domingo, 24 de mayo de 2009

Un final trágico e inevitable- Miguel Dorelo

Una historia de amor-odio de candente actualidad


Un final trágico e inevitable- Miguel Dorelo

—Recuéstese, póngase cómodo y cuénteme, mi amigo.
Con su barba planificadamente descuidada, sus gafas redondeadas y el gesto distante, profesional, mezclado con el aire paternalista adecuado, el psicólogo trataba de que su paciente tomara confianza.
Acomodándose lo mejor posible, recostarse nunca le había resultado cómodo, trató de adoptar una posición medianamente digna.
—Lo escucho —alentó el facultativo.
–Es que no sé bien por donde empezar, doctor.
—Bueno, el principio suele ser lo más adecuado; pero usted decide, déjese llevar.
—Lo extraño —dijo ignorando la sugerencia y arrancando por el final.
—Naturalmente. Fueron muchos años juntos. Siga.
—Muchos, es cierto. A veces pienso que lo mejor es irme junto a él, allí donde quiera que esté. Ya no aguanto más esta angustia.
—Cálmese. Él ya no está en este mundo y usted deberá aprender a convivir con ello. La muerte es muchas veces una salida fácil.
—Pero, es tan grande mi dolor al saber que soy el único culpable de lo sucedido. ¡Si tan solo lo hubiese pensado un poco!
—La culpa es siempre un escollo difícil de superar, pero tenga en cuenta las circunstancias del hecho; estaban destinados a un final trágico no exento de violencia. Los dos siempre fueron a la vez victimas y victimarios. Usted no las pasó del todo bien en esta relación. Y algún día todo termina por resolverse. Para bien o para mal.
—Pero, ahora que ya no está conmigo, creo que en realidad lo amaba.
—Es muy probable. Pero deje las conclusiones en mis manos, que para eso soy el profesional. Además el homosexualismo en individuos como ustedes suele ser algo natural y totalmente libre de pecado. No piense más en ello.
—Ya ni recuerdo desde cuando, pero creo que siempre soné con alcanzarlo, tenerlo entre mis brazos y fundirnos en uno solo.
— ¡Sea positivo, amigo! ¡Piense que al fin lo ha conseguido! Él es ahora parte suyo, estará en su interior para siempre en cierto modo, formando la ansiada unidad tantas veces buscada.
—No sé, no sé, doctor. Quizás viéndolo de esa manera…
—Hágame caso. En toda relación amor-odio uno de los componentes de la pareja termina por devorar al otro; siempre hay un ganador y por consecuencia lógica un perdedor. Esto no hace indigna la relación ni menoscaba a ninguno de los protagonistas. El amor es simplemente así, y así seguirá siéndolo hasta el final de los tiempos.
—Casi me está convenciendo, pero también está lo otro, la presión de la gente.
—Es lógico que así sea. Ustedes dos formaban una pareja, diríamos, mediática, con todo lo que conlleva en materia de exposición. Eran muy populares además. Y ya se sabe, el público cree que tiene derecho a opinar sobre todo aquello que se les ofrece sin importarle demasiado los sentimientos de los involucrados. Suele ser muy cruel la masa.
—Muchos me apoyan, no crea. Pero otros me juzgan sin tener en cuenta los atenuantes y no perdonan mi acto final.
–Haga oídos sordos. Lo que tenía que ser fue.
— ¡Pero tienen razón los que no me perdonan! ¡Yo lo maté! ¡Y además, me lo comí, doctor! ¿Entiende? ¡Me lo comí! — gritó entre sollozos, rotos ya todos los diques de la desesperación y la congoja.
—Por supuesto. Es parte de su naturaleza. Su vida ha girado en torno de este sino; y también la de él.
—Pero, pero….
—Píenselo de esta forma: han llegado al final de un viaje, quizás no el mejor final, pero uno de los probables. Algún día la historia tenía que terminar. Ya no daba para más. Era o él o usted. Alguien que está muy por encima de ambos, el Creador, así lo decidió y no hay marcha atrás. Resignación es la palabra que deberá incorporar de ahora en más a su vida. Lo hecho, hecho está.
—Gracias, doctor. Estas últimas palabras han llevado un poco de alivio a mi corazón aún triste.
—Me alegro por ello. A propósito: ha pasado la hora y tengo que dar por terminada la sesión.
—Bien. ¿Cuánto le debo?
—Lo de siempre, doscientos dólares.
—La semana pasada me cobró cien.
— Se olvida que en la anterior consulta usted aún no había alcanzado al Correcaminos y no lo había convertido en su almuerzo, señor Coyote.
—Disculpe, doctor. Una vez más, tiene usted toda la razón del mundo.

Exclusivo para La Cuentoteca

6 comentarios:

Nanim dijo...

¿Inevitable? El verdadero Correcaminos simplemente se cambió de canal.

Salemo dijo...

Bueno, en realidad esto es una mentira basada en otra mentira. Por empezar, los coyotes no van al psicólogo, no por que no quieran atenderlos, sino porque no tienen dinero para pagar la consulta, que suele ser lo más importante para los psicólogos.
Y el video es falso; el coyote seguirá corriendo al correcaminos por la eternidad sin poder atraparlo, que es como debe ser.
Saludos, Nanim y gracias por lectura y comentario.

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