sábado, 12 de septiembre de 2009

El abandonador serial-Miguel Dorelo

Señales de peligro...

El abandonador serial- Miguel Dorelo

Lo que en su comienzo había sido algo inconsciente, poco a poco se transformó en aquella deliberada forma de comportamiento que, creía, no iba a poder abandonar jamás.
Quizás se tenga que encontrar las razones en las victimas, en parte era su justificación, pero a fuer de ser sinceros, sólo era una excusa para suponerse más inocente de lo que en realidad era. Asumir la propia culpa, siempre le había costado bastante.
Analizándolo fríamente, él nunca había sido abandonado; sus primeras y tumultuosas relaciones sentimentales fueron desgastándose y terminaban diluyéndose sin que se pudieran vislumbrar claramente los motivos.
En algún momento, algo dentro suyo se rompió; lenta y progresivamente se fue transformando en algo deliberadamente perverso.
–No es culpa mía —era su latiguillo favorito, a veces gritado en el rostro de alguna de sus víctimas. Otras veces, cada vez más frecuentemente, estas mismas palabras eran solo susurradas al oído de la que pasaría a engrosar las enfermizas estadísticas de sus abandonos.
Era muy metódico. Un archivo que con regularidad cada vez más frecuente, incorporaba nuevos nombres/víctimas, lo ayudaban a “organizar la cosa”. Un largo listado de nombres femeninos que periódicamente debía actualizar.
Aunque su comportamiento casi enfermizo era de antigua data, los avances en la comunicación fueron sus grandes aliados al seleccionar a sus presas.
Facebook, twitter, las distintas aplicaciones de mensajería instantánea y los comentarios en diversos blogs formaban parte de su coto de caza.
—Este si que fue un trabajito de primera —solía vanagloriarse ante la conclusión de un nuevo abandono.
El método utilizado, aunque sencillo, solía ser muy sutil; la mayoría de las veces era la propia víctima la que creía firmemente haber conquistado y tener el dominio de la situación.
Después todo se deslizaba inexorablemente hacía donde él así lo quería. Quince o veinte días, a veces menos, a veces algunos más, solían ser el tiempo suficiente para el “trabajo de campo”. Mail´s., el chat, mensajitos de texto; le resultaba indiferente el medio, que ella lo designara. Él sabía que su suerte estaba jugada. Jamás en los últimos diez años había fallado. Ni una sola vez.
— ¿Cuál fue tu mejor trabajo? —solían preguntarle un par de amigos que conocían su debilidad.
—El mejor siempre es el último —era siempre su respuesta.
Y no mentía. Aún teniendo a sus favoritos del pasado, la adrenalina que le generaba estar en plena labor lo excitaba como nunca había logrado hacerlo ninguna de sus presas.
Pero, este en especial, su olfato de cazador lo intuía, sería un punto alto difícil de superar.
—Esta no va a ser fácil —reflexionó. Mejor, se dijo.
Desde el vamos supo que era distinta, le estaba llevando más tiempo del normal arrancarle la primer cita.
No era una jovencita, más bien cerca de los cuarenta. Estás nunca le habían dado mucho trabajo, por lo general si no estaban divorciadas y con ganas de compensar años de rutina matrimonial, eran amas de casa casadas y con ganas de probar suerte y carne, con otro que no fuera el de todos los santos días. Casi lo mismo, en realidad. Ambas tenían sus ventajas y sus desventajas. La divorciada por lo general solía estar un poco más a la defensiva luego de los primeros tiempos de desenfreno sexual en que solían incurrir en los primeros seis meses de separadas. Luego, se apaciguaban y se volvían desconfiadas de los hombres en general. Toda separación conlleva un fracaso y la mujer tarde o temprano suele recargar las culpas sobre el hombre. —Son todos iguales —concluyen siempre.
La casada tiene menos rollos; sabe que su compañero ocasional es solo eso; a pasarla bien un par de horas un par de días a la semana y a otra cosa. De vuelta a casa con el maridito.
Esta, pertenecía al primer grupo; el más complicado.
Bastante bonita y todo lo inteligente que es conveniente en una mujer.
En el chat era, o parecía, algo tímida.
—Zorra vieja —la semblanteó rápidamente. Esta es peligrosa.
A veces lo celaba; —debés tener otras en el Facebook —le decía. —Sos libre de hacer lo que quieras, después de todo entre nosotros todo es solo virtual —acotaba en otra de sus charlas.
Él, con su fino olfato, se adaptaba rápidamente y tejía su tela de araña pacientemente.
Cuarenta y cinco días. Ninguna le había llevado tanto tiempo.
Por fin la primer cita. —Y la última —se dijo. —No voy a alargar su agonía; abandono precoz será esta vez. Bastante ya abusó de mi tiempo.
La alarma en su cabeza comenzó a sonar solo media hora después de encontrarse con ella. Era más linda que en las fotos. Su sonrisa, su pelo, su mirada. — ¡Alerta! Algo no anda bien —pensó.
Con el primer beso, el depredador bajó la guardia por completo.
Un par de horas después, la conversión fue completa; jamás se había sentido así.
Ella se levantó de la cama —Ya vengo —dijo con voz dulce. —es solo un segundo, no me extrañes.
Se dirigió a la cocina, había dejado allí su notebook. Abrió el Word y con una sonrisa de oreja a oreja, comenzó a teclear el nombre de él al final de una larga lista.

Exclusivo para La Cuentoteca

4 comentarios:

Nanim dijo...

¿Larga lista de qué?
Proclamo su inocencia.

Salemo dijo...

Y si, que se puede esperar de otra probable "abandonadora serial". Que malas que son las mujeres, mire que hacerle eso al pobre hombre.

María del Pilar dijo...

ayayay, Miguelito... me temo que tu opinión sobre las mujeres divorciadas dista mucho de coincidir con la realidad. En cuanto a la abandonadora serial, no sé, qué quiere que le diga, yo no podría, soy demasiado sentimental.

Salemo dijo...

Es ficción , no necesariamente la opinión del autor, Maria.
Y sobre mujeres abandonadoras seriales, supongo que habrá alguna, como los hay hombres. Hoy estoy por la igualdad de género.