lunes, 28 de octubre de 2013

Rotunda desmentida

El dueño y autor de este blog, desmiente por medio de este escueto mensaje que:
Las musas lo hayan abandonado.
Haber sido amenazado de muerte por escritores más serios ( y talentosos) a fin de que deje de publicar sus escritos.
Una conocidísima editorial multinacional le haya exigido la exclusividad de publicación de sus maravillosos relatos.
Esté pasándola de primera en una playa del caribe en compañía de tres hermosas admiradoras y no le quede tiempo para escribir.
Haberse encontrado con el Señor y estar haciendo un retiro espiritual.

Aprovecha, a su vez, para comunicarles que el aparente abandono de este espacio cultural de primera línea se debe, exclusivamente, a estar totalmente dedicado a la corrección y/o edición de su libro de cuentos pronto a ser publicado.

Adjunto una fotografía personal con la sola pretensión de que  no se ponga en duda lo que acabo de comunicar.
Firmado: Miguel Angel Dorelo.
Los amo a todos. Pero más a las lectoras.








jueves, 12 de septiembre de 2013

Buscando a la mujer ideal- Miguel Dorelo


Buscando a la mujer ideal- Miguel Dorelo

—Hallar a la mujer ideal es la verdadera razón de la existencia de todo ser humano varón que se precie —. Comenta Angel.
—Una gran verdad —. Aprueba rápidamente Facundo.
—También es cierto que el concepto de “mujer ideal” puede tener más de una acepción.
—Claro. Pero yo te conozco y vos me conocés. Ambos sabemos de qué estamos hablando cuando hablamos de la mujer ideal.
— Esa que nos resquebraje el alma al conocerla y nos la reconstruya al sentir que nos acompañará quizá para siempre.
— Y aún si así no fuese; la mujer ideal, aún efímera, dejará su huella indeleble en nuestras mentes y corazones.
—Así es.
—Necesariamente, deberá ser amante de las artes; femenina, más que feminista.
—Y buena gente. De sentimientos bellos hacia el otro. Respetuosa aún en el disenso.
—Compañera.
—Siempre risueña.
— ¡Ah! Quién pudiera… La eterna y dificultosa búsqueda de la mujer ideal.
—A propósito… ¿Te comenté que estoy saliendo con Paula?
-¿En serio? ¿Paula? ¿Paula, Paula?
—Sí. Paula, Paula. La Paula que ambos conocemos.
— ¿La que estaba borracha esa noche en el boliche de Ramos? ¿La de la pollerita de colegiala?
—Esa.
—Pero…Pero…Si mal no recuerdo es bastante limitada mentalmente, esa noche vomitó varias veces del pedo que tenía, comentó que era fan de Arjona y se fue del lugar con tres tipos.
— ¿Te acordás? Un desastre total.
— ¿Y estás saliendo con ella? No entiendo. ¿Y lo de la búsqueda de la mujer ideal?
— ¿Vos viste el culo que tiene?
— Ehhhh…Sí…. Perdonáme. Como siempre tenés razón. ¿No tendrá una amiguita para presentarme?





sábado, 7 de septiembre de 2013

Relato en mente ( No haciendo caso a los consejos literarios) Miguel Dorelo


Relato en mente. (No haciendo caso a los consejos literarios)- Miguel Dorelo

Por suerte, las musas suelen acudir permanentemente a mi mente; creo que inconscientemente, pero no podría asegurarlo.
Cuando esto sucede, no me queda otra que sentarme ante el teclado, comenzar a construir el relato y, alternativamente, cebarme un mate. A veces me da, esto raramente, por tomarme un té.
Debo decir muy abiertamente, que es algo que me gusta abrumadoramente hacer, así que me es absolutamente imposible no llevarlo a cabo lo más rápidamente que pueda. Acaloradamente, me enfrasco en la tarea y raramente pudo dejar de teclear, yo diría que casi abusivamente, hasta alcanzar el objetivo final: lograr un texto correctamente armado, obsesivamente perfecto, adjetivadamente  armonioso, ágilmente legible para todo aquél lector que, aún desprevenidamente, se sumerja muy afirmativamente en las procelosas aguas que ahidalgadamente y orgullosamente les ofrezco hoy. Amigablemente les digo: espero que hayan disfrutado holgadamente de este relato y que, campechanamente, espero recibir sus comentarios, aun anónimamente.
No quiero despedirme sin agradecer buenamente a las enseñanzas de mi profesor del Taller de literatura, allá por San Clemente, principalmente cuando me aconsejaba que tuviese celosamente cuidado en la utilización de palabras que cacofónicamente pudiesen, calamitosamente, atentar contra una lectura que chacabanadamente, se transformara en algo demasiado cansadamente tedioso.


Seguramente he logrado mi objetivo abrumadoramente, ya que, modestamente, esto suelo lograrlo muy cómodamente.

viernes, 30 de agosto de 2013

Chocolate- Miguel Dorelo


Chocolate- Miguel Dorelo

Me gusta mucho comer chocolates.
Amargos, dulces, aireados, blancos: de todas las clases, sabores y consistencias.
Y, como en tantas otras cosas, tengo mi preferido.
Su nombre, aunque quizá no resulte importante, es Dairy Milk y su variante Fruit & Nut, la que me convierte en un semi dios cuando se estaciona dentro de mi boca, fue creada en 1928 en el Reino Unido por la firma Cadbury.
No suelo dar consejos, pero creo que no estaría de más seguir estás pequeñas instrucciones para su correcta degustación. El ambiente propicio es, simplemente, cualquiera: las bondades del manjar  lo transportarán directamente al ideal sin que usted deba preocuparse demasiado por elegirlo. Aunque, en mi caso, prefiero la soledad a media luz y escuchando la voz de Tori Amos en un volumen de sonido no demasiado alto. Usted verá.
Eso sí, yo que usted trataría de no eludir los siguientes pasos: desenvolver la barra por una de sus puntas, cualquiera de ellas, nunca por sus costados. Luego, esto requerirá un supremo esfuerzo de voluntad, no se apresure a morder, antes tómese unos segundos para aspirar el maravilloso aroma que, le aseguro, surgirá desde el envoltorio recién abierto.
Ahora sí. Muerda un trozo muy pequeño, sobre todo si es su primera vez en esto, ya que es imprescindible que su cuerpo se adapte lentamente a esta sensación que identificará como única y hasta peligrosa. Tómese otro minuto. Ahora sí: usted ya está listo para la experiencia final. Corte con sus dientes, jamás con la mano, un trozo del Dairy y deje que se vaya derritiendo en su boca al ritmo que él quiera, trátelo con dulzura, jamás lo apure, mímelo. Él sabrá recompensarlo dejando al descubierto el sumun final de la felicidad en forma de pequeños trozos de nuez y deliciosas pasas de uva.

Como dije, me gusta mucho comer chocolates, pero comer un Dairy Milk es algo más. Una experiencia única, probablemente y sin ánimo de exagerar, sea la razón principal del por qué de mi paso por esta  vida.

Salvo, claro está, cada una de las veces que he estado con Ella.



jueves, 18 de julio de 2013

Más de lo mismo- Miguel Dorelo


Más de lo mismo- Miguel Dorelo

Ya era tiempo: debía marcharse. Nada dramático, solo aburrimiento. La tierra se había convertido en un lugar sin encanto.
No fue una decisión apresurada. Intentó con todas sus ganas encontrar motivos que lo retuviesen, hasta se enamoró. Pero no fue suficiente.
Eligió como vehículo para llegar al cielo un frasco de pastillas.
Al llegar, en lo primero que pensó fue que aquello de que los suicidas tenían vedado el arribo era una mentira.
A la semana, comprendió su error: el cielo era aún más anodino que lo anterior.

— ¡Que lo parió! —Se dijo. Y comenzó a bostezar.

Publicado en Cuentos y Más.

sábado, 29 de junio de 2013

Viceversa- Miguel Dorelo


Viceversa- Miguel Dorelo

Sentado a la mesa del bar, pienso. Escarbo en mi mente tratando de encauzar el principio de lo que será un nuevo relato.
El café se enfría de a poco, olvidado en su pocillo blanco.
Miro a través de la ventana que da a la avenida. Escucho el ruido que producen los automóviles al pasar y observo a las personas caminar.
Un hombre de unos cincuenta años apresura el paso al cruzar desde la acera opuesta. Ya más cerca, cuando pasa delante de la vidriera del local, veo que es un poco más joven de lo que me pareció en un primer momento. Lleva puesto un abrigo color azul y una bufanda roja. Sé que hace frio y hay un poco de viento.
De a poco, la historia va tomando cuerpo, comienzo a teclear más aprisa y la pantalla se puebla de caracteres que van formando palabras, párrafos, oraciones…
No todo es lo que parece. Y menos aún cuando el que cuenta la historia es alguien como yo; alguien al que le gusta por sobre todo jugar con realidades inventadas. No crean a pie juntillas todo lo anterior que han leído.
En realidad estoy en casa, delante de la pantalla de la computadora, tratando de inspirarme para comenzar a escribir un cuento. No existen el bar, ni la mesa a la que estoy sentado, mucho menos el pocillo con café que se va enfriando. Tampoco la avenida, los automóviles ni sus ruidos. Mucho menos las personas que caminan ni el hombre que cruza apresurado, su abrigo de color azul y su bufanda roja. A veces, me involucro demasiado en mis propias invenciones, suelo confundirme y creo que en realidad todo eso existe. Por suerte, hasta ahora siempre he sabido reaccionar a tiempo. Ahora  sé a ciencia cierta que la realidad es otra y es debido a eso que comienzan a esfumarse ante mis ojos: solo quedan asentadas las palabras que describen a los personajes involucrados y su entorno. Todo ha vuelto a su lugar.
Y sin embargo, en algún lugar suena una alarma: algo no está bien y no alcanzo a comprender de qué se trata.

El hombre, de algo menos de cincuenta años, traspone la puerta de su casa, saluda a su esposa con un beso, se saca su abrigo de color azul, desprende de su cuello la bufanda roja y arroja ambas prendas sobre un sillón de color marrón.
—Hoy me pasó algo muy raro —comenta con voz algo turbada. Estaba cruzando la avenida en el lugar de siempre, frente al bar, cuando me llamó la atención un hombre que sentado ante un pocillo de café me observaba de manera inquietante. Pude ver que a continuación, tecleaba frenéticamente algo en una Notebook. Lo extraño es que cuando al fin terminé de cruzar y miré hacia el interior para ver su rostro, ya no estaba. Fue como si se hubiese esfumado.



lunes, 10 de junio de 2013

Anoche, ella vino a buscarme- Miguel Dorelo


Anoche, ella vino a buscarme- Miguel Dorelo

Ella es realmente hermosa. Es tal su belleza que te hace olvidar casi por completo de quién se trata.

Se presentó delante mío ayer por la noche, a eso de las ocho. Enseguida supe de quién se trataba. Llevaba puesto un vestido rojo muy ceñido  al cuerpo  y el pelo suelto. Apareció de la nada, justo cuando me encontraba pensando en qué me prepararía para cenar. Vivo solo y no me gusta demasiado pedir comida hecha, prefiero la ceremonia de cortar cebollas y morrones mientras a fuego lento el aceite se calienta en una olla no muy grande y en la otra, de mayor capacidad, va tomando temperatura el agua para los fideos.
—Hola —me dijo —Ya sabrás a lo que vengo.
—Claro —contesté — Sos más linda de lo que suponía. Mucho más.
— ¿Está listo? —preguntó.
—Nunca lo estaré. Deberías saberlo.
—Pues, no importa demasiado. Y eso es algo que vos deberías tener en claro.
—Lo sé.
— ¿Vamos yendo?
—Dame un par de minutos. No es fácil para mí. Amo demasiado la vida.
—Sí, lo sé. Hago mi trabajo a conciencia y leí tu ficha antes de venir para acá.
—Sentáte. ¿Querés tomar algo?
— ¡Ja! Ni lo intentes. No serías el primero en tratar de seducirme. Sé digno y resignáte. No te va a doler, lo prometo.
—No es esa mi intención. Solo ser amable. Y ganar algo de tiempo, lo confieso.
— ¿Para qué? ¿Qué significan un par de minutos más o menos?
—Realmente, no lo sé. A veces queremos algo sin saber realmente los motivos, solo porque lo queremos. ¿Siempre sos tan racional? Una mujer hermosa e inteligente. No es algo que haya visto muy seguido a lo largo de mi vida. A lo mejor ese es el motivo de querer prolongar esto: disfrutar de tu compañía.
—Bueno, gracias…
—Solo diez minutos. Por favor.
—Diez minutos. Solo eso. Y sin que te hagas el tonto.
—Gracias. Me gustan tus ojos, pero aun más tu sonrisa. ¿Qué querés tomar? ¿Estaría bien un coñac?
—Estaría perfecto. Terminamos de beber y nos vamos.
—Por supuesto. Vos sos la que mandás. Siempre son ustedes las que mandan ¿Te puedo preguntar algo?
—Sí, dale.
— ¿Por qué me toca hoy? Aún soy joven y en estos últimos meses me he sentido bastante bien.
—Una tontería: la sal. Te dijeron que debías dejarla de lado y no hiciste caso. Dentro de unos minutos, apenas termine de beber esta copa, tendrás un golpe de presión del que no podrás recuperarte.
—“No somos nada”: nunca mejor dicho. La sal, que pelotudez. Por lo menos me iré en buena compañía ¿Te dije que sos la mujer más sensual que he conocido? Lástima las circunstancias.
—No vas a lograr nada…
— ¿Con qué?
—Con halagarme. Ya te lo advertí.
—Lo sé, lo sé. Solo que tengo ganas de hacerlo; sin especular con ello.
—No te creo. Los hombres son todos iguales.
— ¡Ja! ¿La muerte es feminista? No se me habría ocurrido pensar semejante cosa ni en mil años.
— ¡No soy feminista, pelotudo! ¡Te llevo ya!¡No me provoques!
—Perdón, no te enojes. Aunque enojada seguís estando hermosa.
—Sos un idiota. ¡Cortála con los piropos! No me interesan.
—A todas las mujeres les importan los piropos —Le digo tomando su barbilla con una de mis manos.
— ¡A mí no! ¡Y no me toques! ¡No quiero que me toques!
—Permitíme que lo dude. ¿Qué pasa si hago esto? —le respondo mientras deslizo mi otra mano por su cintura y un poquito más abajo.
— ¡Lo único que me faltaba! Uno que se cree irresistible. ¿Ahora que sigue? ¿Vas a intentar cogerme?
—Tal vez… ¿Por qué no? ¿Te resultaría muy desagradable?
— ¡No cojo con humanos! Estás loco. Soltáme…
— ¿Me lo pedís con ese tono? Sonás a todo lo contrario.
—Soltáme…Por favor…
— ¿Estás segura de que es eso lo que querés?
—Sí.
— ¿Y no preferirías esto? —le digo deslizando mi mano izquierda por su entrepierna, mientras la derecha comienza a bajar el cierre de su vestido. Lo primero en asomar son sus  tetas: realmente, no son de este mundo. Le muerdo suavemente los pezones.
—No – me dice con un susurro, en ese tono exacto con el que la mujer pretende negar un sí.
En poco tiempo, descubrimos que ella es multi orgásmica.

La muerte, después de tener sexo, fuma. Igualito a una humana. Y quiere hablar, claro.
—Esto estuvo mal. Muy mal —me dice.
— ¿Te estás quejando? ¿No te gustó?
—No. No me gustó… ¡Sí me gustó, hijo de puta! Pero está mal. Yo no vine a esto.
—No siempre uno, o una en este caso, puede salirse con la suya.
—Vos sí. Querías cogerme y lo lograste. ¿Y ahora cómo sigue esto?
—No sé. Vos sos la que decide. ¿Me vas a  llevar con vos?
—No sé qué carajo dicen los reglamentos. Nunca me pasó algo así.
— ¿Y entonces qué hacemos?
—Supongo que debo dejar todo como está y pedir instrucciones.
— ¿Y eso cuanto tiempo demandaría?
— ¡No lo sé! Tampoco lo sé. Nunca pensé que un polvo podría complicar tanto las cosas.
—Siempre se aprende algo nuevo…
Ella apaga el cigarrillo que solo ha consumido por la mitad. Me mira a los ojos, se encoge de hombros y comienza a besarme mientras se desliza encima de mí.
—Quedáte a dormir —le digo.

Creo que me estoy enamorando e ignoro por completo en qué terminará esto.
Mañana será otro día y quizá lo averigüemos.









jueves, 16 de mayo de 2013

Todo un caballero- Miguel Dorelo



Todo un caballero- Miguel Dorelo

—Me encantó —le dije.
—Estuvo muy bueno —me respondió. -Volveremos a hacerlo, solo te pido discreción, recordá que soy una mujer comprometida.
—Por supuesto. Soy, por sobre todo, un caballero. Te amo.
—Yo también. ¿Te vas para el club?
—Sí.  Por ahí nos cruzamos allá.

En el vestuario de hombres del club.
— ¡Muchachos! ¿A que no saben a quién me cogí hace un rato?

Caballeros eran los de antes.

viernes, 26 de abril de 2013

Especulaciones alcohólicas sobre la paradoja de Zenón- Miguel Dorelo



 Especulaciones alcohólicas sobre la paradoja de Zenón- Miguel Dorelo

Madrugada. Sentados a la mesa de un bar en el barrio de Abasto. Dos botellas de cerveza, una de ellas ya vacía y aún no retirada por el mozo somnoliento que olvidó hacerlo al dejar la nueva recién pedida.
—Que cosa esto de Zenón —me dice Facundo.
— ¿Qué Zenón y qué cosa? —le respondo desde la nebulosa mental que la falta de sueño y el alcohol ingerido han convertido a mi mente.
—La paradoja. Leí que ha sido resuelta.
— ¿La paradoja de Zenón? —pregunto tontamente.
—Sí. La paradoja de Zenón.
— ¿La de la cuestión esa del movimiento? —insisto al borde de la estupidez aguda.
—Sí. La de la cuestión esa del movimiento —me responde Facundo. Me parece notar en el tono de su voz un dejo de burla.
— ¿La de que en realidad el movimiento no existe, que no nos movemos?
—Sí, boludo, esa. Perdón, no quise decir eso. Si, esa, la que dice demostrar por medio de la lógica que el movimiento no existe.
–A ver si me acuerdo: si queremos ir desde el punto A hasta el punto B debemos pasar antes por un punto intermedio entre ambos, llamémoslo punto C  y continuando con la secuencia luego tendríamos que volver a un nuevo punto intermedio  y luego a otro y así hasta el infinito, por lo que no podríamos llegar nunca a nuestro destino por más cerca que estuviese ¿Algo así, no?
—No. Algo no, exactamente así. ¿No estabas en pedo vos?
—Que se yo, se me debe haber pasado. Llenáme el vaso así me recupero.
—Bueno, como te dije, leí que ha sido resuelto el problema.
— ¿Cómo que ha sido resuelto el problema?
—Resuelto el problema ¿Hablo en japonés yo? —Los padres de Facundo son oriundos del imperio del sol naciente. Su sentido del humor es demasiado oriental para mi gusto.
—No te calentés; me refiero que el problema no es tal, todos sabemos que el movimiento existe. Estamos acá, en este bar, porque antes estábamos en otro lado y vinimos hasta acá.
—Me refiero a que se resolvió en los términos en que se plantea. Que se resolvió lógicamente.
— ¿Cómo? La verdad es que no se me ocurre cómo resolver lógicamente lo de los puntos intermedios. Siempre va a haber un puto intermedio entre dos puntos a unir. Cuando leí por primera vez sobre la paradoja se me derretía el cerebro tratando de encontrarle una falla y no pude.
—Bueno, eso no significa gran cosa.
—La concha de tu hermana.
—Es en joda. Bueno, la cosa es que leí en un sitio de internet que fue resuelto.
— ¿Y cuál es la explicación lógica que resolvió la paradoja?
—No me acuerdo. Me acuerdo que lo leí, pero no me acuerdo qué decía.
— ¿Me estás agarrando para la joda?  —Me estaba calentando un poco.
—No, no. Es cierto que lo leí y aunque no me acuerdo cuál era la explicación si recuerdo muy bien que me convenció, así que yo creo que está plenamente justificado que te haya dicho lo que te dije.
—Me mareás. ¿A qué te referís exactamente?
—A que se encontró una explicación lógica a la paradoja de Zenón.
— ¿La de la no existencia del movimiento?
—Ah, sos vivo. Los poseedores de la sabiduría somos nosotros, occidental de cuarta.
—Paremos con las agresiones. La verdad es que sigo pensando que es imposible refutar por medio de la lógica a la paradoja, pero cuando llegue a casa busco en la web haber si encuentro lo que me contás. De todos modos es una boludéz, la mejor prueba de que el movimiento es posible lo da la realidad.
—Puede ser…
—Es.
—No sé.
—Te lo aseguro.
—Bueno.
—Que tarde se hizo. Pagá y vamos.
—Paguemos dirás.
—Sí. Paguemos.
—Y a está saliendo el sol…
—Ajá…
—Como se pasa rápido el tiempo especulando sobre estas cosas…
—Ajá…
—El mozo no viene.
—Ajá…
—Se está haciendo de noche de nuevo.
—Sí.
— ¿Hace cuanto que estamos acá?
—Ya ni me acuerdo.
—Mucho tiempo, eso seguro.
—Ajá…
— ¿Te comenté que leí por ahí que lo de Zenón fue resuelto?
— ¿Qué Zenón, el de la paradoja?
—Ajá.
—Yo no creo que haya sido resuelto. La lógica demuestra claramente que el movimiento no existe y que es imposible desplazarse de A hasta B.
— ¿En qué te basas para afirmar eso?
—No sé. Llamálo intuición masculina.
— ¿Pedimos otra?
—Dale. Yo creo que tenemos acá para rato.


viernes, 29 de marzo de 2013

La muestra- Miguel Dorelo



La muestra- Miguel Dorelo

La muestra estaba destinada a ser el mojón que señalara un antes y un después en la historia del arte. Un complejo sistema interactuando con el público y ellos mismos devenidos en artistas expositores. Pantallas gigantes  de cristal líquido reflejando los deseos más íntimos de cada uno de los concurrentes a la muestra. El día de la inauguración el salón estaba repleto.

Luego de una semana sin que absolutamente nadie se acercara al lugar, la muestra fue definitivamente levantada.

lunes, 18 de febrero de 2013

En la niebla- Miguel Dorelo



En la niebla- Miguel Dorelo

Me gusta salir a pasear cuando hay niebla.
El lugar en donde vivo se presta idealmente para la formación de ese tipo de niebla espesa que solemos ver en las películas de terror o de misterio. El mar cercano, mi casa en lo alto de la escarpada colina a las afueras de la ciudad, la humedad ambiente habitualmente en la saturación absoluta sumados a otros procesos que quedan fuera de mi comprensión configuran las condiciones para que noche tras noche se forme un espeso manto que limita los alcances de la vista humana a muy pocos metros.
Vivo solo. Esto es una gran ventaja, puedo caminar entre la niebla sin preocuparme por el horario, sabiendo que nadie esperará ni ansiará mi regreso al hogar.
Disfruto, sobre todo, esa sensación de contención que me da la niebla; ella me abraza y me protege, envolviéndome muy suavemente, acariciándome con manos de mil dedos, manos de mujer, porque la niebla es inequívocamente femenina, estoy seguro.
La niebla es dulce. Ella se mete en mis pulmones dejando a su paso un sabor y un olor como ningún otro.
Me gusta jugar con la niebla. No jugar en la niebla, sino jugar con ella. Como se juega con una mujer amada. Juegos de seducción, juegos de dos sin lugar para nadie más. A veces, juegos peligrosos, esos  que me hacen sentir vivo. Ella se espesa hasta hacerse una muralla impenetrable, acorta mi visión a apenas unos centímetros y es ahí cuando empieza lo mejor del juego. Camino muy despacio en dirección al mar situado un par de cientos de metros más abajo, calculo la ubicación del borde del acantilado sin vallas contenedoras, recuerdo las formas agudas de las rocas, potenciales dagas desgarradoras de mi cuerpo. Me gusta pensar que cuando me acerco demasiado al abismo ella se asusta y es por eso que por lo general se disipa un poco y deja que vea el lugar donde mis pies están pisando. Estoy seguro que me ama tanto como yo a ella.
No siempre es todo tan intenso. Hay noches en que paseamos mansamente, a prudencial distancia del desastre. Ella solo me abraza y yo solo dejo que lo haga.
En ocasiones, no demasiadas, he tenido la sensación de que nos observan. No sé ni quienes ni con qué motivos. Pero, la mayoría de las veces recuerdo que esto es imposible, como ya he dicho, vivo solo. Solo en la colina, en la ciudad y en el mundo.
Han pasado más de dos años desde que la soledad me eligió. No entiendo ni las causas ni conozco las circunstancias, solo estoy seguro de que la humanidad se ha extinguido y solo quedo yo sobre la faz de la tierra.

No haré otra cosa que sobrevivir para seguir paseando entre la niebla, nunca tuve una especial condición heroica y además no sabría qué otra cosa  hacer más que encontrarme con ella y gozar de su compañía noche a noche.

jueves, 7 de febrero de 2013

La máquina del tiempo- Miguel Dorelo



La máquina del tiempo- Miguel Dorelo

La oficina no era demasiado amplia ni tenía un estilo definido. Lo más destacado de la decoración pasaba por una gran holografía de H.G. Wells ubicada en un rincón y que en ese momento evidenciaba no ser de la mejor calidad, ya que la imagen del famoso escritor británico sufría una especie de espasmos que hacían dificultosa la correcta contemplación de su figura. Sobre el escritorio de metal pulido, una verdadera reliquia en forma de antigua fotografía mostraba a un hombre de pelo blanco y ojos desorbitados, al que el visitante no supo reconocer. Detrás de él, en la misma fotografía, podía observarse un antiguo medio de transporte, uno de esos ruidosos automóviles que tantas veces había visto en documentales del canal histórico.
Al ser invitado, tomó asiento y, luego de una pausa teatral, el pequeño hombrecito que oficiaba de dueño de la oficina respondió a la inquietud que lo había llevado hasta esa ignota localidad del sur californiano.
—En efecto, está a la venta, pero bajo estrictas condiciones y solo en un número limitado.
—Me cuesta creerlo. ¿De verdad ha inventado usted una máquina del tiempo?
—Así es.
—¿Y funciona realmente?
—Por supuesto. Tiene mi palabra de honor. Y no solo eso, en caso de ponernos de acuerdo firmaremos un contrato con todas las garantías de la ley. Además, no podría mentirle con el ilustrísimo doctor Emmett Brown observándome desde ese retrato.
—Si usted lo dice… ¿Y solo me saldría quince mil créditos universales? Menos de lo que cuesta una aeronave de gama media estándar.
—Podría haberla construido de forma que costase aún menos, pero traté de que no quedase detalle, por más mínimo que fuese, sin ser planificado en función de la seguridad y el terminado final. Además, la idea es limitar la cantidad para no generar un consumo masivo que podría llegar a ser contraproducente. Como inventor de este prodigio me reservo el derecho de hacer una estricta selección de todo futuro adquirente.
—Me lo aclaró su secretaria. Hermosa mujer, por cierto.
—Y una amante excepcional. Pero vayamos a lo nuestro: en caso de decidirse, tiene que estar dispuesto a una serie de análisis y estudios personales, desde físicos hasta psicológicos.
—No hay problema, estoy dispuesto a hacerme con ese prodigio. Discúlpeme, pero mi ansiedad es demasiado fuerte y me gustaría hacerle algunas preguntas.
—Pregunte, para eso estoy. Es indispensable que usted quede completamente seguro del paso que dará al hacerse de esta máquina.
—¿Cómo funciona? No digo que me dé detalles técnicos o científicos que seguramente no comprenderé, más bien me refiero a lo práctico. ¿Se trata de una gran estructura, algo así como una habitación o una especie de cubículo hermético?
—Usted ha visto demasiadas películas clase B sobre el tema. No es así, más bien todo lo contrario, físicamente es un pequeño adminículo que usted llevará adosado a la muñeca de su brazo izquierdo. ¿Por qué no en el derecho?, se preguntará usted.
—¿Por qué no en el derecho, eh?
—Así me gusta. Ese fue un error de armado, lo admito: si lo sujetáramos al otro brazo se dificultaría la lectura de los comandos. Ya despedí al sujeto que me diseñó el prototipo.
—¡Qué bárbaro! Algo así como uno de esos antiquísimos relojes de pulsera, creo que así los llamaban.
—Algo así.
—¿Y con solo ese aparatito podré viajar en el tiempo todo lo que quiera?
—Bueno, en realidad, lo que hacemos no es “lo que queremos” sino más bien “lo que podemos”. Podrá viajar en el tiempo, eso es seguro, pero me gustaría aclararle algo al respecto.
—Y bueno, aclare.
—Debo ser lo más honesto posible.
—Y dele.
—Bueno, el viaje es, digamos, unidireccional.
—¿Unidireccional? No entiendo.
—Solo se puede viajar hacia adelante, hacia el futuro. Sería engorroso de explicar, pero el viaje hacia el pasado es completamente imposible; para decirlo de una forma sencilla, no se puede ir a un lugar que ya no existe, el pasado es eso, algo que pasó, que ya no está más. Como si uno quisiera volver a un antiguo amor y esta señora, hoy por hoy, ya tiene su vida resuelta al lado de otro, no se puede volver a ella. ¿Entiende?
—¡Qué macana! Me hubiese gustado viajar al antiguo Egipto para ver cómo construyeron las pirámides, si es verdad que hubo ingenieros extraterrestres involucrados y todo eso.
—Dejémonos de boludeces, que somos grandes. Discúlpeme, pero hasta un niño sabe que el secreto de la construcción de las pirámides pasa por la explotación de miles de esclavos cargando piedras todo el tiempo sin paga alguna y alimentándolos lo necesario para que no muriesen demasiados por día y no se atrasaran las obras. Y están hechas como el culo. ¿O se creyó todo eso de las medidas casi perfectas y la armonía de sus formas? No va a encontrar nada interesante en el pasado; para eso están las enciclopedias y créame que es suficiente. Lo que realmente vale la pena es el futuro.
—Me convenció. ¿Algo más que decirme o aclararme? Creo que estoy completamente decidido a adquirir su invento.
—Nada demasiado importante, en el contrato de venta estarán contemplados todos los posibles inconvenientes y tendrá vía libre para realizar cualquier reclamo.
—Listo. Lo hacemos.
—Bien, hable con mi secretaria y ella le dará las indicaciones para los próximos pasos. Creo que no habrá inconvenientes para la aprobación como adquirente de mi máquina, me ha dejado usted una buena impresión y mi intuición rara vez me ha fallado. Nos vemos en una semana.

—Hola, me llamó su secretaria diciéndome que pasara a verlo, que ya estaban en su poder todos mis datos y que la decisión ya había sido tomada. La ansiedad me está matando. Espero que tenga buenas noticias para mí.
—Despreocúpese, amigo. Como le había anticipado, suponía que no iba a haber problema alguno y así fue.
—¡No sabe lo feliz que me hace! Entonces, ¿la máquina ya es mía?
—Prácticamente sí; solo una serie de detalles finales y listo. ¿Le gustaría que fuese de un color en especial? En nuestro catálogo tenemos veintiséis tonos distintos.
—¡Me da lo mismo! …Aunque, espere. Amarillo, me gusta el amarillo. ¿Podría ser de ese color?
—No lo va a querer creer, justo ese es el que no tenemos. Nuestro departamento de estadística comprobó, sin ningún lugar a dudas, que ese es un color que trae mala suerte. “Mufa” le decimos internamente, un término de aquel siglo glorioso en que se sentaron las bases para este presente maravilloso. Le puedo ofrecer una en un tono naranja que está dentro de la escala cromática y seguramente será de su agrado.
—Está bien, en realidad me da lo mismo, solo quiero tenerla cuanto antes.
—El contrato ya está confeccionado, solo falta que lo firmemos y, por supuesto, que realice el depósito a mi cuenta en Calisto, esto de los paraísos fiscales galácticos es una gran ventaja y permite abaratar costos, siempre en beneficio del cliente, claro. Si todo va bien, esta misma tarde tendrá en su poder este prodigio. Ha sido un placer hacer tratos con usted. Como siempre, mi secretaria lo guiará en estos últimos pasos.

—¡Hijo de puta! ¡Mal parido! ¡Estafador! ¡Esa porquería que me vendió no funciona!
—Tranquilo, cálmese que le va a dar un infarto. Si yo le garanticé que la máquina funciona es porque funciona. ¿Qué le pasó?
—¡Nada! ¡O todo! ¡Que la quise usar y no anda! ¡Me cagó, me engañó, me envolvió con todo su palabrerío barato!
—Bueno, barato no. Tampoco caro, le cobré lo justo. Además, está completamente equivocado, estoy seguro de eso; jamás falló una de mis máquinas.
—¡No me diga! ¡Pues esta vez sí! ¡No funciona!
—¿Leyó el manual? ¿Hizo todo exactamente como allí se indica?
—¡Claro! Hasta un imbécil podría seguir esas instrucciones. ¡Usted es un cagador profesional!
—Tranquilo. ¿Cuándo la puso en marcha?
—Ayer mismo. Debo confesar que estaba muy ansioso y, apenas llegué a casa, leí las instrucciones, me puse su porquería en mi muñeca izquierda y la puse en marcha. Como verá, me vine con el aparato puesto. ¡Y hasta ahora no ha pasado absolutamente nada! ¡No funciona, carajo!
—Déjeme ver. No veo nada raro. ¿Para qué fecha la programó?
—Le confieso que cedí a la tentación a pesar de lo que me explicó y la primera vez lo quise hacer hacia el pasado, pero en el acto se encendió una luz de color rojo mientras una voz femenina, que creo haber identificado como la de su secretaria, repetía monocordemente: “Para atrás no, estúpido… Para atrás no, estúpido”. Me asusté un poco y la reprogramé para un año hacia el futuro, apreté el botón azul, como dice en el manual, y no pasó absolutamente nada de nada, ni en ese momento ni hasta ahora. ¡Me cagó, me estafó! ¡Le voy a iniciar una demanda y lo voy a hacer meter preso, desgraciado!
—Espere. Sáqueselo y démelo. No pasa nada, seguirá funcionando, no se preocupe. Mire, apretando esta tecla, la verde oliva, se activa la calculadora científica. Me olvidé de comentárselo, también puede utilizar la máquina para hacer cuentas. Y hasta tiene una función que convierte las distintas monedas de los inframundos a créditos universales. ¿Un año, me dijo? Bien, ya está. Como puede ver, eso equivale exactamente a 31.536.000 segundos. Me dice que la puso en marcha ayer, o sea que hará unas doce a catorce horas.
—En estos momentos catorce, las cuento para tener más pruebas en su contra. ¡Catorce horas sin que pase nada, maldito delincuente!
—Calma, calma. Catorce horas equivalen a 50.400 segundos según la cuenta que acabo de hacer y si se los restamos a los originales 31.536.000 segundos de un año completo nos da 31.485.600 segundos. Tal como le dije, está todo bien.
—¿Todo bien? ¡Usted está loco! ¡No pasó nada, nada de nada desde que la puse en funcionamiento!
—Ahora caigo, ya sé lo que le pasa a usted. ¿Leyó el manual en forma completa, el apartado de las especificaciones técnicas y, sobre todo, el inciso que se refiere a la performance de la máquina?
—¿Eh? No, no me pareció importante, usted me había explicado sobre la imposibilidad de ir al pasado y que solo funcionaba hacia el futuro.
—Mal, muy mal. Si lo hubiese hecho, nos ahorrábamos todo este mal momento. El problema radica en sus falsas expectativas en relación con la velocidad de traslado.
—¿La velocidad de traslado? No entiendo.
—Ahí está la clave de toda esta confusión y de sus dudas con respecto a mi honestidad. Como le aclaré de entrada, solo se puede viajar hacia el futuro y usted lo está haciendo en este preciso momento.
—Pero, pero… ¡Yo no siento nada!
—Ya le dije, eso es por la velocidad de traslado. Usted se está desplazando en el tiempo en lo que llamo “velocidad normal de crucero”. En realidad, en la única velocidad posible.
—¡Sigo sin entender una mierda, la puta madre!
—Pero, si es muy sencillo, hombre: usted llegará a ese futuro dentro de un año en unos 365 días, 8.760 horas, 525.000 minutos o 31.576.000 segundos, tal cual indica la máquina.
—¡Eso es una tontería! Mejor dicho, ¡una estafa lisa y llana! ¡Usted me mintió!
—Todo lo contrario, le he dicho una verdad absoluta, jamás le he mentido en lo más mínimo. Piense: usted hasta hoy creía en esa fantasía de viajar al futuro instantáneamente y no tuvo en cuenta lo que le he explicado. Si se pudiese viajar de esa manera sería muy peligroso ya que jamás se podría hacer el viaje en sentido contrario y, en caso de no gustarle su futuro (supongamos que usted viajase hacia una época particularmente horrible en la que no se sintiese a gusto), no habría forma de modificarlo. Solo podría seguir hacia adelante sin garantía alguna de que todo no fuese aún peor. Le he vendido cordura y, por el módico precio de quince mil créditos, usted viajará en el tiempo hacia el futuro, pero de la manera más conveniente, la que la naturaleza sabiamente ha establecido.
—Pero…
—Sea sincero, antes de conocer mi máquina del tiempo la idea ni se le había cruzado por la cabeza.
—Pero…
—Más, debería estarme eternamente agradecido. Bueno —y lo palmeó paternalmente en el hombro—, ya está todo aclarado. Lo dejo porque dentro de media hora tengo una entrevista con otro probable cliente, y usted sabe que el tiempo es oro.
—Pero…
—Que tenga un muy buen día. Fue un gusto haber hecho trato con usted.

Publicado originalmente en la revista Axxón.

lunes, 4 de febrero de 2013

Descartar lo descartable- Miguel Dorelo



Descartar lo descartable-Miguel Dorelo

Cerró  la puerta detrás de si como tantas otras veces en todos estos años. A la misma hora de siempre, sin gestos ampulosos de ningún tipo, aferrándose rutinariamente a esa especie de rito pagano del que le era imposible despegarse ya que, era indudable, estaba en su naturaleza. Se sentó y, también como tantas otras veces, su mente volvió a rememorar aquello que un instante de lucidez suprema había hecho que asociara ese especial momento con la metáfora final que necesariamente abarcaba lo que la vida misma significaba para todo ser humano. Nos nutrimos de cosas indispensables, seleccionando a veces entre aquellas que más nos gustan y otras veces tan solo entre las que podemos, no siempre las que queremos. Y al final de cada día algunos, o por las mañanas como en su caso, algo siempre descartamos: para equilibrar, para sentirnos mejor con nosotros mismos y con los otros.
Pero hoy, algo no funcionaba como debía. Y recordó. Recordó la última vez que algo así le había pasado. Y ese recuerdo no fue de su agrado. Y pensó en cuanto había sufrido, y en que ya estaba demasiado grande para volver a pasar por algo así y en que no se lo merecía. O quizá sí. Raramente aquello que nos sucede no es una directa consecuencia de lo que hemos hecho. Tuvo miedo; y aferrándose a ese miedo se dijo que no se daría por vencido, que lo intentaría con todas sus fuerzas.
Ya más calmo, decidió que lo mejor sería tomárselo con calma. Estiró su brazo izquierdo y agarró uno de los libros de la pequeña pila que estaba muy cerca, los únicos que no se encontraban acomodados pulcra y ordenadamente en su biblioteca, por lo general leer un poco lo ayudaba a distenderse y todo comenzaba a fluir de manera natural.
Pero estaba escrito que hoy no era su día. Dejó de lado lo que estaba leyendo, o mejor dicho, lo que había intentado leer, ya que no había logrado concentrase más allá de lo superficial: las letras estaban, formaban palabras y estas a su vez se transformaban en frases y conceptos, pero no podía descifrar el sentido del conjunto: el todo era nada y la nada se adueñaba de sus sentidos. Era en vano intentar concentrarse y abandonó el intento.
Trató de no desesperar, si de algo le había servido el haber pasado el medio siglo de vida es el tomarse las cosas de la mejor manera posible, canalizar a su favor lo que en apariencia eran inconvenientes insalvables. Un poco más tranquilo, solo eso, no ponerse nervioso y pensar, buscar, dentro suyo estaba el problema y dentro suyo estaba la solución. Solo debía encontrar el modo correcto de morigerar el primero y potenciar al segundo.
Diez minutos, media hora, un siglo, tres milenios. No era ningún necio y comprendió que todo era en vano, que no se trataba de tan solo una cuestión de tiempo para que todo se volviese a encarrilar. Supo que debía hacer lo correcto, aunque le costase debía admitir que necesitaría ayuda.
Se levantó despacio, fue hasta la cocina, abrió la heladera, sacó la botella de agua y bebió directamente de ella un largo trago. Luego, marcó el número de ella en el celular.
—Hola, mi amor —le dijo. Y agregó a continuación lo que ya no había forma de eludir —Hacéme un favor, cuando salgas del trabajo pasá por la farmacia y traéme un Agarol y por si acaso un pote de vaselina. Me volvió a pasar, la puta madre. Debí hacerte caso, pero esa tabla de quesos estaba deliciosa.

lunes, 14 de enero de 2013

Buscando inspiración- Miguel Dorelo



Buscando inspiración -Miguel Dorelo

Cuando tengo ganas de escribir comienzo por acumular palabras. Es lo más lógico que se me ocurre.
Y es entonces que escribo “ella”. Lo escribo porque es la primera palabra que suele venirme a la mente cuando quiero contar algo. Luego tipeo “boca”, “caricia”, “mirada”. Cuando caigo en cuenta que me está volviendo a pasar eso de ponerme mono temático, me enojo y borro la lista de palabras recién escritas.
Esta, me digo, será la última vez que lo intente.
Y justo ahí es cuando escribo tu nombre.

miércoles, 9 de enero de 2013

El loco del tren 3: Terminar el trabajo empezado-Esteban Moscarda, Facundo Kishimoto & Miguel Dorelo



El loco del tren 3: Terminar el trabajo empezado- Esteban Moscarda, Facundo Kishimoto &Miguel Dorelo

Anoche volví a dormir mal. Di vueltas en la cama y me levanté un par de veces a fumar. En una de esas veces me tuve que hacer un té de durazno, otro de mis sabores favoritos, para tratar de calmar mi ansiedad.
No fue hasta que  asomaron los primeros rayos de sol por la ventana entreabierta de mi cuarto que pude reconocer lo obvio: estaba preocupado por los hechos acaecidos hacía ya setenta y dos horas y de los que fuimos protagonista mi amigo del alma, el señor F, y yo.
Remordimiento suele ser una palabra usada por los cobardes para justificarse ante las consecuencias de  acciones que han realizado sin que nadie los obligara; no está en mi diccionario personal. Aunque extraño al señor F, quién no extrañaría a un amigo perdido abrupta y violentamente aun habiendo sido el causante directo de esa pérdida, lo que me preocupa es otra cosa.
He buscado la noticia en los diarios y tuve prendida la radio todo el tiempo, ambas cosas sin resultados: ninguna noticia sobre la aparición del cadáver apuñalado. Es extraño, aunque últimamente la aparición de un muerto más ya casi ni es noticia.
Ayer hablé por teléfono con el señor E y le recordé que teníamos que juntarnos a hablar. Como al pasar le pregunté por el señor F y me dijo que hacía unos días que no lo veía ni hablaba con él. Ambos convenimos en que no era algo inusual que desapareciera durante un tiempo y que seguramente habría enganchado una minita en el conurbano y se había afincado en su casa por unos días. Ya reaparecería, nunca duraba en relación alguna más de una semana. Luego agregó un “estuve muy ocupado, sabés que estoy rindiendo en la facultad, pero este fin de semana nos vemos. Yo te aviso antes”. Noté algo extraño en su tono de voz, pero me dije que debería haber sido por mi paranoia actual; últimamente veo complots de todo tipo alrededor mío.
Anoche, más calmado, podría haber dormido bien, pero como bien digo “podría haber dormido”; cuatro llamadas a mi celular, la primera a eso de las dos de la mañana y la última cerca de las seis, todas ellas marcadas por el aparato como “privado”, todas ellas sin que del otro lado emitiesen ni una palabra, aunque la comunicación no se cortara, lo impidieron. Después de la cuarta apagué el teléfono, seguro algún pelotudo insomne  que no tenía nada que hacer y justo me tocó a mí ser blanco de sus jodas.
Me desperté de golpe casi a las diez, se ve que luego de apagar el celular me quedé dormido; estaba empapado en sudor y creo que debo haber soñado, pero no recuerdo casi nada del sueño, solo haberlo tenido. Prendo el celular y este me avisa que tengo un mensaje. Lo abro y leo “aún estoy aquí”, el remitente es “desconocido”. Pienso en el mismo idiota de toda la noche y en que la gente está muy enferma, aunque algo en mi mente se inquieta;  a lo mejor el tipo no es tan imbécil, su frase me resulta por lo menos inquietante.
Me preparo el mate ya un poco harto de mis tés, suele pasarme eso con casi todo, debo cambiar  de rutinas para no aburrirme. Me concentro en lo importante, ya me es totalmente imposible seguir así, debo terminar el trabajo empezado antes de que enloquezca. Agarro el teléfono y aprieto la tecla que me comunicará con mi mejor amigo, el señor E. Tenemos que vernos, es urgente, le digo. “Mañana a eso de las siete de la tarde esperáme en la parada del 128”, me dice su voz del otro lado y corta sin darme tiempo a nada más. Es extraño, el tiene auto y rara vez se maneja en colectivo. Supongo que se le debe haber roto. De todas maneras me pone nervioso que utilice la misma línea de transporte y tenga que bajar en el mismo lugar que hace menos de tres días lo hizo el señor F, pero por sobre todo el que tengamos que transitar el mismo camino hasta mi casa y pasar juntos por el lugar en que pasó lo que tuvo que pasar. En ese instante recuerdo, misterios de la mente humana, el sueño de esta madrugada: el señor F mirándome a los ojos mientras hundía el cuchillo una y otra vez en su cuerpo y su boca abierta en un no grito.
Tengo todo planificado al detalle y mañana a la noche ya podré descansar tranquilo con la satisfacción del deber cumplido. Unas horas más y todo este asunto habrá concluido.

El señor M baja del colectivo, me sonríe, me tira un “como andás” y juntos emprendemos el corto camino hasta mi casa. Un leve estremecimiento es todo lo que siento al pasar por el lugar en donde corté abruptamente los últimos segundos de vida de mi amigo el señor F; pensé que me resultaría más difícil hacerlo en compañía del tercer miembro de esta cofradía que alguna vez dijéramos que sería  para siempre.
Tal como supuse, el señor E no pudo negarse a tomar una cerveza apenas llegamos y nos sentamos a la mesa de mi cocina. Diez minutos después el efecto del narcótico había hecho efecto y caía dormido en su silla. Mi excusa de no acompañarlo con la bebida debido a mi problemita con la presión sanguínea no había despertado ninguna sospecha en él.
Cuando despertó ya lo tenía atado fuertemente a su asiento. No hubo necesidad de amordazarlo,  en mi equipo de música sonaba a todo volumen “Hombre esquizoide del siglo XXI” de King Crimson y si quería podía gritar, mis vecinos estaban más que acostumbrados a que lo hiciéramos habitualmente. No lo hizo, solo me miró. Tengo que hacerlo, necesito hacerlo, le dije. “Lo sé”, me respondió con una voz extrañamente calma mientras se sonreía. Algo estaba mal, muy mal, pero aún no entendía qué.

“Claro que lo sé y claro que no tengo miedo. Porque estoy loco. Porque no estoy menos loco. La locura es un bálsamo, una medicación que cura la realidad. Yo estoy loco, mis amigos están locos, el loco del tren estaba loco, loco el mundo, loco el almacenero de la esquina. Por eso no tengo miedo ni dudas de la aparición que se materializa en medio de la pieza, King Crimson como soundtrack loca, loca la birra narcótica, loca la vida espumosa y el odio del loco del señor M. Tal vez lo planeamos, igual que en la película “Las diabólicas”. Tal vez la loca, demente, vesánica aparición fue un artilugio fríamente calculado, estudiado, preparado para un hombre que sufre del corazón, que no soportaría la venganza de unos amigos del alma, locos, locos como él”.

E. no tenía miedo, pero ¿Yo sí? Yo maté al loco del tren, yo fui también el asesino de F. y yo era quien había atado a E., entonces yo siempre he sido el poderoso ¿No? ¿De dónde habrá salido lo que estoy viendo? ¿De dónde he salido yo? ¿De dónde el loco del tren? No tenía ninguna de esas respuestas, solo tenía la impresión de estar en frente de lo que siempre imaginé como el deseo mal formulado a la pata de mono: que F. volviera a estar vivo. A duras penas lo reconocí, su esencia era la misma pero el aspecto y hedor que mis sentidos sufrían eran atroces. Ahora no solo E. carecía de temor, sino que F. me hacía sentir escalofríos. Como en las peores pesadillas mis músculos no me respondían, este nuevo ser estaba cada vez más cerca y yo sin poder moverme. Quise cerrar los ojos para que el final fuera menos doloroso, pero tampoco me dejaron. No sé si alguien mencionó que en el momento preliminar a la muerte los sentidos se intensifican, pero todo se me presentaba extrañamente más luminoso y oscuro a su vez, hasta el ruido más tenue me era audible, hasta el punto de dolerme los tímpanos; sentía unas náuseas tremendas a causa del estado de putrefacción que tenía F., mi lengua estaba más que reseca; y mi sentido común ya no entendía un carajo. Un segundo más y F. me daría alcance. Un segundo más y… risas… carcajadas… estridentes carcajadas. Sí. E. y F. se estaban riendo ¿Todo esto era una joda?

Carezco de voluntad propia, apenas puedo moverme, mis manos comienzan a desatar al señor E sin que pueda hacer nada para impedirlo. E y F ya no ríen. Te vamos a explicar todo dice uno de ellos. No distingo cuál de los dos ha hablado. El olor que despide el señor F es inadecuado a todas luces, algo no cierra, somos tres amigos charlando amablemente y ese aroma nauseabundo no tiene nada que hacer aquí.
“Pensamos en matarte”, me dice el señor M, "pero ya no”. A pesar de lo que me hiciste y de lo que planeábas hacerle a él, somos tus amigos, tus amigos del alma, agrega el señor F.
No entendemos bien que es lo que pasó, pero luego de que abandonaste mi cadáver volví a la vida. Desorientado solo atiné a llamar a E y contarle todo. Me creyó enseguida, sabe perfectamente que no podría mentirle sobre algo así. Y planificamos esto, claro. Mejor dicho, fuimos improvisando hasta llegar a este momento, que deberían haber sido tus últimos momentos. Un buen susto, un gran susto que paralizaría tu corazón enfermo. Pero no podemos hacerlo, te amamos demasiado, concluye ante el asentimiento con un gesto del señor E.
Ahora entiendo el por qué de la no aparición del cadáver y la falta de noticias sobre el crimen. Las llamadas a mi celular durante la noche y el mensaje de texto, el “aún estoy aquí” que logró perturbarme. Les festejo esto último, han sido muy inteligentes, les digo, sembraron en mi una duda de manera magistral. Me miran asombrados, no hemos hecho eso, me aseguran. Sus miradas me dicen que no están mintiendo. De repente el miedo más profundo se apodera de mi ánimo ¿Quién entonces? Me calmo. Reflexiono y mi mente vuelve a aquél instante, a esa mañana cuando prendí el celular y leí el mensaje. Por supuesto, estuve en lo cierto al creer que debe haber sido un idiota que no tenía otra cosa que hacer más que gastar una broma pesada a un incauto al azar; unas llamadas de madrugada y un mensaje enigmático para reírse un poco. Se los cuento y los tres reímos, juntos, como en las mejores épocas.
El dichoso aparatito suena en ese instante, las risas se cortan de golpe pero solo por un momento. Esta vez las carcajadas son más fuertes, “ahí está el tipo otra vez, atendélo”, dice el señor E. 
Levanto el celular y me lo arrimo al oído. Solo yo existo y lo sabés, dice la voz del otro lado. El señor E y el señor F comienzan lentamente a desvanecerse junto a los muebles, las cortinas, el celular, mi mano, las ventanas y la calle que da al frente de mi casa.

El tren avanza con su andar cansino. En el vagón de la línea Mitre que va desde Villa Ballester hasta Retiro un hombre joven de entre unos 25 a 30 años, de contextura flaca, barba desprolija y ojos claros   observa con mirada inquietante a tres amigos que un par de asientos más allá conversan animadamente.