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lunes, 10 de junio de 2013

Anoche, ella vino a buscarme- Miguel Dorelo


Anoche, ella vino a buscarme- Miguel Dorelo

Ella es realmente hermosa. Es tal su belleza que te hace olvidar casi por completo de quién se trata.

Se presentó delante mío ayer por la noche, a eso de las ocho. Enseguida supe de quién se trataba. Llevaba puesto un vestido rojo muy ceñido  al cuerpo  y el pelo suelto. Apareció de la nada, justo cuando me encontraba pensando en qué me prepararía para cenar. Vivo solo y no me gusta demasiado pedir comida hecha, prefiero la ceremonia de cortar cebollas y morrones mientras a fuego lento el aceite se calienta en una olla no muy grande y en la otra, de mayor capacidad, va tomando temperatura el agua para los fideos.
—Hola —me dijo —Ya sabrás a lo que vengo.
—Claro —contesté — Sos más linda de lo que suponía. Mucho más.
— ¿Está listo? —preguntó.
—Nunca lo estaré. Deberías saberlo.
—Pues, no importa demasiado. Y eso es algo que vos deberías tener en claro.
—Lo sé.
— ¿Vamos yendo?
—Dame un par de minutos. No es fácil para mí. Amo demasiado la vida.
—Sí, lo sé. Hago mi trabajo a conciencia y leí tu ficha antes de venir para acá.
—Sentáte. ¿Querés tomar algo?
— ¡Ja! Ni lo intentes. No serías el primero en tratar de seducirme. Sé digno y resignáte. No te va a doler, lo prometo.
—No es esa mi intención. Solo ser amable. Y ganar algo de tiempo, lo confieso.
— ¿Para qué? ¿Qué significan un par de minutos más o menos?
—Realmente, no lo sé. A veces queremos algo sin saber realmente los motivos, solo porque lo queremos. ¿Siempre sos tan racional? Una mujer hermosa e inteligente. No es algo que haya visto muy seguido a lo largo de mi vida. A lo mejor ese es el motivo de querer prolongar esto: disfrutar de tu compañía.
—Bueno, gracias…
—Solo diez minutos. Por favor.
—Diez minutos. Solo eso. Y sin que te hagas el tonto.
—Gracias. Me gustan tus ojos, pero aun más tu sonrisa. ¿Qué querés tomar? ¿Estaría bien un coñac?
—Estaría perfecto. Terminamos de beber y nos vamos.
—Por supuesto. Vos sos la que mandás. Siempre son ustedes las que mandan ¿Te puedo preguntar algo?
—Sí, dale.
— ¿Por qué me toca hoy? Aún soy joven y en estos últimos meses me he sentido bastante bien.
—Una tontería: la sal. Te dijeron que debías dejarla de lado y no hiciste caso. Dentro de unos minutos, apenas termine de beber esta copa, tendrás un golpe de presión del que no podrás recuperarte.
—“No somos nada”: nunca mejor dicho. La sal, que pelotudez. Por lo menos me iré en buena compañía ¿Te dije que sos la mujer más sensual que he conocido? Lástima las circunstancias.
—No vas a lograr nada…
— ¿Con qué?
—Con halagarme. Ya te lo advertí.
—Lo sé, lo sé. Solo que tengo ganas de hacerlo; sin especular con ello.
—No te creo. Los hombres son todos iguales.
— ¡Ja! ¿La muerte es feminista? No se me habría ocurrido pensar semejante cosa ni en mil años.
— ¡No soy feminista, pelotudo! ¡Te llevo ya!¡No me provoques!
—Perdón, no te enojes. Aunque enojada seguís estando hermosa.
—Sos un idiota. ¡Cortála con los piropos! No me interesan.
—A todas las mujeres les importan los piropos —Le digo tomando su barbilla con una de mis manos.
— ¡A mí no! ¡Y no me toques! ¡No quiero que me toques!
—Permitíme que lo dude. ¿Qué pasa si hago esto? —le respondo mientras deslizo mi otra mano por su cintura y un poquito más abajo.
— ¡Lo único que me faltaba! Uno que se cree irresistible. ¿Ahora que sigue? ¿Vas a intentar cogerme?
—Tal vez… ¿Por qué no? ¿Te resultaría muy desagradable?
— ¡No cojo con humanos! Estás loco. Soltáme…
— ¿Me lo pedís con ese tono? Sonás a todo lo contrario.
—Soltáme…Por favor…
— ¿Estás segura de que es eso lo que querés?
—Sí.
— ¿Y no preferirías esto? —le digo deslizando mi mano izquierda por su entrepierna, mientras la derecha comienza a bajar el cierre de su vestido. Lo primero en asomar son sus  tetas: realmente, no son de este mundo. Le muerdo suavemente los pezones.
—No – me dice con un susurro, en ese tono exacto con el que la mujer pretende negar un sí.
En poco tiempo, descubrimos que ella es multi orgásmica.

La muerte, después de tener sexo, fuma. Igualito a una humana. Y quiere hablar, claro.
—Esto estuvo mal. Muy mal —me dice.
— ¿Te estás quejando? ¿No te gustó?
—No. No me gustó… ¡Sí me gustó, hijo de puta! Pero está mal. Yo no vine a esto.
—No siempre uno, o una en este caso, puede salirse con la suya.
—Vos sí. Querías cogerme y lo lograste. ¿Y ahora cómo sigue esto?
—No sé. Vos sos la que decide. ¿Me vas a  llevar con vos?
—No sé qué carajo dicen los reglamentos. Nunca me pasó algo así.
— ¿Y entonces qué hacemos?
—Supongo que debo dejar todo como está y pedir instrucciones.
— ¿Y eso cuanto tiempo demandaría?
— ¡No lo sé! Tampoco lo sé. Nunca pensé que un polvo podría complicar tanto las cosas.
—Siempre se aprende algo nuevo…
Ella apaga el cigarrillo que solo ha consumido por la mitad. Me mira a los ojos, se encoge de hombros y comienza a besarme mientras se desliza encima de mí.
—Quedáte a dormir —le digo.

Creo que me estoy enamorando e ignoro por completo en qué terminará esto.
Mañana será otro día y quizá lo averigüemos.









viernes, 3 de febrero de 2012

¿Y qué?- María Pía Danielsen & Miguel Dorelo


¿Y qué?- María Pía Danielsen- Miguel Dorelo

Río mientras explota el calor en mi cara.
Aunque mis ojos no me ven, se que el pecho y las mejillas están rojas. Las burbujas ya hicieron estragos por dentro: eliminaron cercos, surcos y atajos.
Aunque mis ojos no te ven, tus manos aprietan mi tronco y tu aliento juega en mi oreja.
Se retuercen entre mil ideas las palabras:-¡Sos tan especial! ¡Sos hermosa!-, mientras los  sabores de las cerezas borrachas se alojan en mi saliva.
Aunque mis ojos no te ven, se que la humedad ya recorre la entrepierna.
Aunque mis ojos no me ven, se que mis dedos son tus dedos disfrazados de nunca.
¿Y que? Puedo recrear mil veces la despedida.
Y ni una sola lágrima asomará de mis ojos que no te ven ni me ven porque una despedida no es necesariamente un nunca más, sobre todo cuando el adiós queda flotando en el aire, casi sin fuerza, camuflado en un hasta luego, un quizás mañana.
Y por eso risa, como ansia de revancha sin rencor en un tiempo circular que nos encontrará más tarde o más temprano saboreando recordados sabores borrachos de cerezas, re-escuchando palabras hermosas y especiales, tus manos apretando atajos disfrazados de nunca y mi entrepierna húmeda recree mil veces un ¿Y qué?...

sábado, 7 de enero de 2012

Doble placer- Miguel Dorelo


Doble placer- Miguel Dorelo

Uno nunca termina de entender a las mujeres; aún amándolas con todo el alma.
Amena charla luego de una riquísima cena, con un par de capuchinos acompañados de dos generosas porciones de chocolate amargo y palpitando el roce de unas sábanas perfumadas y una piel ardiente en su punto justo. Agarro sus manos, la miro a los ojos largamente; ella me roza apenas los labios, me da un pequeño mordisco. Enloquezco.
—Desde hoy, cada vez que tengamos sexo quiero que me leas—me dice ella acariciándome por debajo de la mesa con su pie izquierdo descalzo.
— ¿Eh?
—Eso. Que a partir de ahora quiero que me leas algo cuando nos hagamos el amor.
—A ver si te entendí ¿Vos querés que te lea el diario mientras cogemos? Seguro que lo leíste en la Cosmo o alguna otra de esas revistas boludas que comprás —No hay nada que me moleste más que la rotura abrupta de un clima amoroso trabajosamente diseñado. Me pongo loco y sumamente soez.
—No seas ordinario. Y además no me refiero a un diario; tiene que ser algo más literario, un libro, un cuento, un poema…
—Estás loca.
—Si a vos te gusta leer.
—Es cierto. Y mucho, igual que a vos. Pero no sé qué tiene que ver.
—También te gusta hacerme el amor…
—Cogerte: co-ger-te. Dejáte de cursilerías.
—Bueno, eso que decís ¿Por qué no hacer ambas cosas al mismo tiempo? El placer sería doble para ambos y yo estaría contenta.Muy.
—Supongamos, solo supongamos no me vengas después con que te lo prometí, que acepto ¿Cómo sería el mecanismo de semejante cosa?
—Más o menos como siempre, solo tendríamos que encontrar la posición justa para que mientras lo hacemos vos puedas leerme algo. Creo que yo arriba sería lo ideal, pero vemos.
— ¡Que pelotudez! No. Lo de vos arriba está bien, me gusta y lo sabés, pero lo de leer…
—O lo hacemos así o no lo hacemos más.
—Claro, justo vos te vas a aguantar sin hacerlo. Andá.
— ¿Qué me querés decir? ¿Qué soy una ninfómana?
—Sinceramente…Pero, no peleemos; está bien, probemos a ver qué pasa.
— ¡Gracias, mi amor! Pensé que podríamos empezar con algún cuento de García Márquez o Cortázar o poemas de Neruda ¿Qué te parece?
—Y, no sé. ¿Y si empezamos con el dinosaurio de Monterroso?
— ¡Andáte a la puta que te parió! Me voy a la casa de mi mamá hoy mismo.
Uno no termina nunca de entender a las mujeres. Y aún menos a las fanáticas de las microficciones.

Imagen: Mujer libro-Salvador Dalí

jueves, 17 de marzo de 2011

Dendrofilia- Miguel Dorelo


Dendrofilia- Miguel Dorelo

 Cuando ella amaba, amaba sin límites. Se entregaba en forma total al objeto de sus deseos. Era también bastante promiscua., aunque selectiva.
Ella era sensible y romántica, nada de burdos pepinos, zanahorias o bananas, de ninguna manera. Le gustaban sobre todo los crisantemos, las magnolias y en noches sofisticadas hacía el amor con elegantes orquídeas hasta casi perder el sentido, aunque también había alcanzado grandes satisfacciones con un común y silvestre paraíso sombrilla.
Un fin de semana perfecto era para ella pasear por el jardín botánico; orgasmos múltiples eran su recompensa.
Pero ella tenía un sueño y era el de conocerlo a él. Solo lo conocía por fotos y ahora por fin luego de ahorrar podía viajar y concretar ese amor.

La encontraron muerta a  los pies de su amado General Sherman, la sequoia más grande del mundo, con una sonrisa de satisfacción en los labios.

 Elaborado para La Cuentoteca

jueves, 23 de diciembre de 2010

La dulce respuesta de Santa- Miguel Dorelo


La dulce respuesta de Santa- Miguel Dorelo

Querida Karla con “K”:
Me ha encantado tanto como emocionado tu cartita, pero lamentablemente no podré cumplir con tu pedido; justamente para estas fechas necesito a tiempo completo de los servicios de mis ocho queridos renos para poder satisfacer a todos los niños y niñas del planeta, así que deberás canalizar tus deseos carnales para con ellos en otra ocasión.
Te saluda, Santa.

P.D: ¿No has contemplado la posibilidad  de reemplazarlos por un ancianito muy bonachón, de larga barba blanca y aún muy activo a pesar de estar algo barrigón?
Piénsalo. De ser positiva tu respuesta vería la forma de hacerme un lugarcito esa misma noche y, no prometo nada, quizás pueda hacer que se sume Donner el más dotado de los ocho. O si así lo prefieres, trataré de convencer a Vixen, la reno  más hermosa y resistente de todas.

Elaborado para La Cuentoteca

sábado, 20 de noviembre de 2010

Una noche muy caliente- Miguel Dorelo

Una mujer perfecta para una noche hot.


Una noche muy caliente- Miguel Dorelo

Ella llegó un poco tarde, como toda mujer hermosa debe hacer. Solo fueron unos minutos, pero si la demora fuese proporcional a la belleza bien podría haber llegado cuarenta y ocho o setenta y dos horas después. Al contemplarla todo se le perdonaba.
Con solo entrar a la casa ésta cambió radicalmente, pasó a tener otro brillo, el aire se inundó con su aroma, mezcla de violetas y chocolate. En un anticipo de lo que nos esperaba, el fuego de la chimenea se avivó de golpe, las llamas que hasta unos segundos lucían de un color amarillento con tintes anaranjados viró al rojo intenso con estrías azules.
Apenas apoyó sus labios en los míos en un saludo que supo a promesas deliciosas; luego tiró su abrigo sobre el sofá del living.
Llevaba puesto un vestido lo suficientemente corto como para resaltar hasta lo indecible sus largas y bronceadas piernas. En la parte superior, el pronunciado escote resaltaba la perfección de sus pechos; no llevaba corpiño, eso era más que evidente, la fina tela transparentaba sus pezones erguidos, prestos al delirio de manos y boca insaciables que ambos sabíamos sería esa noche, inevitable.
— ¿Qué querés tomar? —pregunté.
—Eso —me dijo señalando una botella de vodka.
Le serví, tomó un gran trago y casi en el mismo instante con una experta y delicada maniobra dejó caer el vestido sobre la alfombra. La perfección hecha cuerpo de mujer parada en el medio de mi living, con el fuego alumbrándola desde un ángulo perfecto, como planificado por un dios bondadoso que realmente ama a sus hijos, pensé contemplándola extasiado en un arranque de misticismo erótico. Luego giró, dándome la espalda. Su única ropa interior, una pequeña tanga de color blanco puro, estoy completamente seguro hecha en exclusividad por expertos artesanos de otros mundos, calzaba a la perfección en aquél culo merecedor a todos los premios de belleza que han existido, existen o existirán aquí y en todo el universo conocido.
La temperatura del ambiente y de los cuerpos fue subiendo de forma proporcional a las miradas intercambiadas. Ella se arrodilló sobre la alfombra y comenzó a desprenderme el cinturón con una de sus manos, mientras la otra me acariciaba incentivando la parte de mi cuerpo que a esa altura ya no lo necesitaba. Bajó mi pantalón junto con mi slip; su boca realizó una tarea impecable que supo interrumpir en el momento exacto, apenas un segundo antes de que perdiera toda conciencia de espacio, tiempo y lugar.
—Ahora te toca a vos —me susurró tendiéndose en el piso alfombrado, haciendo deslizar con dos dedos la diminuta bombacha a lo largo de sus kilométricas piernas. El fuego en la chimenea se reavivó como presintiendo que la noche recién comenzaba.
Me despojé del resto de mis prendas y comencé con aquella tarea, la más deliciosa encomendada a hombre alguno.
— ¿Por donde te gustaría que empiece? —le pregunté con un hilo de voz.
—Lo dejo a tu criterio —ronroneó.
Criteriosamente, comencé por sus pechos, alternando pequeños mordiscos con succiones dignas de un niño hambriento que no ha sido amamantado por días.
Mi lengua fue marcando un sendero húmedo sobre su vientre hasta llegar hasta el cielo o el infierno, no podría precisarlo exactamente, de su entrepierna. Luego suavemente, ella volvió a girar, lenta y lánguidamente ofreciéndome la gloria del final de su espalda.
A esta altura de los acontecimientos la temperatura del centro de una estrella azul en comparación con la del living se asemejaba a la de una estepa siberiana en pleno invierno.
—Te quiero ya dentro de mí —me ordenó casi desesperada.
Y fue ahí cuando la pasión o el amor o no sé bien qué estalló.
Literalmente.

Desperté dos semanas después, luego lo sabría, en la cama treinta y nueve del hospital de agudos “Dr. Pablo de las Mercedes Cayetano Lébedev”. Los oídos me zumbaban atrozmente y solo conservaba un atisbo de lo ocurrido. Recordé el instante en que a punto de penetrar en esa anatomía perfecta, el estallido ensordecedor me catapultó a casi un metro de mi amada. Antes de perder el sentido, alcancé a escuchar una serie de otros estallidos consecutivos. Nada más acudió a mi memoria, ignoraba por completo las causas y consecuencias de dichas explosiones. Pensé en que habría sido de mi compañera en esa noche caliente y volví a quedarme dormido.

—Veintisiete. Y en menos de diez minutos. Jamás había visto algo así.
— ¿Qué? —alcancé a balbucear ante las palabras de aquel sujeto parado ante mi cama y que a juzgar por su vestimenta era un médico.
—Permítame presentarme: doctor Estanislao Gómez. Fui en parte el responsable, junto a mi equipo, de salvarles la vida a ustedes dos.
— ¿Los dos? ¿Ella está bien, entonces?
—Todo lo bien que se puede estar. Pero se va a recuperar.
— ¿Que sucedió, doctor? ¿Qué es eso, lo de las veintisiete en menos de diez minutos o algo así?
—Ah, claro, usted no está al tanto. Los implantes.
— ¿Los implantes?
—Los implantes que tenía su novia…o amante, no sé. Veintisiete en total. No quedó uno que no estallara. A juzgar por las heridas que usted recibió, el primero fue el glúteo izquierdo. Creemos que más a menos la secuencia fue: seno derecho, casi al unísono con el labio superior, luego el seno izquierdo, el otro glúteo seguido de papada, abdomen, vagina, luego pómulo, nariz, muslos y el resto. Todo en diez minutos. Realmente no sé en que estaban pensando, hacer el amor al lado de la chimenea con el fuego encendido más la temperatura corporal propia ocasionada por el deseo trajo como lógica consecuencia lo acontecido.

Han pasado seis meses y todo volvió a la normalidad, tuvimos suerte; ella se ha recuperado muy bien y ya le han devuelto parte de sus implantes: Está casi tan hermosa como antes. Neurológicamente no tuvo secuelas, su cerebro funciona al diez por ciento de una mente normal, exactamente igual que antes del fatal accidente.

Elaborado para La Cuentoteca