jueves, 22 de noviembre de 2012

Alivio- Miguel Dorelo



Alivio- Miguel Dorelo

Despertó exactamente a la misma obsesiva hora que lo hacía desde aquella infausta primera mañana. Hoy es el día, se dijo sin querer abrir los ojos para ver. Apenas apoyó su pie derecho en el piso supo que todo volvía a ser real al hundirse hasta el tobillo en aquél líquido viscoso de color negro.
Ya aliviado, Augusto fue hasta la cocina a prepararse el desayuno.

(Basado en una teoría no demostrada y el micro-relato más famoso)

sábado, 17 de noviembre de 2012

Decir basta- Miguel Dorelo



Decir basta- Miguel Dorelo

Decidió, o al menos cree haber decidido, decir basta. Basta para siempre, basta de manera absoluta, basta, basta, basta.
Pudo haber sido la desilusión o quizá la tristeza que cada día gana espacio en su corazón o su alma; a lo mejor el detonante haya sido algo que vio, leyó o escuchó en el momento de mayor fragilidad, ese que todos tenemos y nos hace tan vulnerables. O tal vez esa mañana su mente cansada de esperar que todo mejore y  su cuerpo hastiado de soportar noches de insomnio. No importa demasiado cuál haya sido el factor decisivo, probablemente la suma de varios o todos ellos hayan sido los que hoy hagan que ocupe su mente con imágenes de filos de navaja, pastillas de colores, terrazas de edificios, trenes avanzando o pistolas humeantes.

Ahora está pensando en que todo es una mierda; o por lo menos lo es aquí y ahora. Pero, a pesar de todo, recuerda tiempos en que no era así. A lo mejor la decisión final es demasiado importante para dejarla en manos de su propia voluntad, después de todo se trata de una vida y aún la suya debería ser sagrada. O por lo menos, respetada. Eso hará, darle una oportunidad a su propia vida.
Desayunará como siempre, café con leche, tostadas con manteca y mermelada; saldrá de la rutina de encender la computadora o escuchar la radio, evitará en todo lo posible el contacto con el exterior, almorzará liviano, dormirá la siesta. Luego, escuchará algunas de sus canciones favoritas por si acaso, recordará algún par de ojos, otras tantas pieles, susurrará un par de nombres de mujer. No cenará, ha perdido por completo el apetito, se dará una ducha, se pondrá sus mejores ropas, cerrará el paso del gas, cortará el suministro eléctrico, mirará muy lentamente el interior de su departamento, cerrará detrás de si la puerta.

Esa noche, quizá la última, recorrerá bares tratando de encontrar a ese alguien que lo convenza, le dará una última oportunidad al mundo; a pesar de todo su cansancio, de su casi seguridad de que el “basta” es la única salida esperará encontrar al que, sencillamente, le diga  no lo hagas, a pesar de todo, aún vale la pena.

martes, 30 de octubre de 2012

Encuentro casi casual- Miguel Dorelo



Encuentro casi casual- Miguel Dorelo

No lo planificaron. Al menos no conscientemente. O quizá sí. A lo mejor uno de ellos, ella o él forzó el encuentro. De todas maneras, algún día se cruzarían; intereses en común harían que, a pesar de la gran urbe y sus millones de habitantes, coincidieran en alguna de esas reuniones de las que eran y son habitué.

Y esa noche de viernes fue la elegida o no. Música y lectura de textos en la presentación de un libro de cuentos en el que participaban como autores varios amigos en común.
Ella llega acompañada exactamente a las 20.30 hs. Él a las 20.45 junto a su pareja. En esos primeros instantes de coincidencia espacio temporal no se ven o no quieren verse; la luz tenue, el humo de los cigarrillos y la buena concurrencia de personas al evento colaboran con el camuflaje.
Él nota su presencia un rato largo después de que se dé por comenzado el evento en sí, al reconocer su risa luego de la lectura de un pasaje especialmente gracioso de uno de los relatos que en ese momento tomaba vida a través de la voz de  uno de los escritores devenido en orador para la ocasión; este concitaba la atención desde una especie de escenario que se había armado al lado de la barra del lugar. Sentada a la mesa, varios lugares hacia su izquierda, acompañada de un hombre al que no reconocía, reía casi hasta las lágrimas como solía hacerlo cuando ese hombre sentado a su lado era él. Siente algo, aunque no sabe bien qué y se limita a observarla un largo minuto; ella viste una blusa color lila que cree no conocer y un saquito de hilo color beige que si recuerda muy bien; simplemente está tan linda como siempre.
Ella lo ve un rato después, luego de su habitual giro de cabeza, ese que suele hacer en todos los sitios a los que concurre con su inocultable intención de marcar territorio que la caracteriza; encontrar a gente conocida entre los concurrentes a cualquier evento le proporciona una agradable sensación de pertenencia. Tiene el pelo más largo es lo primero que piensa al verlo. No sabe  por qué, pero aparta rápidamente su mirada con un gesto brusco y piensa en irse del lugar; pero no le sería fácil dar con una excusa válida y seguramente le generaría un estado de ánimo que difícilmente pudiese justificar y arruinar esa noche no entra en sus planes inmediatos.
Por lo menos no se eligió a un pendejo para reemplazarme, cavila injustificada y rencorosamente él mientras vuelve a fijar su mirada en dirección a la fatídica mesa y más puntualmente al hombre que junto a ella observa atentamente lo que en ese momento acontece. Parece  algo mayor que ella, aunque no demasiado. No le cae bien.
Unos instantes después, ella no puede o no sabe evitar hacer lo mismo; mira disimuladamente hacia donde está él y su acompañante femenina; no es fea, pero tampoco linda piensa y por un instante se pregunta qué cosa habría sido lo que habrá hecho que él no cumpliese con aquello de que “creo que por un largo tiempo preferiré estar solo”, esa especie de promesa informal que le hizo cuando decidieron que ya no podían seguir juntos.

La noche sigue su deambular de palabras ajenas escuchadas ya sin comprender, de pequeños sorbos a bebidas que pierden sus sabores, de gestos maquinales y caricias obligadas a ser salvavidas improvisados.
Y al fin sucede lo más temido, la coincidencia indeseada, el instante exacto en que ambos dirigen su atención al mismo tiempo y sus miradas se cruzan poniendo en evidencia sus respectivas cobardías reflejadas en el desvío instantáneo de la atención hacia el objeto añorado.

El resto de la velada transcurre de forma extraña, los segundos semejando siglos, los minutos haciendo caso omiso de lo establecido, los susurros de las personas emulando bandas de sonidos de alguna película de esas que ya casi no se ven, esas sin más efectos especiales que la propia historia metiéndose hasta los huesos, obligando al espectador a identificarse con él o ella, los protagonistas de ese amor siempre a prueba, a desear que al final y a pesar de todo se vayan juntos a comenzar una nueva vida.
Pero esta no es una película, ellos no son actores, ni las personas alrededor  son parte del decorado. Y sobre todo están ese otro él y esa otra ella.

El evento como tal se termina en lo formal, es tiempo de saludos y presentaciones entre los concurrentes, de felicitaciones a los protagonistas, el intentar entablar nuevas y amorosas relaciones entre aquellos que han ido solos y con esas motivaciones; algunos se levantan de sus sillas, otros piden un café final o una nueva y no necesariamente última ronda de cerveza. El bullicio es ahora casi ensordecedor  y hay que esforzarse para escuchar al otro. Para algunos la velada recién comienza, para otros se termina.

Lo ideal raramente sucede; lo adecuado y hasta lo prudente hubiese sido el ignorar presencias o al menos intentarlo, pero no hay forma de evitar ese minuto en el que se encuentran frente a frente y momentáneamente a solas. Quizá ella quiso circular entre la gente, a lo mejor él fue hasta la barra a buscarle algo a su pareja, no importa demasiado la forma del encuentro, sino más bien minimizar lo más posible las consecuencias. Hola como andás te ves muy bien lo estoy  lo mismo digo me alegro mucho por vos. Stop. Ni una palabra de más de la que luego arrepentirse.

Ella se retira del lugar a las 0.47 a.m. Él exactamente 28 minutos después. Ambos, tal como habían llegado, acompañados.

La madrugada sorprenderá a ella y él junto a sus respectivos él y ella. Habrá sexo o excusas para que no, no importa demasiado.

Y durante toda la semana ella se sobresaltará cada vez que su celular le avise que tiene un mensaje.
Y él borrará cien veces un “necesito verte” sin atreverse a enviarlo.

sábado, 13 de octubre de 2012

La confirmación tan esperada- Miguel Dorelo



La confirmación tan esperada-Miguel Dorelo

Primero fue un rumor; alguien dijo que había escuchado que en un pueblito perdido del sur había aparecido de repente y se había instalado en una cabaña abandonada al costado del camino. Un par de acontecimientos de índole inexplicable que lo tuvieron como protagonista acentuaron la creencia de que en efecto se trataba de Él.
Un tiempo después llegó la confirmación absoluta por medio de un grupo de científicos llegados de Europa y EE.UU. El mundo estaba salvado: ya no más guerras ni hambre ni injusticias sociales. Ahora que Dios por fin era algo comprobadamente tangible se hacía posible el creer que al fin la humanidad recuperaría el paraíso perdido.
—En efecto soy yo —confirmó apenas contactado por las autoridades mundiales, agregando a continuación aquellas fatídicas palabras —, pero lamentablemente mis vacaciones aún se prolongarán por otros dos millones de años.
Y aquí estamos, esperando a  que se  le terminen.

viernes, 28 de septiembre de 2012

O ella o yo (Momento de decisiones)- Miguel Dorelo



O ella o yo ( Momento de decisiones)- Miguel Dorelo

–Pero… ¿Por qué?
—Ya te dije, esto no va más.
—No podés cortar una relación como la nuestra así, de golpe. Son muchos años juntos.
—Uno debe asumir responsabilidades en esta vida. Ya he tomado la decisión: debes dejar de existir para mí, es lo mejor. Y solo conozco una manera definitiva de que esto ocurra.
—Fue idea de ella…
—No.
—Si, fue idea de ella.
— ¿Y eso que importa ahora? Está bien, tenés razón, ella me lo pidió. O mejor dicho, me dio la opción: “o haces que desaparezca para siempre o lo nuestro se termina ya”, me dijo.
—Y vos enseguida aceptaste, en el fondo sos un pobre tipo. Me usaste.
—Traté de defenderte, te lo juro.
—Me imagino el esfuerzo…No sigas que me vas a hacer llorar. Basura.
—Vos siempre supiste que dependo de ella para subsistir,  aún te tengo cariño, pero ya no soy ningún jovenzuelo y solo es una cuestión de supervivencia.
— ¿Cariño? ¿Decís que aún me tenés cariño?
— Y si.
— ¿Pero no me amabas, reverendísimo hijo de puta?
— Y… También. Las dos cosas.
— ¡No entiendo por qué no te mato ya!
— ¿Porque me amás…?
—Te tendría que cortar las bolas, eso tendría que hacer. Y solo para empezar.
—Ella ni lo notaría, para que te vas a tomar ese trabajo; aparte, debe ser doloroso y siempre me dijiste que nunca me harías daño.
—Es cierto; y vos siempre me dijiste que con ella no tenías sexo. Otra de tus mentiras.
— ¡Te juro que no lo tenía! ¡Bueno,casi nunca! A veces ella me decía que se sentía muy sola y vos viste lo bueno que soy yo. Lo hacía por ella, me daba lástima la pobrecita.
— ¡La reconcha de tu madre!
—Se te está yendo la mano, me parece; bien sabés que mi madre es una santa y no tenés por qué meterla en esto. Y te repito por enésima vez: ella es mi esposa de toda la vida; bueno, en realidad ella hace todo por mí, y vos últimamente dejás mucho que desear.
—Ah, pero que turro que sos ¿Me venís con reproches y todo? Te juro que no se qué te ví…
–Bueno, no es tan así y los dos lo sabemos; acordáte yo estaba en el baño de caballeros, como corresponde, y vos te confundiste de puerta, entraste me viste “aquello” y digamos que fue “un amor a primera mirada”. Quedaste impresionada, no lo niegues.
— ¡N0, NO, NO! no podés ser tan, pero tan poco hombre.
—Más bien todo lo contrario…Pero volvamos a lo que importa: lo lamento con toda mi alma, pero lo nuestro no puede prolongarse más.
—Es definitivo, entonces; te quedás con ella ¡Me abandonás!
—Si querés ponerlo en esos términos…Siempre te gustó el papel de pobrecita. No te abandono, solo es que no puedo seguir más con vos.
— ¡Es lo mismo!
—No. No es adrede. Hago lo que es mejor para todos y todas.
— ¿Ahora hablás como la presidenta también? Vos estás loco.
—No sé de qué me hablás; digo todos y todas porque siempre me decís que soy machista y es una forma lingüística de hacerte ver que no es así. Bueno, chau.
— ¿Bueno Chau? ¿Bueno chau? ¡Basta! ¡Te lo digo en serio! ¡Es ella o yo!
—Está bien, dame un segundo. Ya está: ella.
—Hijo de puta, me destrozás; yo te amo.
—Lo sé. Y lo lamento, pero nada puedo hacer, es una decisión dolorosa pero no puedo hacer otra cosa.
—Está bien, pudo darme cuenta cuando ya no tengo posibilidades de que me elijas. Me duele en el alma, pero voy a ser digna. Que tengas suerte al lado de ella y que puedas ser feliz. Por todo lo que hemos pasado juntos, te lo deseo de corazón.
—Gracias, me conmueven tus palabras, me llegan muy hondo y te lo agradezco con todo mi corazón; sos una mina tremenda, lástima que lo nuestro no haya funcionado. así me gusta: nada de histerismos al pedo; es raro encontrar a una mujer que no lo sea.
—Chau. Ahora si chau. Trataré de olvidarte aunque sé que me va a costar muchísimo.
—Vas a poder.
—Sí. Adiós, adiós para siempre.
—Bueno, para siempre, para siempre es mucho. Vos viste como es esta loca, por ahí se le chifla el moño y tengo que patearla; vos, por si acaso no cambies el número del celu; si uno de estos días me quedo solo te llamo y arreglamos algo.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Pasajera- Miguel Dorelo



Pasajera- Miguel Dorelo

El no recuerda en qué lugar subió exactamente ella, solo sabe que lo hizo en algún momento en que con los ojos semi cerrados intentaba dormir un poco. Mira por la ventanilla  y tarda un minuto o algo así hasta que reconoce el lugar de la ruta 8 por la que en ese momento el Chevalier transita; acababan de dejar atrás Capitán Sarmiento y piensa en que todavía faltan  más de dos horas para llegar a Retiro. Supone que debe haber subido allí, en esa pequeña ciudad de la provincia a la que siempre tiene presente gracias al recuerdo de una antigua novia oriunda del lugar. El ómnibus, extrañamente, no viaja  con pasaje completo, quizá por ser mitad de semana y un horario en el que, como suele decirse, es demasiado temprano para algunas cosas y demasiado tarde para otras. El porqué del haber decidido ella sentarse a su lado en el asiento que da al pasillo que hasta ese momento era tierra de nadie escapa a su comprensión inmediata: más allá hay dos lugares también desocupados, o mejor dicho, a medio ocupar. En uno de los asientos viaja una mujer no muy joven y algo obesa; en el otro, tres butacas más hacia el fondo del vehículo un hombre de mediana edad. Diez, doce o quince kilómetros más adelante comienza a observar de reojo a la mujer que ha decido por voluntad propia viajar como su acompañante; ellas suelen tener  el poder de la decisión y esta vez no ha sido la excepción. Ella es joven, aunque no demasiado, unos treinta y cinco años, quizá treinta y siete, pero bien podría ya estar en los cuarenta o cuarenta y dos; es del tipo en que la edad potencia el encanto no exento de belleza que en algunas mujeres jamás se pierde. Su perfume ya se ha apoderado del espacio que ocasionalmente ocupan, un aroma a lavanda que apenas reconoce como tal; no es, de ninguna manera, un especialista en cuestiones cosméticas. Decide, caprichosamente, que es el aroma ideal para ella. Sus cabellos son largos, de sus ojos no puede decir nada aún porque no ha podido verlos. Aún, aún, piensa planificando los pasos a seguir. Aunque lógicamente sentada, es evidente que es más alta que él, no es necesario medidas excepcionales para que lo sea, aunque eso no le preocupa demasiado: casi todas sus parejas han sido de mayor altura que la suya. Asombrado, reflexiona sobre esta línea de pensamiento que de repente lo ha invadido: no existen motivos, ni siquiera se han hablado, para darle de repente el status de una posible relación amorosa al fortuito encuentro. Es verdad que siempre fue muy enamoradizo, pero esta vez esa característica está siendo exagerada, debe reconocerlo. Seguramente se deba en parte al especial momento por el que está transitando, una nueva desilusión amorosa que lo ha dejado con un dejo inusual de tristeza, yendo a contramano de su habitual comportamiento de optimismo a ultranza rayano en la tontería. Por un instante su mente abandona el presente y a la pasajera; los recuerdos más inverosímiles acuden a su cabeza, entran sin golpear la puerta y se apoderan del momento. Recuerda tardes grises, mañanas luminosas, noches sin color y rostros y sonrisas y miradas. Luego, un par de kilómetros después, se retiran al unísono y es como si nunca lo hubiesen visitado pero sí.
De vuelta toda su atención se concentra en la mujer que viaja a su lado; ella tiene puestos unos jeans de esos gastados artificialmente y aunque no podría asegurarlo, sus piernas parecen ser largas y no demasiado delgadas. Un buzo liviano de color beige y un cuello color blanco, quizá una blusa, a lo mejor una camisa, asomando por debajo de su mentón.
Debería levantarse ya, pedirle permiso, comentarle que irá a buscarse un café a la máquina que se encuentra en el pasillo a pocos metros y ofrecerse para traerle uno; es una buena excusa para iniciar un diálogo y la amabilidad siempre es bien recibida por la gran mayoría de las personas. De paso la obligará a girarse y podrá al fin ver el color de sus ojos y, lo que es más importante, la intensidad de su mirada. La mirada de una mujer, aún la ocasional, si se sabe interpretarla, es la vía de conocimiento más exacta para saber donde uno está parado con respecto a ella. Eso hará. O esperará un poco más a ver qué pasa; a lo mejor ella le pregunte si no sabe por dónde vamos, si falta mucho  para tal o cual lado y entonces él le dirá que unos cuarenta minutos siempre y cuando el tráfico se mantenga fluido o no pinchemos una rueda y ella sonreirá y el contacto estará establecido. Dirán sus nombres, sus destinos, a lo mejor los motivos de ese viaje y la frecuencia  y más tarde la conversación irá de apoco tomando visos personales, intercambiaran números y promesas de futuros contactos. Y él se dará cuenta que ella es lo que siempre estuvo esperando y ella que este hasta hace nada un desconocido ha reactivado cosas que ya creía totalmente desconectadas.
Piensa, planifica estrategias, especula situaciones, traza coordenadas, visualiza horizontes acompañado por la pasajera.
Debe hacerlo ya. Pero, no puede; una vez más, no puede, no se anima, el miedo al fracaso es muy potente; o mejor dicho, el terror a  las consecuencias del fracaso. No se puede perder lo que no se tuvo nunca, piensa. Pero no es suficiente para decidirse. Esperará un poco más, pero solo diez kilómetros, quizás quince, pero no más allá.
Un fugaz vistazo por la ventanilla le informa  a través de un mojón que el ómnibus acaba de dejar atrás el kilómetro 126; siempre hace eso, mirar de vez en cuando los mojones indicadores del costado de la ruta, “como una señal inequívoca de la ansiedad del arribo”, según le ha dicho un psicólogo amigo en charlas no profesionales y sin honorarios de por medio. El 100 es un buen número para comenzar, se dice posponiendo auto promesas recién hechas, alargando en algunos cientos de metros el instante pavoroso de las primeras palabras que deberá imperiosamente dirigirle.
Cavila, se embronca con él mismo, no puedo ser tan boludo; Permiso, voy a servirme un café, solo eso, el resto será más fácil. Y quién te dice, el comienzo de algo que dure lo suficiente, lo justo entre lo fugaz  y lo rutinario; los mejores amores son aquellos que duran hasta  lo que tienen que durar; aunque eso de que que me gustaría que estemos juntos hasta que seamos viejecitos no es tan mal plan.
Basta de mariconadas; lo hago ya, se decide al fin.
Ella se levanta, camina uno, dos, siete pasos hasta la estrecha escalera que comunica los dos niveles y desciende hasta la parte baja del vehículo. Por primera vez, tal vez la última, la ve parada; sus piernas en efecto son muy largas pero un poco más esbeltas que lo que había imaginado. Por primera vez, tal vez la última, escucha su voz preguntándole al chofer si falta mucho para Puente Saavedra. No hace nada ¿Para qué? ¿Con qué excusa?
Media hora más tarde baja en Retiro, su destino. Bullicio y llovizna fina un poco más allá lo esperan en el andén; solo ellos.

Vendrán nuevos viajes con idéntico recorrido. Él ha dejado la costumbre de dormitar mientras el ómnibus deja atrás mojones y ciudades. Quiere estar bien despierto cuando pase, puntualmente, por aquellos dos lugares. Algún día ella subirá y ese día lo primero que hará es averiguar de qué color son sus ojos.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Pacto- Miguel Dorelo



Pacto- Miguel Dorelo

 Puntual como siempre ella me espera. Solo dos veces al año, tal como pactamos.
Ambos sabemos cómo terminará la reunión; todo sigue igual, yo lo sé y ella, no hay forma de ocultárselo, lo sabe.
—Vendré por ti y serás mío de forma definitiva cuando logres enamorarla.
Cada seis meses ella pasa, con su esquelética figura y su afilada guadaña...Y una vez más deberá marcharse con las manos vacías.

domingo, 26 de agosto de 2012

Paranoia desencadenada-Héctor Ranea & Miguel Dorelo



Paranoia desencadenada – Héctor Ranea & Miguel Dorelo

Ha muerto Neil Armstrong. Una muerte siempre es lamentable. Tanto como su complicidad en esa deleznable conspiración a la que nos tienen acostumbrados estos yanquis de mierda. El primer hombre que pisó la Luna ¡Ja! Hay que ser muy boludo para creer una cosa así. Pensar que el tipo hasta el mes pasando la estaba pasando bomba en una isla privada propiedad de Lee Harvey, tomando sol con Yabrán, Elvis, Marilyn y dos conejitas de Playboy, Betty Blue y Anna Nicole. Eso sí, todos en pedo. ¡La vida te da sorpresas!

martes, 21 de agosto de 2012

La mirada-Miguel Dorelo



La mirada- Miguel Dorelo

A veces basta con un gesto, no es necesario palabra alguna; los ojos son los espejos del alma, dicen. Quizá no sea cierto, a lo mejor es tan solo otro de esos clichés de enamorados  poetas aficionados, frase de cajón para obvias tarjetitas acompañadas por  ositos de peluches, ramos de flores o cajas de bombones en forma de corazón.
Y sin embargo…
La miré a los ojos y no me gustó para nada lo que vi en ellos, supe al instante que así era como ella me veía, comprendí que era en vano insistir y emprendí la huida.

martes, 14 de agosto de 2012

Mamá siempre estará a tu lado- Miguel Dorelo



Mamá siempre estará a tu lado- Miguel Dorelo

El niño tropieza. Tropieza porque los niños suelen hacerlo cuando tienen cinco años y caminan ejerciendo uno de los pocos actos de rebeldía reales que tendrán a lo largo de sus vidas, el caminar solos, sin ayuda de manos en sus manos.
El niño tropieza, cae  y raspa sus rodillas. Y llora. Llora porque ante todo es un niño y su lógica de niño, que conservará aún adulto, le indica que ante el dolor es conveniente demostrarlo.
Por suerte, y como debe ser, su madre está junto a él; solo ha concedido al niño un instante de libertad, como debe ser también. Y enseguida el reproche y la pronta ayuda:

— ¡Te dije, te dije! ¡Sos muy chiquito para caminar solito! Tenés que hacerlo de la mano de Mamá. No llores, no es nada, un rasponcito. Mamá te cura con un beso. Mamá te abraza y te quiere. Como cuando estás enfermo y Mamá te da el remedio y te arropa; esto es igual, no llores, no te va a pasar nada porque acá está Mamá. Y Mamá siempre estará a tu lado…
—Cortala, mamá. Lloré porque me dolió y es natural que así sea. No hay necesidad de tanto escándalo ni de que me mientas, tengo cinco años y soy un niño, te lo reconozco, pero no hace falta el discurso: vos no vas a estar siempre a mi lado, con los años nos iremos distanciando, eso es tan natural como que yo llore si me caigo. Y si así no fuera, se conocen algunos casos aislados, me tuviste después de tus cuarenta por uno de esos caprichos que suelen tener algunas mujeres  y un simple cálculo de probabilidades daría como resultado que en mi adultez, cuando más te necesite, quizá ya no estés en este mundo. Dejáte de joder, laváme las rodillas en la estación de servicio de la esquina para evitar una infección y sigamos caminando.
Y ya que estás, si querés hacer algo realmente útil, compráme un helado.

Moraleja: niños  eran los de antes.

domingo, 12 de agosto de 2012

Busco un Amor- Miguel Dorelo



Busco un Amor - Miguel Dorelo

¡Atención!
Si sos una mujer mayor de edad en busca de tu media naranja.
Si tus sueños giran alrededor de gozar un buen pasar, sin  apremios económicos, contar con el aval crediticio que te da una tarjeta de primera línea, disfrutar de las vacaciones de invierno en algún lugar top, hacerse una escapadita a la costa en ocasión de cualquier fin de semana largo, viajar al exterior como mínimo una vez al año, tener entre tu vestuario media docena de diseños exclusivos; si estàs esperando al soñado Principe Azul, creés firmemente que el amor está bien, pero hay otras cosas igual o más importantes y más vale estar tranquila que andar lidiando con amores complicados, si preferís una de esas cenas gourmet en restaurantes sofisticados en lugar de preparar la cena de a dos, escucháme atentamente, esto es para vos:

Si cumplís con estos requisitos, o por lo menos con gran parte de ellos… Ni se te ocurra contactarme.
No estoy en condiciones de ofrecerte nada de todo eso, pero por sobre todo, no me interesás en lo más mínimo, nena.
Conmigo, no cuentes.
No sos la que estoy buscando.

viernes, 3 de agosto de 2012

Llueve- Miguel Dorelo



Llueve- Miguel Dorelo

Siempre que llueve como llueve hoy, de manera pertinaz y copiosa, el mundo ya no es el mundo. O en realidad debería decir que percibo el mundo de otra manera, porque escuchar el ruido del agua cayendo influye en mí como pocas otras cosas. Sé sin lugar a dudas que la lluvia no cae porque sí, que forma parte de todo un plan, una gran conspiración; que esas gotas, ese viento y esos truenos en realidad no son fenómenos naturales, sino parte de un gigantesco complot de desánimo personalizado especialmente diseñado para mí.

Mis amigos dicen que son delirios míos, pero sé muy bien que me mienten precisamente porque son mis amigos. Y es por eso que se han juramentado y se tienen totalmente prohibidos en los días en que llueve como hoy pronunciar delante de mí la palabra ausencia y ni siquiera el principio de tu nombre.

martes, 24 de julio de 2012

Esa canción- Miguel Dorelo



Esa canción- Miguel Dorelo

—Sos  un reverendo hijo de puta—me dijo.
— ¿Eh? —me asombré.
—Hijo de puta y sordo. Escuchaste bien, no te hagas el gil.
—Hace más de tres meses que ni nos vemos y ahora te me aparecés y me insultás de esa forma. ¿Estás loca?
—Loca tu madre, basura. Espero que esta sea la última vez que te vea, desecho humano.
— ¿Y después de todos los momentos que pasamos juntos me decís esto? No tenés corazón —le retruqué.
— ¿Yo no tengo corazón? Tenés razón, no sos un hijo de puta: sos dos hijos de puta juntos.
—No tenés derecho; lo nuestro se terminó hace tiempo. Y pensé que habíamos quedado bien.
—Vos no tenés derecho, la concha de tu madre; te tendría que haber bloqueado hace tiempo, perro sarnoso. Pero mejor que no lo hice así al fin me doy cuenta de lo mierda que sos. “Te dedico esta canción con todo mi amor”  ¡Vos sabías que yo lo leería! ¡El Facebook es una mierda igual que vos!
— ¿Y? No te entiendo. Ella es mi novia, la quiero, me quiere, vos también tenés una nueva pareja desde hace unos meses. No entiendo.
— ¡La canción, pelotudo! ¡La canción!
— ¿Qué tiene la canción? A mi esa canción me gusta mucho.
— ¿No me digas? ¡Ya lo sé! ¡Bien lo sé!  “si me dan a elegir, me quedo contigo, ay amor, me quedo contigo…”
—Sí. Esa. Me gusta la versión original de Los Chunguitos, pero el cover de Manu Chao me parece que está bueno también; además ella es bastante más pendeja que vos y se copa mucho con el francesito  este. Por eso le dediqué esa versión. Sigo sin entender tu enojo.
— ¡Aaaaahhhh! ¡Me la dedicabas a mí! ¡A mí! ¡A mí!  ¿Ya no te acordás puto mal cogido?
—Como no me voy a acordar, calmáte. Por supuesto que me acuerdo. Si vos lo eras todo para mi, te amaba tanto que me dolía. Como dice la letra, nada podía competir con vos, siempre me quedaría con vos.
—Estás loco, es eso. De lo contrario no entiendo.
—Pero, es sencillo. Esa canción era una de las maneras en que te podía decir todo lo que sentía. Vos sabés que soy medio duro para las frases amorosas. No sé qué tiene de malo valerse de palabras de otros cuando dicen lo que uno no sabe expresar.
— ¿Y? ¿Qué tiene que ver eso con que ahora se la dediques a otra? ¡Esa era mi canción!
—Bueno, no es tan así; la letra es de Juan Salazar, uno de los tres hermanos que formaban Los Chunguitos ¿Sabías que las Azúcar Moreno son  hermanas de ellos? Además, como  ya te dije, soy corto de palabras cuando se trata de expresar sentimientos y me vino al pelo para poder decirle todo lo que siento por ella a Priscila. La adoro, no podría vivir sin ella. Definitivamente, me quedo con ella.
— ¡Mal parido! ¡Lo mismo me decías a mí! ¡Y con esa canción!
—Y era cierto.  No sé, me parece que vos resultaste ser una de esas minas que se creen que las canciones son de propiedad exclusiva de ellas. Y no es así. A mí me gusta esta canción me resulta útil para explayarme y no creo que haya ninguna ley que prohib…¡Para. Pará! ¡Guardá ese revolver! ¡Loca como todas las mujeres! ¡Aaaayyyyy!

La versión original. La de Manu Chao solo se la dedico a ella.


sábado, 21 de julio de 2012

El último segundo- Miguel Dorelo


El último segundo- Miguel Dorelo

 La vida es una mierda, estar enamorado es una bazofia; por lo general uno se enamora de la persona equivocada y es aún peor. Los amigos siempre desaparecen cuando más se los necesita y aunque digamos que no nos interesan las cosas materiales el dinero nunca alcanza y esto hace que vivamos estresados. Ser feliz es la utopía más patética y ridícula del ser humano. Vinimos (o nos pusieron) en este mundo a sufrir; cualquier otra consideración es solo un triste intento de auto-engaño fomentado por insufribles optimistas a ultranza. Lo único bueno de lo malo, es, sin dudarlo, que la solución está en nuestras propias manos, el único libre albedrío de verdad es el que nos permite poder decir ¡Basta, hasta aquí llegué! , cuando se nos cante. Por suerte podemos elegir entre un sinnúmero de maneras, más o menos dolorosas, menos o más espectaculares. Sogas y vigas, alturas y terrazas, vías y locomotoras, píldoras de colores, venas y navajas. Yo ya elegí mi propio modo, no necesariamente original: recámara, gatillo, percutor, dedo índice, caño, bala y sien derecha ¿Alcanzaré a escuchar el ruido del disparo, sentiré el olor a pólvora? Quién sabe… El último segundo. Dicen que uno recuerda en ese instante que antecede al olvido final, toda o parte de su vida. Y es cierto, la puta madre, en este preciso instante me está sucediendo precisamente eso. Pero…Qué raro…No puede ser…Tendría que haber una clausula de recuerdos finales en la que quede claramente especificado que solo acudan a nuestra mente aquellos momentos angustiosos, tristes y dolorosos que justifiquen extremas decisiones. De ninguna manera esta andanada de esos otros que ni recordaba haber vivido. Sonrisas, reuniones con amigos que no piden nada a cambio, charlas interminables de madrugadas infinitas en que se arreglan mundos, galaxias y universos con solo proponerlo, miles de canciones, centenares de relatos, algún poema, aquél gol de Boca sobre la hora en la final, olores y sabores, pieles suaves, labios, piernas, miradas inequívocas, un par de nombres de mujer… Y por fin saber que uno suele equivocarse al tomar decisiones, el comprender que el tiempo es cíclico, que casi nada es definitivo, que todo puede volver a ser o a ser mejor y que, por suerte, depende en gran parte de nosotros mismos. Un segundo. O menos. Y nuestra mente hace un clic y comprendemos que nos apresuramos, que la vida en realidad es algo hermoso y que los amores vienen y van y vuelven a venir y nos dedicamos un mirá si voy a estar así por una mina, por una deuda o alguna decepción… ¡Vida, vida, vida! ¡Viva la vida! ¡Es hermosa la vida!

 El último segundo. Pero de verdad el último, el definitivo, el del nunca más. ¿El del nunca más? ¡Qué boludo! ¡No debería haber apretado el gatillo, la puta madre! Definitivamente: ¡No debería haber apretado el ga