Un lugar netamente narcisista y/o onanista. Solo ficciones propias.Distintos relatos, algunos publicados en otros sitios, algunos inéditos (o impublicables).Cortos, medianos, cortísimos. Cuentos de "La cuentoteca"
domingo, 28 de agosto de 2011
Variantes Serratianas 3- Ella es muy especial
Ella es muy especial- Miguel Dorelo
Te voy a ser sincero: a mí la mina me gustó de entrada, por eso empecé a pasar todos los días para verla luciendo esa sonrisa en esa boquita primorosa e incitante y esos ojazos azules como jamás había visto.
Coqueta como ninguna, siempre bien cambiadita y como recién bañada. Una pinturita.
Y si, me enamoré casi sin darme cuenta. Pasaba a verla a cualquier hora, por suerte ella siempre estaba ahí, como esperándome, como queriendo decirme algo y que no se animaba.
Y claro, un día no aguanté más, un hombre que se precie de serlo debe hacer lo que se debe, sobre todo en estas cuestiones; si te gusta una mina debés hacer hasta lo imposible para poder curtírtela. Lo hice a lo bruto, de una, sin vuelta atrás ni tiempo para arrepentimientos; le di con un adoquín a la vidriera, la manoteé de donde pude y corrí, corrí, corrí con ella hasta mi bulín.
No me costó mucho activarla, el programita que me vendió el loco “Craker” funcionó al toque, hasta deja inutilizable el sistema de localización incorporado con el que vienen. Guita bien invertida.
Un avión la mina, es de la nueva camada P-39, servo- censores en todos los lugres estratégicos, lubricación automática y termostato totalmente configurable. ¿La piel? Mejor que la de las originales, ni un poquito de celulitis, che. La estoy encendiendo todas las noches desde hace dos meses y te aseguro que no me puedo quejar de sus servicios, todo lo contrario. Lástima que sean tan caras y a los tipos como nosotros no nos quede otra que afanarlas.
Y es mucho mejor que una de esas muñecas de Abril que tanto me dañaron; cuando termino, la desconecto y me fumo un pucho tranquilito sin que me rompa las bolas.
Soy feliz.
domingo, 21 de agosto de 2011
Variantes Serratianas 2- Y un buen día su mente hizo un clic- Miguel Dorelo
Y un buen día, su mente hizo un clic.- Miguel Dorelo
— ¡Coño! ¡Que es una idea genial! —exclamó esa mañana que la encontraba, como tantas otras veces, sentada en medio de aquella estación de trenes de los suburbios barcelonenses esperando un improbable regreso de aquél que seguramente no lo merecía. Se levantó presurosa, recogió su bolso, algo ajado y de piel marrón, el abanico que siempre la acompañaba y esa misma mañana, presurosa se dirigió hasta las oficinas del periódico principal de la ciudad.
A la mañana siguiente, muy temprano, el aviso publicado comenzaba a cumplir su cometido: desde el fondo del andén, el primer caminante volvía. Se acomodó su vestido de domingo recién comprado, dar una buena primera impresión era fundamental, intercambiaron un par de palabras, las suficientes y necesarias; luego partieron juntos sin decir más nada.
Fue el primero de una larga y provechosa lista. Al final de cada jornada, Penélope regresa a su recientemente adquirida morada de dos plantas en barrio Barceloneta, con un amplio jardín en que se destacan dos bellos y enormes sauces. En menos de seis meses su clientela se ha incrementado exponencialmente así como su tarifa. Es que nadie puede resistirse a actuar esta hermosa historia de amor por el módico precio de 300 euros, incluidos vestuarios adecuados para ambos, auténtico banco de pino verde y grabación estereofónica del pitido de tren silbando a lo lejos.
—Eso sí, con los zapatitos de tacón puestos son 50 euros extras —suele aclararles a sus pretendidos amores regresados.
martes, 16 de agosto de 2011
Variantes Serratianas 1- El andén, los hombres y Penélope
El andén, los hombres y Penélope- Miguel Dorelo
Ella, como todos los días desde hace ya varios años, espera sentada en aquél banco ubicado en mitad del andén de aquella estación ferroviaria.
Ella, como en todas sus jornadas de no hace tanto tiempo, menea su abanico hasta que ve aparecer a su amado caminando hasta donde se encuentra, luminosas de repente su mirada y su sonrisa. Recoge su bolso de piel marrón y ambos, juntos, el caminante y ella, emprenden el camino que los llevará a la casa, el cuarto y la cama que propiciará el tan ansiado encuentro.
Ella, sabe lo que ellos quizás sepan que sabe o quizás no; que en realidad desde hace no sabe bien cuanto tiempo a uno de ellos se le ocurrió aprovechar la ocasión de sexo gratis con una mujer aún joven y hermosa algo desquiciada.
Ella, en cierta forma, ya no espera.
—Sola, nunca más —susurra muy bajito.
Él, por fin ha regresado.
lunes, 18 de julio de 2011
Abducido- Miguel Dorelo
Abducido- Miguel Dorelo
No voy a negar que casi me cagué encima del susto. Ponéte en mi lugar: que en medio de un cruce de caminos en una noche sin luna se te pare el auto que hasta ese preciso instante venía andando de maravillas y encima luego de haber recorrido los últimos cien kilómetros de esa ruta provincial secundaria sin cruzarme sin siquiera con el más puto automóvil, camión, moto o lo que sea que ande en dos o cuatro ruedas no es una experiencia muy agradable que digamos. Y si, como ya te habrás imaginado, encima una potente luz se derramó sobre mi vehículo y me dejó paralizado por completo.
Ahí estaba, en medio de la nada, más duro que una roca de las duras, cuando de la nave… ¿Te dije que la luz salía de una nave? Bueno, había una nave espacial suspendida a unos tres o veinte metros, nunca supe calcular bien las distancias, flotando, paradita en el mismo lugar como si fuese un helicóptero pero sin las aspas esas de los helicópteros…ni la forma tampoco. No, no hacía ruido, solo un zumbido, cualquiera sabe que las naves extraterrestres solo zumban un poquito. Prosigo: estaba ahí, sin poder moverme, como cuando la Pochi me dijo que estaba embarazada y se lo iba a contar a mi mujer, cuando se me acercaron tres tipos, pero con poca facha de tipos, más bien se parecían a unos de esos hipocampos, si, los caballitos de mar que les dicen, pero como de tres metros de altura y con brazos. No, los hipocampos no tienen. Brazos, no tienen. ¿Nunca viste uno, carajo? ¿No? Bueno, vos créeme, no tienen brazos. La cosa fue que ahí no más los cosos estos, los extraterrestres me abdujeron. Quiere decir que me llevaron a la nave, no cazás una vos. No, no por medio de una luz vertical que ascendía hasta la nave, por medio de la telepatía me explicaron que se les había roto no se qué y que los disculpara pero que tendría que subir por las escaleras. Por el cansancio que me comí, eran veinte los metros, me parece.
De adentro de la nave y lo que me hicieron no me acuerdo casi nada, solo me enteré que habían pasado tantos días cuando volvieron a dejarme en el mismo lugar y que me sentía extrañamente muy relajado, se ve que me habrán inyectado alguna droga muy avanzada que la humanidad solo descubrirá dentro de muchos años. Unos capos los extraterrestres. Si, el auto estaba ahí, no te dije que no pasa nadie por esa ruta. Arrancó al toque. Lo primero que hice fue venir a verte y contarte.
Ahora me voy para casa, porque la bruja de mi mujer capáz que hace la denuncia por abandono de hogar, que no estaría mal, vos sabés que te amo y que lo que más quiero es estar para siempre con vos, pero no voy a poder ver a los pibes. Te prometo que todo esto que me pasó lo vamos saber aprovechar para afianzar lo nuestro. No, no seas boluda, te dije que ni en pedo me iría de vacaciones con ella, todo es una coincidencia.
Ah, me olvidaba, antes de liberarme los hipocampos me dijeron que aún no terminaron de estudiarme y que en cualquier momento volvían por mí. No, no me dieron fecha, pero date por enterada: si en algún momento te extrañás porque no aparezco por acá ya sabés en donde estoy.
No, tontita, no llores, no pienso abandonarte; solo no nos veremos tan seguido.
Te amo.
Elaborado para La Cuentoteca
miércoles, 29 de junio de 2011
Hacer lo correcto- Miguel Dorelo
Dos Parejas- Xul Solar
Hacer lo correcto- Miguel Dorelo
Ana y Sebastián son pareja desde hace tres años, siete meses y cuatro días; claro que semejante precisión solo es conocida por Ana, ellas siempre gustan de estas cosas de fechas precisas, de cumpleaños y recordatorios de toda laya. Sebastián en cambio sabe que hace ya un buen tiempo, hace como tres años más o menos, Ana es su compañera de andar por la vida.
Un poco parecido a lo de Joaquín con Paula, con casi dos años de noviazgo, días más, días menos.
A lo mejor el destino, o quizá el tener inquietudes parecidas, hizo que los cuatro se conocieran una noche en aquella presentación del libro de un amigo en común y que rápidamente congeniaran.
Empezaron por salir los cuatro a casi todos lados, por lo general reuniones a casa de conocidos, alguna obra de teatro o esos recitales en pequeños lugares que tanto disfrutaban.
Los días pasaron, al igual que los meses; la amistad surgida en las dos parejas se fue acrecentando y afianzando de tal manera que realizaban casi toda actividad juntos. Se llevaban realmente bien, se sentían a gusto, se extrañaban cuando pasaban algunos días sin encontrarse.
Puede haber sido aquella noche en casa de Joaquín cuando comenzó todo, en el preciso momento en que Paula, como buena anfitriona, fue hasta la cocina a buscar más vino y Sebastián se ofreció a ir con ella con un si vos no llegás hasta donde están las botellas, enana y el roce de sus manos cuando él le alcanzaba un par de las que ella le indicó fue igual a muchos otros que siempre habían tenido pero sin embargo…
Pasó una semana. Ese viernes Joaquín llamó a Sebastián para invitarlos a la inauguración de una nueva galería de arte en San Telmo. Sebastián trató de negarse pero sus excusas fueron demasiado débiles y comprendiendo que no sabría que decirle a Ana cuando se enterara decidió finalmente decir que si, que irían.
Esta vez fue una mirada de esas directas a los ojos, inequívocas, de las que no hace falta comentar más nada, esas que todo lo dicen y que no hay forma de olvidarlas luego, ahí, delante de ese cuadro en que ambos coincidieron en que era el más lindo en su sencillez y en el que el artista había logrado captar toda esa esencia otoñal en los tonos ocres y marrones de aquél grupo de hojas de árbol amontonadas junto al cordón de la vereda.
Esa noche, luego de salir del la galería, adujo un fuerte dolor de cabeza como excusa para no ir de tragos y luego de dejar a Ana en la puerta de su casa huyó a su departamento. Solo, sentado en su sillón del living, encendió un cigarrillo y no pudo evitar recordar los ojos, la mirada de Paula. Se durmió muy tarde sintiendo un enojo que no pudo apaciguar.
Paula esa noche lloró; despacio, con lágrimas que con seguridad le salían de sus lagrimales pero también desde algún otro lugar de su cuerpo que ignoraba, aunque intuía muy profundo. Nunca antes había llorado de esa manera. Pensó en Joaquín, pensó en Sebastián y también pensó en Ana.
Lo que deba ser, será. Y lo que debe ser, es. Un miércoles de Septiembre, podría haber sido un viernes de Octubre o cualquier otro día de la semana de cualquier mes, pero fue un miércoles y de Septiembre el que eligió Sebastián para salir a caminar sin destino fijo, aunque en realidad esto no es cierto, no le podemos achacar a la casualidad que sus pasos lo llevaran inexorablemente al barrio primero, a la calle luego y finalmente a la casa de Paula justo a esa hora de la tarde en que bien sabía que estaría sola, que Joaquín todos los miércoles tomaba clases de teatro y era uno de los pocos días en que no se veía con su amada novia.
Se besaron apenas Paula abrió la puerta, sin decirse nada. Ya en el living, no pudieron controlar sus manos ni soportar sus ropas.
No quedó muy claro si fue ella o él, quizá ambos a la vez, pero se escuchó un no podemos hacerles esto.
Y Sebastián se aguantó las ganas de besarle hasta el último rincón y Paula hizo el esfuerzo necesario para no comérselo a besos. Después, hablaron; de que seguramente estaban confundidos, de que el salir siempre juntos, de las coincidencias entre ellos, y de Ana y de Joaquín, que no se merecen esto y ya entre risas un me parece que es solo calentura.
Ambos decidieron, finalmente, hacer lo correcto.
—Un año, hoy cumplimos un año, hermosa— Dijo Joaquín.
— ¡Parece mentira, un año ya, es cierto! —Respondió Ana mientras terminaba de vestirse.
—Hasta el miércoles que viene —dijeron ambos.
Elaborado para La Cuentoteca
viernes, 17 de junio de 2011
Gato esperando- Miguel Dorelo
Sentado en el borde del tejado, el gato espera.
Especular sobre sus intenciones es en vano y completamente inútil; sé perfectamente que es lo que busca, es un gato, está en su naturaleza felina y aunque quisiera, que no lo quiere, nada podría hacer por evitarlo.
De no saber lo que sé, hasta se podría suponer que solo toma un baño de sol. Pero no lo hace, lo sé aunque él ni siquiera sospeche de mi seguridad con respecto a sus intenciones. Y espera. Con paciencia de gato, agazapado, espera.
Podría usar lo que sé sobre la naturaleza de su raza en provecho propio, pero no lo haré.
No lo haré, simplemente porque no quiero hacerlo.
O porque estoy cansado un poco de todo; o vaya a saber por qué alguna otra extraña cosa que no tengo ganas ni tiempo de describir.
Debo reconocer mi admiración por su paciencia; el sol desentendido de nosotros dos y lo que nos rodea ya casi ni se preocupa por iluminar la escena y él sigue firme, sin mover un músculo, esperando el momento justo.
Ya no tiene caso posponer indefinidamente la cuestión: me acerco de a poco hasta su posición, tratando de jugar un poco con él y su ansiedad.
Atacará creyendo ser el perfecto cazador, clavará sus garras, sus dientes rasgarán mi carne sin que en ningún momento intente utilizar mis alas para escapar.
Jamás sospechará su papel de liberador verdugo, instrumento utilizado en mi afán de ya no querer ser.
Elaborado para La Cuentoteca
lunes, 13 de junio de 2011
Ella, yo y su cuarto- Miguel Dorelo
Ella, yo y su cuarto- Miguel Dorelo
El amor lo es todo.
Amar a una mujer y que ella te corresponda es algo difícil de superar.
Bajo estas condiciones todo está bien, la felicidad puede resultar casi infinita.
O por lo menos debería ser así.
Lástima que a veces no todo es tan ideal como aparenta serlo.
La primera vez que la vi supe que Ella tenía ese algo que sin saber andaba buscando en todas las anteriores; no crean que era una especie de escultural belleza ni nada por el estilo, no; sin ir más lejos, no tenía ni por asomo el culo de Sandrita y ni que hablar del par de tetas de Carolina. Sus ojos eran de un marrón de lo más común, nada que ver con el azul intenso, casi violeta de los ojos de María y su boca, aunque un poco grande como a mi me gustan, tampoco alcanzaba a transmitir la voluptuosidad de los carnosos y enormes labios de Marcela.
Pero, ninguna de ellas, ni aún juntándolas en una sola, se aproximaba siquiera a un pobre remedo de su personalidad.
La actitud. Supongo que era eso la que hacía que mis ojos la vieran de una forma como jamás antes habían ni siquiera vislumbrado a una mujer.
Ella fue la responsable de cambiar mi casi ancestral creencia de que el amor a primera vista era un cliché de pseudo poetas cursis o señoras grandes adictas a telenovelas colombianas de media tarde con maridos poco cumplidores.
Todo sucedió muy rápido, ahora me doy cuenta del error que esto supuso. El amor ciega; o por lo menos nos nubla la visión y el entendimiento. Nos comimos la fruta sin esperar a que madurara y así nos fue.
Ojo, no supongan que Ella es lo que en ese denigrante léxico machista se denomina una “chica fácil”, nada de eso; si a las pocas horas de conocernos Ella me invitó a conocer su casa y más precisamente su cuarto es porque ambos sentíamos que en realidad ese corto lapso de tiempo era el suficiente como para concretar lo que ya en nuestras mentes y corazones era ineludible.
El comienzo del fin. Jamás debí haber puesto ni siquiera un pié en esa habitación. Aún hoy, cuando recuerdo lo que allí vi, me estremezco y termino derramando alguna lágrima por todo aquello que pudo haber sido y que quedó en la nada.
Recuerdo hasta el más mínimo detalle de aquella infausta noche que paradójicamente comenzó como si de un sueño se tratase.
Comenzamos a besarnos apenas traspusimos la puerta de entrada de su casa. Su boca y mi boca fueron una sola cosa pero mejor. No digo que tenía una piel tersa, ni sedosa, su piel era solo piel, pero era justo la adecuada a ese instante y ese lugar.
Nos desvestimos apresuradamente, aún guardo el jean que llevaba esa noche con el cierre roto en la ocasión como recuerdo, ella dejó deslizar su vestido hasta el piso y tuvo mi entusiasta colaboración al despojarla de su hermosísima tanga negra. Estaba depilada hasta el punto exacto aconsejable.
A la tenue luz que se filtraba por la persiana semi cerrada comenzamos a coger (quizás aquí debería haber puesto algún otro término más sutil y romántico, pero estoy en un día de extrema sinceridad). Todo marchaba muy bien, pero justo en el instante que ella me dio vuelta y se ubicó encima, la luz de los faros de un automóvil que pasaba por la calle dio de lleno en la pared, justo donde en esos momentos mis desorbitados ojos se posaban.
Fue tal el horror, o mejor dicho el desencanto, que solo pude salvar la situación y conservar mi erección gracias a que vinieron en mi ayuda todos estos últimos años de militancia en el sexo tántrico. No sin esfuerzo pude concluir medianamente con mi faena fingiendo un orgasmo lo mejor posible, pero sé que Ella no se lo creyó.
Temprano en la mañana puse una excusa que ya ni recuerdo y apenas tuve la oportunidad me marché.
Jamás la he vuelto a ver, ni la he llamado. No creo que alguna vez haga algo para acercarme a ella, uno se da cuenta que hay cosas contra las que no hay maneras de luchar. Eso en su pared siempre sería un escollo insalvable por más amor que le tuviera.
La amé como nunca antes amé, pero solo con el amor no alcanza; un hombre no puede ni debe dejar de lado sus convicciones más íntimas ni siquiera en nombre del más sublime de los sentimientos.
Ahora me doy cuenta que deberíamos habernos conocido más antes de intimar y así hubiésemos evitado ese tan desgraciado suceso que terminó por estropearlo todo.
Ella era casi perfecta; de no ser por ese maldito poster de Ricardo Arjona en su cuarto, quizás hoy sería la madre de mis hijos.
Elaborado para La Cuentoeca
miércoles, 8 de junio de 2011
El día después de mañana- Miguel Dorelo
El día después de mañana- Miguel Dorelo
Carlos la encandiló con su charla al principio, la sedujo con sus lindos ojos luego y terminó de conquistarla esa primera noche en su casa y en su cama. Idílica relación sin fisuras, anillo al dedo, complemento perfecto de sus sueños más soñados, el hombre esperado y esperable. Amanda supo en esos días que no se podía ser más feliz.
Disfrutaba todas y cada unas de sus salidas, él sabía complacer a una dama, le abría y cerraba la puerta del coche, arrimaba su silla en el restaurant, jamás se olvidaba de preguntarle como andaba apenas se encontraban.
Y finalizar cada velada en el departamento de él o la casa de ella, un buen vino, alguna película consensuada y después, siempre, absolutamente siempre, un derroche de caricias sin guardarse nada para más tarde.
Horas deliciosas, días de ensoñación, meses de felicidades inauditas.
Y, claro, el desgaste que trae aparejada la rutina, aún la más deliciosa.
No siempre es así, por supuesto, hay amores que perduran y se consolidan aún atenuados por el paso del tiempo y la pasión se convierte poco a poco en ternura, que no es igual pero que alcanza. Pero, para que esto suceda hacen falta dos voluntades parejas y lamentablemente este no es el caso; Amanda amaba a Carlos las veinticuatro horas del día, en cambio Carlos…
Y un día, simplemente, él le dijo esto ya no va, hasta aquí llegamos, es lo mejor para ambos.
Verdad o mentira a medias, escudada en el patético egoísmo del que dejó de amar: era lo mejor para él y el fin del mundo para ella.
Al principio intentó reconquistarlo en vano, pero poco tiempo después él volvió a estar en pareja con una chica bastante más joven que ella. Lloró mucho y luego volvió a llorar. Después, ya no tuvo más lágrimas y fue peor, buscó alegrías que resultaron falsas en cuerpos ocasionales una y otra vez, pero ya no pudo volver a derramar lágrima alguna.
Se fue vaciando de a poco, casi sin darse cuenta; sin proponérselo se fue convirtiendo en una cáscara vacía, hueca y seca. Justo ella, tan fruto jugoso y fragante hasta hacía casi nada.
Ya no era una pendeja, es cierto, pero tampoco tan mayor como para alcanzar semejante deterioro. Hacía ya casi dos años que odiaba los espejos: al grande de su habitación lo tapó con aquella manta que ya no usaba.
Y todo por culpa de ese reverendísimo hijo de puta, se dijo por centésima vez sabiendo que se estaba mintiendo, que mucho de la culpa probablemente fuese suya, aún sin quererlo, sospechando sobre su nula capacidad de retención de lo amado.
Amar así siempre trae consecuencias, la puta madre: ¿Por qué mierda no lo pensé antes?
Después, mucho después, demasiado después, comenzó de a poco a resignarse, adoptó el mejor sola que mal acompañada y trató de llenar sus días con actividades de todo tipo que solamente la ayudaban a acortarlos.
Nunca supo bien por qué, tal vez un poema leído en sus cada vez más largas noches, o la estrofa de una canción escuchada en el estéreo de su auto camino hacia su trabajo, pero un buen día, uno de esos que deberían ser obligatorios, se acostó tranquila y esa gloriosa mañana se levantó distinta, se metió en el baño, llenó la bañera, usó por fin esas sales que en lejanos y mejores tiempos había comprado. Sumergida en el agua tibia, remembranza de vientres y mejores tiempos gritó bien fuerte ¡No me merecías, desgraciado! y volvió a nacer.
Elaborado para La Cuentoteca
domingo, 29 de mayo de 2011
Más de un millón de veces- Miguel Dorelo
Más de un millón de veces- Miguel Dorelo
Un millón de veces, o quizás más aún, no había forma alguna de saberlo a ciencia cierta.
Y sin embargo, siempre era como la primera. Y también como la última.
Esa primera vez.
Ella lucía espléndida, al principio de los tiempos, al comienzo del todo. Toda luz, energía pura y radiante, bien podría decirse que lo encandiló. Aunque en realidad no es esta la forma correcta de describir la situación. Ninguno de los dos “eran”, en el cabal sentido del término; bien podría catalogárselos como dos entes aún casi indescriptibles, cúmulos de energías que no alcanzaban a “ser” en el sentido más estricto de lo que esto significa. Pero, era evidente la conexión entre ellos, su interrelación, la dependencia ejercida desde el uno hacia el otro y viceversa. Retroalimentación era la palabra que mejor describía a lo que estaban predestinados, el uno con el otro, individualidades que juntas formaban mucho más que la suma de ambos.
Un millón de re-encuentros conllevan irremediablemente casi la misma cantidad de separaciones, el eterno sino que los acompañaría por siempre.
Cientos de miles de lugares y la misma cantidad de “contenedores” para un único y sublime contenido.
Más temprano que tarde, todo ese flujo energético necesitó de un catalizador y lo halló en ese pequeño planeta que giraba junto con sus siete satélites alrededor de aquella estrella de un azul intenso, tanto como lo era ese sentimiento potenciado que se generó luego de asentarse en ese par de cuerpos casi translucidos y con los que por primera vez experimentaron un acercamiento tal como nunca antes habían sentido.
Y vino el primer final: la dolorosa comprensión de lo pasajero, el darse cuenta que todo lo atado a lo material es limitado, pero que esa misma limitación es la que potencia. El ser huéspedes de sus primeros cuerpos materiales les trajo el descubrimiento de sensaciones nuevas, esas que con el correr de los años catalogarían como caricias, besos y miradas fuese cual fuese el idioma empleado, todas y cada una de ellas imprescindibles, partícipes necesarias del camino a recorrer.
Y siguieron nuevos lugares y nuevas formas; nuevos cuerpos, nuevas pieles y texturas, caricias de seis brazos y de ninguno, besos de enormes bocas y de pequeñisimos labios color ámbar; búsqueda incesante de definitividades que siempre resultaban pasajeras, recorriendo mundos y galaxias, reconociéndose, pero también encontrándose y perdiéndose una y otra vez.
Todo lo que alguna vez empieza, debe terminar: casi una ley universal; y tal vez esta historia concluya hoy y aquí, quién sabe. El tercer planeta girando alrededor de un pequeño sol amarillento. Podría haber sido en cualquier otro lugar, es cierto, pero por algún motivo incomprensible, es aquí y ahora. No es un gran lugar ni el más hermoso que hayan visitado, está inconvenientemente muy poblado y el sonido ambiente es más bien insoportable, pero en compensación volverán a encontrarse por enésima vez y es lo único que importa.
Dos cuerpos basados en el carbono quizás no sean lo suficientemente perfectos, han utilizado otros mucho más convenientes con los cuales han alcanzado un nivel de gozo difícil de superar, ella ha sido casi etérea y celeste, pequeña e irradiadora de un aroma indescriptible capaz de transportarlos hasta lugares hermosos; también enorme, cálida y azul, protectora y sumisa en las dosis adecuadas. Y cientos, miles de otras formas bajo el común denominador de una complementación casi perfecta, encajando punto por punto en sus propias e incontables apariencias, solo empañada por la ineludible separación final que siempre, indefectiblemente, llegaba.
Y se volvieron a cruzar creyendo por millonésima vez que era la primera vez, sin sospechar siquiera que tal vez eran parte de algún extraño plan de un caprichoso dios con nada más importante para hacer.
—Hola. Sos hermosa —dijo él.
—Gracias —dijo ella y le sonrió.
Ambos pensaron en que algo estaba comenzando.
Y que sería para siempre.
Elaborado para La Cuentoteca
martes, 17 de mayo de 2011
Volar- Miguel Dorelo
Volar- Miguel Dorelo
De todas las metas inalcanzadas, sin dudas la de no haber volado aunque más no sea una vez era la que le preocupaba sobremanera a Juana.
Soñaba dormida y soñaba despierta con el día en que solo le bastaría con extender los brazos, cerrar los ojos, respirar profundo y lanzándose al vacío comenzar a deslizarse por caminos de aire especialmente construidos para ella. El viento suave en su rostro, el inconmensurable paisaje allá abajo, el verde dominante, los ocres acompañando, alguna pizca de amarillo armonizando.
Aún recordaba el momento exacto cuando con seis años recién cumplidos oficializó el que sería su más ferviente deseo cuando la maestra de primer grado le preguntó aquello de “¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?” —Yo, cuando sea grande, quiero volar, seño —Contestó sin dudarlo. Algunas risas, un desesperanzador “las personas no vuelan, mi amor” y un par de lágrimas contenidas.
Después, los sucedáneos; el primer beso casi terminando la primaria, que fue hermoso pero no alcanzó. Y un poco más tarde, cuando decidió no reprimir deseos naturales y dejándose llevar concretó lo que ya era ineludible, eso que se asemejaba a muchas cosas, buenas y malas, pero que no bastaron para remontar vuelo.
Y el tiempo que pasa y trae cosas, las arrastra y las deja atrás. Varios noviazgos, un casamiento que duró muy poco o lo suficiente, nunca lo supo con certeza ni le importó demasiado saberlo. Después, seguir la búsqueda para paliar inseguridades, esas que suelen atacar cuando la víctima se encuentra desamparada, sin quién pueda protegerla con rutinas de mimos, besos y caricias.
El amor era su esperanzada alternativa de volar aunque más no fuese virtualmente. Ese amor que nunca terminaba de arribar, que se iba en amagues una y otra vez, en remedos de despegues, decolajes frustrados y frustrantes.
Días, meses y años corriendo cada vez más deprisa arrastrándola sin compasión, dejando huellas en su cara, flacidez en todo el cuerpo y dureza en la mirada.
Como siempre, o como nunca, el cansancio pudo más; compungida, resignada, ya sin fuerzas, miró hacia arriba buscando una respuesta que no halló, solo el sol y algunas nubes la observaban indiferentes. Bajó la mirada, se trepó a la baranda del balcón, desplegó sus brazos, sonrió, abrió bien los ojos , aspiró muy profundo, mucho más de lo que jamás lo había hecho, y un segundo antes de tomar la decisión, esperanzada recordó que alguna vez le habían dicho que si algo se desea más que lo suficiente termina por cumplirse.
Elaborado para La Cuentoteca
viernes, 13 de mayo de 2011
Un adelantado- Miguel Dorelo
Un adelantado- Miguel Dorelo
Ser un adelantado, en cualquier ámbito que sea, suele acarrear más de un inconveniente, se lamentaba aquél fantasma mientras corría a esconderse para que no lo viera deambulando por los pasillos el cuerpo aún vivo de su anfitrión.
Elaborado para La Cuentoteca
jueves, 5 de mayo de 2011
La única solución posible- Miguel Dorelo
La única solución posible- Miguel Dorelo
Lo intentó todo. Antes que nada, la ciencia: era un ser sumamente racional y no podía haber hecho otra cosa. Un psicólogo primero y ante el fracaso, un psiquiatra y un sin número de fármacos. No hubo caso. He hecho todo lo que estaba a mi alcance; más o menos fueron las palabras coincidentes de ambos facultativos.
Realizó diversos análisis clínicos sin obtener resultado alguno, en su sangre, su carne y sus huesos todo estaba normal. Hasta que se convenció de que por ese lado nada conseguiría.
Muy a su pesar, comenzó por visitar curanderos y manosantas, tal su desesperación por librarse del martirio que se hacía cada vez más insoportable. Finalmente, un amigo, Juan, al que le dolía sobremanera el verlo consumirse poco a poco, lo convenció de hacer aquello que de no haber alcanzado el pico máximo de desesperación al que había llegado jamás hubiese contemplado: un exorcismo.
—Yo conozco un curita de Villa Ortúzar que los hace y no te va a cobrar nada; como mucho algunos alimentos para la salita de la villa.
—Estás loco; yo no creo en eso, sabés bien que soy ateo. No me vengas con que estoy poseído. —intentó resistirse.
—No me digas. ¿Y cómo explicás entonces todas las que pasaste sin que puedan solucionarte nada? Está dentro tuyo, no hay vuelta que darle. Te va a terminar matando si no hacés algo.
Pensó que peor de lo que estaba sería imposible; lo intentaría y si no conseguía ningún resultado por lo menos dejaría contento a Juan y luego se pegaría un tiro.
El padre Francisco lo aleccionó sobre los pasos previos: rezar, arrepentirse de por lo menos los malos pensamientos y las malas acciones de las últimas cuarenta y ocho horas, lavarse bien los pies y presentarse en ayunas ese viernes a la noche detrás de la parroquia vestido por lo menos con una prenda intima color blanca, algo azul, algo usado y algo a estrenar con la sola condición de que no fuera comprado en La Salada.
Antes de presentarse para la ceremonia final era imprescindible vaciar la mente lo mejor posible, para lo que el curita le recomendó mirar televisión hasta una hora antes de llegar a la cita; solía ser un método infalible.
— ¡Incienso! —Pidió el sacerdote a su ayudante, el mismo Juan, ya que últimamente los exorcismos estaban mal vistos por la sociedad en general y debían realizarse en el más estricto secreto. — ¡Velas! ¡Alcohol en gel! ¡Agua bendita sin gas!, -prosiguió.
Luego de seis horas de intensa lucha en las que la fe del padre Francisco claudicó y volvió a ser recuperada en ocho oportunidades, viendo que todo era en vano decidió dar por terminada la sesión, ya que en tres horas debería darle la bendición a la boda de su querido ahijado Pedro con su amado sobrino Jorge.
—Hijo mío, deberás ser fuerte para poder seguir cargando esta cruz que el señor te ha enviado, me es completamente imposible desalojar ese cuerpo que se te ha metido debajo de tu piel, ha invadido todos tus órganos y se ha enquistado hasta en las últimas de tus células. No es frecuente ver un caso de posesión tan extremo como el tuyo, pero que los hay los hay. Ni siquiera Él si bajara en este momento podría hacer nada.
— ¡No me diga eso, padre! ¡Me mataré, no puedo seguir así! ¡Tiene que haber una solución!
—Bueno, en realidad si la hay; pero depende exclusivamente de tus ganas y tu propia voluntad,
— ¡Lo que sea, haré lo que sea! ¡Dígame qué puedo hacer!
— No es tan difícil: sal a bailar, a caminar, concurre a lugares donde encuentres gente que gusten de tus mismas cosas. Vive tu vida normal.
— ¿Y con eso se saldrá de dentro mío?
—Puede que si y puede que no, pero es la única solución posible, la vieja fórmula sigue siendo efectiva: “un clavo saca a otro clavo”. Hay entes como este muy difíciles de desalojar, pero quizás cuando menos te descuides conozcas a esa otra mujer que te saque a ésta de dentro tuyo y la olvides para siempre. Suerte, hijo mío.
—Gracias, Padre. ¿Cuánto le debo?
Elaborado para La Cuentoteca
viernes, 29 de abril de 2011
El juego sin nombre- Miguel Dorelo
El juego sin nombre- Miguel Dorelo
En un rincón oscuro y ominosos del fondo del universo y de cuyo nombre prefiero olvidarme, un ser tenebroso y oscuro juega un juego que quizás pueda ser aquél que los hombres denominan "dados". Agazapado detrás de un viejo y carcomido abedul, entre vahos de un olor nauseabundo lo observo, cuando de repente gira su horrible cabeza hacia donde me encuentro. En sus ojos veo reflejadas cosas tan horribles que jamás han sido ni siquiera vislumbradas por ser humano alguno. Creo que me ha visto y posiblemente estas sean las últimas palabras que escriba en este mundo.
Elaborado para La Cuentoteca
viernes, 22 de abril de 2011
Primer aniversario- Miguel Dorelo
Primer aniversario - Miguel Dorelo
Ya está todo planificado. Solo faltan dos días para el primer aniversario de su muerte y esta vez por fin se realizará aquél homenaje tan postergado como merecido.
Una gran ceremonia en la que estarán presentes sus tres ex esposas, sus innumerables amantes clandestinas, sus hijos legítimos y los otros, sus parientes, sus amigos y allegados.
Se comerá y se beberá, pensó. Sin tristezas, con música de Pink Floyd y de Spinetta sonando en el cementerio. Los invitados comentarán sobre lo bueno que era, alguna amante despechada dirá que no tanto, algún amigo atorrante tratará de levantarse a su viuda utilizando su recuerdo.
Todos, absolutamente todos lo amarán y lamentarán su pérdida; todos ellos, los que un año atrás no se presentaron ni siquiera a su velatorio. Esta vez será distinto, todos concurrirán a su convocatoria: él personalmente los visitará para invitarlos.
Elaborado para La Cuentoteca
Suscribirse a:
Entradas (Atom)












