas en las que la única compañía he sido yo mismo. No por egoísmo ni nada que se le parezca, también he sentido en muchísimas ocasiones la necesidad de apurar el paso y acortar así el tiempo de regreso o de encuentro con ese alguien al que uno extraña imperiosamente aunque hayan sido escasas las horas de ocasional ausencia.

Uno de ellos, siempre hay uno de ellos vigilándome, me gruñe  desde demasiado cerca, ensimismado en mis pensamientos lo veo algo tarde, casi sin tiempo para evitar el desagradable encuentro. Por suerte la distancia es la suficiente para evitar un ataque. Cruzo a la vereda de enfrente y continúo con mi derrotero, aunque ya algo nervioso.

Camino a paso no demasiado lento, deteniéndome a mirar de vez en cuando algo que llame mi atención, por lo general me gusta observar las fachadas de las casas antiguas; también me agradan sobremanera los grandes espacios verdes, esas plazas con pretensiones de colinas y enmarcadas con un fondo de edificios altos,  el contraste de lo natural con el toque artificial de hormigón, acero y vidrio potenciando la belleza del paisaje urbano.
La tarde cae lánguida y parsimoniosamente, los colores comienzan a cambiar a ojos vista: el reflejo en el asfalto potencia el ocre de las miles de hojas caídas al borde del cordón de la avenida, la luz verde del semáforo de la esquina es vencida por un haz del sol y pacientemente espera sabiendo que, como siempre, volverá a brillar en todo su esplendor  apenas su contrincante momentáneo desaparezca en el horizonte. Miro hacia arriba, siempre lo hago a esas horas, y juego a poder encontrar a la primera estrella visible en ese extraño momento en que la oscuridad y la luz se confunden sobre la faz del planeta y que, sospecho, encierra algo inmensamente más peligroso que un simple cambio de luminosidad natural.

Doblo hacia la izquierda y casi en el acto me doy cuenta que cometí un error: a pesar de quedar momentáneamente cegado por la luz frontal alcanzo a ver la odiada figura de cuatro patas avanzando lentamente hacia mí.
Trato de apurarme, aunque sé que correr no es lo adecuado en estos casos; aparecen dos más desde el norte, uno es de contextura media, pero el otro es realmente enorme, como jamás antes he visto. Aún debo recorrer unos ciento cincuenta metros hasta la seguridad de mi departamento y mi corazón abandona el espacio natural que anatómicamente le corresponde comenzando  su enésimo ascenso hasta mi garganta; siento el familiar ahogo, mis manos comienzan a temblar, mi cuerpo entero comienza a mojarse con ese sudor frío tan desagradable que siempre se hace presente justo al lado de la palabra miedo.

He realizado mis caminatas en todo aquél lugar que he visitado o he vivido; algún pueblo minúsculo en los que solo hicieron falta unos pocos minutos para recorrerlo por entero y en el cuál uno se convierte de repente y por la sola presencia fuera de contexto, en  protagonista impensado, atrayendo  miradas y saludos que conspiran contra aquella pretensión de soledad planificada. Es por eso que prefiero las grandes ciudades y el anonimato que conlleva ser tan solo uno más entre otros miles de paseantes y sin embargo potenciando, paradójicamente, el sentirse único.

Veinte metros o menos. O un millón de años luz; uno de esos momentos en que un instante es eterno, cinco metros, cien mil kilómetros, en el que llegar a buen puerto se nos hace tan utópico que nos dan ganas de llorar. La puerta de entrada a mi edificio es el paraíso prometido. Mi cabeza gira sin que mi voluntad intervenga en lo más mínimo, obliga a mis ojos a una última mirada temerosa sobre el hombro. Nada. Extrañamente, la no visión del enemigo convierte en pánico el ahora casi entrañable miedo anterior.
Cruzo, al fin, la línea de llegada. —Deberían darme una medalla —murmuro casi al borde de la histeria.



A veces me siento tan confundido que no alcanzo a discernir cuánto hay de realidad en mis caminatas y cuanto de una especie de delirio paranoico; aunque sé que me hace inmensamente feliz recorrer la ciudad, olerla, mirarla, escucharla, no puedo dejar de reconocer que al final del recorrido esa extraña, desesperante angustia está siempre  esperándome, y que antes de dormirme cavilaré durante horas sobre eternas caminatas y peligros acechantes.
Y  otras veces, en esos momentos de extrema lucidez que todos alguna vez tenemos, creeré haber encontrado la perfecta solución al problema y me dormiré tranquilo y soñaré con aquella inmensa ciudad de esencia inequívocamente femenina, esperándome ansiosamente, ofreciéndoseme enteramente y sin perros a la vista.

miércoles, 13 de junio de 2012

Vampira- Miguel Dorelo



Vampira- Miguel Dorelo

No solo yugulares. Ella mordía justo donde hacía falta, la mayoría de las veces en lugares que sorprendían a la ocasional víctima. Succionaba, eso sí, de una manera deliciosa. Lo hacía de tal manera que hasta solía recibir  ruegos o agradecimientos por su faena. No exagero. Lo sé de primera mano; es más: fui una de sus víctimas. Ni la primera ni la última, solo una más de su larga lista. A veces me la creo y me da por pensar que signifiqué para ella algo más que un cuerpo destinado a calmar su insaciable sed. Pero enseguida recuerdo todo al detalle y comprendo que es solo una expresión de deseo para no sentir que me usó, ni más ni menos que como a todos ellos. Intuitiva. Creo que es la palabra justa. No  inteligente en el sentido que suele darse al término, pero sabía, eso sí, dónde, como y a quién atacar. Físicamente, nada del otro mundo, una mujer, digamos, término medio, ni linda ni fea. Una mujer común. Y es sabido que las mujeres comunes son siempre las más peligrosas.

Sus métodos y  motivaciones los descubrí  un poco tarde, lamentablemente. Me atrapó en una tertulia de lectura de esas a las que solía ir y como un iluso creí que nuestro encuentro había sido casual ¡Que estúpido! Tenía todo muy planificado. Esa misma noche me arrastró hasta su cubil y dio comienzo una etapa de mi vida que sé me costará mucho olvidar. Como dije, me mordió por todos lados, recorrió con sus labios y sus dientes cada rincón de mi cuerpo sin solución de continuidad durante toda la noche, lamiendo y succionando alternadamente. El sol entrando por la ventana de su habitación me encontró exhausto pero feliz. Ella me miró directamente a los ojos y de sus labios salió un “ahora  sos mío”; muy poco tiempo después comprendería que realmente sería así. Debo aclarar que no hubo ni la más mínima gota de sangre, quizá ese detalle fue el que hizo que me confiara; solo más adelante descubriría su condición de vampira sofisticada.

Volví a mi casa casi arrastrándome, me sentía muy débil. Me acosté enseguida y dormí doce horas seguidas. Desperté, me di una ducha y  tomé un café bien cargado ya que necesitaba estar lo más  despabilado posible  para poder terminar el relato que me habían encargado y cuyo plazo de entrega vencía en menos de veinticuatro horas. Por suerte solo me faltaba redondear un buen final y hacer una última corrección. Me fue imposible. Mi mente divagaba por cientos de cosas sin importancia, pero ninguna relacionada con la trama del cuento. Y la recordé, claro. Recordé sus ojos, su piel, su olor; pero sobre todo recordé sus labios, su lengua y sus dientes, sus afilados dientes. Dejó de interesarme lo escrito y los plazos de entrega, solo quería llamarla y fijar un nuevo encuentro lo antes posible. Y todo fue cada vez mejor y cada vez peor; las noches apasionadas, las madrugadas de agotamiento y los días de mente vacía se fueron sucediendo uno tras otro. La última noche, siempre hay una última noche, llegó sin aviso, sin señal alguna que lo anticipara. Una velada como casi todas, pero más intensa: ella superó de una manera que no puedo describir todos nuestros encuentros anteriores y la mañana me encontró con un “ya no tenés más nada para darme, adiós” susurrado en mi oído izquierdo.

Por supuesto que intenté dejar sin efecto esa despedida unilateral, pero todo fue en vano, ella no dejó que me acercara de ninguna forma. Además, me sentía muy débil, tanto física como mentalmente; sobre todo esto último. En los pocos meses que duró nuestra relación no había podido escribir ni una línea de texto, simplemente no se me ocurría nada como para volcarlo en palabras. Luego de un tiempo empecé a sospechar, por suerte mi cuerpo se estaba recuperando de a poco y mi cerebro estaba recobrando su lozanía habitual. Comencé por hilvanar hechos y gracias a una conversación que tuve casi de casualidad con un escritor al que fui presentado en una de las reuniones a las que había decidido volver para ver si conseguía desbloquear mi inexplicable falta de ideas, empecé a confirmar algo que al principio creí solo un delirio de mi parte, seguramente potenciado por la desazón que me embargaba. De repente él la nombró y luego de comunicarle que también la conocía, comenzamos a intercambiar confidencias sobre ella. Un calco casi exacto su experiencia y la mía, eso descubrimos a los pocos minutos de charla. La conocimos de igual manera, del mismo modo transcurrió esa inmediata noche en su departamento, el mismo cansancio a la madrugada, los mismos besos, las mismas caricias, los mismos mordiscos, casi el mismo tiempo junto a ella hasta exactamente la misma frase salida de sus hermosos labios “ya no tenés nada para darme, adiós”. No  podía ser casualidad, era imposible tanta coincidencia. Decidimos aunar esfuerzos y ponerla en evidencia. Él tampoco había podido contactarse de ninguna forma con ella luego de la despedida, o quizá, más adecuadamente, el despido. Poco tiempo después nuestra base de datos sobre “la Vampira” como empezamos a llamarla, comenzó a incrementarse; descubrimos a otras víctimas, siempre hombres. Siempre relacionados con alguna forma de literatura; uno era instructor de padle y solía escribir ensayos, otro cuya profesión principal era la de escribano, escribía micro relatos; mi ahora socio, en plena tarea de corrección de su novela recién terminada y trabajando en una dependencia policial del conurbano bonaerense y yo, trabajador autónomo y entusiasta escriba de cuentos y algún perdido poema. Ella era una vampira muy abierta, o como diría mi santa madre, dios la tenga en la gloria, “esa no le hace asco a nada”.

 Teníamos ya  una cabal idea de sus métodos, algunas pautas de comportamiento y muchos detalles sobre su accionar; las coincidencias eran totales en todos los casos, contactamos a las otras dos víctimas que asombrados escucharon lo que habíamos descubierto. Comprobamos que en ninguno de los casos hubo vestigio alguno de sangre, por lo que nuestra fantasía sobre una inmortal vampira que se alimentaba de esa manera para conservar una eterna juventud fue descartada de plano. Pero, eso no alcanzaba para comprender los motivos. Debía haberlo, solo debíamos  averiguar cuáles.

Y una tarde, de casualidad, como suele pasar con los descubrimientos importantes, la vidriera de esa librería de Palermo, un libro, su portada y su nombre escrito en ella. Entrar, desesperar hasta que me tocase el turno y finalmente tener entre mis manos aquella  publicación. Darle una rápida ojeada sentado en el primer banco de la primera plaza, llamar a una reunión de urgencia al resto de los damnificados y finalmente, las conclusiones.
Era un libro de cuentos; los había largos, medianos y mínimos; casi doscientas páginas de relatos firmados por ella. Ansiosos, nos pasábamos el libro unos a otros, leíamos un cuento y nos mirábamos. Comenzamos a organizarnos: la sospecha de que en esas hojas, en esas palabras estaba la clave de todo, nos hizo agudizar el ingenio; decidimos que lo mejor era leer en voz alta y por turnos, un cuento cada uno. Eran buenos relatos, coincidimos en esto y   luego, más puntualmente, en que nos provocaba una especie de dejá vu la mayoría, sino la totalidad de ellos.
Nos miramos y casi al unísono lanzamos un ¡Que hija de puta!

 Quizá nuestra conclusión final venga medio tomada de los pelos para algunos, pero los cuatro estamos completamente convencidos: sus caricias, sus palabras susurradas en nuestros oídos, sus labios añorados recorriendo cada centímetro de nuestras pieles, el agotamiento luego de esas largas noches de pasión y las consecuentes pérdidas de todo tipo de vestigio en nuestras mentes de idea literaria alguna, pero por sobre todos sus dientes hincados sin sangre involucrada eran las señales inequívocas de que lo que ella recolectaba era nuestro poco o mucho talento para enhebrar historias.

Han pasado ya seis meses desde que descubrimos la verdad sobre la Vampira; su libro ha sido re editado ya en dos oportunidades y su nombre forma parte de lo que se denomina “el nuevo boom de la literatura latino americana”. Nada pudimos hacer al respecto, no podemos acusarla de plagio y mucho menos contar esta historia que nos haría el blanco perfecto para la burla, justo ahora que de a poco empezamos a plasmar alguna idea en palabras.

Lo único que nos da un poco de bronca es que su editor ya ha anunciado el lanzamiento de su nuevo libro, esta vez una novela, y aun no hemos descubierto quién ha estado retozando en su cama, disfrutando de sus caricias, escuchando sus palabras dulces, ofreciendo su carne a los mordiscos.

viernes, 8 de junio de 2012

El tiempo nada significa- Miguel Dorelo



El tiempo nada significa- Miguel Dorelo

El tiempo es lo que pretendamos de él; un segundo o un siglo a veces se confunden, depende desde donde y como lo midamos. Uno u otro a veces no alcanzan o no son lo suficientemente escasos, la duración del tiempo es sobre todo una falacia. Más aún cuando estoy con vos, cuando me pierdo dentro tuyo: el amor todo lo transforma, todo lo tiñe de infinito, dos que se aman jamás podrán ir atados a la tiranía de las agujas del reloj ni…
— ¡Terminála, pelotudo! ¡Me tendrías que haber dicho que sos eyaculador precoz!

lunes, 4 de junio de 2012

Insistente- Miguel Dorelo



Insistente- Miguel Dorelo

­—Le agradezco, pero en este momento no necesito  —le dije de entrada.
—Pero mire que como yo no va a conseguir así no más, eh —porfió.
—Le creo; pero de verdad, no los estoy usando en este momento, no es nada en contra suyo.
—Multifacético soy. Me convierto en cualquier cosa que se requiera; hasta cambio de sexo si es necesario —insistió.
—Supongo que dice la verdad, pero en serio: estoy en una etapa de experimentación y no quiero depender de nada que sea demasiado tangible ni que me obligue a amoldarme a los cánones establecidos —traté de explicarle poniéndome en pose intelectual, aunque ya me la venía venir: cuando uno de estos se emperra pueden ser muy pesados.
—Bueno como Bambi o más malo que el mismo Chucky puedo ser, lo que prefiera. O morirme y resucitar, enamorarme, enamorar o pasar a la historia como el más odiado. Y físicamente también me adapto, no crea que no, rubia voluptuosa con pocas luces y grandes tetas, como esas que matan en las policiales, o una intelectual con anteojos y un poco frígida para esos cuentos machistas que usted suele escribir. De hombre tengo varios tipos también. Hasta animales le hago.
— ¡Ya le dije que no! —Me estaba hartando con tanta insistencia.  Fue peor. Se puso a rogar.
— ¡Por favor! No lo voy a joder mucho, me pongo a un costadito de la trama y ni molesto, solo una pequeña línea de diálogo de vez en cuando como para no sentirme un completo inútil. O me pone un nombre, el que usted quiera y me nombra cuando lo crea conveniente, solo eso. Dele, no sea malo.
— ¡Basta! Debería tener un poco más de dignidad. No lo necesito, le repito que no estoy usando personajes para mis cuentos, que estoy tratando de generar historias que no pongan al lector en el rol de identificación o rechazo que esto suele implicar. Inclusive cabe la posibilidad que decida también no utilizarlos a ellos; una nueva forma de literatura revolucionaria que nadie lea jamás. No me joda.
Fue ahí que comenzó a llorar a moco tendido y encima eligiendo la imagen de una bella y frágil mujer no exenta de las adecuadas curvas en forma de larguísimas piernas, un par de tetas del tamaño completamente compatible con mis manos y un culo que solo imaginado podía alcanzar tal perfección, todo esto enfundado en un conjunto de seda de un blanco níveo. ¿Ustedes hubiesen resistido ante algo así, aún si entre los lectores hay algunas damas, eh? Pues yo tampoco. La abracé, la acaricié, hice otras cosas que no vienen al caso y le prometí que en caso de no usarlo esta vez, lo haría en algún otro muy próximo relato.
Lo que sí, creo que otra vez pisé el palito, estos hijos de puta son muy taimados y conocen las debilidades de sus autores más que cualquier otra cosa en el mundo.

lunes, 28 de mayo de 2012

Los descendientes- Miguel Dorelo



Los descendientes- Miguel Dorelo

No quiero que te cuides, quiero que me hagas un niño ya —exigió Eva haciendo deslizar lentamente la hoja de parra por sus largas y torneadas piernas.
—Solo te prometo un rato de buen sexo —retrucó Adán—Y que sea lo que Él quiera.
Y aquí estamos, víctimas propiciatorias  del capricho de la primera mujer conocida.

lunes, 21 de mayo de 2012

Apariencias- Miguel Dorelo



Apariencias- Miguel Dorelo

A Mercedes Vens no le gustan los automóviles; no soporta sus olores ni sus colores chillones, menos aún sus carreras locas por las calles. Mercedes Vens sale de gira por el barrio montada en su primorosa bicicleta color rosa, su pelo al viento, sonriendo y saludando a todo el mundo. Es feliz y siempre dice que un nombre es solo un nombre y que el ser humano es otra cosa.

Todos los vecinos aman a Mercedes Vens. Yo también.

sábado, 19 de mayo de 2012

Aún no es tarde- Miguel Dorelo



Aún no es tarde- Miguel Dorelo

Ella veces se pone a pensar en las cosas que aún no hizo. En las grandes y las pequeñas; en las que soñó desde muy niña que algún día haría y en las otras, esas que por razones varias le fueron quedando atrás sin concretar. Ella sabe perfectamente que muchas de esas veces ni siquiera lo intentó y es harto conocido que intentar es parte indispensable del hacer. A veces también piensa que ya es demasiado tarde, que lo que aún no hizo ya no se hará, o se hará a destiempo, que es como si no se hiciera.

Y otras veces, cada vez más seguido, sonríe, piensa en él... Y en que aún no es tarde.