viernes, 14 de enero de 2011

Antes de perder la dignidad- Miguel Dorelo


Antes de perder la dignidad- Miguel Dorelo

Era hora de marcharse. Así lo habían decidido, siempre juntos como tantas otras veces y hasta que la muerte nos separe, como habían prometido.
Ella lo había hecho hacía exactamente dos días y ya no soportaba su ausencia; le era imperioso reencontrarse con ella allí donde fuera que estuviese ahora.
Su compañera de toda la vida, en las buenas y en las malas; algunas pocas de las primeras y demasiadas de las otras.
Pero no podía quejarse de todos esos años junto al amor de su vida, esa mujercita preciosa con la que fue envejeciendo en compañía.
Demasiadas penurias en los últimos tiempos, sobre todo económicas, fueron el detonante principal de aquella decisión.
—Antes de perder la dignidad, debemos hacerlo; así no podemos seguir —coincidieron.
También juntos, decidieron que ella sería la primera en partir hacia ese lugar, que estaban seguros, los cobijaría y los uniría aún más que en todo este tiempo transcurrido el uno junto al otro.
Tenían un solo hijo ya grande, solo unos pocos parientes a los que hacía años que no veían y un puñadito de amigos que quizá los extrañaran un tiempo, pero que rápidamente se olvidarían de sus partidas. O a lo mejor no, nunca se sabe a ciencia cierta cuanto puede influir un suceso de este tipo en las personas que nos aman o dicen hacerlo.
Como lo habían pactado, ella se marchó primero, ese viernes a la noche luego que el regresara de hacer lo que era necesario hacer. Sin grandes aspavientos, tranquila, dedicándole una sonrisa final para la despedida. Él beso suavemente sus labios y le dijo —Esperáme — solo eso.

Habían quedado de acuerdo en que dos días eran lo mínimo necesario para que él ultimara los últimos detalles antes de que llegara su hora. Ese domingo amaneció espléndido, con un sol radiante, como anticipando ese otro amanecer que los encontraría nuevamente juntos y más felices que nunca.
Solo dos horas más.

Revisó por última vez la maleta, la otra mitad del dinero no ocupaba demasiado lugar, solo había tomado los dólares y euros de alta denominación, una verdadera fortuna y a los ancianos como él jamás le revisaban el equipaje. Ella no había tenido ningún tipo de inconvenientes en el aeropuerto. En el banco no tardarían en descubrir el faltante, pero mucho más en relacionarlo a él con el hecho, ya que solo trabajaba en su limpieza algunos viernes,  y  los fines de semana; y en este último había aducido uno de sus achaques habituales para no concurrir. Ser el padre del gerente tenía sus ventajas. Como el acceso a ciertas llaves, por ejemplo. Un viernes perfecto.
Estaba todo planeado a la perfección por si algo fallaba, ni siquiera él sabría hasta último momento en donde se encontraba su mujercita. Y por lo menos uno de los dos se saldría con la suya.  Levantó el teléfono y marcó el número que habían convenido, el taxi estaba tocando bocina en la puerta para llevarlo a tomar su vuelo. La ansiada y dulce voz de su amada viejita se escuchó en el auricular:
—Budapest: bajás en Barajas y de ahí combinás para acá en un vuelo local que sale dos horas después; yo voy a estar esperándote en el aeropuerto. Estoy contando las horas, no soporto más estar sin verte.
Esto si que es vida. Si nos movemos rápido, que nos encuentren si pueden.
Te amo.
 Elaborado para La Cuentoteca




16 comentarios:

chely dijo...

Que buena historia Miguel!
Logras personajes increibles-
me gustomucho
Gracias por etiquetarme

Salemo dijo...

Gracias, Chely. Son muy tiernos los viejecillos estos. Espero que no los encuentren.

María del Pilar dijo...

je... ¿sacará él boleto para Budapest? ¡Hombres!...
Besos excépticos ;)

Claudia Cortalezzi dijo...

¡Me encantó!

Beso
Claudia

A.R.N. dijo...

parece mentira que haya que forzar asi el destino para tener todo lo que se merecen al final de sus dias. algo no esta funcionando, varias cosas...
beso

Salemo dijo...

Me extraña, Maria; él la ama y nosotros por amor somos capaces de hacer cualquier cosa...O casi, para no andar exagerando. Por lo menos en mi caso. Y solo pido a cambio un poco de cariño, algo de sexo y una extensión de la tarjeta de crédito a mi nombre; siempre lo digo, así que no vale luego reclamo alguno.
Se van a encontrar, recorrerán el mundo muy juntitos y nunca lograrán atraparlos.Eso espero.
Besos y felices vacaciones.

Salemo dijo...

¡Gracias, Claudia! Me alegro que haya sido de tu gusto la tierna historia de estos ancianitos tan queribles (salvo por las autoridades, claro).
Beso.

Salemo dijo...

Así es A.R.N. Aída ( estuve mirando tu blog). Los viejitos se encargaron ellos mismos de hacer que su destino tomara un mejor rumbo. Lo bien que hicieron.
Un beso.

Javi dijo...

Eres un maestro del camuflaje, Miguel.
Estuve todo el tiempo pensando que se suicidaban para ir "al otro lado" juntos, y así nos lo haces creer. Pero parecía demasiado obvio y demasiado anticipado. Y así camuflaste el golpe de estos Bonnie & Clyde de la tercera edad, bajo la apariencia del paso a mejor vida (y sí, desde luego pasaron a mejor vida).
Me sorprendió, me gustó, y ojalá hubiera muchos ancianos capaces de tomar esa determinación.
Hace unos días escuché en la tele a un anarquista español que estuvo en el exilio en Francia y perseguido desde España, encarcelado, etc. Ahora que ya es bastante mayor, escribe libros y da conferencias sobre aquella época en la que fue un joven revolucionario. Algunos de sus puntos de vista han cambiado, todos nos hacemos algo más conservadores con la edad, pero expresó uno que me hizo muchísima gracia, y con el que comulgo sin lugar a dudas: todos tendríamos la obligación moral de robar un banco durante nuestras vidas. Eso decía, refiriéndose a que esas entidades tan abominables son la máxima expresión de la opresión a la que somete el capitalismo al que no tiene las espaldas bien cubiertas.
Un saludo.
Javi.

Salemo dijo...

Gracias, Javi. He aprendido a ocultarme por la cuestión esa de los acreedores, pero son insistentes los malditos, vuelven una y otra vez.
Suele suceder que los robos a los bancos, siempre y cuando no implique daños a las personas, nos resulten "simpáticos" ya que en general no son santos de nuestra devoción estas "entidades" y con justa razón creo yo. Y en este caso, con estos ancianos, más que nunca estoy a favor de los "delincuentes".
Y es cierto lo que decía ese anarquista, será cuestión de animarse. Yo le agregaría que para que fuese totalmente justo y si nos sale bien, deberíamos donar o repartir el botín.
Gracias por la lectura y el comentario.
Un abrazo.

Antonio dijo...

Salemo, Salemo, Salemo... Juegas con nuestros más caros pensamientos de muerte, suicidio y partidas al país del que no se regresa. ¿Y todo para qué? Para que nos pasemos un fin de semana con la sonrisa en los labios y una tierna envidia por ese par de viejitos pícaros... No señor... Eso es trampa... ¿y nuestros anhelos de truculencia? y nuestros más caros sentimientos de amor a la dama de negro?... Así no vale Amigo.

Salemo dijo...

¿Vos los hubieses matado,Antonio?. Ya que tenemos esa gratísima posibilidad de jugar un rato a ser los dioses de nuestros personajes me parece que fue un lindo destino el que pude darles.
Ojalá se convierta en pandemia y aparezcan casos por todo el mundo: millones de viejitos salteadores de bancos con finales felices.
Gracias por pasar como siempre.
Un abrazo.

María Taltavull dijo...

Una delicia, Miguel. Qué naturalidad narrativa para hacernos correr en una historia que se va descubriendo paso a paso, con notas de humor y todo. Un gran logro los personajes. Si andás por Budapest mandales muchos saludos. Un beso y ¡felicitaciones!

Salemo dijo...

Gracias, María. Los que son una delicia son estos viejitos. Lo que si, creo que ya no deben estar en Budapest; por ahí se fueron un rato a París y justo en estos momentos están desayunando en Champs Elysées con fondo del Arco del Triunfo para festejar el de ellos o en Atenas o en Verona haciéndose los amantes adolescentes. Ya se deben haber recorrido media Europa.Que lo disfruten.
Un beso.

Antonio dijo...

Miguel: Ni loco los habría matado... Me encantó la historia, pero a los que somos "negros" alguna muertecita de vez en cuando no nos viene mal... Je... No Amigo... Puras pelotudeces para demostrar que con tu historia vos nos hacés creer que nos vamos a encontrar con la parca y resulta que al final todo es vida (y de la buena)... No me des las gracias por pasar. Me gusta pasar para leer buenos textos y cagarme de risa un poco. Abrazo sincero.

Salemo dijo...

Hace rato que no escribo sobre mi tema favorito,Antonio. ¿Será que el amor nos hace poner menos atención en la muerte? Vaya uno a saber, pero desde que me enamoré de... ( nunca me acuerdo el nombre, la puta madre)ya no escribo tanto sobre la huesuda. Pero escribo poesía más seguido, que viene a ser como una condena a muerte para todo lector desprevenido que se anima a entrar a mi nuevo y vergonzoso blog abierto con ese fin.
Y bueno, después de todos nadie los obliga y si son mayores de edad, que se la banquen.
Lo que voy a hacer es desamorarme, así vuelvo a ser el que era y me mando un buen relato bien tétrico.

Otro abrazo para vos.