miércoles, 12 de mayo de 2010

Todos los trenes- Miguel Dorelo

Viajar en tren juntos...¿Qué más se puede pedir?

Todos los trenes-Miguel Dorelo

Quién lo hubiese imaginado ¿No amor? Digo, este final tan parecido a aquél principio.
¿Te acordás? Cinco meses y ocho días. Ni mucho ni poco: el tiempo que nos fue destinado.
Y en menos de una hora, cuarenta y siete minutos para ser más exacto si este maldito y a la vez amado tren llega a horario por una puta vez, todo lo que fue ya no será.

La impuntualidad acostumbrada del servicio que a todos pone de mal humor fue en nuestro caso una bendición.
—En este ramal siempre lo mismo, otra vez voy a llegar tarde —dijiste por decir algo.
Y yo, que te venía observando en silencio desde hacía varias semanas, ya completamente enamorado y sin poder ni querer evitarlo, me aferré a tu queja como si de ello dependiera mi propia vida.
—Si, pero este igualmente sigue siendo el medio de transporte más lindo del mundo. —dije sin pensar. Y me miraste por primera vez.
Y como si todo hubiese estado programado para nosotros dos, casi al instante irrumpió la G-22 en la estación José María Bosch, línea Urquiza, en el partido de 3 de Febrero, provincia de Buenos Aires, este mismo lugar, pero en otro tiempo y en otras circunstancias.
Por primera vez nos sentamos uno al lado del otro. Fue esa nuestra primera vez en el tercer vagón de aquella formación.
—Te gustan los trenes, parece —me dijiste.
—Los amo — te contesté. Y a vos también, casi agrego, pero esto último no salió de mis labios jamás.
En ese mismo viaje descubrimos la pasión mutua que sentíamos por el ferrocarril.
Todas las mañanas en el mismo andén y a la misma hora.
Un corto saludo y luego rápidamente a ocupar nuestros lugares.
Supongo que algo al que algunos llaman destino o quizás una caprichosa e indescifrable designación divina, pero en el fragor de los cuerpos apurados por subir de la multitud de pasajeros y no importando cuanto demoráramos en ubicarnos ante nuestros asientos, estos siempre estaban desocupados, como esperando a nuestros cuerpos. O a nuestras almas.
De Bosch a Federico Lacroze. Todos los días de la semana, ida y vuelta. Menos de quince kilómetros y unos pocos minutos de viaje.
Pero,el lunes Bosch se transformó en Pretoria, el paisaje suburbano en una inmensa sabana sudafricana y el destino final fue trasmutado a Ciudad del Cabo. Relajados y con los ojos cerrados, gozamos juntos de nuestro primer viaje en el “Tren Azul” un auténtico hotel rodante de cinco estrellas que fue inaugurado para nosotros, estábamos seguros de eso, en el año 1939.
El martes me dijiste: —Hoy quiero algo de aventura —casi de inmediato “La General” se presentó ante nuestros ojos; la mítica locomotora construida para la Western and Atlantic en 1885 lanzó una gran bocanada de vapor y en pocos minutos el salvaje oeste americano comenzó a penetrar en nuestras retinas.
A mitad de semana todo lo preconcebido sobre el tiempo y las distancias fue dado por tierra: los 9.297 kilómetros desde Moscú a Vladivostok nos resultaron poco, extasiados ante los inconmensurables paisajes nevados que desfilaban sin solución de continuidad detrás de los vidrios empañados de las ventanillas, a bordo del “Transiberiano”. Nuestra felicidad se catapultó al infinito.
Y otro día fue el turno de “El tren de las nubes”, parsimonioso y trepador. Y en otra ocasión el “Tren bala” en Osaka o el “Ave”español, puro vértigo y adrenalina.
Cinco meses y ocho días viajando, juntos, por todo el mundo.
Y la estación Devoto fue Dortmund, Francisco Beiró, Luxemburgo; y las trochas cambiando permanentemente, de 768 mm. si viajábamos por Austria, India o Polonia; o si ese día decidíamos hacerlo por Australia, Costa Rica o Nigeria, aumentaría a 1067mm.
Magia pura. La de la palabra en forma de relato, o la de la ensoñación; el deseo mutuo de compartir con ella todos esos viajes escapando de la rutina de quince minutos diarios a bordo de aquél mal conservado tren de las afueras de la gran ciudad, yendo al trabajo. O un milagro convirtiendo en real lo imaginado. Quién sabe. Quién puede asegurar una u otra cosa.
Pero, también tengo que hablar de ayer. Y luego de hoy.
Ayer, cuando regresábamos desde Lacroze/ Edimburgo y a mitad de camino me diste la noticia.
—Mañana será nuestro último viaje juntos –descargaste sin aviso.
Y luego me contaste aquello del chico que conociste y con el que empezabas a salir, que él también viajaba todos los días a Buenos Aires, nombraste, creo, un Chevrolet Corsa color azul y que a partir del lunes el te llevaría y te traería.
Y hoy, esta mañana, sentados en nuestro asiento del tercer vagón, tirado junto al resto del convoy por la G-22, la magia se rompió. Y los carteles en las estaciones decían Moreno, Artigas, Villa Lynch; y todo el paisaje era exactamente igual a hace cinco meses y nueve días.
Me fue imposible ir a mi trabajo. Deambulé por la ciudad esperando la hora del regreso y pensando en qué hacer.
Y de repente, lo supe: París y el “Orient Express”. Saldremos, en nuestro último viaje juntos, desde la capital francesa, digamos, en el año 1915, acompañados por la conjura y las intrincadas acciones, rodeados de agentes y espías de las principales potencias mundiales. Sé que ella no podrá resistirse y una vez situados en uno de sus lujosos camarotes, con una copa de coñac en mis manos y otra de jerez en las suyas tendré el tiempo suficiente para disuadirla de sus planes. Le diré lo que he callado hasta hoy y me dirá: —lo sospechaba —Y agregará que era hora de que se lo dijera y que ya no nos separaremos nunca más.

O, en el peor de los casos, nos convertiremos en dos desaparecidos más, en un misterio más sin resolver a bordo del “expreso espía” antes de su arribo a Estambul.

Exclusivo para La Cuentoteca

13 comentarios:

Ogui dijo...

Disfrutaron del paisaje de afuera de la ventanilla, pero a veces el tren tiene los encantos adentro...

Salemo dijo...

El tren tiene sus encantos en todos lados, don Ogui.Una (la) mujer y un largo viaje entren bien podría ser la fórmula de la felicidad.
Digo yo, que a veces exagero.

María del Pilar dijo...

Muy lindo cuento, Miguel

Salemo dijo...

Gracias, María. Este es uno de esos relatos que a uno le causa mucho placer escribir, no importando demasiado el resultado final. Si encima es del agrado de los lectores, mucho mejor.

Clarice Baricco dijo...

Y ya me dieron ganas de viajar en tren.
Acá estàn ya olvidados. No como en los viejos tiempos.
Lindo escribes querido Dorelo.

G

Salemo dijo...

Gracias, Graciela Clarice.Los trenes en las ciudades del interior, por ejemplo en la mía, también están olvidados.Y el servicio en las grandes urbes suele ser lamentable.
De todas formas mi amor por los trenes y las señorasy/o señoritas me inspiró y logré plasmar en gran parte lo que quise compartir con este relato.
Espero recibir invitaciones, por ejemplo, para recorrer algún lugar(podría ser Europa) de alguna dama dispuesta a compartir todo un periplo ferrocarrilero conmigo.

Javi dijo...

Miguel, me ha emocionado este cuento increíble.
En muchas ocasiones hemos hablado de nuestra pasión por los trenes. Pero darle a esa pasión forma de relato, mezclarla con un amor no declarado pero sí soñado -como esos viajes- me dejó sin palabras.
Enhorabuena, un pedazo de cuento.

Salemo dijo...

Y a mi me emociona emocionarte, Javi.
Muchas gracias por los cumplidos. Ya con la recepción y aceptación que he encontrado en los que han leído y comentado me siento tan contento que más sería una exageración. Es hermoso cuando algo que ha salido de mi mente y corazón es tan bien captado por los lectores. Señal de que uno está aprendiendo a comunicar.

Javi dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Javi dijo...

Siempre hago crítica desde la sinceridad y la objetividad (objetividad subjetiva, porque depende de cómo es capaz uno de identificarse con lo escrito, claro). Y éste ha sido uno de tus cuentos que más me llegó.
A mí me da una enorme satisfacción cuando soy capaz de conjugar en un cuento mis pasiones, lo que me gusta, lo que me satisface, lo que ocupa mi mente en el día a día (aficiones, gustos, ideas) con algo más espiritual como el amor u otros sentimientos.
De veras que me has tocado todos los resortes sensibles, el amor idealizado pero no llevado a la realidad, La General, el Transiberiano, el Orient Express...
Hay una frase que hace —para mí— que el cuento sea genial, en ese sentido del que te hablo. Ella dice "te gustan los trenes", él responde, tajante y sin titubeos "los amo" y piensa... "como a ti", aunque ahoga sus palabras. Y ahí está para mí la clave del relato. Lo que nos apasiona, ya sean objetos, obras de arte, trenes, puestas de sol o mirar a la luna, no sólo debe "gustarnos". Debemos amarlo. Y así lo has plasmado en este cuento, cuya magia está en convertir un vulgar viaje en el subterráneo, en una vuelta al mundo hecha desde el entusiasmo de la imaginación.
Bravo!

Salemo dijo...

En este cuento en particular,Javi, me he tomado el trabajo, no demasiado habitual en mí,de recolectar algunos datos (medidas de las trochas con respecto a los países,los nombres de las estaciones, ya que nunca viajé en ese tren ni en ese lugar del gran Buenos Aires y otros datos específicos)con el fin de balancear fantasía y realidad.Una vez puesto a escribir mi método habitual es el de dejar llevarme por la historia y los personajes. De entrada me pareció interesante enamorarlo a él con solo observarla durante un par de semanas para luego ponerme en su piel al enterarse del gran amor por los trenes ella también sentía: al pobre hombre, luego de esa revelación no lo quedaba otra que entregarse por completo a ese sentimiento.Amar tanto a veces nos paraliza y eso es lo que le impidió confesárselo.Luego, las circunstancias lo acorralaron y no tuvo otra alternativa que hacérselo saber ( o planificar hacerlo en ese último viaje).
La verdad es que me metí mucho con los personajes Y me parece que me enamoré de ella yo también. Un autor no debe hacer eso nunca.

Ah, agrego para tu información que todo transcurre en un tren que creo que por allí le dicen "de cercanías", de lo que aquí se denomina "gran Buenos Aires" y son las ciudades de los alrededore de la capital. Desde allí viajan todos los días infinidad de personas hacia sus trabajos. Son trenes de superficie, no subterráneos, que sí los hay dentro de la gran ciudad.

Javi dijo...

Cierto Miguel, aunque cuando lo leí supe que se trataba de un tren de cercanías, luego escribí lo de subterráneo. Pero... ¿quién dijo que no serías capaz de convertir un subte en el Orient Express? Jeje.
Sobre lo que dices que te has tomado tu tiempo, eso se nota, se nota cuando un cuento es, además de fruto de la imaginación, resultado del esfuerzo de una investigación, de más o menos envergadura.
Sea como sea, lo importante fue el resultado, según mi punto de vista excelente.
Ahhhh y cuidado con enamorarse de los personajes. Sólo es posible soñar con ellos.

Salemo dijo...

Lo de investigar me permitió disfrutar aún más del tema ferrocarriles, así que no resultó pesado a pesar de mi falta de costumbre para elaborar así mis relatos.
Tratré de olvidarme de ella, Javi; aunque bien podría manipularla para que me corresponda, creo que estos dos se merecen estar juntos...Aunque no estaría mal un relato con esa trama. Puede ser muy interesante ver como se las arreglaría él compitiendo conmigo por el amor de ella. Como soy el autor/creador de ambos, sería como competir con Dios. Si se aman lo suficiente, bien podría desplazarme.Veremos.